I

El título es deliberadamente ambiguo. Puede referirse a uno de Reyes Heroles o a uno de Castañón Rodríguez, mi padre. Esa ambigüedad marca mi memoria. A éste le decían don Jesús o Chucho, igual que al autor de El liberalismo mexicano (3 volúmenes, 1957-1958). Uno nació el 10 de julio de 1916, en la Ciudad de México, bajo el signo de Cáncer y del Dragón de metal, en el horóscopo chino; otro en Tuxpan, Veracruz, el 3 de abril de 1921, bajo el signo de Aries y, en el horóscopo chino, del Gallo. No sé exactamente cuándo se conocieron, probablemente fue en los años de la preparatoria en San Ildefonso o en la Antigua Escuela de Jurisprudencia. Compartieron compañeros, maestros y lecturas. Tampoco sé realmente cuando empezaron a hacerse amigos. El nombre del político veracruzano, autor de la Reforma que salvaría al país del autoritarismo, sonaba en la casa con frecuencia. Durante muchos años acompañé a mi padre a visitar y a llevar de visita libros prestados o a veces regalados, al que sería subdirector general técnico del Instituto Mexicano del Seguro Social en sus oficinas de Reforma. Yo me quedaba esperando o bien en el coche o bien en los sillones de cuero de esos amplios salones del edificio a que mi padre saliera de su visita mensual y a veces quincenal con ese amigo con el que intercambiaba no sólo libros, sino me imagino rumores, cuentos, historias, por supuesto políticas y a veces literarias. Compartían muchas pasiones, pero una era la principal: el Estado y la Teoría del Estado, ambos eran colegas profesores que dictaban el mismo curso de Teoría del Estado, en el seminario fundado por Manuel Pedroso, animado por Mario de la Cueva y luego dirigido por la doctora Aurora Arnáiz Amigo, a la cual años más tarde pude entrevistar para la seria Maestros detrás de las ideas de TvUNAM. No sé si cuando Castañón Rodríguez era el editor del Boletín bibliográfico (1952-1962) de la Secretaría de Hacienda, dirigido por Manuel J. Sierra, ya era amigo de Reyes Heroles, quien en 1944 había presentado una tesis sobre las tendencias actuales del Estado.[1] También conocí las antesalas de las oficinas de la torre de PEMEX, corporación de la cual llegó a ser director. A veces, acompañaba a mi padre para ayudarlo a cargar libros que le llevaba a su tocayo. La situación me parecía relativamente natural, pero ahora me asombra. Recuerdo que uno de los libros que le llevó de visita Castañón Rodríguez a Reyes Heroles fue la edición española del libro de Joseph de Maistre (1753-1821) Las veladas de San Petersburgo (1832),[2] mismo que le devolvió y que años después, por encargo de mi padre, le regalé a otro amigo de ambos: Miguel de la Madrid, quien fuera director del Fondo de Cultura Económica y lector de cosas más o menos raras. El nombre de Reyes Heroles sonaba en la casa, pero también en la calle y en los cafés. En aquellos años previos a la legendaria Reforma política, que según Octavio Paz, Reyes Heroles inventó por encargo de José López Portillo, otro maestro de Teoría del Estado, las sesiones de discusión entre los partidos políticos y las fuerzas de la oposición, todavía no reconocidas como partidos, sino más bien como movimientos, eran objeto de comentarios, controversias y rumores. Lo que yo sacaba en conclusión es que Reyes Heroles era una suerte de director de orquesta capaz de poner en cintura y llevar al tono exacto de la afinación a los diversos participantes del no siempre sumiso coro civil: moderados de todos los grises y pardos, extremistas, trostkistas, partidarios de la guerrilla encubierta, camaleones, mapaches y otras especies se sentaban alrededor de esa gran mesa de Bucareli para ir fraguando milimétricamente lo que llegaría a ser la LOPPE (Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procedimientos Electorales).

