Ramón Rodríguez Rangel

La historia de Ramón Bravo, es la historia de como la naturaleza, cobra vida y lanza un llamado para que los habitantes de la tierra, no solo no perdamos nuestra humanidad, sino el hábitat que puede definir la preservación o la extinción del ser humano.

Los ecosistemas marinos y fluviales, son fuentes de vida, de una flora necesaria para nuestra subsistencia y que en el fondo del mar guarda todavía secretos y propiedades todavía no descubiertas, pero que pudieran ser solución científica a muchos de los males o enfermedades que aquejan a nuestra especie.

De cazador de peces se convirtió en el pionero de la fotografía submarina en México y en el mundo, ganando premios internacionales y llegando a trabajar con el célebre ambientalista Jacques Cousteau.

También albergan una gran riqueza en su fauna, de la cual nos hemos convertido en depredadores amparados, en legislaciones que legitiman el ecocidio. No valoramos la importancia de la vida en el mar, de las especies marinas, nos hemos quedado con la imagen carnívora del tiburón y no hemos puesto nuestra mirada en tantas especies que, como los delfines, no solo poseen inteligencia mayor, también han querido convivir y hasta jugar, con la inocencia de un niño, con sus carniceros, pescadores que en sus cacerías arrasan con una gran variedad de especies, acotando en cada incursión el ecosistema marino.

Nos hemos convertido en depredadores amparados, en legislaciones que legitiman el ecocidio. No valoramos la importancia de la vida en el mar, de las especies marinas.

Ya ni los milenarios arrecifes se salvan de la depredación y la negligencia criminal ambiental de quienes permiten y no sancionan con mayor rigor, la destrucción de estos santuarios de vida en el mar.

Ramón Bravo, quien llegara a ser pionero de la fotografía submarina en México y en el mundo, y galardonado con premios internacionales en la materia,  como las estrellas de oro Mauricio Sarra, quien trabajara al lado de ambientalistas como el italiano Bruno Vailati y el destacado científico francés Jacques Cousteau y participara en la edición de la serie “La enciclopedia del mar”, “Los siete mares” y “Los hombres del mar”.

Quien realizara también importantes documentales para National Geographic Society, la Academia de Ciencias de Roma, el Instituto de Ciencias del Mar de México y el Instituto de Investigaciones Oceanográficas de Cuba, nos da una lección en el siguiente relato tomado de su libro “Buceando entre tiburones”, impreso en 1978, donde cuenta como cambio de vocación en el mar frente a Tuxpan, de cazador de peces, a defensor de la fauna marina, de como un pez le mostró el verdadero valor de la vida en el mar, el escenario de las riquezas naturales de la región tuxpeña contribuyó a la concientización y formación de uno de los grandes iconos de la defensa y promoción de los ecosistemas marinos en nuestro país y en el mundo:

Mi última cacería

Pero ¿Como terminó dentro de mí ese afán de cazar?

Encontré entre olvidados y amarillentos papeles otro cuaderno de notas que ignoro cómo no fue a parar a la basura hace ya mucho tiempo, y de allí reproduzco lo siguiente, relacionado con una excursión que hicimos un grupo de amigos a la Isla de Lobos, Veracruz, cuando los “dueños” del lugar eran aquellos increíbles y bondadosos guardafaros Piporro y Chabelita.

7 de mayo. Como siempre sucede, luego de varios días de pesca, los peces han comenzado a huir de nosotros. Demasiado pronto aprenden que somos portadores de muerte y no de amistad.

Es una lástima que no pretendamos otra cosa que no sea matar en este mundo maravilloso que ni siquiera conocemos, pero que de inmediato comenzamos a destruir.

¿Qué impulsará al ser humano a ser tan malo?

Hoy me pasé buena parte de la mañana tratando de arponear a una lora, pez papagayo, un hermoso ejemplar azul oscuro, de unos ocho o diez kilos, que estaba dispuesto a convertir en cebiche. Vive en una zona cubierta por coral “cuerno de alce” (Acropora palmata), en donde tiene escondrijos naturales para esconderse y protegerse cada vez que me acerco. El lugar no es muy profundo, quizá ocho o diez metros, pero hasta ahora no cayó la lora en ninguna de mis trampas; es como si supiera, si adivinara lo negro de mis intenciones.

