Esta vez Beatriz Saavedra Gastélum nos sorprende con un nuevo poemario en edición bilingüe, árabe-español, publicado en España por el Grupo Editorial Sial Pigmalión. Poemario traducido al árabe por Sonia Chouaibi y revisado por Ridha Mami. Cuenta, además, con un extenso prólogo de Juan Vadillo que analiza a profundidad la poética de Beatriz Saavedra y casi me atrevo a decir que se trata de poesía sobre la poesía.
Estamos ante un libro en que el peso de las palabras se deja sentir a la vuelta de cada página, y lo que viene después nunca defrauda. Palabras en ritmo unidas con su musicalidad sonando. Palabras a la que hay que volver porque se abren en sus significados entre luz y oscuridad, respiración y lucidez. Palabras al viento lanzadas y del viento recogidas. Palabras liberadas de sus grilletes en armonía emitidas. No hay nada como la libertad descubierta. No hay nada como la libertad allanada. Lo dice Beatriz Saavedra desde el poema que abre el libro con el silencio, la negrura, la razón y la luz.

Todo cae sobre el silencio
y su negrura,
inmóvil arde
la razón
en busca de lo vano.
¿Qué somos?
sino
luz que abre su eternidad
en un instante de flujo imperceptible
al centro del mundo. (p. 57)
Da principio la historia de la luz y sus reflejos en imágenes desmenuzadas. Es el rincón que ilumina en la noche y lo último que perdura antes del dormir. Es la imagen frente al espejo que permite reconocer o desconocer el rostro propio. El verso de Beatriz lo expresa: “mi despertar lúcido de átomo inquieto”. (p. 65)
A lo la largo de este poemario entre lo terrenal y lo cósmico, cielo y tierra luchan por prevalecer y hallar su lugar preciso intercambiando cualidades y adjetivos inesperados, como “átomo inquieto”. Para Beatriz Saavedra el origen del universo adquiere la cualidad de la movilidad como signo propio o como búsqueda de lo inquietante, es decir, de la pregunta que se mueve hacia la respuesta.
Surge, entonces, el gran planteamiento: el silencio y su definición, si es que la tiene:
Aparece
al borde entreabierto
el relámpago parpadeante
que esparce
sobre la luz.
Hay un silencio inadvertido.
Forma tenue
del ruido sobre el instante quieto.
Contracción exponente del espacio en que habitamos
desenreda mi imagen en huecos largos de silencio. (p. 67)
Es decir, la luz del relámpago oblitera el sonido del trueno y ambos se funden. Repito el verso de Beatriz: “Forma tenue / del ruido sobre el instante quieto”.
De ese modo, el lenguaje poético penetra en el misterio que mueve la naturaleza y sus leyes que hay que desentrañar para entender cómo funciona el universo todo.
Así va uniendo la palabra que fluye con la palabra que vuela. La palabra sabia con la que juega, la que asevera con la que propone. Y dicen sus versos:
Es otro oscuro cuerpo
el sonido ineludible de astros,
aprisiona
sus coordenadas preferentes
en cartesianas. (p. 83)

