Dos mujeres que rompieron fronteras e hicieron historia Francia, santuario de Antonieta Rivas Mercado y de Elena Garro

En el Día Internacional de la Mujer.

A lo largo de mis investigaciones sobre Antonieta Rivas Mercado (1900-1931) y Elena Garro (1916-1998) descubrí que existen algunas coincidencias fundamentales entre las dos polígrafas mexicanas y que estas similitudes las conllevaron al exilio y a buscar santuario en Francia.

Existen primordialmente tres aspectos afines en su vida y en la temática de su producción: en primer lugar un matrimonio con hombres ególatras y posesivos; en segundo, ser pioneras de la visibilización de la violencia de género a través de su obra, y tercero, su incursión en la política, esto último un hecho poco común no sólo de los años 20 a los 60, cuando ellas participaron en campañas presidenciales de dos estadistas mexicanos, sino aún en pleno siglo XXI. 

Sin duda, en México contamos con un sinnúmero de mujeres que se han dedicado al activismo social, pero son escasas las féminas que se han involucrado en la arena política y son aún menos frecuentes aquellas que se han proclamado en contra del statu quo, de la autocracia, del populismo y de las prebendas del poder, la línea política de Antonieta y Elena.

A pesar de que hay una diferencia temporal entre las dos autoras, ya que Antonieta nació el 28 de abril de 1900 y Elena Garro el 11 de diciembre de 1916, al vivir bajo los mismos preceptos patriarcales y el mismo sistema político que nació con la traición a los ideales de la Revolución de 1910, resulta natural que surjan esos paralelismos.

Antonieta Rivas Mercado

Antonieta Rivas Mercado

Antonieta, desde muy temprana edad, transitó por el ámbito familiar y social bajo la protección de su padre, el arquietecto Antonio Rivas Mercado, quien instigó en su hija la educación en todas las bellas artes. Por lo tanto, Antonieta se desenvolvió entre pintores, escritores, dramaturgos, músicos y poetas, tanto en las tertulias celebradas en su casa, como a través de sus visitas a los centros culturales del país. Como niña privilegiada del porfiriato, la civilización francesa hizo mella en su identidad y en su imaginario. 

En ese mundo de ensueño, de constantes innovaciones y de interacción con personajes que pasaban por su entorno, tanto mexicanos como extranjeros, siempre bajo la tutela de su padre, Antonieta viajó por primera vez a París a los nueve años de edad. El arquitecto Rivas Mercado tenía a su cargo el proyecto de la Columna de la Independencia, el monumento que Porfirio Díaz preparaba como parte de los festejos del centenario de esa guerra que había liberado a México de la corona española.  

En abril de 1909, el arquitecto Rivas Mercado se embarcó rumbo a París con sus hijas Alicia y Antonieta, con el propósito de darle seguimiento a los materiales de la Columna de la Independencia en la capital francesa. Su esposa, Matilde Castellanos Haaf permaneció en la Ciudad de México con sus hijos menores, Mario y Amelia.

Durante los diez meses de vida artística parisina, la niña Antonieta se enriqueció con sus visitas a los museos, al teatro, a los conciertos, además de tomar clases de ballet con un profesor de la Ópera de París. Sin duda alguna, la Ciudad Luz enriqueció desde ese momento la precocidad de Antonieta y amplió sus intereses intelectuales. 

Don Antonio y sus dos hijas regresaron a México en febrero de 1910 y al poco tiempo Antonieta conoció a Albert Blair en un evento realizado por su padre en su mansión de la calle de Héroes #45. Ella tenía diez años y él veinte. Albert Blair era un ingeniero de origen inglés, pero educado en Estados Unidos, quien había hecho amistad en el país vecino con los hermanos Madero. 

En 1917 Antonieta y Albert  se reencontraron y, un año más tarde, el 27 de julio de 1918, la pareja contrajo nupcias.

A escasos meses del enlace, comenzó el calvario para la joven esposa. Por seguro Antonieta pensó que con su marido tendría la misma autonomía que había disfrutado al lado de su padre: la libertad de explorar su interés por todas las manifestaciones artísticas; de leer a sus autores preferidos en francés o en inglés. En fin, de ser la misma mujer independiente y culta que había construido una identidad propia desde su nacimiento.

Fachada de la casa Rivas Mercado. Fotografía de Teresa Rodríguez Méndez, 2017.

Después de la luna de miel, Albert y Antonieta se mudaron a una hacienda en San Pedro de los Pinos, en Coahuila, la cual administraba Blair. El esposo pensó que Antonieta cambiaría su modo de vida. Ahora, convertida en “su” mujer, en su propiedad, se dedicaría a vivir al servicio de sus necesidades, sería la esposa obediente, callada, sometida a los preceptos patriarcales, esto es, que dejaría de ser la que fue. Antonieta, por su parte, creyó que Albert era un hombre liberal, puesto que había luchado por los ideales de Francisco I. Madero en contra de la autocracia de Porfirio Díaz, y que compartiría con ella su pasión por las bellas artes, la democracia, en fin, por la libertad y por una visión pluralística. Antonieta ignoraba que el hombre machista conquista con la mentira y utiliza la técnica del aislamiento para controlar y modelar a su medida a quien se ha convertido en “su” objeto. 

Estas diferencias se agudizaron por la reclusión que enfrentó la recién casada, acostumbrada al cosmopolitismo de las vanguardias y a la autodeterminación. Hacia finales de 1918, Antonieta le pidió el divorcio a Albert por incompatibilidad de caracteres y porque comprendió que no lo amaba. Blair enloqueció ante la afrenta y la acusó de tener un amante. 

En su relato “Páginas arrancadas”, Antonieta describió la cárcel que edificó su marido para domesticarla. Esta narración autobiográfica, con formato de diario, nos da noticia del yugo padecido por la esposa de finales de 1918 a principios de 1919. Los protagonistas del relato carecen de nombre, recurso que utiliza la escritora para señalar que existen un sinfín de mujeres y hombres viviendo bajo las mismas condiciones:

Pasa una cosa horrible. No la entiendo pero la siento. ¡Horrible! Es como si me envolviera una nube de humo. ¡Me estoy ahogando! ¡He llorado tanto, tanto! (…) 

Le dije rectamente: “Ya no te quiero; por favor, quiero que nos separemos. Si te duele, perdóname, pero no soy feliz contigo”. Y por contestación se le fue cargando el semblante de rabia, se puso en pie y amenazándome dijo: “Tú ya tienes un amante”.

José Vasconcelos y Antonieta Rivas Mercado en 1929.