Pero mañana será otro día.

8 de mayo. Mientras mis amigos se fueron a bucear en los restos de la nave hundida que está fuera de la rompiente coralina, el “París”, yo vine en busca de la lora y la encontré en su territorio, regordeta y feliz, triturando coral con su resistente pico córneo y casi instantáneamente defecando.

Hice un descenso vertical sobre ella a mi máxima velocidad, con el arpón listo para disparar. La lora suspendió su tarea de comer coral, se quedó muy quieta mirándome, pero en cuanto vio que me acercaba demasiado, desapareció entre los corales. Cuando la necesidad de tomar aire me hizo ir hacia la superficie, ella salió de su escondite y siempre a buena distancia; me acompañó un tramo y allí esperó mi regreso.

Esto se repitió varias veces, hasta que dándome cuenta de que el bicho se estaba burlando de mí, decidí hacer una retirada honrosa.

Regresé nadando pegado al fondo, bordeando los corales, y cuando subí hasta la punta de los árboles listo para disparar, el animal no estaba allí, pese a que lo había visto un instante antes.

Cuando estaba en la superficie reponiéndome, la vi nadar graciosamente, comiendo y defecando, comiendo y defecando, como lo hace siempre.

Probé diferentes recorridos, me arañé piernas y brazos contra los corales, y al final de la jornada regresé agotado y por segunda ocasión burlado.

¡Lora, maldita seas!, pero mañana será otro día.

9 de mayo. Soñé que además de cebiche me comía dos filetes fritos a la mantequilla de esta lora que ni en sueños sale de mi mente.

Dos días tras ella y no he podido hacerle ni siquiera un disparo.

Esta vez voy a probar el método de mi siempre llorado y querido amigo Apolonio Castillo y no puedo fallar.

Apolonio, allá en la Roqueta, cuando aún había peces en la Roqueta, peces y además langostas, almejas, pulpos, etcétera, se sumía, se pegaba a una piedra y esperaba, permanecía inmóvil, pero listo con su arpón para disparar a los peces que se apartaban primero, y que después iban cobrando confianza y acercándose poco a poco, y disparar cuando tenía a uno bajo la mira. ¿Cuánto tiempo permanecía allí inmóvil?, quizá dos minutos, tenía un aire formidable.

La lora está allí abajo, me mira, sube unos dos metros y desciende, vuelve a subir y a descender, es como una invitación, es un: “¿qué esperas, tonto, anda, ven, baja para burlarte?”.

Desciendo, me sujeto a un coral y espero.

Al verme llegar, el animal se esconde entre sus laberintos naturales.

Aguardo.

Lo veo aparecer a mi izquierda, lejos, muy lejos de mi arma.

Sigo esperando. No me muevo.

Ahora aparece a mi derecha, lejos, nada juguetona y vuelve a esconderse.Ya tengo necesidad de cambiar mi aire, pero allí sigo, tan solo muevo los ojos.

La lora aparece ahora frente a mí, nada en círculos cortos, pero tan lejos.

Cuando subo por aire hace lo de costumbre: me acompaña un corto tramo y después regresa, mordisquea un coral, defeca y me espera.

Pienso que no debo desesperarme, si me ve inmóvil tarde o temprano se confiará. Repito la acción diez veces, quince veces y el animal sigue burlándose, lejos siempre de mi arma.

-¡Lora, maldita seas una y mil veces!

Por un momento pienso que si le doy los buenos días en inglés me contestará: “good morning Ramón”, con perfecto acento, y es que ¡sabe ya tanto!

Adeás me siento el tonto de la colonia.

Creo ver la burla en la cara de todos los peces que por aquí rondan.

“Cuidado, allí viene el tonto de Ramón, escóndanse”, y después, “ya pueden salir, el tonto de Ramón va a la superficie por aire”.

Las horas transcurren y sigo en esta cacería inútil.

