Octavio Paz y Pasado en claro: escritura, precedente y conciencia del tiempo

Beatriz Saavedra Gastélum

Pasado en claro se inscribe como una obra decisiva en el trayecto creativo de Octavio Paz y en el horizonte de la poesía hispanoamericana del siglo XX. Desde sus primeros versos, el poema despliega una indagación lúcida que atraviesa la memoria personal, el lenguaje como experiencia y el tiempo como materia vivida. La voz que se pronuncia avanza hacia sí misma con una atención reflexiva: vuelve sobre lo vivido, lo examina, lo depura y lo transforma en palabra consciente. Así, la escritura se convierte en un espacio de interrogación donde el recuerdo deja de ser evocación pasiva para convertirse en forma pensada, en imagen que revela. En ese fulgor, la poesía actúa —como sugiere Bachelard— con una claridad que no requiere rastrear sombras ocultas: la imagen poética irrumpe y basta, iluminando de inmediato la conciencia.

Un aspecto particularmente revelador de Pasado en claro es el hecho de que Paz introdujera cambios significativos en el poema respecto a versiones anteriores, Paz reescribe su poema bajo la presión de su propia obra previa. El poeta no parte de una tabula rasa: está limitado —y al mismo tiempo posibilitado— por su propio texto. Los cambios no alteran el entramado sonoro ni los núcleos temáticos fundamentales —la memoria, la infancia, el origen—, sino que afinan la articulación interna del sentido. Paz razona por analogía: ajusta, desplaza, profundiza, pero no rompe el pacto esencial con el poema que ya existe.

Esta fidelidad al precedente no implica repetición mecánica, sino conciencia crítica. Pasado en claro se convierte así en una prueba de que todo escritor es también intérprete de su propia obra. Paz lee su poema como un lector privilegiado, consciente de que la escritura no se agota en el primer acto creador. En este proceso, el poema se comporta como un organismo vivo: conserva su identidad mientras se transforma. La limitación no es un obstáculo, sino una condición de posibilidad, del mismo modo en que la tradición literaria no sofoca la creación, sino que la sostiene.

En términos temáticos, Pasado en claro es una indagación profunda en la memoria y el origen. El jardín de Mixcoac —espacio de la infancia— funciona como correlato objetivo del pasado: un lugar concreto donde el tiempo se deposita en imágenes. El patio, el muro, el fresno o el limonero son formas simbólicas que permiten objetivar la experiencia temporal. Paz transforma lo vivido en figura, siguiendo una tradición que remite a Machado, pero llevándola a una intensidad reflexiva mayor. La memoria no es nostalgia; es materia de pensamiento.

El poema dramatiza también la construcción de la identidad. El “yo” que habla es una conciencia que se desplaza entre tiempos: infancia y adultez, pasado personal e historia colectiva, mito e historia. En este cruce, Pasado en claro logra algo excepcional: convertir la autobiografía en una forma de conocimiento universal. La historia individual de Paz se entreteje con la historia de México, y ambas se iluminan mutuamente. El poema no cuenta una vida: la problematiza y la sitúa en una realidad multiplicada.

El tiempo es otro eje central. Paz reflexiona sobre su disolución y, al mismo tiempo, sobre la posibilidad de apresar el instante mediante la palabra. La poesía aparece como el único espacio donde el tiempo puede ser, si no detenido, al menos comprendido en su paradoja. Esto se condensa magistralmente en el verso final del poema: “Estoy en donde estuve”. Allí se cifra la tensión entre pasado y presente: no como oposición, sino como continuidad consciente. El sujeto poético habita simultáneamente ambos tiempos, gracias al lenguaje.

En este punto, Pasado en claro se vincula con una dimensión ética y casi metafísica de la poesía. Como se ha señalado, en la obra de Paz se encuentra no solo una justificación estética de la poesía, sino también una justificación moral: la poesía como forma de lucidez, como ejercicio de responsabilidad frente al lenguaje y la historia. En un mundo donde el sentido parece erosionarse, el poema afirma su razón de ser.

Esta dimensión se puede iluminar desde el pensamiento de María Zambrano. Su proyecto de una “fenomenología de la forma-sueño” —entendida como método y camino— ofrece una clave de lectura para Pasado en claro. Paz no interpreta sus sueños ni sus recuerdos desde fuera; atiende a su forma, a su modo de aparecer. La memoria funciona aquí como sueño lúcido: no como evasión, sino como vía de conocimiento. Al igual que en Zambrano, el sueño no es un contenido a descifrar, sino una estructura que revela una verdad del ser.

De este modo, Pasado en claro se despliega como una experiencia de umbral, donde la escritura se vuelve el lugar mismo de la búsqueda. En el poema, la identidad no se afirma: se arriesga. Al volver sobre su vida, Paz asume esa zona de desposesión en la que el yo se reconoce incompleto, atravesado por la escisión y por la pregunta. Hay en esta operación una cercanía profunda con lo que María Zambrano pensó como el abandono a la nada: no un vacío estéril, sino una forma de aquietar el desgarramiento interior, de transformar la pasión desbordada en lucidez. La poesía, entonces, no clausura la herida, pero la vuelve habitable; convierte la experiencia de la división en un conocimiento que no renuncia al temblor.

En esa tensión entre razón y sueño, entre memoria y pérdida, la palabra poética se convierte en un acto de reconciliación provisional con el tiempo. Paz no escribe para salvar el pasado, sino para atravesarlo, consciente de que toda claridad nace de una renuncia. Quizá por eso su poema resuena como una pregunta compartida, como una forma de reconocer en la escritura la huella de lo irrecuperable. Al final, queda la certeza —o la intuición— que Borges formuló con precisión crepuscular: ¿Qué hombre de nosotros nunca ha sentido, caminando por el crepúsculo o escribiendo una fecha de su pasado, que ha perdido algo infinito? Esa pérdida, asumida y dicha, es también el origen de la poesía.

Beatriz Saavedra Gastélum
Beatriz Saavedra Gastélum
Maestra en letras por la Universitat de Barcelona, España. Es escritora, investigadora, poeta, ensayista y académica. Doctorada por el Instituto Mexicano de Líderes de Excelencia (2018). Codirectora de la Editorial Floricanto, A.C. y directora de La Casa Estudio de Crítica Literaria CDMX. Autora de 8 libros de poesía y un libro de ensayo, Anatomía del Erotismo en Griselda Álvarez. Dirige el Taller de Creación Literaria “Alicia Reyes” en la Capilla Alfonsina (INBAL), y es directora del ciclo de conferencias “La poética de la inteligencia” en el Museo de la Mujer (UNAM). Es miembro de la Asociación Universitaria de estudios de las mujeres (Audem) España. Directora del centro de estudios de la mujer en la Academia Nacional de Historia y Geografía (ANHG) y es directora del festival La mujer en las letras de la ANHG UNAM. Coordina el programa poéticas de la inteligencia en “mujeres a la tribuna” IMER y coordina la cápsula literaria en ASTL.TV. Autora de artículos sobre literatura hispanoamericana en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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