¿Yo, un amante?, ¿un amante yo? Yo no tengo amante ni nada. Si lo que sucedió es simplemente que ya no lo quiero. “Déjame —le grité— me haces daño”. Me había cogido por las muñecas como para echarme al suelo. (…) 

He tenido que desmenuzarle los días de su ausencia, las noches, hora por hora, dónde fui, a quién vi, con quién hablé. Luego, yo me enredo y me dice: “¡Ya ves, ya ves, te cogí; me estás mintiendo!” (…)

Anoche quemó mis libros. Una hoguera. Así quemarían a las brujas. France, Remy de Gourmont, Baudelaire, mi Verlaine, los preferidos, los que había yo mandado empastar. ¡Estaban tan bonitos! No sabe francés, yo se lo estaba enseñando, así que no los puede leer y, sin embargo, dice que son perniciosos, que lo francés está podrido y que corrompe. Primero me los encerró en un baúl negro como un pecado grande, y anoche, ¿era la noche, era la mañana?, ya me había torturado infinitamente hasta exprimirme los huesos, cuando me obligó a traerlos a brazadas. Los amontonó en el jardín, mis libros, míos, y les prendió fuego. El papel cerrado no ardía, entonces los deshojó, los rasgó. Yo me quise ir. “¡Quédate, anda, quédate! —me decía— ¡Míralos arder! ¡Qué bonito, qué bonito infierno! ¡No te vayas, quiero que te quedes!” Y me quedé haciéndome chiquita, hundiéndome en un rincón donde no me tatemara el calor, donde no me iluminara la fogata. ¡Aquel auto de fe, con mis libros, con mis pobrecitos libros! Los anaqueles quedaron ciegos, les vació las órbitas. Ya que sólo quedaron rescoldo y hojas quebradizas planchadas por el fuego, se me acercó, me cogió la barbilla, levantó a fuerza mi cara hasta que su mirada cayó sobre mí. Le vi algo en los ojos y cerré los míos. “¡Oh, eso sí que no, eso no! ¡Dios mío, eso no, no, no!”

En la sociedad patriarcal el hombre no puede concebir el rechazo de la mujer por desamor o cualquier otra causa, como lo manifiesta el relato de Rivas Mercado. Al tratarse de un texto basado en las vivencias, me referiré a los personajes reales. Cuando Antonieta le pide el divorcio a Albert, éste de inmediato le atribuye un amante porque es imposible que ella sienta, piense, decida y actúe por sí sola. Es decir, la mujer ofende al esposo-patriarca, pues tal acto representa un deshonor a la virilidad en las religiones abrahámicas, que no aceptan la libertad de la mujer para sentir y pensar por sí misma. Blair creía que su consorte era una mujer adoctrinada por las leyes falocéntricas, sin identidad ni libre albedrío. Sin otras armas, el marido “ofendido” recurre a la técnica reconocida por la psicología como gaslighting, el término acuñado a partir del filme Gasligh (1944). El esposo-verdugo aplica el abuso  emocional o la manipulación para lograr que la esposa-víctima dude de su propio criterio, percepción, juicio o memoria, provocando su ansiedad y depresión. 

En esa cárcel, la protagonista —el ater ego de Antonieta— padeció la quema de sus libros y la agresión sexual. Por eso, exclama: “‘¡Oh, eso sí que no, eso no! ¡Dios mío, eso no, no, no!’” Estas frases hacen referencia a la violación, ya que para el marido “su” mujer debe cumplir con sus obligaciones en todos los terrenos. En otro apartado del relato, Antonieta especifica el abuso sexual; no se los comparto porque quiero instigarlos a que lean a esta autora tan vigente aun hoy en día.

Sin duda alguna, Antonieta Rivas Mercado se convirtió en una pionera en visibilizar la violencia de género al narrar el horror que desató contra ella su cónyuge. La polígrafa escribió “Páginas arrancadas” en 1929, pero no salió a la luz pública hasta 1980, gracias a Isaac Rojas Rosillo, quien lo compiló junto con otros materiales de la autora.

Bajo esas circunstancias opresivas, el embarazo no se hizo esperar y el 9 de septiembre de 1919 nació Donald Antonio Blair Rivas Mercado, para cuyo acontecimiento la pareja se trasladó a la casa de Héroes #45, el hogar donde había crecido Antonieta al lado de su familia. 

Al poco tiempo, Albert trasladó a su esposa y a su primogénito a la hacienda de Coahuila. Un día, hacia finales de 1920, la madre no soportó más la férula de su marido; su hijo estaba enfermo y Albert insistía en bajarle la fiebre con baldes de agua fría. Antonieta, desesperada, huyó con Toñito —como ella lo llamaba— en un tren de carga, y se estableció nuevamente en la casa de su padre. Blair salió en su búsqueda y permaneció con ella en la residencia de su suegro. No obstante, las diferencias no se limaron, y don Antonio Rivas Mercado apoyó incondicionalmente los deseos de su hija. 

Tal vez con la finalidad de aliviar las asperezas, don Antonio —con su salud menguada— invitó a los Blair Rivas Mercado a viajar con él por Europa. Ella aceptó de inmediato, no así su yerno, quien, sin embargo, dio su consentimiento para que se llevaran a su vástago. Quizá pensó que la distancia resolvería los conflictos y su joven esposa volvería domesticada. Lejos estaba de tener la razón. 

El arquitecto y su familia partieron a Europa el 9 de octubre de 1923. La distancia ayudó a Antonieta a consolidar su decisión: el divorcio era imprescindible. La libertad y autonomía a las que estaba acostumbrada desde la adolescencia, le permitirían volver a ser la que fue y coadyuvarían a un desarrollo más sano para su hijo.

En el Viejo Continente viajó con su padre por diferentes países, con una larga estancia en París, su centro de operaciones. A mediados de 1925, Antonieta le escribió a su marido y le volvió a pedir el divorcio. Al año siguiente ya no pudo posponer lo ineludible y tuvo que regresar a México para enfrentar la demanda de Albert, quien la acusaba de abandono de hogar. 

Vista del pórtico.

El viaje, que supuestamente duraría doce meses, se había prolongado casi tres años (1923-1926). Antonieta estaba feliz en Europa y retrasó cuanto pudo el enfrentamiento con su marido. Don Antonio y su familia llegaron a México el 8 de julio de 1926. Albert, con la esperanza de tenerla a su lado, invitó a su esposa a unirse con él en su nueva casa de Tlalpan, pero ella estaba decidida: no volvería a vivir con Blair. Antonieta y su hijo permanecieron en la mansión de don Antonio; sabía que contaba con el apoyo de su progenitor para todos sus planes.

Entonces la joven de veintiséis años se dedicó a estudiar con pasión y disciplina. Su viaje por diferentes países europeos le había permitido visitar museos, presenciar obras teatrales, asistir a tertulias, en fin, a imbuirse del arte y de la literatura clásicos y vanguardistas, de autores franceses como Proust, Gide y Cocteau, entre otros.

Sin embargo, el 3 de enero de 1927 el deceso del arquitecto Rivas Mercado lanzó a Antonieta por otros derroteros, al convertirse en la heredera y albacea universal de la vasta fortuna de su padre.

De acuerdo con la correspondencia de Antonieta, siempre vivió con su hijo y ella solventó sus gastos; nunca le exigió nada a su marido para evitar conflictos, y Blair, para castigarla, no sólo asumió cómodamente su irresponsabilidad, sino que también le declaró la guerra. En su identidad machista, no podía perder ante “su” mujer.  

