Fray Andrés de Olmos

Se cumplen ya más de 500 años de la evangelización en México, y debemos traer a colación, entre otros, al ilustre religioso franciscano Fray Andrés de Olmos, que no sólo es recordado en Tampico y la Huasteca. Su relevante figura se agiganta en todo el ámbito de México y de Guatemala, donde sus hechos, escritos e investigaciones son estudiados por los académicos de hoy, y los autores antiguos buscaron como fuente para el conocimiento del México indígena antiguo.

   Han escrito sobre fray Andrés los historiadores antiguos fray Gerónimo de Mendieta, fray Juan de Torquemada y fray Agustín de Betancourt; y entre los modernos el P. jesuita Mariano Cuevas, don Manuel Romero de Terreros, el Lic. Blas E. Rodríguez, don Federico Gómez de Orozco, el Lic. Primo Velázquez, don Gabriel Saldívar, y el investigador francés Georges Baudot. En 1950, don Joaquín Meade publicó una importante biografía del mismo, y el Lic. y Pbro. Carlos González Salas, historiador tampiqueño, dos biografías del santo varón en “Barcos de Papel” y “Del Reloj en Vela”; en su “Historiografía de la Literatura”, tomo I, lo cita como autor, y en “Tampico es lo Azul” remarca su actualidad a través de su obra teatral montada en México en el Teatro de Bellas Artes y la Academia de San Carlos. 

   Nació fray Andrés por el año de 1491 cerca de Oña, en Castilla la Vieja, tierra de Burgos, en España. Vivió algunos años con una hermana casada en Olmos, cerca de Valladolid, de cuya población tomó el apellido de Olmos. En su juventud estudió Humanidades y Derecho Civil y Canónico, pero a la edad de veinte años decidió entrar a la vida religiosa, tomando el hábito de los Menores de la Orden de San Francisco de Asís en el convento de Valladolid, de la provincia de la Concepción. 

   Durante su estancia en el convento continuó sus estudios, por cuyo motivo Fray Juan de Zumárraga, a la sazón guardián de del convento del Abrojo, lo escogió para algunas misiones religiosas contra las brujas de Vizcaya. Poco después, habiendo sido promovido al obispado de México, lo escogió para acompañarlo, llegando a la Nueva España en 1528, con los famosos doce franciscanos que llegaron a estas tierras. 

   Era fray Andrés a la sazón un robusto mozo de 37 años, “de mediana estatura y buena complexión, y así aparejado para cualesquier trabajo y penitencias corporales”, según lo describe fray Gerónimo de Mendieta, que lo conoció personalmente. 

   En 1530, al año de su arribo, partió a Guatemala con fray Toribio de Benavente o Motolinía, donde predicaron y promovieron la edificación de una ermita y hospicio dedicados a Nuestra Señora, regresando a pie a la ciudad de México. 

Como amigo de la cruz de Cristo, escogió para plantar las tierras más ásperas y necesitadas, y para trabajar en ellas aprendió las lenguas que le parecieron más útiles, como fueron la mexicana o náhuatl, la totonaca, la tepehua y la téenek o huasteca. Sufrió grandes trabajos andando siempre a pie, hollando con sus sandalias valles, barrancas, montañas y sierras fragosísimas, irradiando una luz que alumbraba la vida de los indios, tanto de los humildes como las de los indomables nómadas guerreros, durante los 43 años que habitó en México.

   A su llegada y a solicitud de fray Martín de Valencia y de don Sebastián Ramírez de Fuenleal, presidente de la Real Audiencia, investigó todo lo relativo a la historia y tradiciones de los indios de México, consultando las pinturas y relaciones de los caciques de México, Texcoco, Tlaxcala, Huexotzingo, Cholula, Tepeaca, Tlalmanalco, etc., así como a los indios ancianos. Formó con todo ello un “Tratado de las Antigüedades Mexicanas”, del que aprovecharon muchos escritores como Motolinía, Sahagún, Mendieta, Torquemada y De las Casas. 