II

Vi en persona pocas veces a don Jesús Reyes Heroles. Lo saludé en un par de ocasiones. Me tocó más bien observarlo de lejos. Nunca hablé con él como sí hicieron Octavio Paz y Rafael Segovia de quien era tan amigo. La pluma crítica de éste le debe haber gustado. Paz lo estimaba y de hecho le dedicó más de una línea en varios de sus ensayos sobre México.[3] El mundo de los libros y de las ideas le atraía no poco y era un lector voraz pero no desordenado. Eso lo supe cuando, después de muerto, Jaime García Terrés, me encargó que hiciera para el Fondo de Cultura Económica una antología de su obra de referencia El liberalismo mexicano, publicada originalmente en tres gruesos volúmenes. No había mucho tiempo. Hice el primer borrador de la antología que saldría publicada poco después como el #100 de la Primera Serie de Lecturas mexicanas, firmada por Otto Granados, quien había sido secretario particular de Reyes Heroles, y por mí mismo.[4] Poco después de su muerte, cuando la noticia de ésta llegó el 19 de marzo de 1985, vi a su amigo, el otro Jesús, llorar… Ya no habría visitas vespertinas a los despachos cerrados para llevar libros antiguos y revistas en el portafolio, ya no habría conversaciones sobre Bodino, Maquiavelo, Guicciardini, Francesco Patricci o Mariano Otero, ni evocaciones de los personajes caídos o alejados como César Garizurieta, otro hijo de Tuxpan, o Emilio Uranga. Ese alfil del ajedrez político mexicano que parecía movilizar a su alrededor todas las piezas gracias a su sagacidad de espectador comprometido, para citar un título de Raymond Aron, haría que, al desaparecer el tablero, se volviese, por así decirlo, algo más inestable el mundo: al desaparecer él, también parecía que el edificio de las leyes vacilaba. La caja de herramientas que traía cargando esta suerte de plomero de la política que fue don Reyes Heroles estaba hecha con llaves, piezas y pinzas fraguadas por Francisco Zarco, Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, aceitadas por el pensamiento de José María Luis Mora, galvanizadas por la experiencia política contemporánea hispanoamericana y en particular española… Reyes Heroles imponía, y cuando entraba a esos salones de gobernación la algarabía se congelaba. Iba a empezar exponer sus ideas don Jesús Reyes Heroles, iba a comenzar la historia…

III

La escritura de Jesús Reyes Heroles avanzaba condensando y recapitulando, o en otras ocasiones, exponiendo y desnudando. Esto lo llevó a una redacción sentenciosa y aforística, proclive a la sentencia y propensa a la máxima. Así lo supo ver el investigador Alberto Enríquez Perea quien, a partir de los ocho volúmenes de su obra, supo espigar de entre ensayos históricos, discursos y entrevistas un caudal de conceptos y asertos en ese breviario titulado Jesús Reyes Heroles. A través de aforismos, sentencias y máximas políticas (El Colegio de México, 2015, 217 pp.) Ahí se acrisola el estilo lapidario del político que nunca está alejado del moralista y, si se quiere, del médico que dicta recetas o sugiere tratamientos para el cuerpo público y, desde luego, para el social. Esos “dictum” contrastan con la maleabilidad y plástica visión del político capaz de modelar en el cambio y para el cambio… Esa combinación hace de Reyes Heroles una figura a la vez imprescindible e incómoda. Incómoda, al menos para la crítica literaria. Es cierto que no contamos con una historia del aforismo en Hispanoamérica, y la pregunta sería si las frases sonoras y metálicas de este hombre de acción y de pensamiento podrían convivir con las de otros herreros de la palabra: como Julio César, Maquiavelo, Francesco Guicciardini y el Cardenal Mazarino, o, entre nosotros, mexicanos e hispanoamericanos, Lucas Alamán, Francisco Zarco o Domingo Faustino Sarmiento, quienes también pertenecen a la historia de la literatura y no sólo al universo de la práctica política.

IV

Jesús Reyes Heroles recibió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Alcalá de Henares en 1982. Su discurso se tituló “En busca de la razón de Estado” (1982).[5] El prólogo se debió a Jesús Castañón Rodríguez. El libro lo publicó Miguel Ángel Porrúa. Fui testigo de ese proceso editorial y, desde antes, me tocó ver el interés que tenían mi padre y Reyes Heroles en el proceso político que llevó a la transición democrática en España y en las instituciones académicas que la habían hecho posible. Una de ellas es el Centro de Estudios Políticos Constitucionales de Madrid, fundado por Manuel García Pelayo y Luis Díez del Corral, algunos de cuyos libros se encontraban en las bibliotecas de ambos. Hasta donde tengo entendido, desde ese Centro se armó la ingeniería de la transición política española y su inspiración y la de sus autores tuvo algo que ver con la visión de la Reforma Política encabezada en México en los años 70 por Jesús Reyes Heroles. Uno de los libros que publicó ese Centro es La idea de la Razón de Estado en la Edad Moderna de Friedrich Meinecke,[6] que me consta que estaba en casa y que alguna vez llevamos de visita y luego de regreso. Más tarde, até cabos pues esta obra está en el centro del discurso que Reyes Heroles pronunciaría al recibir el doctorado honoris causa en 1981 en Alcalá de Henares y cuyo prólogo, como he dicho, haría Jesús Castañón Rodríguez. Más tarde, me hice lector de Luis Díez del Corral, cuyas obras tengo y no dejo de encontrar ciertos paralelos entre las obras de éste –por ejemplo, la dedicada a Alexis de Tocqueville y el pensamiento histórico de Jesús Reyes Heroles. Tuve la fortuna de hacerme amigo de don Jesús Castañón Rodríguez y de ser, por así decir, dos veces su hijo. Tuve la inmensa fortuna de conocer el pensamiento de uno de sus amigos: Jesús Reyes Heroles.