Después de la muerte de su padre, Antonieta continuó con su cruzada en favor del arte, el teatro y la literatura. Un grupo de escritores, pintores y músicos, llenos de pasión e ideas, fundó Ulises. Revista de Curiosidad y Crítica, en mayo de 1927, bajo su auspicio. En el número 5, correspondiente al mes de diciembre de ese año, Antonieta colaboró como la única fémina con su reseña transgresora “En torno a nosotras”. 

Mientras tanto, en el ámbito personal, en diciembre de 1927, se dictó la sentencia de divorcio entre los Blair Rivas Mercado y los dos iniciaron un combate desgarrador por la patria potestad de su hijo.

A pesar de sus problemas familiares, Antonieta se lanzó a la aventura de modernizar el mundo de la escena creando el Teatro de Ulises, cuya vida fue breve, mas trascendente para México. El grupo perduró de enero a julio de 1928, con el patrocinio y la participación de Antonieta Rivas Mercado, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Agustín Lazo, Roberto Montenegro, Manuel Rodríguez Lozano, Lupe Medina de Ortega, Clementina Otero, entre otros. Representaron obras de Lord Dunsany, Claude Roger-Marx, Eugene O’Neill, Charles Vildrac y Jean Cocteau. Además, se crearon las Ediciones de Ulises, siempre bajo el apoyo monetario de Antonieta y se publicaron dos  libros en 1928: Novela como nube de Gilberto Owen y Dama de corazones de Xavier Villaurrutia, y al año siguiente Los hombres que dispersó la danza de Andrés Henestrosa.

Antonieta era un torbellino; quería renovarlo todo. Con voluntad férrea, sensible y voluntariosa como había sido desde niña, se entregó a una nueva empresa. En junio de 1928 organizó un patronato para la creación de la Orquesta Sinfónica Mexicana (nombre que recibió en sus inicios) —hoy la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN-México)— bajo la dirección de Carlos Chávez.

El 10 de marzo de 1929 su vida dio un vuelco definitivo. Antonieta conoció a José Vasconcelos en la ciudad de Toluca, candidato a la presidencia de la República por el Partido Nacional Antirreeleccionista (PNA). Desde antes de este encuentro, Antonieta ya promovía en las tertulias de su casa, en Monterrey #107, las propuestas libertadoras del abogado oaxaqueño. Pero a partir de su encuentro, se lanzó de lleno a la campaña vasconcélica. Antonieta se transformó en una Juana de Arco en defensa de la patria, en contra de la autocracia y los traidores. Pronto inició una relación sentimental con quien había sido el sexto rector de la Universidad Nacional de México (1920-1921) y el primer secretario de Educación Pública (1921-1924).

Su biógrafa, Kathryn S. Blair, casada con el hijo de Antonieta, me comentó: “(…) esa actividad diaria que la empuja al límite, que la impulsa a dirigirse al cambio y renovación de México, culmina en un nuevo giro: la política. (…) ya había tragado el anzuelo: la promesa de Vasconcelos de conceder el voto a la mujer. Antonieta tomó su compromiso como promotora del voto femenino con toda su energía”.

A pesar del acoso que padecían los antirreeleccionistas por el régimen en el poder, Antonieta se marchó con Vasconcelos a su campaña presidencial en agosto de 1929. Recorrió algunas ciudades del norte del país y presenció el triunfo del político. Los vasconcelistas entraron a Tampico el 10 de septiembre y unos días después Antonieta dejó la campaña. Se encontraba agotada y tuvo que regresar a la Ciudad de México. Desde la capital siguió los acontecimientos cuando una nueva tragedia se cirnió sobre ellos. 

El 20 de septiembre de 1929, durante un mitin de apoyo a José Vasconcelos, los aliados de Plutarco Elías Calles, el Jefe Máximo de la Revolución, y de su nuevo candidato pelele, Pascual Ortiz Rubio, asesinaron al estudiante Germán del Campo, en una de tantas agresiones a los seguidores del abogado y educador. Ante la violencia y su impunidad, Antonieta decidió salir del país, pues su vínculo con Vasconcelos amenazaba la estabilidad de su familia. Además, era tiempo de atender serios problemas que aquejaban su salud. Abandonó su hogar el 24 de septiembre de 1929.

Antonieta llegó a El Paso, Texas, donde se reencontró con José Vasconcelos hacia finales de septiembre. De ahí se dirigió a Nueva York y arribó a la gran urbe el 6 de octubre. Enferma, deprimida y con poco dinero, trató de sobreponerse a la nueva situación y continuó sus actividades como promotora cultural y con sus planes de escritura. Por esas fechas escribió el artículo ensayístico “La mujer mexicana”. En ese texto revela a una mujer distinta a la que fue en “Páginas arrancadas” (1918-1919).

Diez años después de haber vivido la tiranía de su marido, en “La mujer mexicana” critica los valores opresivos de la sociedad falocéntrica y propone la educación y el feminismo para que las mujeres se liberen de su bondad y pasividad nocivas. Sin duda, los dos textos dialogan y se contraponen, por lo que posiblemente los escribió en el mismo periodo, en los últimos meses de 1929, en Nueva York. Basten estas frases expresadas en “La mujer mexicana” para percibir la toma de conciencia en Antonieta:

Las mujeres mexicanas en su relación con los hombres son esclavas. Casi siempre consideradas como cosa y, lo que es peor, aceptando ellas serlo. Sin vida propia, dependiendo del hombre, le siguen en la vida, no como compañeras, sino sujetas a su voluntad y vendidas a su capricho. Incapaces de erigirse en entidades conscientes, toleran cuanto del hombre venga. El resultado es que éste no estima ni respeta a la mujer y que ella se conforma, refugiándose en lo que han llamado “su bondad”. Pero ya es tiempo de decirles que se trata de un poco de éter o cloroformo sentimental que el hombre les ha estado dando. Si la bondad de la mujer no hubiera sido una ilusión piadosa, se reflejaría en sus hijos, en sus maridos, en todos aquellos hombres accesibles a su influencia. (…)

Es preciso, sobre todo para las mujeres mexicanas, ampliar su horizonte, que se la eduque e instruya, que cultive su mente y aprenda a pensar. (…)

El cultivo de la mujer será el exorcismo que la limpie de su “bondad pasiva”, provocando reacciones que hagan cesar en México la repetición de un siglo de historia como el que contamos desde nuestra independencia.

Antonieta comprendió la importancia del viaje como un elemento primordial para el desarrollo y el quehacer humano. A pesar de encontrarse enferma y de su debilidad física, el 19 de diciembre de 1929 se trasladó a Los Ángeles, en Estados Unidos, para encontrarse una vez más con Vasconcelos, quien había sido expulsado de México. El fraude electoral se había consumado hacía un mes; el 17 de noviembre de 1929 tuvieron lugar las “elecciones presidenciales” y se declaró triunfador a Pascual Ortiz Rubio, el candidato oficial, el segundo títere de Plutarco Elías Calles. 

