Aquel niño miraba al cielo a través del cristal del autobús de Flecha Roja que lo llevaría a él y su familia rumbo a la Ciudad de México antes llamada Distrito Federal. Había luna llena y la luz iluminaba su rostro. No iba exactamente feliz. Estaba inquieto. Dejaba un pueblo que le había dado alegría en sus juegos de infancia. Escuchaba que su madre decía que no iban a regresar nunca, que su padre tuvo que cerrar su taller de joyería y relojería para llevar lo indispensable y establecerse en la capital del país. Con sus escasos siete años de edad era difícil articular pensamientos. Era el vértigo de los acontecimientos lo que lo tenía aferrado a la luz de la luna, contra los cuchicheos de la gente que viajaba en el transporte. Atrás quedaban los juegos, la escuela y los amigos del barrio.
Era de una familia grande que se repartía en casas unas frente a otras. Abuelos y abuelas, papás y mamás, tías y tíos, primas y primos se encontraban en el patio común, con árboles frutales y diversiones propias de los primeros años. De aquello solo quedan los primos y las primas. El terreno de al menos tres hectáreas sabrá por qué terminó en manos de otros: será que fueron vendiendo los papás y las mamás, los tíos y las tías… Los primos y primas que quedaron desperdigados no se han encontrado en años, aunque se hablan por teléfono de vez en cuando para recordar las muertes del entorno. Sin tristeza, con melancolía. Son una camada realista que no acude al melodrama, ese lastre que no ayuda a la comprensión del mundo. Se han ido yendo poco a poco, como se extingue una sociedad, por naturaleza… Los que quedan siguen marcando el tiempo y el destino.

Aquel niño desconocía la palabra “reprobado”. Cuando le dieron la calificación se dirigió a su pupitre y leyó la sentencia. Estaba en segundo año de primaria. No dijo nada del resultado a ninguno de sus amiguitos; algo intuía de su fracaso escolar. Salió del aula sin hablar con nadie y se fue directo al río Pantepec; tuvo el impulso de tirar el acta que lo sentenciaba a repetir el año pero no lo hizo. En el camino de regreso a casa se compró un zapote domingo de esos de color amarillo que jamás volvió a probar porque al llegar su madre le dijo que se iban a la hoy Ciudad de México. El viaje fue de repente porque su padre lo decidió como una sentencia: “Tuxpan es un lugar sin futuro”. Cuando vieron el acta que lo obligaba a regresar a segundo año, su mamá auguró: “lejos de aquí nos irá mejor, porque peor es imposible”. El autobús marcaba la señal de su nueva ruta curricular. La infancia quedaba atrás porque empezaba a discernir eso que llaman destino.
Irse reprobado de un pueblo con río, mar y manglares, quedaba atrás. Meditó sobre sí mismo: podría cambiar y jamás sentirse fracasado por desaprobar en la escuela. Empezar a esa edad a labrar tu futuro no fue pesado: era tan ligero como jugar al trompo o con los cayucos, con las rodillas sobre la tierra. No le dio tiempo de encontrar tristeza en su niñez. No quiso saber nada del profesor Zaqui en la primaria Lerdo de Tejada: lo tachó de su lista. Se empecinó en cambiar, correr, llegar a superar aquel vahído. Pero eso sí: recuerda que, de una caída, si no te levantas, lo que sigue es el abismo…
Tuxpan es un lugar extraño para quien desconoce sus entrañas. Por ejemplo, perteneció al estado de Puebla en el siglo XIX y hoy es de Veracruz. Mucho antes era territorio de las huastecas, sin nación determinada, hasta la llegada de los españoles. El peso de los siglos en la historia cuenta a la hora de pretender conocer a sus habitantes. ¿De dónde son en realidad los tuxpeños? Aquel niño creció e identificó sus orígenes. Por ejemplo: su padre era un mestizo, hijo de una mestiza y un mestizo, pero nieto de don Crisóforo, que nació en la zona conocida como el País Vasco francés, pegado al territorio español. Su madre era mestiza hija de una india nahua tepehua y un mulato. La abuela le pegaba a sus hijas para que no hablaran más que el lenguaje de Castilla. José Villegas Diantes, el abuelo, era un arriero en los caminos de Cazones cuando conoció a Natividad Aguilar.


