Coyote vs. Acme o El homenaje a Peter Lorre

Individuo vs. poder

En la novela La niebla (incluida en la antología Dark Forces, de Kirby McCauley, en 1980), Stephen King pone en boca de su narrador una frase que se ha citado a menudo para aludir al cambio de mentalidad del ciudadano de a pie sobre el horror sobrenatural e, incluso, sobre aquel desfasado horror encarnado en el monstruo de carne y hueso remendado, al estilo de Frankenstein, por terrores tecnológicos y ecológicos más reales:

«Cuando las máquinas fallan, cuando falla la tecnología y fallan los sistemas religiosos tradicionales, la gente necesita aferrarse a algo. Ni el deambular nocturno de un zombi resulta tan pavoroso como la desintegración de la capa de ozono bajo el ataque conjunto del fluorocarbono de millones de botes de sustancias pulverizadas».

La humanidad, representada por varios gobiernos de buena voluntad que ejercieron presión sobre las empresas para revertir el daño (bajo el Protocolo de Montreal), con base en las investigaciones del químico mexicano Mario Molina y el químico estadounidense Sherwood Rowland, que pusieron sobre aviso al mundo acerca del peligro de los productos fluorocarbonados de libre venta en el mercado y que les valieron el refulgente Premio Nobel, había hecho algo bueno al unísono, en un caso rarísimo de unión y transparencia.

En el mundo fuera de la realidad (parafraseando las presentaciones de las antologías sobre la Edad de Oro de la Ciencia Ficción, del tan popular como pesado Isaac Asimov), pero situado en el valiosísimo terreno de la metáfora, el personaje animado Wile E. Coyote, mejor conocido como Coyote, a quien Chuck Jones, su genialísimo creador, da por nombre Carnivorous vulgaris, parodiando los tan rimbombantes como poéticos nombres científicos grecolatinos que los biólogos damos a las especies que descubrimos, bien podría aplicar a su devenir existencial la frase kingniana ante la eterna y fracasada insistencia de usar los inservibles artilugios de la empresa mundial Acme.

A estas alturas, la joya Coyote vs. Acme (2026) ha pasado ya de los 12 millones de dólares en taquilla en México, con un consenso del 96 % de aprobación crítica en Rotten Tomatoes, movilizando a su director, Dave Green, a realizar una visita al país como muestra de agradecimiento. La historia de la película sobre las conmovedoras vicisitudes de Coyote, que promueve una demanda contra dicha poderosísima marca trasnacional de aparatos con los que intenta atrapar al Correcaminos (Acceleratti incredibilis), no solo se ha visto como una metáfora del individuo (incluyendo al acobardado abogado Kevin Avery, interpretado por el irritante actor Will Forte) contra los poderosos, sino como una película metaficcional que, extrañamente, en una suerte de ironía especular, refleja la suerte que la película estuvo a punto de sufrir cuando Warner Bros. —la casa productora que creara a los legendarios y queridos Looney Tunes— la destinara a la cancelación para reclamar una pérdida fiscal, sin aviso previo a sus creadores y al elenco involucrado.

Coyote vs. Acme se habría podido titular Coyote vs. Warner, o el caso de la criatura contra su creador (¡bendita seas, Mary Shelley!), hasta que un informe de TheWrap sobre el hecho movilizó al público y a un sector de la industria cinematográfica a la acción. Los hashtags #ReleaseCoyoteVsAcme y #SaveCoyoteVsAcme no se hicieron esperar. Entonces llegó la salvación, pero para la película, no tanto para Coyote, cuyo destino, al estilo de Sísifo —el mítico personaje griego que los dioses condenaron a hacer rodar cuesta arriba una roca que siempre se despeñaba después, y al cual Albert Camus convirtió en símbolo del hombre común que no se arredra ante las dificultades (sabemos que lo leíste, querido Coyote) y que da nombre al proyecto secreto en la trama—, cambió cuando la distribuidora independiente Ketchup Entertainment entró en juego, adquiriendo los derechos de distribución del filme por 50 millones de dólares.