En Los Ángeles Antonieta continuó con sus actividades, a pesar de su precaria salud y de su incipiente economía. El 24 de octubre se había dado el Crack, la caída de la bolsa de valores en Nueva York, y Estados Unidos había ingresado a la Gran Depresión, una de las mayores recesiones de los países industrializados.

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”, exclamó César Vallejo en su célebre poema “Los heraldos negros” (1919). Algo similiar debió haber experimentado la fundadora del teatro vanguardista en México. Kathryn S. Blair me comentó: “Antonieta perdió su último juicio sobre la custodia de su hijo en la Suprema Corte de Justicia en marzo de 1930”, por lo que decidió regresar al país. 

Antonieta llegó a México en abril y el día 24 recibió la sentencia: Albert ganaba la patria potestad de su hijo. Se le aplicó un arraigo y se le prohibió salir del país sin la autorización de Albert Blair. Las leyes corruptas, al servicio de los preceptos machistas, se habían vendido para despojarla de la custodia de su hijo y, además, inmovilizarla. Como sabía que no existían posibilidades de pelear legalmente, decidió huir con Toñito en junio de 1930. Al mes siguiente le escribió estas líneas  a su madre, doña Matilde Castellanos Haaf: “A Dios gracias estamos bien de salud y contentos. Cuando ésta te llegue, estaremos ya bajo la protección de leyes que no compran influencias, donde el derecho de una madre merece respeto”.

Antonieta y su hijo de diez años viajaron a Tampico, luego a Nueva Orleans y de ahí a París. De la capital francesa se trasladaron a Burdeos, en donde se establecieron el 12 de octubre de 1930. Una huida digna de una madre que lo apuesta todo por su hijo y la justicia. En la pensión de la familia Lavigne, ubicada en la calle Lechapellier 27, en ese rincón acogedor, tranquilo y alejada del mundanal ruido, Antonieta se propuso consolidar su carrera de escritora, tal como lo revelan sus apuntes consignados en su Diario de Burdeos. Estos fueron sus proyectos cuando invocó a Sor Juana, el 10 de noviembre de 1930, en dicho cuaderno:

Así como Sor Juana en cierta ocasión se cortó media cabellera hasta no haber dominado ciertos conocimientos que pretendía adquirir, vedándose el contacto con sus semejantes, yo me prohíbo volver a la vida antes de haber realizado los siguientes proyectos:

Año

31. 32 dominio del latín (iniciado)

33. 34     ” ” del griego

31-     ” ”   del alemán (iniciado)

31. 32. 33 ” ” de la música ” ” ”

Escritura y publicación de:

31

I Democracia en bancarrota (iniciado)

II El que huía

III Madres: Madre animal, Madre Virgen, Madre o Tres estudios femenino-dramáticos

32-

IV Toral y G. del Campo. Teatro. La mujer que casó con un homosexual. Mercedes Ortiz (Guillermina).

33.- Amantes. Novela.

32.- Carmen Palomar, matrimonio con extranjero, choques, sujeción, dolor. Y cuentos cortos suficientes para adquirir y sostener colaboraciones en la prensa americana. Esfuerzo continuo por espacio de tres o cuatro años. Quiero para entonces ganar suficiente con mi trabajo para mis modestos gastos.

En el año de 35, si Dios no dispone otra cosa, me trasladaré a París en donde, en sociedad con Jeanne Bucher, me dedicaré a hacer ediciones de arte y agrandar su salón de exposiciones, mezclándome en la vida intensa y superficial de la gente. Pero para ello necesito dos cosas: (1) tener publicada media docena de libros y subsecuentes colaboraciones; (2) un capital de 150 a 200 000.00 para el negocio y una renta de 10 000 al mes. Mi hijo tendrá 16 años y yo 35. Habrá tiempo para todo. Puedo, sin prisa, madurar.

Madurar, hermosa palabra, cuyo sentido original es: darse prisa, apresurarse para llegar. Apresuramiento sin premura. Expansión natural interna, enriquecimiento por asimilación. 

Cuando Vasconcelos venga a fundar su revista, saldaré mi deuda con trabajo. Traducciones, resúmenes de libros, colaboración original. ¿Firmaré con seudónimo o mi propio nombre? Creo que es preferible usar mi nombre para que todo, lo bueno y lo malo, me sea adscrito.   

Burdeos fue el último santuario de Antonieta. Ahí, fervorosa y disciplinada, escribió cartas a sus familiares, a sus amigos y, sobre todo, La democracia en bancarrota, la crónica de la campaña de José Vasconcelos en búsqueda de justicia política y social. Satisfecha y emocionada concluyó su relato el 31 de diciembre de 1930. El primer día del nuevo año anotó en su diario unas palabras que revelan su nuevo oficio: Antonieta se convirtió en una escritora en Burdeos:

12.30 pm

Acabo de terminar la Democracia en bancarrota. No sé qué valor pueda tener, sé que me he liberado. He comenzado a ordenar la 4a parte, que llamo “Perspectivas”: documentos, etcétera. Queda por hacer revisión, aporte final, el momento creador se ha consumado, ya estoy dispuesta para volar a la novela; tengo la impresión de quien ha cortado una brecha en la maleza, abrí camino, después podré andar con paso largo y flexible.

(Cinco hojas arrancadas)

El aliciente para completar mi cultura, no el impulso que es propio, sino el acicate, no es ni la fama por adquirir ni la gloria por forzar, sino para fijar su atención y forzar su aquiescencia. Es mi espectador ideal, el juez ante el cual me inclino y de cuyas manos es igualmente grato recibir el premio que el castigo. De aquí a dos años comenzaré el griego. 

Y cierra esa entrada en el Diario de Burdeos afirmando: “Me es infinitamente dulce darle a mi vida íntima el sentido de creadora de una realidad afectiva y que será difícil aclimatar en él, pero no imposible. Eso ilumina todo con luz de aurora que fuese crepúsculo”. Antonieta no sólo se declara “creadora”, sino que asume las experiencias como parte vital de la verdadera literatura: biografía y obra van de la mano, como lo reflejó en su relato “Páginas arrancadas”, al igual que en su crónica vasconcélica y en otros escritos.  

Sin duda alguna, todos debemos de leer La democracia en bancarrota, uno de los capítulos más negros de la historia de México; un análisis exacto acerca del sistema posrevolucionario, que con variaciones, sigue vigente en el siglo XXI: la traición a la patria, la privatización, el oportunismo, el fanatismo religioso, los políticos hechos al vapor versus los de formación estadista. 

La alegría de haber terminado su compromiso con la democracia y los caídos durante el vasconcelismo, se nubló por la falta de recursos económicos. De pronto sus familiares en México cancelan los envíos y Antonieta se encontró sola con su hijo, sin dinero y sin trabajo. Ahora su esperanza radicaba en José Vasconcelos. 

