[Cfr. “Residencia en México, 1826” por George F. Lyon] En Xalapa hay una plaza de regular construcción a poca distancia del otro mercado, encerrada en bajas paredes, con asientos y con una construcción en forma de obelisco en su centro. En este espacio las corridas de toros se hacen ocasionalmente; y fue cerca del obelisco donde Mr. McKenzie, el último cónsul, tuvo a su lado a un hombre que fue muerto por una bala que evidentemente estaba destinada para él, y que fue disparada desde las filas de la tropa que estaba bajo revista en alguna festividad pública.

En este día de jubileo, todos los xalapenses iban con su vestido de gala; y en ropa, y en apariencia en general, pienso que son con mucho los mejores ejemplares del pueblo mexicano. Una gran cantidad de señoras se adhieren al simple y bello vestido negro español con el gracioso velo o mantilla; pero donde les han hecho el honor a otros europeos de imitarlos, el resultado es un poco chapucero, y toda clase de galas y de chillones adornos se ven mezclados en feliz confusión sobre la misma persona.
En la noche, las ventanas abiertas me permitieron escuchar, casi en todas las casas, aires excesivamente inarmónicos tocados en arpas muy malas, y cánticos en tono bajo, monótono y nasal, por una, dos o más voces, todas en el mismo tono.
Xalapa, que se dice significa “salida de las aguas”, [de donde sale el agua], es uno de los lugares más pulcros y primorosos que yo haya visto en México. Sus calles son en su mayoría, cortas, y en cierta forma, irregulares. Esto es más bien aparente por la situación de la ciudad, edificada sobre pequeñas colinas. Las casas, que no son notables en cuanto a su tamaño, son en su mayor parte de orden superior; techadas con tejas rojas acanaladas, bien encaladas y con ventanas por fuera y pulcramente amuebladas por dentro, aunque la vieja precaución española de una reja de hierro en cada ventana les da una apariencia melancólica. La población es como de 11,000 personas y es muy respetable, aunque no se compara con lo que fue hasta hace unos pocos años, cuando era costumbre entre los ricos comerciantes españoles de Vera Cruz retirarse a sus casas de campo en este sitio encantador durante la temporada de enfermedades de la costa. Xalapa es el asiento del gobierno del estado de Vera Cruz, y como tal, es la residencia del general Miguel Barragán, su gobernador. Una guarnición de aproximadamente 1000 hombres, caballería e infantería, se halla constantemente en la población, pero sus barracas están en los suburbios.

La lavandería de Xalapa ha sido muy alabada, y puedo certificar, cuando menos, de su benevolencia y su éxito en tumbarme todos los botones de mis camisas que aún permanecían después de mi campaña de siete meses en el país. Hay dos lugares públicos para el lavado: el más grande, llamado Techacapa, tiene tres edificios grandes, techados y cómodos, sostenidos por pilares, y abiertos en todas direcciones. A través de éstos, una corriente de agua fina corre continuamente por cada lado, a una altura conveniente para las lavanderas; y como el pequeño canal está dividido en compartimentos: uno para la ropa, y otro anexo para el lavado, es muy limpio y cómodo. El segundo lugar, Jalitiquic, tiene una sola casa al pie de un pequeño cerro, rodeado y sombreado por bonitos árboles de naranjo y de otros árboles pintorescos.

Ya he hablado de los mercados, y poco me queda decir del comercio. Hoy en día Xalapa es meramente un sitio de descanso entre Vera Cruz y México, con poco comercio propio y presenta un marcado contraste cuando, bajo el gobierno español, era el emporio del comercio del Atlántico. Los mercaderes españoles, protegidos por la exclusión de todos los competidores extranjeros, vendían entonces a un precio exorbitante los productos de Europa; y muchas de las más espléndidas fortunas logradas en la Nueva España debían su volumen al comercio de Vera Cruz y Xalapa. El indio pobre ahora encuentra a su alcance y su poder de compra los lujos y comodidades que su pobreza le negaba antes; y la abundancia y el menor precio de los géneros ingleses, ropa y ornamentos, hace ahora que los nativos se den cuenta que existen otras naciones poderosas, además de la de sus perseguidores y conquistadores. Sin embargo, Xalapa posee algunos almacenes muy bien surtidos, y es muy famosa por su comercio de la raíz de la jalapa medicinal [convolvulus jalapa] que traen los indios desde una sierra cerca de la base de Perote, donde la planta, a la que pertenece la raíz, crece en gran abundancia. En ese tiempo se vendía como a tres quartillos, (igual a cuatro peniques y medio) la libra. Los indios que traen las raíces, y que también comercian con frutas y legumbres, son una raza pacífica, inofensiva y discreta; difieren materialmente en vestido y apariencia de los aborígenes de los estados del norte.

El traje de los hombres consiste en una lana color azul obscuro fabricada por ellos mismos, que forma una especie de túnica con anchas y abiertas mangas, y generalmente atada a la cintura por una banda o cordón. No llevan camisa, y el resto del traje es simplemente un par de calzones cortos azules, abiertos a la altura de la rodilla. Todos usan sombrero de palma, y el cabello lo llevan suelto descuidadamente sobre los hombros, pero cortado formalmente sobre la frente. Las mujeres usan una blusa de áspero algodón con anchas y abiertas mangas, y algunas veces con bordados de fantasía alrededor del cuello, hechos con estambres de colores brillantes; faldas de lana azul recogidas en numerosos pliegues alrededor de la cintura, con mucho vuelo en la parte inferior, y un rebozo (o chal) azul o castaño del mismo material sobre los hombros. Al cabello lo dividen en dos largas trenzas y casi siempre lo entrelazan con estambre escarlata brillante, y es costumbre atar las puntas de estos ornamentos entre sí, y dejarlos colgar a su espalda o atarlas fuertemente alrededor de la cabeza, lo que produce un peculiar y muy agradable efecto. Estas pobres gentes son una simple y aun fea raza, y en su mayor parte mal formada, cuya torpeza se ve aumentada por el hábito de caminar con los dedos de los pies hacia adentro. Las mujeres trabajan tan constante y laboriosamente como los hombres, y ambos sexos acarrean grandes bultos con la fuerza de la cabeza y el cuello, de donde suspenden la carga con correas, para que descansen los lomos, mientras el cuerpo queda en una posición muy inclinada. (Continuará)