Un buen recuerdo de nuestra niñez es cuando dábamos vueltas al compás de la música, rodeados de luces y colores brillantes, sentados sobre un animal, generalmente un caballo, que galopaba al aire y nos emocionaba dar la vuelta una y otra vez para decir “adiós” a nuestros padres con la mano…el carrusel.

Símbolo universal de las ferias, el carrusel tiene un lugar especial en la conciencia colectiva. Sus orígenes se pueden trazar al entrenamiento de los guerreros turcos y árabes en el siglo 12, donde los jinetes daban vueltas en círculo, lanzándose una fina pelota de arcilla llena de perfume. El jinete que fallara en atraparla quedaría bañado en fragancia todo el día.

Este juego de entrenamiento llegó hasta Europa, donde hacia el siglo 17 las bolas de arcilla habían cambiado por pequeños aros colgados de un palo, que debían arrancar con la lanza. Las competencias de caballería fueron reemplazadas poco a poco en Italia y Francia por juegos marciales como el “jousting”, donde dos jinetes blandían sus lanzas de punta achatada. En estos dos países se encuentra por primera vez la palabra carrusel, que viene del italiano “garosello” y del español “carosella” o pequeña batalla. En preparación para estas competencias, en Francia se creó un mecanismo motorizado de caballos que giraban en torno a un mástil central. En un inicio el sistema era impulsado por personas, caballos o mulas. Resultó tan divertido que en los siglos 18 y 19 estas primeras formas de carrusel fueron adoptadas por todo Europa para la diversión del público.

En 1861 el primer carrusel movido por un motor de vapor fue creado en Inglaterra. En ese entonces un periódico local mencionó que se movía con tal fuerza que resultaba increíble que la gente no saliera disparada como bala de cañón. El carrusel fue el primer juego de feria en el cual los visitantes sentían físicamente la velocidad. Las ferias de principios del siglo 19 popularizaron esta atracción al permitir que todas las clases sociales pudieran disfrutarlos. La posibilidad de subirse a un caballo, aunque fuera de madera, hacía sentir a la gente especial, ya que era un privilegio generalmente reservado para la aristocracia y el ejército.

A finales del siglo 19, los inmigrantes europeos trajeron consigo la industria del carrusel a Estados Unidos. La versión americana era más grande que la europea y su tallado en madera, más elaborado. Además, los caballos se posicionaban sobre plataformas, una invención original, pues antes de eso volaban movidos por una fuerza centrífuga. Los motores eléctricos y las luces dieron al carrusel el look clásico de carnaval que conocemos ahora.

Conforme las posibilidades económicas de los norteamericanos fueron creciendo, cobraron también relevancia las actividades de ocio como los carruseles. Varios modelos competían por dominar el mercado, entre ellos el Filadelfia, el Country y el Coney Island. Cada uno contribuyó con su propio estilo a impulsar una industria surgida de las raíces de una vieja tradición europea: el tallado en madera. No obstante, con el advenimiento de los materiales sintéticos en los años 70, dicha industria comenzó a desfallecer. Mientras que a finales del siglo 19, había en el mundo alrededor de 10,000 carruseles, hoy sólo quedan alrededor de 150.

Abundan los ejemplos de extranjeros que sacrificaron su vida por esta industria. Charles Looff, un inmigrante alemán llegado a Brooklyn en 1870, fue el primero en construir el carrusel Coney Island. Charles Carmel construyó el carrusel que se instaló en el parque Dreamland de Coney Island en 1911, pero fue arrasado por el fuego el mismo día de su apertura. Mike Illions, uno de los pocos en firmar sus obras, talló carruseles y carritos de circo en Inglaterra antes de emigrar a Estados Unidos en 1888. Solomon Stein y Harry Goldstein, dos rusos judíos prófugos del antisemitismo, llegaron a Brooklyn y trabajaron tallando flores para peines de dama y en 1905 comenzaron a elaborar caballos decorados con rosas talladas.

Según la Asociación Nacional de Carruseles estadounidenses, en ningún lugar del mundo hay un carrusel, ya sea fijo o móvil, más antiguo que el del Príncipe Guillermo IX de Hesse-Kassel. Convertido en monumento nacional, los trabajos de restauración de esta joya de 237 años, comenzaron en 2010 con un presupuesto de 4.5 millones de dólares. Además de olvidado, el carrusel había sido dañado por una bomba en la Segunda Guerra Mundial. Se instaló sobre una colina en Hanau, Alemania (cerca de Frankfurt) para que sólo él y sus amigos pudieran usarlo. Desde el 2016, convertido en el carrusel más antiguo del mundo, gira de nuevo con el esplendor de antaño.

Fotos de Stephan Bahn
Fotos de Stephan Bahn

De visita en Franklin, Tennessee (en las afueras de Nashville) conocí a un artista que todavía se dedica a este oficio. Se llama Ken Means y aprendió la talla en madera de los indios americanos. Como una de las artes más antiguas del mundo, utilizada para fabricar armas, utensilios y figuras religiosas, fue también utilizada por los primeros pobladores de Estados Unidos para elaborar máscaras, anzuelos de pesca, pipas y otros instrumentos. En entrevista especial para Praxis, Means relató cómo comenzó a tallar caballitos de juguete para sus hijos en 1978 y cómo tuvo que aprender el oficio, sin otra herramienta que un libro, cuando la gente comenzó a traerle sus caballitos para reparación.

A pesar de que existen materiales sintéticos más económicos, a Means le gusta hacerlos de madera porque son más agradables al tacto y porque sus esculturas pueden servir como moldes para fabricarlas en fibra de vidrio.  “El carrusel es muy importante porque nos transporta a cuando éramos niños”, dice Means. “No conozco a ninguna persona que no encuentre algo especial en un carrusel. Si todos en el mundo se tomaran tres minutos para detenerse, observar y sentir las figuras de un carrusel, encontrarían algo que les encante”. El virtuoso de la madera cree que el arte depende del gusto de cada persona: “Algunos disfrutan el tacto de las figuras; otros, la música del órgano; otros, el movimiento sutil de los animales en procesión; otros, la sonrisa de los niños.”

Means se resiste a que los carruseles se vuelvan piezas de museo y ha decidido fabricar un último de 32 piezas comisionado por la Ciudad de Coquille, Oregon. Para la fortuna del público, lo elabora a la vista de todos en el Centro Comercial ‘The Factory’ de la Ciudad de Franklin. Para completar esta obra, Keans empleará a pintores, electricistas y herreros para hacer los paisajes, la instalación eléctrica, música y demás aspectos que escapan de su área de especialidad. Su esposa, por ejemplo, elabora los vitrales.

Means no quiere morir sin heredar ese arte a las siguientes generaciones, por lo que decidió abrir su propia escuela y hoy tiene alumnos de todo Estados Unidos, Canadá y Hawaii aprendiendo las viejas técnicas transmitidas por los inmigrantes europeos. “Una vez que me haya ido de este mundo quiero dejar algo que todos puedan disfrutar y nada mejor que un carrusel”.

En México desde tiempos ancestrales existe también una gran tradición de talla en madera, la cual fue aprovechada por los conquistadores españoles. Sería deseable que también nosotros desarrolláramos nuevas aplicaciones industriales para esta gran herencia, que nos permitiera renovarla y transmitirla a las siguientes generaciones.

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