Viajó a París el 7 de febrero de 1931 y se reencontró con el político al día siguiente. El plan consistía en fundar la revista La Antorcha. Antonieta describió dichos momentos en su diario, el 10 de febrero de 1931, en la capital francesa, y las consecuencias de la falta de sensibilidad y apoyo del político antirreeleccionista. El excandidato reveló su oportunismo y actitud machista, ya que en esos momentos Antonieta le estorbaba en París, pues su esposa y familia estaban por arribar para acompañarlo en el exilio. Y Vasconcelos dejó a la deriva a su aliada más sincera y combativa.

Antonieta se suicidó el 11 de febrero de 1931 de un tiro, en Notre-Dame. Su intención era dispararlo en el corazón pero dio en el pulmón, por lo que no murió instantáneamiente, sino poco después en el hospital Hôtel-Dieu. Se encontraba agobiada por las leyes mexicanas que la perseguían ante el secuestro de su hijo, por la escasez de dinero (Alicia, Mario y Amelia, aliados con Albert Blair le hicieron creer que estaba en bancarrota, lo cual era falso, y suspendieron los envíos monetarios) y por la falta de solidaridad de Vasconcelos, a quien le había patrocinado su campaña para compartir el sueño de un México democrático, educado y culto. 

Tenía treinta años y se perfilaba como una creadora sólida y madura. Su cuerpo, ante la imposibilidad de ser incinerado —como lo pidió su hermana Amelia— fue sepultado en el cementerio de Thiais, el 16 de febrero de 1931. Cinco años más tarde sus restos se trasladaron a la fosa común, extrañamente el mismo año en que el presidente Lázaro Cárdenas expulsó de México a Plutarco Elías Calles, el enemigo de Antonieta. La vida de Antonieta marcada por los viajes y las innovaciones artísticas concluyó en 1936, cuando caducó la concesión de su tumba en el cementerio de Thiais y sus restos se trasladaron a la fosa común, pues nunca ninguno de sus familiares o amigos reclamaron su cadáver. 

Antonieta dejó registro de haber sido una “escritora, feminista y viajera trasatlántica” en sus obras (completas o inconclusas), así como en sus epístolas y otros documentos. Hoy, en la segunda década del siglo XXI, la observamos desde múltiples perspectivas: es una pionera del sufragismo en México; se casó virgen e ingenua, pero no dudó en ponerle fin a la cárcel del matrimonio en una época en que escasas mujeres se atrevían a hacerlo; representa a las féminas transgresoras y modernas, pues la liberación de la mujer consiste en no vivir bajo las leyes opresivas de un marido, un gobierno o una sociedad. Comprendió que la nueva mujer debía conocer y respetar su cuerpo para no cosificarlo ni degradarlo.

Kathryn S. Blair me comentó en una ocasión que la niña Antonieta solía ir al Claustro de Sor Juana, inmueble que pertenecía a los bienes de su padre; ahí, arrodillada y con las manos en alto, decía: “¡Cuando sea grande, quiero ser como tú!” La actriz, traductora, mecenas, escritora y promotora cultural lo fue, en su tiempo y a su manera. Por eso, Antonieta es un ícono del feminismo mexicano. La misma sed de conocimiento, la misma necesidad urgente de educar a la mujer, el mismo deseo de justicia y de libertad de Sor Juana Inés de la Cruz, impregnaron y le dieron vida a su espíritu innovador.

Elena Garro

Elena Garro

Elena Garro, como Antonieta Rivas Mercado, también fue una “escritora, feminista y viajera trasatlántica”, quien convirtió a Francia en su santuario en más de una ocasión. 

Su vida estuvo marcada por el sino del viaje desde antes de su nacimiento. Inició sus innumerables travesías cuando Esperanza Navarro Benítez, su madre, viajó con un embarazo muy avanzado de su tercer hija en un barco desde España al Puerto de Veracruz. Esperanza había abandonado a su esposo, José Antonio Garro Melendreras, a causa de su infidelidad. De Veracruz se dirigió a la ciudad de Puebla en donde nació Elena Delfina Garro Navarro el 11 de diciembre de 1916. 

Al poco tiempo Esperanza se trasladó a la Ciudad de México, en donde la reencontró meses más tarde su marido. En la capital del país transcurrieron los primeros años de Elena y cuando tenía entre seis y siete años el destino la colocó en Iguala, Guerrero.  

José Antonio Garro, originario de Infiesto, Asturias, y Esperanza Navarro, oriunda de Chihuahua,  instigaron a sus hijos a desarrollar una vida iluminada por la filosofía, la literatura y la creación. Además de ser educada en la cultura occidental, de leer desde temprana edad a los clásicos españoles, griegos, latinos y alemanes, Elena recibió las enseñanzas de la cosmovisión prehispánica; los indígenas que vivían con ella en su casa de Iguala nutrieron su imaginario. 

A los trece años de edad, sus padres la enviaron a la Ciudad de México con la finalidad de que continuara con sus estudios. Terminó la primaria, la secundaria, la preparatoria y en 1936 se afilió a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). 

Sus proyectos comprendían la formación académica, la danza clásica, su desempeño como actriz y coreógrafa en el Teatro Universitario y su disposición para la escritura. Sin embargo, estos intereses se truncaron el 25 de mayo de 1937 al casarse con Octavio Paz. La pareja se había conocido en una fiesta familiar en 1935, cuando Octavio estudiaba Leyes en la UNAM y Elena cursaba la preparatoria. 

Tres semanas después de haber contraído matrimonio, los recién casados viajaron a España, en plena Guerra Civil, pues Paz había sido invitado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Salieron rumbo a Estados Unidos, pasaron por los pueblos de Texas, llegaron a Nueva York y partieron por vía férrea hacia Quebec; ahí los esperaba el barco inglés Empress of Britain. Desembarcaron en Cherburgo y su itinerario los llevó a París. 

Éste fue el primer encuentro de Elena con la capital francesa, que sin duda alguna la deslumbró, por eso, al término de sus aventuras por la nación española, permaneció al lado de su esposo una corta temporada en la Ciudad Luz. 

La pareja regresó a México hacia finales de diciembre de 1937. Desde entonces, Octavio Paz, como Albert Blair lo había hecho con Antonieta, empezó a obstaculizar todas las aspiraciones artísticas e intelectuales de su cónyuge. 

El 12 de diciembre de 1939 nació Helena Laura Paz Garro, la única hija del matrimonio. Así, en 1941, la exalumna de la UNAM y excoreógrafa del Teatro Universitario, limitada por su papel de madre y esposa, solamente pudo dedicarse a una actividad profesional, la del periodismo; este trabajo no le causaba competencia a su marido, ególatra y temeroso de su talento. En una entrevista, Elena Garro explicó:

Y me casé porque él quiso, pero desde entonces nunca me dejó volver a la universidad. Me dediqué a periodista porque él ganaba muy poco dinero entonces y porque eso no opacaba a nadie, sino que producía dinero. Y me dediqué a callar porque había que callar.  