   Escribió además muchos tratados en diversas lenguas, entre las que destacan tres Artes y Vocabularios en lenguas mexicana o náhuatl, totonaca y teének o huasteca, “El Juicio Final”, “Pláticas que los Señores Mexicanos hacían a sus Hijos”, “Tratado de los Sacramentos”, “Tratado de los Sacrilegios”, y “Tratado de las Hechicerías y Sortilegios“ en lengua mexicana. En esta misma lengua escribió obras teatrales, una de las cuales, “Auto del Juicio Final”, hizo representar en México en la capilla de San José ante el virrey don Antonio de Mendoza, el arzobispo fray Juan de Zumárraga y gran concurso de gente. Escribió además en huasteco “Doctrina Cristiana” y “Confesiones”, y en totonaco el Arte y Vocabulario ya citados. Desgraciadamente, muchos de estos libros están perdidos.

   En julio de 1533, junto con otros diez franciscanos, entre los que se encontraba Motolinía, escribía al emperador Carlos V una valiente carta donde denunciaba el abuso que cometían los conquistadores contra los indios de Guatemala. Ahí se mencionaba la destrucción de la provincia, la cual, una vez pacificada, acababa de recibir del monarca el hierro para marcar a los indios como esclavos, los que se vendían a dos pesos cada uno. Afirmaban los autores que “la concesión del hierro es contra la ley divina, la que no consiente que los libres se hagan esclavos, aunque en tal servidumbre intervenga autoridad real… [y] la tal concesión es contra vuestro imperial oficio, el cual es amparar la iglesia e libertar a los injustamente cautivos…” 

   Fue fray Andrés de Olmos el primer investigador hispano de las costumbres y antigüedades indígenas en la Nueva España; el evangelizador, poblador y benefactor de la Huasteca y del Totonacapan y de numerosas misiones y pueblos en los que destacan el de Tamaholipa y Tampico, y el que merece por sus obras ser recordado en nuestros tiempos al cumplir 500 años de la evangelización en América.

   Después de visitar Guatemala en 1530-31 con fray Toribio de Benavente o Motolinía, y regresar a México, fray Andrés decidió evangelizar la zona noreste del país, que por su clima ardiente y fragosidad no había sido muy visitado por los misioneros. En 1532, año en que el Papa Clemente VII confirmó la Provincia del Santo Evangelio en México, visitó por primera vez el Totonacapan y la Huasteca, evangelizando a los indios totonacas y huastecos, así como a las tribus bárbaras del sur de Tamaulipas actual. Durante esa primera visita a esa zona de 1532 (según reporta el alcalde mayor de Pánuco, Pedro Martínez de Loayza en 1603). Fray Andrés levantó en Tampico, un templo de la Orden de San Francisco, bajo la advocación de San Luis Obispo, mismo que fue trasladado tres veces a diferentes partes”, hasta pertenecer en su sitio definitivo, en lo que hoy se conoce como Cd. Cuauhtémoc o Pueblo Viejo de Tampico, estado de Veracruz. La traza del templo por 1603 era: una iglesia cuyas paredes son de adobes y la cubierta de paja, con sus vigas y pilares de madera; tiene cuatro altares, una sacristía, dos celdas y un refectorio [comedor]; todo esto alto, que se sube a ella por una escalera de adobes.” 

   Por 1533, se encontraba de nuevo en la ciudad de México, investigando sobre las antigüedades indígenas y escribiendo la recopilación ya mencionada. 

   En 1536, el virrey Antonio de Mendoza y fray Juan de Zumárraga fundaron el colegio de Santa Cruz en Tlatelolco, donde se enseñó a leer y escribir, así como lecturas de latinidad, a los indios comarcanos de la Cd. de México y alrededores, poniéndose como lectores a religiosos santos y doctos, como fueron fray Arnaldo Basaccio, fray Andrés de Olmos, fray Juan de Gaona y fray Bernardino de Sahagún. 

   En 1539, se encontraba fray Andrés en Hueytlalpan, donde aprendió las lenguas totonaca y tepehua. En el año de 1543, fue nombrado guardián del convento de Tecamachalco, pero en 1544 ya se hallaba de nuevo evangelizando en la Huasteca, visitando en ese año, se dice, la misión y pueblo de Tamaholipa, al pie de la sierra del hoy estado de Tamaulipas, con un grupo de indios olives que habían llegado de la Florida. 

