Enrique González Martínez: La Voz Poética de México

González Martínez es autor de una extensa y variada obra poética que abarca desde sus primeros libros como «Preludios» (1903) y «Lirismos» (1907), hasta sus trabajos más maduros como «El nuevo Narciso y otros poemas» (1952).

Enrique González Martínez nació en Guadalajara, Jalisco, el 12 de abril de 1871, y desde temprana edad mostró una inclinación notable hacia la literatura, al mismo tiempo que se formaba como médico cirujano en la Escuela de Medicina de Guadalajara. Su vida y obra están marcadas por una dedicación apasionada tanto a la literatura como a su profesión médica. A lo largo de su vida, no solo dejó una huella imborrable en la poesía mexicana, sino que también desempeñó roles importantes como periodista y diplomático, reflejando una versatilidad y un compromiso profundo con la cultura y la sociedad.

Desde muy joven comenzó a publicar sus versos en periódicos y revistas de su ciudad natal y de otros estados de la República Mexicana. Este temprano inicio en el mundo de las letras no solo demostró su talento innato, sino que también lo posicionó como una figura emergente en el panorama literario de México. La dualidad de su carrera como médico y poeta es un testimonio de su capacidad para equilibrar la ciencia y el arte, reflejando una complejidad que se manifestaría plenamente en su obra literaria.

En 1920, ingresó al servicio diplomático, desempeñándose como ministro plenipotenciario y embajador en diversos países, incluyendo Chile, Argentina, España y Portugal. Estas experiencias en el extranjero no solo enriquecieron su perspectiva del mundo, sino que también influyeron profundamente en su obra poética. La interacción con diferentes culturas y literaturas expandió su visión y contribuyó a la universalidad de sus temas y estilos.

González Martínez es autor de una extensa y variada obra poética que abarca desde sus primeros libros como «Preludios» (1903) y «Lirismos» (1907), hasta sus trabajos más maduros como «El nuevo Narciso y otros poemas» (1952). Su poesía se caracteriza por una profunda reflexión sobre la existencia, el tiempo, y la naturaleza, combinada con una búsqueda constante de la belleza y la verdad.

Uno de sus poemas más emblemáticos es «La cautiva», incluido en «Parábolas y otros poemas» (1918). Este poema refleja la dualidad de la libertad y el confinamiento, un tema recurrente en la obra de González Martínez. A través de imágenes vívidas y emotivas, el poeta expresa la angustia de un alma que, aunque puede ver la vastedad del mundo, permanece atrapada sin la posibilidad de experimentar plenamente esa libertad.

La cautiva


Cautiva que entre cerrojos,
frente a la angosta ventana
dejas espaciar los ojos
por la campiña lejana,

¿de qué te sirve tener
en el pecho un ansia viva,
si eres libre para ver,
y para volar cautiva?

Siento mayor la amargura
de tu mal cuando te veo
con las alas en tortura
y en libertad el deseo.

Preso el pie y el alma alerta…
¡Qué morir frente a la vida!
¿Para qué ventana abierta
si no hay puerta de salida?

Alma cautiva y hermana
que en la campiña lejana
dejas espaciar los ojos,
¡que te quiten los cerrojos
o te cierren la ventana!
(Parábolas y otros poemas)

Este poema es una meditación sobre la naturaleza del deseo y la libertad, sugiriendo que la verdadera libertad no puede ser alcanzada si no hay una vía de escape del confinamiento. La ventana abierta, símbolo de una oportunidad a medias, sirve como metáfora de las limitaciones impuestas por la sociedad o la propia psique.

González Martínez sostenía que la palabra nos va a trascender y veía la poesía como una intuición de la realidad con la cual fabricamos tiempo. Para él, la poesía no era simplemente un acto de creación, sino una forma de recuperar espacios vividos con la inquietud de su ausencia. Esta perspectiva resuena profundamente en su obra, donde la palabra poética actúa como un medio para explorar y comprender nuestra condición de libertad.

En su visión, la poesía es un lenguaje sagrado que opera activamente en la verificación de una acción indefinible, algo más allá de un acto determinado y concreto. El tiempo del poema es un diálogo continuo con el lector, un espacio donde se está solo ante la escritura. La multiplicidad de niveles de realidad en su poesía refleja su creencia en la capacidad del lenguaje para abarcar todas esas capas de existencia.

Enrique González Martínez fue una figura central en el Ateneo de la Juventud, una organización que promovió un renacimiento cultural e intelectual en México, que junto a Antonio Caso (1883-1946); José Vasconcelos (1882-1959); Alfonso Reyes (1889-1959); Pedro Henríquez Ureña (dominicano insigne, 1884-1946); Isidro Fabela; Julio Torri; Diego Rivera, Manuel M. Ponce, Martín Luis Guzmán, Julián Carrillo, Nemesio García Naranjo, Montenegro y muchos otros que alimentaron el liderazgo con el propósito de debatir sobre temas literarios y filosóficos , su participación en esta agrupación subrayan su compromiso con el avance cultural de su país. Además, el papel de González Martínez como fundador de la revista Pegaso junto a Ramón López Velarde y Efrén Rebolledo destaca su influencia en la configuración del modernismo literario en México.