En 1941, la joven esposa se dio a conocer como periodista en la revista Así y publicó entre febrero y abril conversaciones con tres féminas de clase social culta y privilegiada: la cantante de ópera, Lolita González, la artista, Frida Kahlo y la actriz, Isabella Corona. El talento de todas ellas, también se encontraba restringido por las leyes patriarcales. 

Asimismo difundió el reportaje “Mujeres perdidas”, en septiembre y octubre del mismo año, en donde expuso las injusticias cometidas en contra de las mujeres menores de edad, confinadas en un reformatorio. Con esta crónica Elena Garro se convirtió en una pionera en la visibilización de la violencia de género como periodista encubierta. La joven de veinticuatro años ingresó al penal en calidad de presa común para descubrir y poder revelar las atrocidades perpetradas en contra de las mujeres de la clase social desprotegida. La reportera triunfó con su reportaje, ya que cesaron a la directora del penal, responsable de las vejaciones. 

Así, Elena Garro, como Antonieta Rivas Mercado, registró la misoginia, el clasismo y la condición femenina bajo el yugo falocéntrico.

Después, la joven esposa se dedicó a promover la carrera de su marido en los diferentes países donde residieron. El 5 de diciembre de 1943 partió rumbo a Berkeley, Estados Unidos, con su hija; Octavio Paz había obtenido una beca Guggenheim y se encontraba en California desde noviembre. Las dos Elenas retornaron a la capital mexicana en octubre del año siguiente. 

A finales de octubre de 1944, Paz inició su carrera diplomática integrándose al consulado de México en San Francisco, y en 1945 lo asignaron al de Nueva York. Mientras tanto, entre febrero y marzo de 1945, Garro había trabajado como periodista y traductora en la Conferencia Interamericana en la Ciudad de México. A mediados de ese año emigró a Nueva York, en donde trabajó de editora y traductora en la revista Hemisferio, publicada por el American Jewish Committee. 

Siguiendo la trayectoria diplomática de Octavio Paz, emprendió el viaje hacia Francia a principios de 1946. Su esposo había sido destinado a la embajada en París como tercer secretario el 23 de octubre de 1945. Esta vez se reencontraron en una nación devastada por la Segunda Guerra Mundial. El clan Paz Garro radicó en el número 199 de la avenida Víctor Hugo. Elena se relacionó con un sinfín de personalidades de la cultura latinoamericana y europea, pero tras bambalinas.

A finales de los años 40 conoció a Adolfo Bioy Casares. El escritor argentino llegó a París con su esposa Silvina Ocampo, en marzo de 1949. Prendado de Elena, Bioy  Casares regresó a París en 1951 y el idilio cobró fuerza y esplendor de marzo a agosto de ese año. Sin embargo, como ambos estaban casados, el romance no prosperó. Paz no concedió el divorcio y Bioy no tenía planes de llevar a cabo la disolución de su matrimonio. 

Bioy Casares regresó a la Argentina en agosto de 1951 y la amada quedó desolada ante el abandono. En este periodo, Elena esbozó el primer borrador de su novela Los recuerdos del porvenir. Su estado anímico desencadenó su nostalgia por México y su infancia feliz en Iguala, propiciando el nacimiento de este canto épico sobre su país y su gente. París y la escritura fueron el santuario donde se reencontró en otros tiempos más dichosos para escapar a su doloroso presente.

En diciembre de 1951, Octavio Paz se embarcó rumbo a la India, adonde había sido transferido; las Elenas permanecieron en su domicilio parisiense. El poeta y ensayista residió en Nueva Delhi alrededor de seis meses. A mediados de 1952, madre e hija abandonaron Francia con dirección a Japón; allá las esperaba Octavio Paz, quien había sido designado encargado de negocios interino para restablecer la embajada de México en el país oriental.

Elena escribió en su diario: “El 6 de junio de 1952 dejo París (…). Cuando arranca el tren tengo la impresión de que he muerto”. Aunque no pudo continuar con sus estudios académicos ni publicar, sin lugar a dudas su segunda estancia en París enriqueció su imaginario. Durante esos seis años de vida parisina, convivió con los intelectuales de las vanguardias europeas, además de asistir a obras teatrales, museos, tertulias diplomáticas, exhibiciones de filmes experimentales, etcétera.

Octavio Paz y Elena Garro.

La familia Paz Garro radicó en Japón alrededor de cuatro meses; luego se trasladó a Ginebra y a Berna, Suiza, ciudades en las que radicó entre febrero y octubre de 1953. Durante ese periodo Elena concluyó Los recuerdos del porvenir

Hacia finales de 1953, Elena cerró ese ciclo de viajes por Europa y Oriente y regresó a México al lado de su esposo e hija.

Pese al exilio de la vida cultural impuesto por su cónyuge, Garro registró en sus cuadernos y libretas las ideas, las vivencias y las creaciones que iban forjándose en su imaginación, para poder expulsarlas en el momento propicio de darse a conocer como escritora.

Por fin, el 19 de julio de 1957, a los veinte años de casada, el cuarto programa de Poesía en Voz Alta representó por primera vez tres de sus piezas en un acto: Andarse por las ramas, Los pilares de doña Blanca y Un hogar sólido. En esas piezas en un acto, Elena Garro señaló por segunda ocasión la violencia de género, la autocracia machista que degrada a la mujer y busca aniquilar su identidad y talento. Esta vez lo llevó a cabo a través del género teatral de la farsa.

La crítica aplaudió las innovaciones de la nueva dramaturga, quien al incorporar la magia, la fantasía, es decir, el mundo de la ilusión en el escenario, inauguraba el realismo mágico en el teatro contemporáneo. Su éxito fue rotundo, como lo había sido en calidad de periodista encubierta.  

También a mediados de los años 50, escribió Los perros y El rastro, dos obras teatrales que capturan la violencia en contra de la mujer. En la primera, abordó el tema de la pedofilia, y en la segunda el del feminicidio, ambos perpetrados por varones misóginos. Con esta producción, Elena Garro demostraba su versatilidad creativa:  de reportera a novelista, y también autora de farsas, dramas y tragedias.

La Universidad Veracruzana editó su primer libro Un hogar sólido y otras piezas en un acto en 1958.  

Elena, defensora de la justicia y la pluralidad, al mismo tiempo que se daba a conocer como dramaturga, desde finales de 1956 se había involucrado en la defensa de los campesinos despojados de sus tierras. En enero de 1959 ganó en un juicio las propiedades comunales de Ahuatepec, Morelos, junto con el líder agrarista Enedino Montiel Barona.

La ruptura entre Octavio y Elena tuvo lugar en este periodo (1956-1959). Destacan los motivos ideológicos (Paz en la vida oficial y Garro con los sublevados) y las razones íntimas (ella se vincula con Archibaldo Burns, y él con Bona Tibertelli de Pisis).

