Ante los retos que la maternidad ha significado para mí, intento delinear las razones por las que es justo que un hombre y una mujer contribuyan a la par, con su amor y su economía, a la manutención de los hijos. No pienso esto sólo desde mi condición de mujer. Desde luego, siendo mujer tengo ciertas necesidades innegables; pero eso no me coloca por encima de ningún hombre, ni me da privilegios superiores. Más bien pienso lo contrario. Como mujeres, somos nosotras quienes ofrendamos nuestro cuerpo, nuestras hormonas y nuestra psique, para que se geste en nuestros interiores un nuevo ser. Somos nosotras quienes hemos de abrir nuestros huesos, experimentar un dolor indescriptible, y desear morir para poder servir de portal entre otro mundo y éste, y así permitirle a ese ser que nazca a otra realidad.

A muchos hombres no se los tenemos que contar: ellos están presentes durante los nacimientos; nos ven gritar, gemir como bestias, tocar la muerte y pedirles ayuda desesperadamente, a lo que ellos sólo pueden responder sosteniéndonos y confiando en que podemos, pues la naturaleza nos ha dotado de capacidades y fuerza para hacerlo. No lo digo minimizando su función. Es una gran labor la de los hombres que nos sostienen mientras nos rendimos a lo más primitivo de ser mujeres.

Sin embargo, es común que hombres y mujeres descalifiquemos nuestra labor por tratar de encajar en la construcción mental a la que nos ha llevado la supuesta “liberación femenina”. No hace falta mencionar la revolución hormonal y emocional por la que pasamos las mujeres en el proceso del parto y del post-parto. Sentir cómo se hinchan y nos duelen los senos, no soportar el roce de la ropa sobre los pezones, pero seguir en ese instinto de sostener ahora nosotras a nuestras crías. Invertir todo nuestro ser y toda nuestra energía en alimentarlas, no solo de leche, sino de amor, de atención, de cuidados, es la mayor inversión que hacemos en el desarrollo de nuestros hijos, tanto a nivel físico como emocional.

Para que todo eso pueda suceder, el cuerpo de la mujer debe cambiar por completo sus hormonas; su psique entera debe enfocarse en esta labor y, aunque quisiera, no podría enfocarse en otras actividades a las que nuestra sociedad llama “productivas”. Sucede que, tanto la sociedad como nosotras mismas, nos exigimos ser diferentes y “volver a la normalidad” lo antes posible. Nuestros adentros nos gritan que no abandonemos al bebé, que lo sigamos cuidando, a pesar de los obstáculos; pero la mente insiste y entramos en una lucha, primero, contra nosotras mismas. Después, contra nuestras parejas y contra la sociedad, que sentimos que nos deberían de sostener. Nos pasamos todo el proceso de crianza temprana luchando contra lo que sentimos y haciendo intentos poco o nada fructíferos para seguir funcionando como si nada hubiera pasado, ni estuviera pasando, y los bebés, a su vez, mamando esta misma angustia de la madre, con quien comparten un mismo campo emocional. Ellos son puro sentir y no conocen sus límites, por lo que comienzan desde ahí a normalizar la lucha contra sus propios sentimientos.

Mientras tanto, sigue existiendo una mujer dentro de nosotros con sus propias inquietudes e intereses, con sus propias complejidades. Y cuando, con las primeras migas de energía, intentamos salir y despejarnos, somos juzgadas por no estar con el bebé, o por no aprovechar el tiempo en “cosas productivas”. Debo enfatizar que no es porque nos falten ganas, pero en medio de toda esta revolución química, mental y emocional es imposible dedicarse a otra cosa que, a los bebés, y el sólo intentarlo lo hace aún más agotador. Por encima de todo, también está la relación con la pareja, que si no es consciente y honra nuestro papel de mujer, tanto como el suyo de sostén, se entra en otra lucha que se suma a la nuestra y aquello se convierte en un monstruo con vida propia. Porque a pesar de que la mujer también quiere sostener y ser sostenida, amar y ser amada, y tener intimidad y cercanía, la energía no le alcanza. Así, la pareja se siente abandonada y su reacción será buscar esa intimidad y cariño en otro lado.

La mujer no sólo descuidó sus proyectos personales y su negocio, sino también a sí misma y a su pareja. Y al final termina en un déficit energético, físico, económico y psíquico devastador. Tiene que recoger sus pedazos, reconstruirse y volver a empezar con mucha más carga, con mucha menos ayuda y con los sueños de familia rotos. Necesita ayuda para salir de esto, para poder sostenerse a sí misma y a sus hijos, que siguen teniendo necesidades que ella no logra cubrir sola. Y cuando pide ayuda, le preguntan que por qué se la han de dar y se le va la energía en intentar explicar lo inexplicable. Se debate entre invertir su energía en buscar rescatarse de este déficit de tiempo durante el cual su pareja pudo seguir invirtiendo en su profesión o en su negocio, mientras ella se perdía en la lucha entre las vísceras y la exigencia; o sólo enfocarse hacia adelante y sacar fuerzas de donde no las hay para recuperarse a sí misma.

Hay un alejamiento de nuestra naturaleza en este intento de lograr la “igualdad de género” y una complejidad en intentar alcanzar la equidad cuando lo que se mide de cada lado son unidades distintas. De un lado se cuentan pesos y de la otra energía; pero ambas labores son igual de valiosas. Sucede que cuando uno no ve su propia labor reconocida y honrada, reacciona minimizando la del otro, exigiendo, comparando y eso no lleva a ningún sitio enriquecedor. ¡Qué bonito sería alcanzar un estado en el que nos sintiéramos privilegiados de ejercer nuestra propia naturaleza! Empezar por valorarnos a nosotros mismos para, desde ahí, valorar al otro y crear un ambiente de aceptación, alineación y propósito. Un cántaro en el que abrazar a los seres que creamos juntos, en donde todos valoremos nuestra participación, nos sintamos contenidos, cuidados y nos miremos a los ojos llenos de gratitud de poder participar en la magia de la vida. Honrados de ser quienes somos, sentir lo que sentimos y crecer juntos.

Intento explicar todo esto desde la razón, pero se trata de un sentir muy primario, y como todo lo sensorial, las descripciones con palabras no se acercan a la experiencia. Son sólo intentos de simbolizar lo indecible. Sin embargo, me anima el deseo profundo de contribuir a un cambio de conciencia en la humanidad para que nuestras hijas puedan vivir una realidad diferente cuando sean madres. ¿O soy sólo yo la única que imagina el impacto que este cambio podría tener en nuestra experiencia como humanidad?

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(CDMX, 1977) Madre de dos hijas, poeta, fotógrafa, bailarina, instructora de yoga, exploradora de disciplinas relacionadas con el cuerpo y la conciencia. Autora de Traslúcido Silencio (Motu Propio, Colección Tequio, 2015). Sus poemas han sido publicados en diversas antologías, como Cardo 5 Años, Tejiendo la Utopía (Editorial Red_es, 2005) y Movimiento pendular simple (Malvario, 2007). Radica en Tulum, Quintana Roo.

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