Y es precisamente ese el meollo del asunto. La investigación de Avery, con Coyote siempre pegado a sus talones, no solo lo conduce al descubrimiento del Proyecto Sísifo, que considera, en ese mundo donde los dibujos animados (como sucediera en la obra maestra ¿Quién engañó a Roger Rabbit? [Who Framed Roger Rabbit; Robert Zemeckis, 1988]) conviven con los humanos, meros sujetos de prueba (una oportuna referencia a la bioética, que pone énfasis en la prohibición de animales en el testeo empresarial de productos destinados al consumo humano), de los aparatos inventados por la empresa, con todo el dolor que conlleva, porque, no importa cuántas veces un dibujo animado se levante y recomponga después de ser aplastado, partido en dos o volado en mil pedazos, este sufre, según la lógica diegética del filme.

La reivindicación de Peter Lorre

Así, en esta ficción tan cómica como atrapante, tenemos varias víctimas, empezando por Coyote como consumidor estafado y siguiendo por personajes como el Pato Lucas, que habrían sido víctimas de este tipo de experimentación criminal. También tenemos a los otros seres de la nostalgia: un Piolín transformado en maloso, el Gallo Claudio como el inescrupuloso CEO de Acme y, de parte de los humanos, Buddy Crane (John Cena), como el amenazante abogado de la empresa.

De entre todos destaca otro personaje animado, el antropomorfo Dr. Lorre, un científico explotado y, posteriormente, denunciante de Acme, encargado del Proyecto Sísifo, que funciona como homenaje al enorme corpus de animación de Warner Bros., en particular a aquellos cartoons que parodiaban a los actores de la época, entre estos a Peter Lorre, cuyos ojos saltones, estatura baja y cuerpo rechoncho hicieron de él una presencia bastante reconocible en películas como M, el vampiro de Düsseldorf (aka. El vampiro negro; M, 1931), del coloso Fritz Lang y pionera en la forma —sobre todo periodística— en la cual el cine daba cuenta de un caso policíaco, en la que interpreta a Peter Kürten, el asesino de niños que afirmaba haber bebido su sangre (aunado al placer sexual que experimentaba), lo que le ofreció la oportunidad de crear un personaje tímido, de voz susurrante pero alevoso, que lo acompañaría en casi el resto de su filmografía… y en el arquetipo del actor caricaturizable para tantos artistas de la animación.

Lorre es el desagradable Joel Cairo en El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941), del enorme John Huston; el secundario Ugarte en Casablanca (Michael Curtiz, 1942), y Julius O’Hara, uno de los entrañables personajes de La burla del diablo (Beat the Devil, 1953), una autoparodia de El halcón maltés por parte del mismo Huston. También es el acompañante perfecto de los villanos de las películas de ciencia ficción y terror: 20 000 leguas de viaje submarino (20,000 Leagues Under the Sea, Richard Fleischer, 1954), donde interpreta a Conseil, el ayudante del sorprendido profesor Aronnax (Paul Lukas) al momento de abordar el Nautilus; el alcohólico Montresor Herringbone, que odia al gato de su bella esposa en el episodio cómico El gato negro, segunda historia del tríptico que compone Tales of Terror (1962), de Roger Corman; y el Dr. Adolphus Bedlo, convertido en cuervo en El cuervo (The Raven, 1963), igualmente de Corman.

Pero también es el científico loco —que vive en un castillo con el letrero «Evil Scientist»— del cartoon de Bugs Bunny El gran científico (Hair-Raising Hare, Charles M. Jones, 1946), que crea una coneja autómata (a la que da cuerda) y la envía para atrapar a Bugs, con el fin de que este sirva de cena al monstruo rojo y acorazonado, hecho de puro pelo, Gossamer (también llamado Rudolph en su primera aparición en pantalla), que guarda tras una puerta con el rótulo de «Monster». El episodio incluye varios de los gags de ingenio puro —un doctor del «público», del cual vemos solo la silueta, como si se levantara de la primera fila de butacas del cine, rompiendo la cuarta pared, que atiende al llamado de Bugs; la imagen del monstruo, que huye del otro lado del espejo cuando este se refleja; y otro momento de ruptura de cuarta pared cuando Bugs, mudo de miedo, enseña al público letreros con las palabras «Yipe!», «Yipes!»— que suponen el momento más álgido de la animación de Charles «Chuck» Jones, su director.