A lo largo de su vida, González Martínez recibió numerosos premios y condecoraciones, incluyendo la gran cruz Isabel la Católica de España, la gran cruz de la Orden de Boyacá de Colombia, y las Palmas Académicas de Francia. En 1949, fue propuesto para el Premio Nobel de Literatura, un reconocimiento a la altura de su contribución a las letras universales. Además, en 1944, se le otorgó el Premio Nacional de Literatura Manuel Ávila Camacho, consolidando su reputación como uno de los poetas más importantes de México.        

Algunas de las obras más destacadas de Enrique González Martínez incluyen:

  • Preludios (1903): Su primer libro de poesía, donde ya se vislumbran los temas y el estilo que caracterizarán su obra.
  • Lirismos (1907): Una colección que profundiza en la introspección y la búsqueda de la belleza.
  • Silénter (1909) y Los senderos ocultos (1911): Obras que exploran la relación entre el hombre y la naturaleza, y la introspección filosófica.
  • La muerte del cisne (1915): Un libro que marca un punto de inflexión en su carrera, con una poesía más madura y reflexiva.
  • El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño (1917): Una obra que refleja su filosofía de vida y su visión del mundo.
  • El romero alucinado (1923) y Las señales furtivas (1925): Libros que consolidan su estilo y su visión poética.

González Martínez no solo fue un poeta excepcional, sino también un hombre de profunda sensibilidad y compromiso con su tiempo. Su formación como médico y su carrera diplomática le proporcionaron una perspectiva única sobre la vida y la condición humana, que se refleja en la profundidad y la humanidad de su poesía.

Su autobiografía, «Misterio de una vocación», compuesta por los volúmenes «El hombre búho» (1944) y «La apacible locura» (1951), ofrece una visión íntima de su vida y su evolución como poeta. En estos textos, González Martínez reflexiona sobre su viaje personal y profesional, revelando las motivaciones y experiencias que dieron forma a su obra. A través de estas páginas, el lector puede entender mejor las influencias y el contexto que moldearon su poesía, así como su inquebrantable dedicación a la literatura.

Además de su obra original, González Martínez también se dedicó a la traducción de obras de autores extranjeros, lo que le permitió enriquecer aún más su perspectiva literaria y contribuir al diálogo intercultural. Entre sus traducciones destacan «Pensamientos de los jardines» de Francis James y «Moralidades legendarias» de Jules Laforgue, obras que seleccionó cuidadosamente por su resonancia con su propia sensibilidad poética.

González Martínez, en su poema “Página en blanco” anticipa un futuro en el que la inquietud que impulsa su canto se extinguirá, comparando su voz con una llama que el viento apaga. Esta metáfora de la llama es poderosa porque sugiere que la inspiración y la vida misma son vulnerables y perecederas. La voz, símbolo de su creatividad y expresión, se volverá muda, y el alma, que antes vibraba con el canto, se tornará silenciosa.

En la segunda estrofa, el poeta expresa cómo todo lo que una vez suscitó su asombro y codicia intelectual será recibido con hastío e indiferencia:

Todo lo que en un tiempo suscitó mis asombros
y lo que fue codicia del pensamiento mío,
despertará a su paso un «qué sé yo» de hastío,
un desdeñoso y leve encogimiento de hombros.
(El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño)
Aquí, el «qué sé yo» y el encogimiento de hombros representan la apatía y la desilusión que sustituyen al fervor y la curiosidad de antaño. El poeta anticipa un futuro donde la pasión y el interés se desvanecen, dejando un vacío de indiferencia.
La tercera estrofa aborda la fragilidad del recuerdo y la efímera naturaleza de las meditaciones y los cantos pasados:
Trémula ya la mano que oprimió los bordones
de la constante lira, se llevará el pasado
los ecos imprecisos de todo lo cantado
y el lívido fantasma de las meditaciones.
(El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño)

El poeta se imagina a sí mismo con una mano temblorosa, incapaz de sostener la lira, símbolo de su arte. Los ecos de sus canciones se vuelven imprecisos y sus meditaciones se transforman en un «lívido fantasma», una imagen que evoca la pálida sombra de lo que una vez fue vibrante y lleno de vida.
La última estrofa es la culminación de esta reflexión melancólica:
De esta vida de ensueño, de este mundo en que arranco
la visión de mis ojos, la canción de mi oído,
quedarán solamente un laúd sin sonido,
un espíritu en sombras y una página en blanco.
(El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño)

La «página en blanco» es una metáfora poderosa que encapsula la idea de la vacuidad y el olvido final. Representa la ausencia de contenido, la pérdida de creatividad y el fin de la expresión artística. El laúd sin sonido y el espíritu en sombras refuerzan esta imagen de desolación y vacío.