Al punto de ordenar las coordenadas de todo tipo, geográficas, físicas, astronómicas en latitud y longitud es como si ordenara, a su vez, los versos que va derramando. Y, aún más allá, nos dice la poeta, que prefiere las cartesianas. De ese modo, redondea filosofía, geometría y poesía. Se instala en el misterio del número y su lenguaje mágico. Es un hecho que el cuerpo va unido al número. Desde el nacimiento la vida se cuenta por el latido de los pulmones, del corazón, del pulso. El verso se mide por números. El habla se divide en lo que dura el lapso necesario de una pausa para tomar aire y seguir adelante. El título del libro de Beatriz Saavedra Gastélum lo dice: “Respiración lúcida de la luz”, y nos recuerda lo que tarda la luz en llegar al planeta Tierra: casi 300,000 kilómetros por segundo. Tratar de imaginar esa cantidad propia de la velocidad de la luz.
Otro término empleado es el de polvo gravitacional y cito:
El polvo gravitacional
acumulado al centro tiene un horizonte,
abisma su rumor
al reverso del tiempo y sus visiones,
prisma los ojos profundos de infinito. (p. 83)
Lo que nos recuerda a Carl Sagan y su famosa frase: “Somos polvo de estrellas reflexionando sobre estrellas”.
Siguiendo esta línea astronómica surgen más interrelaciones por Beatriz tratadas. Acude a la física teórica para unificar microcosmos y macrocosmos con la teoría de la relatividad de Einstein en versos como los siguientes:
Programa la gravitación cuántica
que condensa frente al retumbo su respiro,
la entrega del cansancio
sobre el cuerpo
en el avistamiento único de la forma.
Toda materia es una fracción interminable
de tiempo.
Todo cuerpo deseado es eterno. (p. 89)
Toda materia, todo cuerpo están sujetos a una forma y, a partir de ello, a una fracción de tiempo, a una relatividad, a una eternidad.
Sigue la relación entre cuerpo y su desarrollo entre etapas que unen las leyes del universo con la respiración y la lucidez que rige la ciencia:
ciencia rigurosa
transfigura
lo oculto de lo oculto (p. 109)
Para más adelante agregar:
Del instante al universo,
del astro a la calma
del espíritu al cuerpo
del átomo a la sílaba temblorosa
del primer paso de la mente
a la búsqueda de la noche
y su cauda de astros giratorios.
Negro lenguaje de la luz
todo revela.
Ondula el instante en espejismo
el flujo interior de agujero negro
en la mirada amanecida.
En su frecuencia imperiosa,
el silencio ínfimo del rostro
sin sentido
trastoca la nebulosa instantánea
del instante disentido.
Habitamos la luz,
el sentido de la oscuridad transcurrida
en existencia. (p. 109-111)
Continúan las exploraciones astronómicas y los opuestos engarzados. Se alcanza cuidadosamente el sentido de términos como “agujero negro” también llamado “hoyo negro”. Y aquí no puedo sino mencionar a Julieta Fierro astrónoma, recientemente fallecida y su libro Astronomía, ¿para qué? (Sexto Piso, 2024, p.133, “Los hoyos negros”) al lado de un poema mío. Objetos enigmáticos que ni son hoyos ni son negros, más bien un espacio donde se ha acumulado material que queda atrapado, incluyendo a la luz.
Respiración lúcida de la luz sigue en su tránsito de lo inatrapable, de lo aleatorio, de la interrogación. De la manera de integrar la ciencia y la poesía. Y hasta de la ciencia ficción y la cinematografía. De esto último, resulta muy interesante su relación con la propulsión “warp”(p. 113), tal y como aparece en la película Star Trek.
Según Wikipedia: “warp” es una forma de propulsión superlumínica nacida en el universo creado por la ficción de Star Trek. “Este empuje permitiría propulsar una nave espacial a una velocidad equivalente a varios múltiplos de la velocidad de la luz, mientras se evitan los problemas asociados con la dilatación relativista del tiempo. Este tipo de propulsión se basa en curvar o distorsionar el espacio-tiempo, de tal manera que permita a la nave acercarse al punto de destino”.
Mientras que en palabras de Beatriz:
el súbito trayecto de la piel
que busca la propulsión warp
para acelerar la sustancia pálida
en el abrazo presentido. (p. 113)
Es la habilidad de Beatriz Saavedra de enlazar el discurso poético con la astronomía y la ciencia ficción. Los cuerpos planetarios con los humanos y desarrollar una nueva imagen capaz de exponer las palabras al límite máximo. Una libre versión de hasta dónde puede llegar la palabra.
Espacio sin tiempo,
oscuridad sin ceguera
abre el repliegue
transitorio del mundo al mirarnos. (p. 115)
Siguiendo esta ruta podemos trasladarnos a la escritura de las letras y de las letras a los alfabetos. En Respiración lúcida de la luz se manifiestan los alfabetos latino y árabe por su edición bilingüe, pero también se mencionan las runas, escritura de símbolos germánicos y vikingos de los siglos II al XIV. De este modo la amplitud no tiene límite y “extiende su espiral más allá de nosotros” (p. 129):
Solo cuerpo celeste,
casi tangible, incendia el deseo en la locura
tangente
de la luz expuesta en runas. (p. 129)
En cuanto a lenguajes originarios y su contenido místico es el hebreo el que inicia esta tradición en la humanidad con el hecho de otorgarle a la pronunciación de la palabra el poder de la creación de la cosa, como se manifiesta en Génesis. Así podemos entrever desde los autores hispanohebreos medievales hasta Gershom Scholem, Walter Benjamin o Jorge Luis Borges, María Zambrano, Roberto Juárroz, Carl Jung y tantos más. El mundo sugerente de Beatriz Saavedra no se acaba.
Para llegar a una frase de nuevo de Carl Sagan escogida como epígrafe del capítulo “Mundos contrarios”: “Somos el medio para que el Cosmos se conozca a sí mismo”. (p. 163)
O en otras palabras de Beatriz:
Fuera del tiempo
el silencio
sostiene su gestación oscura
de estruendo íntimo
replegado en siglos. (p. 165)

Para finalizar no podía faltar la mención del autor favorito de Beatriz Saavedra, Alfonso Reyes: “Si la luz pudiera iría más despacio”(p. 263), en el capítulo último “Desmesurada forma de la luz” donde se afirma la unión átomo-cuerpo-cosmos-ciencia-misterio-átomo-agujero negro-polvo-gravitacional. Todo ello perfectamente concentrado en el título: Respiración lúcida de la luz.
Estamos ante un libro que ensancha la visión hacia dimensiones de carácter cósmico por medio de la palabra poética que fluye con toda naturalidad.
[1] Beatriz Saavedra Gastélum, Respiración lúcida de la luz, trad, al árabe: Sonia Chouaibi, revisión: Ridha Mami, pról. Juan Vadillo, contraportada de Angelina Muñiz-Huberman, Grupo Editorial Sial Pigmalión, Madrid, 2026.