Lorre se volvió caricatura, ser animado y habitante de «Bujolandia» (pedimos prestado el nombre de dicho país a la película de Zemeckis, por supuesto) al aparecer en cartoons devenidos en clásicos, aparte del mencionado: en la parodia Hollywood Steps Out (1941), de Tex Avery, el otro grande de la animación, que lo incluye en la fauna del club nocturno Ciro’s, de West Hollywood, al lado de más de cuarenta estrellas de la época (entre estas, Greta Garbo como cigarrera); Birth of a Notion (1947), un «guiño, guiño» a la infame Birth of a Nation (1915), de Griffith, ideada por Bob Clampett y dirigida por Robert McKimson, que introduce al Dr. Lorre, quien desea hacer del Pato Lucas —que se ha negado a migrar al sur con sus compañeros alados— un sujeto de sus experimentos, con la ayuda de su perro Leopold; o Racketeer Rabbit (1946), de Friz Freleng, otro cartoon de Bugs Bunny, en el cual Lorre aparece como el gánster Hugo, cómplice de Rocky (la caricatura de Edward G. Robinson), repleto de gags de época desternillantes, pero desdibujados a la distancia, como la alusión al programa de radio Inner Sanctum, dedicado al misterio por aquellos años; Bugs haciéndose pasar por «Bugsy» Siegel (el gánster fundador de Las Vegas, a quien interpretara Warren Beatty en la biopic de Barry Levinson Bugsy, de 1991); o el lanzamiento de una moneda por parte del «conejo de la suerte», al estilo de George Raft en la película Scarface (1932), de Howard Hawks.

No solo eso. Peter Lorre firmaría su único trabajo como director con El hombre perdido (aka. The Lost One; Der Verlorene, 1951), una película que tendría el mismo destino que La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton (aunque no tan grande como esta), en cuanto a su fracaso de taquilla y que, de la misma forma que pasara con Laughton, lo orillaría a no tomar la cámara jamás. En este filme, producido en Alemania del Este, Lorre interpreta al Dr. Karl Rothe, que vive bajo el alias de Karl Neumeister, arrepentido por sus crímenes de guerra (experimentación en los campos de concentración), que se topa con su antiguo compañero Hösch (Karl John), criminal nazi oculto bajo el seudónimo de Nowak, tan orgulloso de su «trabajo» en ese presente clandestino como durante la guerra.

Lorre se adelanta por un cuarto de siglo al argumento de Maratón de la muerte (aka. El maratonista; Marathon Man, John Schlesinger, 1976) y, como en esta cinta dedicada al Dr. Christian Szell (Laurence Olivier), el dentista nazi asesino (jamás el sonido de la fresa odontológica sonó tan horrible) enfrentado en duelo de actuación a Thomas “Babe” Levy (Dustin Hoffman), por una herencia de diamantes, sacándolo de su exilio en la selva, sus personajes se enfrentan a un dilema ético que los sitúa en los ambivalentes extremos de sus vidas actuales, contrastándolas con un pasado en el cual cometieron crímenes de lesa humanidad.

Dave Green, fan acérrimo de los Looney Tunes, expresó en alguna ocasión que descubrió a Lorre primero a través de los cartoons y después como actor real en las películas. Pero es, en efecto, al Dr. Rothe, personaje que Lorre interpreta en El hombre perdido, y no a los Mad Scientists y gánsteres que hicieron del actor un entrañable ser-para-los-cartoons, a quien retoma Green en Coyote vs. Acme. Y es que, si hemos de ser honestos, la vida de Lorre fue una vida de película.