González Martínez utiliza la metáfora del «claro del bosque» de María Zambrano, para hablar sobre el tiempo y la verdad. Este claro, en medio de un bosque abigarrado, representa momentos de claridad y comprensión que se encuentran esporádicamente en la vida. Desde fuera, el bosque parece una masa impenetrable, pero dentro de él, los claros son espacios de luz y conocimiento:

Ese bosque que es todo abigarramiento y sin embargo del que solo se pueden percibir los claros están dentro del mismo, desde fuera no vertemos más que una masa de espesura. ¿En qué consiste esa verdad?
(Claros del Bosque, María Zambrano. 1977)

La verdad, según el poeta, es algo que solo puede percibirse desde dentro, una vez que se ha experimentado y vivido. Las palabras poéticas nos dan acceso a esta verdad, desvelándose solo después de haber sido escritas. Vivimos inmersos en la metáfora del bosque, y cada claro de luz nos ofrece una visión parcial y momentánea de la verdad.

Esta metáfora sugiere que el conocimiento absoluto es inalcanzable y que el acto de escribir poesía es un medio para explorar estos momentos de claridad. La luz, que no acapara demasiado diámetro pero actúa como guía, es una representación hermosa del proceso poético. La llama con un centro oscuro es una imagen que captura la naturaleza paradójica del conocimiento y la verdad:

En su poema Ánfora rota el pensamiento que no pretende deslumbrar sino que se acomoda en los intersticios del ser, pensamiento que hurga, como el pensamiento del poema, en los lugares recónditos de lo conocido por desconocido.

Te resquebrajas,
vida,
como las ánforas
repletas un tiempo
de mirra y de ámbar
y que hoy se arrinconan vacías
y olvidadas…

Vida mía hecha sueño,
te resquebrajas…
Mas aún por la múltiple herida
de tus abras
trasciende el perfume
de las nobles esencias guardadas…
(Las señales furtivas)

Enrique González Martínez ofrece una meditación profunda y melancólica sobre la mortalidad, la creatividad y el paso del tiempo. A través de imágenes evocadoras, el poeta nos lleva a reflexionar sobre la transitoriedad de la vida y la inevitable llegada del olvido, con su lenguaje sagrado y su capacidad para desvelar verdades profundas, nos invita a contemplar estos claros en el bosque de la existencia de Zambrano, donde la luz de la comprensión brilla momentáneamente en medio de la oscuridad. En cada encuentro con esta luz, aunque efímero, encontramos un poco más de la verdad que buscamos y entendemos que el conocimiento absoluto, con su peso aplastante, es algo que solo podemos desear a medias. La poesía, en su esencia, es una guía que ilumina nuestro camino en la oscuridad, revelando tanto la belleza como la complejidad de la vida.

Enrique González Martínez es, sin duda, una de las figuras más influyentes de la literatura mexicana del siglo XX. Su obra poética, marcada por una profunda reflexión sobre la existencia y la naturaleza, ha dejado una huella imborrable en la tradición literaria de México. Su vida, dedicada tanto a la medicina como a la poesía, y su carrera diplomática reflejan una versatilidad y un compromiso que trascienden fronteras y épocas.

A través de su obra, Enrique González Martínez continúa dialogando con nosotros, invitándonos a redescubrir la belleza y el misterio de la vida, y a reconocer la importancia de la palabra como medio para trascender y recuperar aquellos espacios vividos con la angustia de su ausencia. En cada uno de sus poemas, encontramos un destello de certeza que nos ayuda a comprender que lo verdadero solo puede ser contemplado sin prejuicio alguno, y que la poesía, en su esencia más pura, es una intuición de la realidad que nos conecta con el tiempo y la eternidad.

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Maestra en letras por la Universitat de Barcelona, España. Es escritora, investigadora, poeta, ensayista y académica. Doctorada por el Instituto Mexicano de Líderes de Excelencia (2018). Codirectora de la Editorial Floricanto, A.C. y directora de La Casa Estudio de Crítica Literaria CDMX. Autora de 8 libros de poesía y un libro de ensayo, Anatomía del Erotismo en Griselda Álvarez. Dirige el Taller de Creación Literaria “Alicia Reyes” en la Capilla Alfonsina (INBAL), y es directora del ciclo de conferencias “La poética de la inteligencia” en el Museo de la Mujer (UNAM). Es miembro de la Asociación Universitaria de estudios de las mujeres (Audem) España. Directora del centro de estudios de la mujer en la Academia Nacional de Historia y Geografía (ANHG) y es directora del festival La mujer en las letras de la ANHG UNAM. Coordina el programa poéticas de la inteligencia en “mujeres a la tribuna” IMER y coordina la cápsula literaria en ASTL.TV. Autora de artículos sobre literatura hispanoamericana en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.