En 1968 eras un escuincle que rondaba los 15 años de edad y Óscar Chávez ya era un cantante y actor protagonista de la vida cultural. En ese año ya se conocía a Bob Dylan y Joan Baez en Estados Unidos, a Juan Manuel Serrat y Ana Belén con Víctor Manuel, en España, a Mercedes Sosa en Argentina y a Violeta Parra en Chile; todos, pilares del Canto Nuevo…México tenía en Óscar Chávez a su folclorista mayor pero muchos de los mexicanos preferían en esa época las canciones de Angélica María, Enrique Guzmán y César Costa. Era la de Óscar Chávez una profesión paralela a la comercialización que de la música hacían la radio y la televisión de entonces –y hasta la fecha–, obviamente con ayuda de escuchas fascinados con el rock and roll de aquellos momentos. Era, pues, uno de esos artistas independientes que nacen a su aire, que no los inventa nadie, que surgen y se quedan en un medio intelectual donde importan los contenidos, no los minutos que puede dar un éxito inesperado…

¿Por qué era diferente Óscar Chávez? Porque era un luchador social inmerso en el espíritu estudiantil del movimiento del 68: pueden ver su imagen en la película de Leobardo López, El grito, donde el también compositor desnuda a las almas que despiertan de su marasmo juvenil, en busca de caminos,  oyendo en la explanada de la UNAM canciones de protesta…Tú recordabas esto lentamente, tomando un café y escuchando en Spotify a quien murió aquel 30 de abril de 2020. O que en realidad no murió, piensas. Como escribe Carlos Monsiváis en Escenas de pudor y liviandad: “el “Idolo (la mayúscula, certificado de licitud)…más allá de los seis meses de un hit”. Porque además, no podrá olvidarlo el inconsciente colectivo porque será 2020 el año del surgimiento de un virus que trastornó al planeta y a su gente. El virus denominado Covid–19 fue lo que se llevó a Óscar Chávez. Raquel Vásquez, su esposa –bailarina de profesión que lo inspiró a escribir “Por ti”–, lo hospitalizó en una clínica del Seguro Social el 29 de abril y en menos de 24 horas se fue el cuerpo del hombre que en 1966 interpretaba en la película Los caifanes, de Juan Ibáñez, al “Estilos”, rival de Enrique Álvarez Félix para disputar al menos una noche con “Paloma”, encarnada por Julissa. Porque olvidaba decir que también ejerció la carrera de actor, y muy bueno…

Eras apenas un imberbe adolescente y el filme con guion de Carlos Fuentes te despertó la admiración primera por Óscar Chávez. Su papel y la de sus amigos era la de unos “perdedores” en el ámbito social mexicano. Nada que sorprenda a la realidad social que vivimos…Perdedores, sí, pero el humor, el conocimiento de la vida, el instinto de sobrevivencia y el uso del lenguaje en doble sentido, como respuesta para enfrentar las desgracias, la soledad, el desempleo, el desamor; con un sentido lúdico donde la risa cura a la desgracia. Los caifanes: símbolos de un México que no se ha ido, detenido en los millones de “nacos” que inundan al país, esos despreciados por clasistas y racistas. Los caifanes: un retrato nítido de gente que en México lucha por “ser alguien” y termina en anécdotas de barriada que no le importa a la economía en ascenso. Nada que hoy sorprenda en el México contemporáneo.

Ya habías escuchado cantar a Óscar Chávez porque tu hermano mayor quería ser intérprete de la música latinoamericana y en su repertorio tenía una pieza que fue la que Óscar Chávez cantó en su primer disco: “Román Castillo”. Una copla novohispana, anónima, del siglo XIX. Tu hermano abandonó pronto la cantada en foros alternativos pero te dio oportunidad de abrir tu oído al “canto nuevo”, a lo que en aquel entonces denominaban la tradición de la canción latinoamericana y en la que Óscar Chávez es –no hay otro; o sí: Amparo Ochoa y Gabino Palomares pero no con el largo aliento en la distancia del “caifán mayor”–, el máximo exponente con apenas no más de 25 años de edad. Lo escuchaste y sus ecos impusieron en ti la posibilidad de ir por un camino diferente al de todos aquellos donde la comercialización de la cultura y el espectáculo nos pierden en la nada, contra la posibilidad de buscar alternativas para vivir por caminos que trasciendan nuestra existencia.  

