Octavio Paz criticaba a Carlos Monsiváis diciendo que más que ideas, tenía puntadas. Se refería, por supuesto, a la tendencia del cronista a usar el ingenio y el juego verbal. Poco después Paz lo invitaría a colaborar en su revista y no volvería referirse a él en esos términos. Jesús Reyes Heroles —a quien seguimos llamando Don Jesús tanto tiempo después— es recordado por propios y extraños tristemente por un puñado de frases célebres y no por su verdadero legado en la política y las instituciones por las que trabajó, con ahínco, durante décadas. Para muestra un botón: “En política, la forma es fondo”; “Lo que resiste, apoya”; “Puerta abierta para que se vayan los oportunistas, mal que sufre cualquier partido”; “En el ejercicio de la política hay que aprender a lavarse las manos con agua sucia”, o “En política, lo que por el elevador sube, por el elevador baja”, son sólo algunas de ellas. Quizá su cercanía con el político veracruzano Ruiz Cortines, a quien le agradaban estas gracejadas, fue una de las influencias de Reyes Heroles, o tal vez que en medio de la mediocridad de nuestros políticos la cultura y la inteligencia de Don Jesús eran demasiado contrastantes. Esa exaltación de ineptitudes de la que hablaba Ruiz Harrel seguramente lo movía al sarcasmo.

Pero la obra pública e intelectual suya es mayúscula. Ocho tomos de obras completas en la edición del Fondo de Cultura, modificaciones sustanciales a PEMEX, donde fundó el Instituto del Petróleo, gran visionario en Gobernación y en el Instituto Mexicano del Seguro Social que se volvió entre otras cosas, el mejor promotor y empresario teatral del país. En su propio partido, el Revolucionario Institucional provocó cambios y creo un instituto de ideas políticas, no solo un organismo de compraventa electoral. Aquí, sin embargo, nos ocuparemos un poco de su contribución como educador. Estuvo al frente de la SEP al final de una vida cortada a sus tempranos 64 años. El intelectual orgánico por excelencia, en el sentido gramsciano, mucho más que Vasconcelos, Reyes Heroles merece ser revisitado con seriedad. Aquel que dijo con claridad: “Somos inflexibles en la defensa de las ideas, pero respetuosos en las formas”, antes del consabido final ya citado: “en política, frecuentemente, la forma es fondo”.

Cuando llegó a la SEP, en 1982 tenía una encomienda particular, transferir el control de la educación básica y normal a los estados —parte de la descentralización propuesta en el Plan Nacional de Desarrollo. ¿Cómo hacerlo con el charro Jongitud Barrios? Con mano dura, con el poder de sucesivos decretos. Transformó las llamadas “delegaciones” de la secretaría en Unidades de Servicios Educativos a Descentralizar y creó los Servicios Coordinados de Educación en cada uno de los estados donde iba negociando. Firmó convenios con una docena de gobernadores. La idea era combatir así el poder del SNTE y volver a tener rectoría de la educación nacional. Solo un político tan experimentado y capaz podía lograrlo.  Lo que don Jesús pretendía, en realidad, era una verdadera revolución educativa. En sus palabras, se trataba no solo de educar sino de “fortalecer nuestros valores fundamentales, remover lastres y rutinas viciosas, combatir la ineficacia administrativa”. Más aún, “adecuar la enseñanza a las nuevas condiciones de la sociedad, elevar la calidad de ésta, desterrar el analfabetismo y seguir usando la educación como instrumento de la igualdad social, para “procurar equilibrio entre los aspectos informativos y la misión formativa de la educación”. 

El político veracruzano era también profesor él mismo. Dos décadas fue el titular de Teoría del Estado en la facultad de Derecho de la UNAM, así como de otras universidades. Como teórico, había escrito su clásico El liberalismo mexicano y desde 1968 era miembro de la Academia Mexicana de la Historia y, un año después, de la Real Academia de la Historia, en España.

En sus pocos años en la SEP defendió la laicidad de la educación en México. Todavía hay ecos de su famosa comparecencia en la Cámara de Diputados el 4 de diciembre de 1984 ante los diputados de Acción Nacional. Reyes Heroles sabía ser nuestro Cicerón. A González Torres le espetó: “Enseñar en la escuela oficial todas las religiones, sabiendo que pronto ese proceso va a conducir a la concentración en una sola religión y a volver a los viejos conflictos del siglo pasado, es absurdo”. Le gustaban los debates y sabía responder de bote pronto. Su mayor lucha, por supuesto, y no del todo perdida, fue con el sindicato. El SNTE no quería perder el control de la educación formal. El golpe maestro de Don Jesús consistió en decretar en ese mismo 1984 que los estudios normales equivaldrían a licenciatura y que los maestros que desearan estudiar debían tener la preparatoria terminada. Desde entonces ya ser maestro no es ser un sub-profesional en México. El presidente no le daba, a pesar de la fuerza política de su secretario, el respaldo total; permitía aún que Jongitud mandase en buena parte de la Secretaría. Aún así podemos decir que doblegó al charrismo en muchos de sus movimientos políticos de esos pocos años antes de su muerte.