   Por 1547, era superior del convento de Hueytlalpan, donde terminó su “Arte de la Lengua Mexicana”. De ahí salió al convento de Tlaxcala y posteriormente compuso las Artes de las lenguas totonaca y huasteca, ésta última escrita probablemente en Ozuluama. El año anterior de 1546, por documentos se sabe que se había visto con fray Bartolomé de las Casas. 

   Debido a su solicitud enviada al emperador Carlos V, en 1554 el virrey Luis de Velasco autorizó se fundase en Tampico una Casa y Monasterio de la Orden de San Francisco, y se daba licencia a los españoles que allí pudiesen poblar y vivir, otorgándoles sitio para hacer sus casas y tierras para labrar, sin perjudicar a los indios que allí habitaban. Ese mismo año predicó entre las tribus nómadas de los hoy estados de Tamaulipas y San Luis Potosí, pacificando a tribus guerreras de chichimecas en la sierra y cerca de Tanchipa [Mpio. de Cd. Mante, Tam.], regresando por noviembre de ese año a la ciudad de México. Los caciques de las tribus pacificadas pedían el bautismo en el siguiente viaje de fray Andrés a esta zona, en 1556.

   A su regreso a la ciudad de México a fines de 1554, fray Andrés ya debía haber constituido la Custodia Franciscana del Salvador de Tampico, dependiente de la Provincia del Santo Evangelio de México, y que abarcaba desde Ozuluama [Ver.] al oriente, hasta las faldas de la Sierra Madre Oriental. Ya existían siete casas o monasterios que aumentaron a doce y que para el siglo XVIII eran veintidós. Fray Agustín de Vetancourt mencionaba doce: Valles, Tampico, Ozuluama, Tamaholipa, Tamuín, Tancuayalab, Tampasquín, Tanlacú, Guayabos, Tamítad, Tamápats [o Temapache], y Huehuetlán, abarcando porciones de los actuales estados de Veracruz, Tamaulipas y San Luis Potosí.

   Las solicitudes e informaciones enviadas directamente por fray Andrés de Olmos al emperador Carlos V para beneficio de los indios e instalación de misiones en la Huasteca fueron varias. Don Joaquín Meade publica una cédula real enviada por el emperador en 1555 haciendo referencia al monasterio de Tampico, y que dice: 

   “Don Carlos, por la divina clemencia emperador semper augusto,  rey de Alemania, y el mismo don Carlos por la gracia de Dios rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdova, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algécira, de Xibraltar, de las islas de Canaria, de las islas e tierra firme del mar océano, conde de Flandes y de Tirol, etc., A vos, nuestro presidente e oidores de la Audiencia Real de la Nueva España, virtud y gracia:- Sépades que nos, somos informados que fray Andrés de Olmos de la Orden de San Francisco, ha hecho gran fruto en esas partes en la instrucción y conversión de los naturales de ellas y que en el pueblo de Tampico que es en la Provincia de Pánuco, ha tomado sitio para hacer un monasterio para dende allí procurar y traer de paz y al conocimiento de nuestra santa fe católica a los naturales de las provincias de los Chichimecas y de otras provincias y lenguas a ellos comarcanas; y porque nos deseamos que aquellas gentes vengan de paz y para ello se hagan las diligencias necesarias, vos mandamos que encarguéis al dicho fray Andrés de Olmos y otros cualesquier religiosos de su Orden que os pareciere, que procuren de traer de paz y el conocimiento de nuestra santa fe católica a todos los indios de dichas provincias y de los Chichimecas […] y mandamos que por término de diez años no sean pedidos ni demandados por nuestros oficiales ni por otra persona tributo alguno, que por aquellos están más relevados de trabajo […] Dada en la villa de Valladolid a seis días del mes de agosto de mi quinientos .cincuenta y cinco años. La princesa. El marqués. El licenciado Gregorio López. El licenciado Tello de Sandoval. El licenciado Bribiesca. El licenciado don Juan Sarmiento. El doctor Vásquez. El licenciado Villagómez. Yo, Juan de Sámano, secretario de su cesárea y católica majestad, la fice escribir por mandato de su alteza, el rey.”

   En 1556, fray Andrés visitó de nuevo el río de Tampico, donde bautizó a los caciques de los chichimecas bravos que vinieron en su busca después de su encuentro en 1554. 