Se me ocurre una idea:

Dejo mi arpón sobre unos corales y sin arma me acerco al territorio de mi enemiga, me sujeto a unos corales e inmóvil espero. Sucede lo que esperaba: la lora surge ahora muy cerca, nada feliz, me observa y se esconde. Avanzo lentamente y la veo esperándome en una de las mil puertas de su laberinto; da una vueltecita y se hunde. ¿Dónde está? Volteo y la veo a mis espaldas, tan cerca…

¿Qué significa todo esto?, ¿acaso la lora sabe ya lo que es un arpón? No, lo que pasa es que con una arma en la mano mis vibraciones son distintas, son de peligro; ella las capta con su línea lateral y por eso huye.

Años después, en el Mar Rojo de la costa egipcia, sucedió lo mismo con un mero  gigante que tenía en el morro una punta clavada, recuerdo de un cazador submarino. Con un arpón en las manos era imposible acercársele; con una cámara permitía cierto margen de seguridad; sin nada en las manos no temía y podía estar a dos metros de él, observándolo el tiempo que me viniera en gana.

Pruebo varias veces sumirme sin nada, y el animal, confiado, seguro, deja que vea sus hermosos colores y sus ojillos húmedos y vivaces.

-Si, eres muy bonito, pero no te confíes, este ya es un reto y vas a sacar la peor parte.

Voy por mi arpón, inactivo en dos, casi tres jornadas y regreso a tomar la misma posición que tenía antes

La lora me mira, se esconde, sale, se esconde, pero tan lejos que ya hasta oigo sus carcajadas. ¡Maldita sea mi vida!

-¿Qué tanto haces?

Vuelvo la cara y veo a Enrique “Picolino” Urrutia que intrigado de ver que no salgo de este lugar llegó hasta aquí para investigarlo.

-¿Ves esa lora?

-¿La azul?

-Sí

Tiene buen tamaño, sácala y la hacemos cebiche.

-¡Ja!, tengo tres días tratando de hacerlo…si te digo que habla ruso créemelo.

De pronto se me ocurre algo. Picolino solo trae una varilla que en la punta tiene fuertemente atado un anzuelo, arma que utilizamos para sacar langostas.

-Quédate aquí -le digo-, yo voy a nadar hasta donde termina el coral. Cuando me veas en el fondo te sumes llevando tu gancho como si fuera un arpón, al llegar al coral esperas dos segundos y después regresas.

-¿Qué piensas hacer?

-Asegurar el cebiche. Recuerda, no te sumas antes de verme en el fondo.

Desciendo, me pego a la arena y avanzo utilizando las mismas ramas del coral para ocultarme. Picolino inicia su picada y veo cómo la lora lo deja acercarse, luego se esconde. Yo aprovecho ese instante para avanzar. Cuando Urrutia regresa a la superficie, ella deja su escondrijo y lo acompaña. “Espera, espera, déjala que salga del coral”. Sube un metro, va a regresar, ¡ahora! En ese instante me mira. Hay una tremenda angustia en sus ojillos; ve hacia arriba, luego hacia mí, hay un extraño “no puede ser” en sus ojos, quiere esconderse pero mi arpón la atraviesa.

Ahora soy yo el angustiado. Esa mirada, ese ver hacia Urrutia y luego mirarme a mí, esa confusión fue tan humana que me siento horrible. Al recoger mi varilla el animal me sigue mirando, está muriendo y me mira como diciendo: “me trampeaste, eso no estaba en el juego”. No quiero verla, no puedo verla. Me siento ruin, cobarde, tramposo, odio todas mis entrañas.

¿Cómo no haber entendido que la lora jugaba conmigo?, ¿por qué tuve que traicionarla?

-Buen tiro- me dice Picolino-, la trampa resultó.

Sus palabras me hacen sentir más culpable.

De regreso a la isla les digo a mis amigos:

-He decidido no volver a matar un pez. El que quiera mi arpón puede tomarlo. En adelante solo haré fotos.

Toño, Juan, Fernando y Picolino me miran sorprendidos y no les sobra la razón. Saben que me gusta matar y saben también que jamás he tenido una cámara en mis manos.

A lo largo de casi veinte años la mirada de aquel pez papagayo me ha seguido por los siete mares; jamás podré olvidarla, y en el fondo le estoy tan agradecido, ya que por ella tomé lo que hasta ahora he considerado una de las grandes decisiones de mi vida: cambiar el arpón por la cámara.

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