Hoy que el CONACYT y el SNI han sido atacados y menoscabados, no debe olvidársenos que además de lo ya mencionado, Reyes Heroles fue quien fundó el Sistema Nacional de Investigadores, la creación de políticas para mejorar la administración y los aspectos académicos de la educación superior, así como un excepcional Programa Nacional de Bibliotecas. El lector voraz, omnívoro, tenía que dejar su huella también ahí, a pesar de solo haber estado dos años en la SEP. La cultura y la educación para él eran del mismo orden. Al inicio de su gestión había 300 bibliotecas —si se les podía llamar así a muchas de ellas— y al final del sexenio había ya 2,500. Una en cada municipio donde hubiera una escuela secundaria —el 85% del país—, pero también debemos recordar su Plan de Actividades Culturales de Apoyo a la Educación Primaria (PACAEP por sus siglas), fundado en 1983. La idea era “articular” la educación primaria a su contexto cultural, con base en el enfoque constructivista de Vigotsky. A Reyes Heroles le debemos también el Programa Cultural de las Fronteras y el proyecto “Dignidad y decoro de la SEP”, algo que habla más de la presión del SNTE y de la mano izquierda del entonces secretario político e intelectual.

Reyes Heroles combatía la idea de Ortega y Gasset de que la política y el intelecto eran dos reinos separados. No puede haber política sin ideas, sostenía. También afirmaba, volviendo al ingenio de sus frases, que los libros no le hacían daño a la cabeza de los políticos, porque el problema no era de los libros, sino de la cabeza de algunos de ellos. Y esto viene a cuento en estos días aciagos de política rebajada a politiquería. No se puede ser a la misma vez dueño de la rebeldía y del poder. No se puede ejercer de estadista y mandar al diablo las instituciones. Incluso si se quiere leer la historia recientemente como “los renglones torcidos del neoliberalismo”, para parafrasear el título de Luca de Tena, hay que defender la democracia, la sana división de poderes. Para participar en este foro revisé de nuevo los ensayos importantes de Don Jesús y me sentí frente a un verdadero intelectual orgánico; alguien que pensaba que la acción no está reñida con el pensamiento. En algún momento, a finales del espantoso sexenio de Díaz Ordaz su nombre sonó para ser el nuevo presidente dentro del esquema del famoso dedazo. El problema es que para serlo tendría que cambiarse la ley, pues no era hijo de mexicanos —un impedimento hasta entonces. Don Jesús, como le llaman hoy mismo propios y extraños, se negó. No se iba a modificar la Constitución para hacer caber su caso individual. No se podía permitir un legalista como él alterar los renglones legales. En el presidencialismo de entonces hubiese costado una firma. Todo esto viene a cuento porque hoy en día estamos viviendo un ambiente de río revuelto, ganancia de maledicentes.

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Doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología de la Cultura por El Colegio de Michoacán. Ha sido Ministro de Cultura del Estado de Puebla; director de la escuela de escritores de la Sociedad General de Autores de México en Puebla; profesor en Middlebury College; rector de la Universidad de las Américas; investigador residente en la Sorbona de París, y en Dartmouth College. Actualmente es profesor en Tufts University, Massachussetts, donde dirige el Departamento de Lenguas Romances. En México ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y del Sistema Nacional de Investigadores. | Es autor de más de cincuenta títulos en diversos géneros, como poesía (Catálogo de las aves); cuento (Música de Adiós, Los placeres del dolor, Amores Enormes, este último ganador del Premio Jorge Ibargüengoitia); ensayo (El Clasicismo en la Poesía Mexicana, El Fracaso del Mestizo, La casa del silencio, ganador del Premio Nacional de Historia Francisco Javier Clavigero; La ciudad crítica, ganadora del Premio René Uribe Ferrer). En novela tiene títulos como En la alcoba de un mundo, Paraíso Clausurado, y una serie de novelas históricas dedicadas a Cuauhtémoc, Morelos, Zapata, Pancho Villa, Porfirio Díaz y Lázaro Cárdenas. Su novela Con la muerte en los puños lo hizo acreedor al Premio Xavier Villaurrutia en 2003, y en 2009 fue finalista del Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América de Narrativa con la novela El dinero del diablo, la cual fue publicada en 22 países de habla hispana y traducida al francés y al italiano.

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