“La libertad tiene miles de encantos que mostrar que los esclavospor muy satisfechos que esténnunca conocerán

WILLIAM COWPER.

El mundo se detuvo. Caminaba muy aprisa. Estaba desbocado. De la aldea global brotaba más lo instintivo tras la careta de pos-modernidad. La avalancha de crueldad, discursos de odio e imágenes de violencia pintaban un panorama del averno. La cultura de la muerte sustituyó a la de la vida. Caín volvió a matar a Abel. La ley de la selva sobre los derechos del hombre. La explotación económica y la corrupción se enseñorearon, la deliberación que dio luz hace más de 3000 años en La Ilíada y La Odisea, proscrita; la sociedad perdió su capacidad de pensar, de analizar, de cuestionar. Nuevas formas de esclavitud sin cadenas se llegarían a ver como algo normal.

El Leviatán exhibió su verdadero rostro. El monstruo de siete cabezas, representado por la dualidad de poder y el infierno se adueñaron del escenario, lo poco de humanidad que existía, se extinguía; al hombre masa orteguiano se le despojó hasta de sus últimos valores, nuevos totalitarismos económicos y políticos ampliaron sus estructuras de dominación, las imágenes sustituyeron a la información, ya no se inteligía, hasta el sistema neuronal fue apropiado.

Se descubrieron agujeros negros en galaxias lejanas, pero no los del alma; saltó la física cuántica y se acercó al sol, pero no a la cura del cáncer y la diabetes. Involución, no evolución; decadencia.

La petrificación de la sociedad abrió campo para la descomposición social, la supremacía de los antivalores marcó la pauta, los ecosistemas destruidos, la naturaleza muerta, los gritos de libertad ahogados por el despotismo; paradójico, la inteligencia artificial generó legiones de idiotas, seres inertes, impotentes, en Eusapia había dos ciudades gemelas, en las cuales no se podía distinguir cuál era la de los muertos y cuál la de los vivos.

Ahora, ha ocurrido una catástrofe. La tierra está preñada de un dolor tan profundo, un alienígena, un arma biológica, un virus apocalíptico ha colocado a la humanidad entre tinieblas. La vida del hombre pierde valor cuando es ya sólo números, el poder económico y político usurpa a Dios y decide quien vive y quien y cuando muere. Los derechos a la salud y a la vida una fantasía más, todo es ya costo-beneficio para unos; la “selección natural” del holocausto cobra hoy nueva dimensión demoníaca, donde sólo  las alas de águila de la protección del verdadero Dios nos pueden salvar del manto oscuro de las falsas deidades, impostores, que se adueñaron de un mundo que no es de ellos y lo destruyen como tal.

Su locura como la de Calígula y Nerón incendia ya no Roma, el orbe.

Juan detalla “la bestia del mal recibió poder, trono y gran autoridad”.

No aceptamos la capitulación 2020 del hombre, tampoco ser productos del mercado, modernos zombis vivos-muertos o muertos-vivos. No queremos -después del apagón- el restablecimiento del mismo orden mundial homo-depredador ni de un supra-estado policía que cancele lo que le resta de humanidad a este planeta y nos encierre en jaulas virtuales.

Ante ello proponemos la resistencia a la nueva opresión, a la nueva colonización jurídica, a la continua deshumanización, una nueva resistencia fundada en la acción transformadora de la cultura, esa cultura que es sinónimo de la existencia humana y de firme rechazo a una oferta animal segura.

Las trompetas que suenan, no son ahorita del cumplimiento de la profecía, son trompetas marciales que anuncian los propósitos de la bestia y lo bestial, contra ello más humanidad, más cultura; no aceptamos la paz y el orden que se compra con los crímenes más infames contra la naturaleza humana.

Vamos por esa cultura que, afirma Zygmunt Bauman, es la única capaz de desafiar la realidad y exigir una significación de justicia, libertad y bondad más profunda, tanto individual, como colectivamente.

Cuando se muere el viejo mundo y el nuevo tarda en aparecer, en ese claroscuro surgen los monstruos, advirtió Gramsci , por lo que no hay tiempo para contemplaciones y lamentaciones, atrás se quedan los que tienen ojos y no quieren ver la realidad, como resaltó Saramago; el hombre no se puede acostumbrar a la oscuridad cuando hay luz, a seguir en la “apaideucia” a la ignorancia respecto a los fines superiores de la vida, no puede, despersonalizado, seguir como autómata, porque así niega su propia existencia.

Tiene que recobrar el sendero hacia su verdadera libertad. La cultura tiene que trazar los órdenes invisibles de una convivencia más avanzada, pero no una visión “fetiche” de la cultura que reproduce la industria, sino la que va por la conquista superior de la conciencia, por la reconstrucción social, en una praxis donde se vincule pensamiento y acción.

El sistema, el poder que se ha forjado explotando, imponiendo hábitos y comportamientos reduccionistas de las potencialidades humanas, amarrando alas para que no se vuele, sometiendo de una u otra forma, devorando con sus grandes fauces la vida entera de millones  de personas, no está dispuesto a cambiar, porque -como bien lo afirma el sociólogo Raúl Hernández Vega en su obra- éste  busca siempre su perpetuación, a pesar de la lucha que por su sublimación continuamente hace la sociedad civil, víctima del engendro maléfico que simboliza la alienación y la deshumanización.

Por ello el shock que su última aporía le ha causado, es una oportunidad para que encontremos ese mundo que Shakespeare, Cervantes, Moliére, Tolstói imaginaron donde el hombre pueda saciar su hambre de justicia y proyección del humanismo, sus ideales de amor y de una vida digna.

Ahora es el momento con la cultura como motor de cambio, revertir los procesos de aniquilación de la condición humana, que han buscado convertirlo en un ser superfluo, que no sirve de nada, que está de más.

La cultura recobrando su significado más profundo puede llevarnos a la construcción de ese mundo que ha sido un sueño de escritores y poetas desde miles de años atrás, aprovechando ahora elementos cognoscitivos que nos abren una ventana a un futuro dignificado, en base a estudios sociales de última generación, como la “Encuesta Mundial de Valores” y de instrumentos cognoscitivos que científicos sociales, que rompiendo con lo establecido como Miguel Basáñez Ebergenyi (Un Mundo de Tres Culturas), han propuesto nuevos paradigmas de desarrollo, hacia la verdadera felicidad que pueden ser un punto de partida para la edificación de nuevas formas de civilización avanzada, donde las utopías dejen de serlo y se propicie el surgimiento de un hombre nuevo, que además de reivindicar lo humano y lo social, le confiera altitud al espíritu y a la razón, de manera que el hombre pueda desplegar plenamente sus alas de libertad.

Una cultura que pueda permitir que el hombre se sienta como en el vientre de su madre, pero en la vida real. Que Eros le gane la partida a Tánatos, pero no un Eros mutilado sino sublimado; la proyección del hombre hacia dimensiones que no tengan más límites que el pensamiento libre mismo.

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