Después del triunfo en Ahuatepec, Adolfo López Mateos, entonces presidente de México, la obligó a salir del país en febrero de 1959, para aislarla de la política y de los movimientos sociales. Los poderosos la expulsaron del territorio nacional por su activismo, pero también por su supuesta conducta “inmoral”. En la sociedad machista la infidelidad se castiga solamente en la mujer. Su combate y su rebeldía en contra de la autocracia y de la sociedad falocéntrica provocaron su destierro. Se trasladó con su hija a Nueva York y después a Europa. En los primeros meses de 1959 llegó por tercera vez a París. Y la capital francesa se convirtió en su cálido hogar, alejada del yugo y de los mandatos de Octavio Paz.

Elena se dedicó a escribir en su santuario parisiense. Madre e hija se establecieron en la casa donde había habitado Molière, en la calle l’Ancienne-Comédie número 16, en septiembre de 1961. En esa época escribió Inés, una de sus novelas más emblemáticas, en la cual retrata un feminicidio efectuado por intelectuales depravados. 

En el verano de 1963, Elena pudo volver a México en compañía de su hija, y la periodista y escritora María Luisa la China Mendoza, la entrevistó:

Elena Garro usufructúa una de las más hermosas sonrisas del mundo, juvenil, fresca, iridiscente. Hace juego con el cabello que es como trigo maduro y ojos negros del color de su prosa poética, de su humor también negro y mexicano. Dejó cerrada su casa de París, esa casa que situada en la calle de la Ancienne-Comédie número 16 antes había sido de los comédiens français. Afuera una placa dice: “Comédie-Française. Ancien Hotel des Comédiens Ordinaires du Roi. 1689-1770”. Los artistas entran hasta el patio y bobean las ventanas de Elena. Pero no llegan a la bohardilla en donde fueron encontrados dos medallones pintados en la pared con las efigies de Danton la una, y de Marat la otra.

—Vivimos en la casa que fuera de Molière. Cuando éste nos visita el lugar es encantador, lleno de sol, amable y tranquilo, pero cuando regresa Marat, que se escondió allí durante la Revolución francesa —lo ocultó su íntima amiga, la actriz Mademoiselle Fleury—, sufrimos un cambio radical, se llena de sombras, los pisos se vuelven umbrosos y aterradores.

Elena Garro de Paz, semi-sentada, semi-hincada, platica y fuma. Se mira bonita con un sobrio traje sastre blanco que parece cosido por ángeles modistos. Relata anécdotas de fantasmas que pululan por su hogar, maquillados, recitando a Phèdre de Racine, que fue con la obra que inauguraron ese teatro cercano. Y cuenta que cuando compraron el inmueble de las magias, la antigua dueña exigió que en el contrato estuviera estipulado que si encontraban un tesoro se lo repartirían mitad y mitad; luego ríe cuando se acuerda —esta Elena llena de una memoria deliciosa— de un amigo que vive en la casa de D’Artagnan.

Poco después de su arribo a la capital mexicana apareció Los recuerdos del porvenir, aquella obra que había nacido en París, en 1951. Nuevamente Elena Garro deslumbró a sus correligionarios con su primera novela, que la colocó entre los mejores autores de la literatura universal del siglo XX.

El castigo por su desobediencia al gobierno no la detuvo en su lucha en contra de las injusticias y de la dictadura del PRI y retomó su activismo a favor de los campesinos, ya no sólo en el estado de Morelos, sino a lo largo y ancho del país. 

Como Antonieta Rivas Mercado, Elena se involucró en la política en busca de democracia y justicia social. En 1965 se unió al movimiento de Carlos Alberto Madrazo Becerra, en esos momentos a la cabeza del PRI, quien buscaba reformar el partido en el poder, con el propósito de romper con el totalitarismo de la organización nacida en 1929 con Plutarco Elías Calles, el mismo que vio nacer Antonieta Rivas Mercado.

Elena Garro fue una defensora asidua del madracismo. En el verano de 1968 surgió el movimiento estudiantil en contra del sistema dictatorial mexicano. Pero la escritora no se alió a la corriente estudiantil, pues ella y Madrazo se percataron de que se trataba de un alzamiento que buscaba eliminar a los candidatos que amenazaban la estabilidad priista, y por ende, la estabilidad exigida por la Casa Blanca, en Estados Unidos. 

Recordemos que dentro del PRI había varios candidatos que aspiraban a la silla presidencial y detentaban una contienda entre sí. Por otro lado, estaba Madrazo, que para septiembre de 1968 había formado un nuevo partido político, Patria Nueva, ya que el PRI lo había expulsado de sus filas en noviembre de 1965.

Igual que les sucedió a los vasconcelistas en 1929, los madracistas fueron acosados por los pistoleros del régimen. El 28 de septiembre, Garro recibió una amenaza de muerte vía telefónica y abandonó su casa en Alencastre 220, ubicada en Lomas de Virreyes, acompañada por su hija. Aterrorizadas, al día siguiente se refugiaron en la casa de María Collado, ubicada en la calle de Lisboa 17, en la colonia Juárez.

Para desactivar tanto al movimiento estudiantil como la amenaza del madracismo, el régimen de Gustavo Díaz Ordaz perpetró la masacre de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

Las Elenas escucharon las sirenas de las ambulancias y los ecos de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas en la pensión de María Collado. Todavía la escritora no se imaginaba el alud que se cerniría sobre ella. Las fuerzas represivas no sólo orquestaron el inicio y el fin del movimiento estudiantil en Tlatelolco, sino que tres días después atacaron a Madrazo y a su aliada inoportuna.  

El gabinete de Gustavo Díaz Ordaz acusó a Carlos A. Madrazo y a Elena Garro, entre otros personajes subversivos, de ser las principales cabezas de un complot comunista para derrocar al gobierno. Esta farsa, articulada principalmente por Luis Echeverría Álvarez, secretario de Gobernación, y la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la policía secreta del regimen bajo el mando de Echeverría, crearon esa farsa para eliminar de la arena política a Madrazo, quien iba ganando popularidad para las elecciones presidenciales de 1970, y Elena Garro por su afiliación al estadista tabasqueño y por su activismo.

A Madrazo lo eliminaron en un supuesto accidente aéreo, colocaron una bomba en el avión en el que viajaba con su esposa, el 4 de junio de 1969. A Elena Garro no la asesinaron física sino intelectualmente, mediante la leyenda negra. La acusaron de ser espía del gobierno, y de haber denunciado a los estudiantes y a los escritores ligados al movimiento estudiantil. 

La farsa salta a la vista. Elena Garro nunca fue comunista, todo lo contrario; denunció siempre las atrocidades que se cometían en la URSS, en China y en Cuba. Decía que el capitalismo y el comunismo no eran tan distintos. Por otra parte, Elena Garro no pudo haber denunciado a los estudiantes y escritores afiliados al movimiento estudiantil, ya que esa corriente no era clandestina; se trataba de un movimiento abierto a la opinión pública, por lo tanto, sus simpatizantes y defensores se denunciaban en los mítines y manifestaciones en los auditorios o en las calles.

