Literatura:  Inteligencia, imaginación y palabras

Este episodio de la vida cultural internacional, porque difícilmente hay más universal que Cervantes, se me queda  en  e l  a l m a. Acudo vía remota a la entrega del premio Cervantes 2026, que está por formalizar su entrega a Gonzalo Celorio Blasco (1948-)

La solemnidad del acto y la belleza del recinto me lleva a enorgullecerme de ser mexicana y de formar parte del México que escribe, estudia, reconoce a su universidad autónoma y a sus intelectuales y sigue la intuición de Alfonso Reyes, quien decía que en los textos literarios conviven la inteligencia rectora y la imaginación… en estos tiempos tan grises.

En este ambiente electrizante de tanta emoción, reparo, de pronto, en una inesperada, sorpresiva, magnífica evocación de Elena Garro (1916-1998), en la voz del ministro de cultura de España Don Ernest Urtasun. Desde el podio, Urtasun lleva a la audiencia a ver, con nitidez insólita, tras la mención de una página de sus Memorias de España, a la escritora Elena Garro. Todavía ningún ministro de cultura de México ha hecho mención alguna de Elena Garro, ya no se diga leerla. El carácter transgresor de Elena Garro la condenó a un exilio del que retornó únicamente para morir.

Pero este ministro no hace preámbulos, no explica. Da por hecho que su mención caerá en oídos receptivos. Desde mi espacio, lejos de aquel recinto vivificante, me digo que algo acaba de acomodarse en el mundo, en el universo, en la galaxia. De toda la pléyade literaria, elegir a Elena Garro compensa de manera generosa los silencios, las ausencias. Lo primero que pienso es que un lector acaba de restablecer la misión comunicante de esos vasos, arrancando al olvido a esta escritora, esta misma que aquí, en unas cuantas pinceladas acaba de restablecer los lazos cósmicos entre México y España. Urtasun abunda:

“indómita, sensible, inteligente, al lado de los desfavorecidos, crítica con las injusticias, también con las de su propio matrimonio, un internado de reglas estrictas y de regaños cotidianos…” 

Ese premio Cervantes que no puede, por reglamento, otorgarse a personas de manera póstuma, da un giro para reconocer con elegancia a una gran escritora, a una gran mujer. Me quedo con las ganas de seguirle. La anécdota arrancada a las páginas de Memorias de España relata con la belleza prosística de Garro su encuentro con Luis Cernuda.

Lo que no se dice ahí, no hace falta, es cuánto nos unen con España las palabras, junto a la ineludible realidad de que cada mexicano lleva en sus venas entremezcladas las sangres de ambas naciones… gitanos, cantabrios, vascos, visigodos, moros, mexicas, mayas, olmecas, toltecas. ¿Cómo separar, qué separar…? ¿colores, fibras, tiempos?

Y ahora a Gonzalo Celorio, un escritor que si algo hace por vía de su obra es distinguirse. De él dice Urtasun que “abraza todo lo que hay entre La vida es sueño, de Calderón de la Barca y La vida es un sueno de Beny Moré;” en ese viaje entre “el ansia mística y barroca de un soneto de Sor Juana y el lamento de una noche criolla en la voz de Toña la Negra.”

Y es así como vemos llegar al premio Cervantes a quien llegó a la historia por vía de la Comala de Rulfo y a las palabras gracias a sus maestros del exilio en la Facultad de Filosofía y Letras.

“En la palabra se cifraba mi destino” –concluye Celorio. “La palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra “palabra”.

 El discurso de Gonzalo Celorio, presente, impactante, me llevó por mi México, mi ciudad de México, mi propia niñez, mi propia cercanía con los libros, al crecer en una familia de prole numerosa, mis años universitarios.

Y guárdense este episodio a manera de talismán, habitado de palabras, para cuando requieran de un empujoncito, el que prometió a Celorio su padre, en su despedida, antes de morir; o el modo como anhelaba él diferenciarse de sus hermanos e ir contra la consigna de su madre que decía  a sus hijos: “todos son iguales.”

Gracias, Gonzalo, me enorgullece que me representes como mexicana, como profesora y como escritora en las letras universales. Y abrazo el talento y la magia que se requieren para poner todo eso junto en un homenaje que, pese a la distancia, tocó mi corazón mexicanísimo. Me gustaría tanto que un mexicano como Gonzalo Celorio nos gobernara.

María Dolores Bolívar
María Dolores Bolívar
María Dolores Bolívar es escritora, periodista y académica, licenciada en Ciencias Políticas por San Diego State University, con maestría y doctorado en Literatura y Estudios Culturales por University of California San Diego, UCSD, con especialidad en Literatura Mexicana y Teoría de la Crítica. Originaria de Hermosillo, Sonora, creció en la Ciudad de México. Fundó un taller de creación literaria y los Jueves Literarios en Ensenada, Baja California. Como periodista cultural independiente trabajó en Zacatecas, donde se desempeñó como editora y reportera del periódico Imagen, La Llovizna y Mi Pueblo, y fundó la columna crítica «La Ruda», que originó la publicación electrónica Olas Civiles. También escribió para los suplementos en español del diario San Diego Union, Enlace y Hoy. Su trabajo académico ha sidopublicado por Texto Crítico, Nuevo Texto Crítico, Casa de las Américas, Olas Civiles, Peregrinos y sus letras, Opera Mundi, Mundana y Culturadoor. Es autora de los libros Río, para después el mar y Mudanzas, empacar lo que no esté roto y contribuyó al volumen Testigos de Ausencias, cuentos y relatos de escritores de la diáspora mexicana de José Mario Martín Flores y José Salvador Ruiz. Otras publicaciones incluyen Calaveras en rima, elegías mexicanas desde el exilio, Zacatecas polvo y luz, Ciudad que se me escapa, De espaldas al mar, Éxodos de ida y vuelta y La palabra (H)era, ganador del primer lugar en poesía del Chicano Latino Literary Prize en 1990. Actualmente es profesora en el Departamento de español y portugués de San Diego State University.
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