Nacido en el Imperio Austrohúngaro, fue alumno de Freud, Bertolt Brecht y Kurt Weill, y su interpretación en M sirvió como pretexto al régimen nazi para ordenarle a Veit Harlan la filmación de la infamante Jud Süß (1940), y condenar a todo un pueblo a las cámaras de gas. Irónicamente, Josef Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler y gran admirador de Lorre, fue quien le advirtió de que abandonara Alemania.

El Dr. Lorre de la película de Green es secuestrado y mantenido oculto por la maquinaria de la empresa desde que, en el lejano año de 1992, Acme lo contratara como parte del equipo de Investigación y Desarrollo de esta y descubriera con horror la naturaleza del Proyecto Sísifo. El Dr. Lorre intentó entonces filtrar las pruebas de este ciclo programado de fallos en favor de un consumo cíclico y destructivo, cuando se encontró atrapado mediante uno de los inventos más prodigiosos y fascinantes que había ideado para Acme: el agujero portátil.

La investigación de Avery progresivamente irá destapando la cloaca en la que la corporación guarda sus secretos, no sin antes descubrir que Coyote también se ha guardado un as bajo la manga: atrapar al Correcaminos en pleno juicio. Naturaleza es naturaleza.

El Dr. Lorre es liberado, el Correcaminos hace una aparición triunfal y el público no puede evitar una lágrima. El arte de Green y su equipo —como Sísifo, como Coyote y su terca insistencia, como el auténtico Lorre rescatando a sus allegados del Holocausto y facilitándoles el viaje a los Estados Unidos— triunfa por la dignidad reflejada en su historia, pero también por lo que se mantiene detrás de esta improbable producción.

El humanismo y la integridad del auténtico Peter Lorre permean la película y le sirven como vehículo moral, sin negar sus papeles de villano, reivindicando tanto a su Dr. Rothe como al Dr. Lorre en su avatar del 2026.

Quizá el mejor ejemplo de cómo la película comunica con un público variado sea lo que atestigüé en una sala de cine repleta. Era la escena del juicio. Entre risa y risa aparece el Correcaminos y rinde su testimonio. En la sala se hizo un silencio dramático. Entonces, de entre las butacas de arriba, una vocecita infantil gritó a todo pulmón:

—¡Bip, bip!

La sala estalló en carcajadas y pensé cuán satisfecho estaría Peter Lorre de eso.

Pedro Paunero
Pedro Paunero
Novelista, cuentista, ensayista y crítico de cine, nacido en Tuxpan, Veracruz, México, en 1973. Tiene una licenciatura en biología terrestre. Su trabajo se ha publicado en México, Argentina, Colombia, Venezuela, España y Francia. Algunas de sus publicaciones figuran en: Tecknochtitlán: 30 visiones de la Ciencia-ficción Mexicana, antología de Federico Schaffler (Edo. de Tamaulipas, 2014); en la antología Futuros por cruzar: Cuentos de ciencia ficción de la frontera México-Estados Unidos (New Borders / Nuevas Fronteras nº 2, Universidad Autónoma de Baja California y University of Colorado, Colorado Springs, 2014) del antologador Gabriel Trujillo Muñoz; un ensayo sobre el teatro del Grand Guignol en Dos Amantes Furtivos, Cine y Teatro Mexicanos, libro coordinado por el investigador y director de cine Hugo Lara (Editorial Paralelo 21, 2015), la novela Weird Western y Steampunk Señor de las máscaras y la novela de terror post apocalíptica Una cierta hecatombe (Camelot América, 2018 y 2019). Fue nominado al Premio Ignotus 2015, de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror(AEFCFT), por su cuento El paisaje desde el parapeto; ha ganado dos veces el premio Tirant lo Blanc por parte del Orfeó Catalán de la Cd. de México y el premio Miguel Barnet que otorga por la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana. Socio de Periodistas Iberoamericanos de Cine (PIC), con sede en España y Votante extranjero de los Golden Globe Awards, de Hollywood desde 2022.

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