Elena Garro vivió en la Ciudad de México a salto de mata de 1968 a 1972. Ante el acoso policiaco, huyó con su hija a Nueva York, donde pidieron asilo político, pero ante la negativa del gobierno estadounidense, abandonaron el país en mayo de 1974. Se marcharon a España. Ahí pasaron hambre, soledad y acoso de 1974 a 1981.

Por fin, en 1980, la editorial Joaquín Mortiz rompió el silencio y publicó su colección de relatos Andamos huyendo Lola, textos en los que describe los horrores de la persecución y del ostracismo. Ese mismo año recibió el Premio de Novela Grijalbo por Testimonios sobre Mariana, que vio la luz en 1981. En esta novela, Elena retrata su vida con Octavio Paz y la violencia de género padecida a su lado. Al año siguiente, en 1982, dio a conocer Reencuentro de personajes, otra de sus obras que registra la opresión de la mujer bajo el falocentrismo. Estas dos novelas presentan estructuras complejas que sirven para puntualizar la crueldad génerica desde diferentes aristas. 

Gracias a los ocho mil dólares del galardón otorgado por la Editorial Grijalbo, Elena Garro pudo trasladarse con su hija a París en el verano de 1981. En su santuario francés transcurrió la mejor época del exilio, pues pudo dedicarse a escribir con cierta tranquilidad, mientras Helena Paz Garro trabajaba en la embajada de México. 

Vale la pena mencionar que su novela de corte político Y Matarazo no llamó… la empezó a escribir en México, en 1957, pero que la reescribió en París, en este periodo del exilio político. En 1989 concluyó su revisión y la publicó en 1991. Una vez más París le ofreció el sosiego necesario para concluir otra de sus obras más significativas, en donde desmanteló la corrupción y la violencia del poder.

Finalmente, madre e hija regresaron a México el 7 de noviembre de 1991. Elena Garro fue invitada por un grupo de amigos escritores, para recibir una serie de reconocmientos. Pisó suelo nacional  en Guadalajara. Después de dos meses de homenajes y ruedas de prensa, las Elenas se reinstalaron en su departamento de París, a principios de enero de 1992. 

El 10 de junio de 1993 volvieron a su país de origen y en esta ocasión las recibieron en el aeropuerto de la capital mexicana. Los amigos de Elena le habían prometido una casa y trabajo, pero todo resultó un fraude. Madre e hija se instalaron en Cuernavaca, Morelos, en un sofocante y maltrecho departamento. Habían transcurrido veinte años de un exilio atroz y despiadado.

La vida errante de Elena llegó a su fin el 22 de agosto de 1998, cuando voló a su hogar sólido.

Elena Garro vivió los últimos treinta años de su vida estigmatizada por la leyenda negra orquestada por los funcionarios priistas y los escritores al servicio del erario. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, una gran mayoría de los lectores creen en esa historia creada por la oligarquía, ya que seguimos viviendo en una sociedad patriarcal, en donde se defiende a Octavio Paz, y Elena Garro, paradigma de Eva, Pandora o de Malinalli (mal llamada La Malinche) es la culpable de todo.  

El legado de Elena Garro consta de 16 obras de teatro, 7 novelas, 2 colecciones de cuentos, 2 novelas cortas, 3 libros de relatos, un libro de memorias, un poemario, así como un sinfín de entrevistas, artículos y reportajes periodísticos, y en cada una de sus obras resalta su mirada crítica en contra de la violencia de género y su deconstrucción de la historia oficial mexicana.

Sin lugar a dudas, Antonieta Rivas Mercado y Elena Garro pagaron una alta factura por su rebeldía, y ahora nos corresponde a nosotros celebrar su beligerancia y colocarlas en el lugar que se ganaron con su activismo y su palabra incendiaria, para que vivamos en un mundo menos opresivo.

Patricia Rosas Lopátegui
Patricia Rosas Lopátegui
Nació en Tuxpan, Veracruz (1954). Actualmente es profesora de literatura mexicana en Chicana y Chicano Studies (CCS), en la Universidad de Nuevo México (UNM). Ha publicado la biografía de Elena Garro en tres volúmenes: Yo sólo soy memoria. Biografía visual de Elena Garro (Ediciones Castillo, 1999); Testimonios sobre Elena Garro. Biografía exclusiva y autorizada de Elena Garro (Ediciones Castillo, 2002) y El asesinato de Elena Garro. Periodismo a través de una perspectiva biográfica (Editorial Porrúa, 2005). Compiladora y autora de Yo quiero que haya mundo... Elena Garro 50 años de dramaturgia (Editorial Porrúa, 2008); coordinadora y autora de la “Introducción” de Elena Garro. Obras reunidas II. Teatro (FCE, 2009); coordinadora y autora de la “Advertencia” de Elena Garro. Obras reunidas III. Novelas (FCE, 2010). Asimismo compiladora y autora de dos antologías: Transgresión femenina. Estudios sobre quince escritoras mexicanas (1900-1946) (Floricanto Press, 2010) y de Óyeme con los ojos. De Sor Juana al siglo XXI. 21 escritoras mexicanas revolucionarias (UANL, 2010, 2 vols.). Como parte de su labor para recuperar a escritoras mexicanas rezagadas ha publicado Nahui Olin: sin principio ni fin: Vida, obra y varia invención, en donde se reúne la obra poética de Carmen Mondragón (UANL, 2011), y las Obras completas de Guadalupe Dueñas que contiene los trabajos publicados e inéditos de la autora jaliscience (FCE, 2017; 2023). Publicó la segunda edición aumentada de El asesinato de Elena Garro. Periodismo a través de una perspectiva biográfica, un significativo volumen de 1090 páginas, con un acervo fotográfico de 100 imágenes, que recogen los artículos, entrevistas y reportajes de Elena Garro (UANL, 2014). Para celebrar el centenario del nacimiento de Elena Garro (1916-2016) dio a conocer su poesía en Cristales de tiempo. Poemas inéditos de Elena Garro (UANL, 2016). Dos años más tarde, La Moderna, editorial con sede en Cáceres, Extremadura, publicó Cristales de tiempo en España. También es autora y compiladora de Diálogos con Elena Garro. Entrevistas y otros textos (Editorial Gedisa, 2020, 2 vols.). Su interés por reconocer las innovaciones de diez escritoras mexicanas del siglo XX, la llevó a conformar la serie Insurrectas. De esta colección ya se encuentran en librerías Nahui Olin. El volcán que nunca se apaga y Antonieta Rivas Mercado. Torbellino de voluntades (Editorial Gedisa, 2022), así como Nellie y Gloria Campobello. El fuego de la creación y El fuego de la creación continúa (Editorial Gedisa, 2023, 2 vols.), y Guadalupe Dueñas. Artífice de la palabra (Editorial Gedisa, 2025). Sus trabajos más recientes en torno a la obra de Elena Garro son: Elena Garro sin censura. Obra inédita: guionismo cinematográfico, diario, dramaturgia, narrativa, memorias, investigación, epistolario, traducción (Editorial Gedisa, 2023) y A misustituta en el tiempo. Poesía de Elena Garro (Editorial Gedisa, 2024).
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