La abuela, en la cocina, con una jícara cuchareaba el café para darle consistencia. Había terminado su jornada al chapear el patio de su casa. Había matado una mazacuata que se encontró en los pastos, retozando por el calor. Natividad era el ser más amado por el niño, al que siempre reprendía a cinturazos por travieso pero nunca le tocaban porque se subía al ciruelo y no bajaba hasta que los humores se olvidaban con el cariño. Tenía un lenguaje musical para decir las cosas, quedito, susurrando. Frases que se quedaban para siempre, como decir: “para nacer hay que aprender a morir”. Lo decía mientras molía chiles en el metate para la preparación del mole. O cuando sacaba agua del pozo y sentenciaba: “la alegría es un pesar que se queda grabado para siempre porque tarda tiempo en regresar”.
Doña Nati y don José perdieron su ranchito de Cazones y tuvieron que venirse a Tuxpan a trabajar, sobrevivir. Llegaron con sus cuatro hijas, Leopolda, Vicenta, Virginia y Carmen. El abuelo trabajaba en la cantina “El bosque” que tenían sus parientes los González, dueños del terrenal donde vivían en sus casas. Además, hacía labores de carpintería, entre otros muebles, cajas de zapatos para los boleros desperdigados en el puerto. Natividad se ocupaba de la casa, el patio, la alimentación y a regañar a sus hijas y nietos. Aquel niño era el más pequeño de sus hermanos. A Delia, Dora y Elvia las quería y quiere no como primas: eran y son sus hermanas. Tenía con ellas más hermandad que con Francisco, José, Daniel, Ramón y Crisóforo. Al ser el menor sus juegos no coincidían con sus hermanos.
Aquel niño quiere detenerse en la abuela Nati porque el lenguaje, la intuición, la personalidad y el temple los heredó de ella y de su padre, don Francisco. Natividad era conocida en el barrio porque prestaba dinero, tres, 10 pesos, que cobraba casi al doble según le pagaran el crédito. Era coda. Decía: “nadie sabe lo que perdimos en Cazones. Nos robaron nuestro ranchito. Perdimos el cafetal y ahora eso no volverá a pasar”. Era obvio que nunca se hizo rica pero siempre tuvo para cubrir necesidades. Le rascaba al cochinito y pagaba las deudas de la familia. Hay detalles que la memoria del niño se niega a recordar. Cuando se cerró la cantina “El bosque” don José se quedó sin trabajo. Pero el niño también se entristeció porque le ayudaba a su abuelo a la limpieza del lugar. Guarda siempre en su memoria que las piernas de los que iban al lugar le crearon un fetiche de sus primeros deseos: de la rodilla hacia abajo, las pantorrilas y los pies eran un secreto guardado.
Era la abuela la que lo asustaba con aquello de “van a venir las Tepas y te van a llevar, por travieso”. Obed Zamora Sánchez en su libro de crónicas lo dice mejor: “las Tepas viven en los pueblos poblados comarcanos, en la soledad de los arroyos… son mujeres horripilantes, de pelo zacatudo como mecate que se deshebra, cabeza alborotada”. Surgen de las “esculturas prehispánicas ocultas en el monte”. Hechizan a los niños. Asustan. El niño conocía la leyenda y la creía porque en su mente, de repente en la noche, cuando salía al patio a recoger sus juguetes las sombras perfilaban la imagen de las Tepas y regresaba corriendo a la casa. “Te lo dije chamaco cabrón. Si no te portas bien te van a llevar y no te volveremos a ver”, decía la abuela Nati con sorna. Las tepas nunca abandonaron al niño travieso y siempre recordará su presencia/ausencia.
Aquel niño fue feliz en la calma chicha de disfrutar mecerse en la copa de los árboles. Se sentía volar. Creía que el mundo era suyo. Hasta que le gritaba su madre: “bájate de allí, te puedes caer”. Nunca se cayó. Los árboles le daban una fuerza inusitada en su interior. Cortar la fruta del ciruelo o del caimito era el placer de sus días. No le gustaba el futbol y era mejor ayudar a los Morato –que vivían en la esquina de su casa–, para desgranar el elote y hacer tamales… Día de muertos era de fiesta. Ir a la plaza que se montaba a lo largo de las calles era un colorido y olor y sabor a nostalgia. El anuncio de La Malinche que llegaba de los cerros a bailar con la gente que los aplaudía, despertaba la alegría de los niños. Un día se asustó porque un hombre vestido de Diablo amenazó a su madre que se lo iba a llevar por pícaro y vivaracho. Y para calmarlo el Diablo le cantó: “ese niño que está allí, come mucho cacahuate, y a las 12 de la noche, zurre y zurre en el petate”. Las risas de los niños presentes eran de fiesta de carnaval. El susto se desvaneció.
Vivía cerca de donde pasaba el tren. Tuxpan alguna vez tuvo estación de ferrocarril. Le gustaba pegar el oído al riel para escuchar la llegada del tranvía. Del otro lado, arriba del cerro había un trapiche al que iban los niños por una caña con melaza. Una delicia inolvidable que jamás volvió a probar. El universo de un niño son sus juegos, sabores y olores. Los sentidos despiertan y la razón empieza a abrir caminos de aprendizaje. Cuando iba hacia el río para cruzar por la panga para ver a sus primos del rancho La Florida, los instintos afloraban. Regresaba con su madre con naranjas, miel y quesos para la casa que la tía Inocencia regalaba con gusto. Siempre eran bien recibidos. Los juegos con Arturo, Anita, Ernesto, Jorge y Laura eran las risas a todo lo que da. La Florida es el lugar donde comprendió la palabra horizonte. Al estar en la loma de un naranjal la distancia nunca termina. Contemplar el universo de esa manera era para el niño la dicha entera.

Le habían dicho que estaban construyendo un puente pero él quería seguir cruzando en la panga, un transbordador marítimo que llevaba a personas y automóviles para cruzar a Tuxpan, desde Santiago de la Peña. Pero el puente acabó con el servicio de transporte. El puente, recién inaugurado, fue el paso para ir a la carretera que los llevaría a la Ciudad de México. Se rompía la infancia y aquel niño creció de otra manera. Se quedó sin sus juegos, salió reprobado de la escuela y comprendió que hoy la mirada de la ciudad es vertical, no horizontal como en Tuxpan de Rodríguez Cano, Veracruz. Cuando aquel niño ahora adulto regresa a su pueblo observa lo que no sabía del puerto: su arquitectura vernácula, sus casas de adobe y madera, a dos aguas, sus tejas características que le daban a la ciudad el aspecto de un lugar especial. Atrás quedaba la búsqueda del niño perdido al que cada año su abuelo José le construía un carrito con cartón y toficos para ir al encuentro con los sueños de que Jesús se escondía detrás del templo. Nunca lo encontró pero se encontró a sí mismo.