Como en su canción “Fuera del mundo”, Óscar Chávez vivió de espaldas a la industrialización de la música. Su propósito no era la fama ni el dinero. Su propósito era insertarse en la línea de pensamiento donde la crónica musical –ese otro lado de escribir la historia–, sea aquella que memoriza y cuenta de dónde venimos: coplas, corridos, danzones, sones; piezas cubanas, chilenas, argentinas. Y la canción de protesta como respuesta a la rabia para que desaparezca la tristeza; que se vaya el valemadrismo, que nos den la oportunidad de tener un porvenir, que la insolencia social sea la respuesta a toda imposición política. Nadie puede contarte lo que fueron aquellos años del priismo: los estudiantes masacrados en el 68, la rebelión estudiantil  en 1971, el periodo de Luis Echeverría que en el filme de Alfonso Cuarón, Roma, nos lo recuerda en una secuencia digna de nuestra historia y barbarie presidencial; después José López Portillo, de espaldas a la pobreza de México, al que dejó endeudado cuando hablaba de la bonanza del petróleo, hasta aquel Carlos Salinas de Gortari que terminó por hundir las esperanzas de un México que no termina de salir del hoyo de la desestabilización económica y a la que le nació el Subcomandante Marcos en 1994, como respuesta a la corrupción de sus gobernantes. Óscar Chávez tenía para ellos sus dardos en el canto como revuelta y razón. Bastaría con escuchar su versión de “La casita” como resumen de un país en ruinas a costa de la deshonestidad de la nueva clase rica: los gobernantes que de la nada llegan a tener millones de pesos y múltiples propiedades pagadas por el erario nacional.

Grabó un millar de canciones. Imposible conocerlas todas, pero se sobrentiende el poder de una voz que quiere ser escuchada, con piezas tradicionales, folclóricas, románticas, no solo de intención política. Es la voz de un artista, no la de un político sin estilo. Me explico: Óscar Chávez era la voz de generaciones hartas del despotismo gubernamental acostumbrado a dar migajas de los impuestos al pueblo. Pero también era el hombre que cantaba piezas que nos recordaban un México olvidado en los ranchos y haciendas del país, en las piezas inolvidables que cantaban nuestros abuelos y que ningún cantante le había devuelto su capacidad de regresar al presente y hacerse eco en un país con tradiciones y costumbres.

 Se lo dijo a Beatriz Zalce –la que preserva su memoria, a la única que le dio muchas entrevistas por la confianza de ser amiga y compañera de René Villanueva (QEPD), del grupo Los Folkloristas, igual de independientes–: “lo que queda de los hechos capitales como el zapatismo, el 68 o la Guerra Civil Española no son las crónicas. Quedan las canciones de amor: esas son las importantes…” Es decir: la política, de tan repetitiva puede cansar, pero el amor nunca se acaba, las parejas son felices al escuchar “Por ti”, “Nunca jamás” o “Fuera del mundo”. Óscar Chávez trabajaba con piezas anónimas, con compositores de primera; él mismo creaba sus canciones buscando receptores en el inconsciente colectivo. Se volvió conocido en América Latina con canciones como “Macondo” o la inspirada en El Ché o Salvador Allende pero en la intimidad, “La niña de Guatemala” era la preferida de un público más íntimo. Lo logró con creces de manera paralela a una industria donde el comercio no incluye el respeto a la creatividad con sentido cultural, lejos de la complacencia, cerca de la inspiración.