V

No puedo dejar de pensar que Jesús Reyes Heroles tenía en mente la ingeniería constitucional que vertebró en España la transición iniciada en 1975 con la muerte anunciada del general Francisco Franco para articular en México la Reforma Política de 1977 en la que de algún modo el Estado planearía la paulatina disolución de la hegemonía del PRI en el gobierno, y que en ese proceso en el cual todavía estamos en cierto modo inscritos participaron junto a él otros amigos suyos, como su amigo Jesús Castañón Rodríguez. No puedo dejar de sentirme responsable de esa herencia. Jesús Reyes Heroles murió el 19 de marzo de 1985 en Denver, Colorado. Jesús Castañón Rodríguez murió el 11 de julio de 1991 en la ciudad de México, durante el eclipse total de sol.


[1] Su tesis se tituló “Las tendencias actuales del Estado”, 1944.

[2] Las veladas de S. Petersburgo: o diálogos sobre el gobierno temporal de la providencia, Valencia, Imprenta de J. Gimeno, a cargo de Antonio Perez Dubrull, dos tomos, mayo y junio de 1832.

[3] Octavio Paz escribió sobre Reyes Heroles en: Octavio Paz, “El ogro filantrópico”, en “Reflexiones sobre el presente”, Presente fluido, en Obras completas, tomo VIII: El peregrino en su patria. Historia y política de México, México, 1ª ed. Círculo de Lectores, 1993; 2ª ed., 4ª reimpr., 2001, p. 348; Octavio Paz, “Suma y sigue (conversación con Julio Scherer)”, en “Reflexiones sobre el presente”, Presente fluido, en Obras completas, tomo VIII: El peregrino en su patria. Historia y política de México, México, 1ª ed. Círculo de Lectores, 1993; 2ª ed., 4ª reimpr., 2001, p. 369; Octavio Paz, “La tabla de salvación”, en “Hora cumplida (1929-1985)”, en “Reflexiones sobre el presente”, Presente fluido, en Obras completas, tomo VIII: El peregrino en su patria. Historia y política de México, México, 1ª ed. Círculo de Lectores, 1993; 2ª ed., 4ª reimpr., 2001, pp. 393-394.

[4] Jesús Reyes Heroles, El liberalismo mexicano en pocas páginas. Caracterización y vigencia, selección de Adolfo Castañón y Otto Granados, México, FCE, SEP, 1985.

[5] Reyes Heroles, En busca de la razón del Estado, prólogo de Jesús Castañón Rodríguez, presentación de Gimbernat Ortey, Miguel Ángel Porrúa, Librero Editor, Cuadernos de Teoría Política núm. 1, México, 1982. También se encuentra recogido en Jesús Reyes Heroles, Historia y política de la vocación al compromiso, con una “Nota al lector” de Javier Garciadiego, El Colegio de México, 2015.

[6] Friedrich Meinecke, Idee der Staatsräson in der neueren Geschichte [1924], München; La idea de la razón de Estado en la Edad moderna,traducido al español por Federico González Vicen, con “Estudio preliminar” de Luis Díez del Corral, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1959, 467 pp. Estas páginas se encuentran incluidas en las obras completas de Luis Díez del Corral, en el tomo IV, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 1998, pp. 3131-3161.

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(Ciudad de México, 1952) Premio Nacional de Artes y Literatura 2020. Poeta, ensayista, editor, crítico literario y bibliófilo, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha sido miembro del consejo de redacción de varias revistas, entre las que se encuentran La Cultura en México, suplemento de Siempre!, Vuelta, Letras Libres, Literal Latín American Voices y Gradivia. Estudioso de la obra de Alfonso Reyes. Durante casi tres décadas trabajó para el Fondo de Cultura Económica, donde tuvo a su cargo diversas obras de Alfonso Reyes, Octavio Paz y Juan José Arreola, entre otros muchos autores. Ha sido investigador del Centro de Estudios Literarios, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Entre sus obras se destacan Alfonso Reyes, caballero de la voz errante (1988); Arbitrario de literatura mexicana (1995); La campana y el tiempo (2003); Viaje a México: ensayos, crónicas y retratos (2008); Grano de Sal (2009) y La danza de los rumbos (2013). Además, ha traducido obras como Después de Babel, de George Steiner, y Ensayo sobre el origen de las lenguas, de J. J. Rousseau. Ha obtenido diversos premios, entre los que cabe señalar el Nacional de Literatura de Mazatlán 1996; el Nacional de Periodismo 1998; el Xavier Villaurrutia 2008; el Nacional de Periodismo José Pagés Llergo 2010; y el Internacional Alfonso Reyes 2018. Desde 2003 ocupa la silla II de la Academia Mexicana de la Lengua. En 2003 fue reconocido como caballero de la Orden de las Artes y de las Letras por el Gobierno de Francia.

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