   Para fines de ese año se hallaba de nuevo en la Cd. de México, desde donde envió a Carlos V una carta el 25 de noviembre de 1556 que decía: 

   “Sacra cesárea cathólica magestad. Recibí una carta de V.M. con una provisión real, por la cual manda me ayuden acá con religiosos para Tampico y para aquellas provincias de chichimecas, y que no tributen diez años, y promete de no los enajenar de la real corona, etc. Por la memoria y las mercedes hechas a tan pobre capellán de V.M., y menor de los menores de la Orden del seráfico San Francisco, y a los religiosos suyos que acá sirven a V.M., y hecha a estos pobres indios, besadas las manos de tan alto príncipe con la debida reverencia, doy las debidas gracias a nuestro señor Jesucristo y a V.M., que a gloria suya a bien de las ánimas, ha sido servido enviar tanto favor […]” 

   En esta carta, fray Andrés solicita del monarca que le envíen frailes para Tampico, Tamaholipa, Tanchipa y la villa de los Valles. Pide sean poblados tres ríos a la costa del norte, que son: el de Palmas [hoy Soto la Marina], el Bravo y el Ochuse (Misisipi), pues “tomada la puerta poco a poco, ellos se vernán [sic] a la real obediencia, no conquistando sino dando buen ejemplo.” Solicita se quiten los tributos a los pueblos anteriormente mencionados, pues se hallaban en paz, y pudieran fundar sus iglesias. También pide que los Corregimientos de la Cuesteca y la provincia de Pánuco se diesen a los que viniesen a vivir a Tampico, para amparo de aquella costa. Para el mismo amparo sugiere se abra puerto en la isla de Lobos, la que se decía estaba a cuatro leguas del río de Tuchpa[n].

 Este ilustre franciscano era muy santo y muy humilde. Por su virtud y sabiduría, los religiosos de su provincia deseaban nombrarlo prelado, pero él huía de las honras mundanas. Dice Mendieta que por los grandes trabajos que sufría recorriendo a pie grandes distancias entre montañas y selvas tropicales, evangelizando a los indios, traía todo el cuerpo cubierto de insectos y mosquitos, y su rostro parecía de leproso. Cuando ya viejo y asmático lo instaban a descansar en la Cd. de Mëxico, respondía con su común dicho: “Hermanos, la Cruz adelante”. 

   Un levantamiento de los chichimecas provocó que aún enfermo, acudiese a pacificarlos, lo que provocó que se le provocara un tumor que a la postre, le costó la vida. Fue tal su influencia entre los indios, que aun después de su muerte, encontrándose los bárbaros con algún religioso franciscano, dejando arco y flechas se venían de rodillas diciendo: “Andrés, Andrés.” 

   Murió este santo varón en Tampico [Pueblo Viejo, Ver.] el 8 de octubre de 1571, a la edad de ochenta años, habiendo predicado en esta tierra por 43 años, sin querer regresar a España. Sus restos fueron enterrados allí, pero un documento de fray Ignacio Saldaña escrito en 1762, dice que sus restos descansan en la iglesia de Tampico Alto, adonde fue trasladado el Tampico antiguo a causa de invasiones de los piratas. 

 Como quiera que sea, su sangre y su corazón los dejó en jirones a su paso por estas tierras que tanto amó.

María Luisa Herrera Casasús
María Luisa Herrera Casasús
Licenciada en historia de arte. Historiadora y escritora de los libros “Entorno mágico de la Huasteca”, “Raíces africanas en la población de Tamaulipas”, “Intento de colonización en la Sierra de Malinchen del actual territorio de Tamaulipas por don Benito Antonio de Castañeda, alcalde mayor de Pánuco y Tampico”, “Presencia y esclavitud del negro en la Huasteca” y “La colonización del noreste: Indios y encomenderos del siglo XVII”. Cronista de Tampico Alto. Colaboradora del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Desde 1980 es investigadora de la historia de la Huasteca durante la Colonia. En mayo de 2019 recibió la medalla Capitán Alonso de León en la ciudad de Monterrey, Nuevo León.
spot_img

Artículos Recientes

MÁS DEL AUTOR