Hasta 1984 fue que tuviste la oportunidad de conocerlo en persona. Ni te acercaste a entrevistarlo. Sabías que no era complaciente con los periodistas. Le irritaban las preguntas. Le molestaba la estupidez y, a veces, hay torpezas en las preguntas de los reporteros. No se llevaba bien con los medios de comunicación, pues. Era tímido. Introspectivo. Taciturno. Fumador y con algunos alcoholes por la noche. Ni siquiera recuerdas donde quedó lo que escribiste de él en aquel concierto dentro del Festival de la Raza, en Tijuana. Hoy, más de 50 discos hablan por él. Con caricaturas del gran monero Rius, o el enorme diseñador Rafael López Castro, que conceptuaban sus portadas o los carteles de presentación en el Auditorio Nacional, año tras año, por 19 años (tenía un público fiel, de diversas generaciones). O aquella presentación en el Palacio de Bellas Artes, en 1973, el primer cantante de música popular que pisaba el máximo recinto del país.

Mira que tener 85 años y morirte así, en medio de una tempestad mundial por Covid–19. Aquel niño que te descubrió apenas de 15 años, aquel adolescente que te admiró cuando cantabas “Por ti” y susurraba tus piezas tratando de buscar su propio camino. Ese joven que hoy es un hombre mayor tiene mucho que agradecerte. No fuiste anécdota ni hit de un día en la música mexicana. No idolatraste el dinero como algunos de tus compañeros (querían seguir tus pasos y se perdieron en busca del éxito). Te dedicaste a escribir poesía, a descubrirnos canciones fundamentales del repertorio nacional, no cediste con las radiodifusoras para ser escuchado por la demasiada gente, no. Preferiste que el tiempo te diera un lugar. Y lo lograste.

No eres, no serás olvido.  Decías que te ibas a retirar a tiempo, cuando no tuvieras nada que decir. No, Óscar Chávez: un clásico no se retira nunca. Se queda para siempre. No se muere. Pasa lo contrario: estalla en el firmamento donde los recuerdos despiertan y entonces queda aquello que nos revitaliza. Bien escribió de ti Carlos Monsiváis: “le da igual importancia a lo viejo y lo nuevo, lo triste y lo divertido, lo épico y lo sensual”. Si Juárez no debió morir, Óscar Chávez estuvo bien que volara a otros aires con sus guitarras, buscando a tu padre, que te acompañará como buen guitarrista que era y de quien aprendiste el oficio musical, escuchando esas viejas canciones que nos trajiste como ramillete de experiencias donde la vida palpita por el lado del corazón con pensamientos de búsqueda y progreso.

Gracias, Óscar Chávez, hombre de una sola pieza. No me gustan las notas necrológicas, pero te debía estos recuerdos porque nunca había escrito de tu talento y presencia en el Canto Nuevo.

Ciudad de México, a 20 de mayo de 2020

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Nació en Tuxpan, Veracruz. Estudió las carreras de Periodismo y Literatura, en la UNAM, e Historia del Arte en el Museo del Prado, en Madrid, España. Ha trabajado por 40 años el periodismo cultural, por el que ha obtenido algunos premios, entre ellos: El Gallo Pitagórico, en el marco del Festival Internacional Cervantino, en 1981. El de Periodismo Cultural Fernando Benítez, en 2003, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El Nacional de Testimonio Chihuahua, en 2005. Y un premio internacional: Pen Club a la “excelencia periodística”, 2011, por su lucha de los derechos humanos de las minorías. Fue director editorial de Random House Mondadori y editor del Grupo Editorial Planeta. Ha publicado los libros: De un mundo raro (editorial Conaculta). El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz (Editorial Grijalbo). El closet de cristal y Otros nombres del arcoiris (Ediciones B). Es coautor de varios libros colectivos. Escribe en el diario Milenio y en diversas revistas del país.

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