Adriana Malvido

Durante su dramática agonía en San Petersburgo en marzo de 1999, uno de los científicos más luminosos del siglo XX tenía los ojos cerrados, pero alcanzó a escuchar que su trabajo, por fin, sería publicado y que aquel descubrimiento suyo que lo coloca a nivel de Champollion en la historia de la humanidad, quedaría impreso en tres hermosos tomos, editados en México, como él lo deseaba. A dos décadas de su muerte, el genio ruso que dio con la clave para el desciframiento de la escritura maya tendrá una nueva vida en 2020 con dos grandes acontecimientos: la aparición de su biografía en nuestro idioma, que su autora Galina Yershova presentó el pasado otoño en la Universidad Estatal Rusa de Humanidades y con la publicación en línea de su obra monumental, Compendio Xcaret de la escritura jeroglífica maya descifrada por Yuri V. Knórosov.      

Una crónica de sus últimos días:

El corredor es helado, la camilla estrecha. Un hombre lucha solo contra la muerte. Ni los médicos ni las enfermeras que pasan de largo se detienen a mirarlo. Lleva días allí, tiritando de frío. No importa quién es, tiene setenta y siete años. No hay cuarto para él. Ni cama. Ni cobija. El derrame se agrava. Los últimos días serán helados como las últimas horas de un invierno ruso. El frío duele más, la soledad duele más que la enfermedad. Los escalofríos se apoderan del menudo cuerpo de este hombre que lleva la ciencia en la sangre. Y ahora, la pulmonía. Solo, en su camilla, sin una mano que le lleve ropa limpia. Un genio del siglo XX agoniza en el corredor de un hospital en San Petersburgo. Es Yuri Valentinovich Knórosov.

Intenta abrir los ojos. Sus larguísimas cejas blancas que cubren sus ojos azul zafiro comienzan a congelarse. Tiene frío, mucho. Comienza el delirio, es el principio del fin. Piensa en el fuego. El fuego, las llamas, se apoderan de Berlín. Es la Segunda Guerra Mundial y el ejército soviético toma la ciudad alemana. Un joven ucraniano de veintiún años, estudiante de violín, se une a las tropas de su país y un arrebato, que será definitivo en su vida y en uno de los descubrimientos científicos más relevantes del siglo XX, lo conduce a la Biblioteca Nacional para salvar lo que pueda. Rescata dos libros: Las cosas de Yucatán de Diego de Landa, de la valiosa edición de Brasseur de Bourbourg, y la edición de 1933 de Los códices mayas de los hermanos Villacorta. Los mete en su mochila y regresa a casa sin saber que en ese momento su vida daba una vuelta de tuerca.

Qué lejos está su casa ahora que yace en una camilla. Qué lejos la población de Járcov, en Ucrania, donde nació el 19 de noviembre de 1922. Qué lejos el calor del hogar. Tan lejos como el fuego que prendió el mismo Diego de Landa a los códices prehispánicos mayas en el siglo XVI. Lejos también los únicos tres ejemplares que se salvaron y que llevan el nombre de Códice Dresde, Códice Madrid y Códice París, como las ciudades que los resguardan.

Un escalofrío remueve la memoria. Knórosov agoniza; pero pasan por su mente los días en la Universidad de Moscú cuando a los diecisiete años se interesó por las escrituras antiguas, la etnología y la arqueología. Su pasión por las lenguas que lo llevó al conocimiento de los jeroglíficos egipcios, el árabe, el chino y el japonés. Años después encabezaría los estudios hacia el desciframiento de sistemas desconocidos de escritura como el de la Isla de Pascua, el del Tibet o la protoíndica. Sería miembro del Instituto de Etnología de la Academia de Ciencias de Rusia en San Petersburgo y de la Sociedad Astronómica Europea.

Pero ahora está sobre una camilla, con la ropa húmeda y los pulmones adoloridos, más parecido a un personaje de Dostoievski que a un genio del siglo XX con las horas contadas.  Casi no puede respirar, pero sí recordar: el joven Yuri regresa de la guerra. Se reincorpora a la universidad, se gradúa como etnólogo en la Facultad de Historia de la Universidad Estatal de Moscú especializándose en lingüística. Su maestro Sergei Alexandrovich Tokarev escucha, incrédulo, a su discípulo cuando éste lanza, tajante, su hipótesis: “No hay escrituras indescifrables, cualquier sistema de escritura producido por el hombre puede ser leído por el hombre”. Tokarev lo reta: “¿Puedes demostrarlo?”. “Sí”, responde Yuri, y, para fortuna de la humanidad, elige la escritura maya, que durante siglos había sido considerada un enigma. Y así, a miles de kilómetros de distancia y desde un país donde nada había sobre estudios mesoamericanos, Knórosov abre su mochila de guerra, toma como guía la información de Diego de Landa, a quien traduce, y emprende una de las más fascinantes aventuras intelectuales, que lo ha colocado al nivel de Jean-Francois Champollion, el genio francés que descifró los jeroglíficos egipcios en el siglo XIX.

Knórosov publica en 1956 que los glifos traducidos por Diego de Landa en su manuscrito Las cosas de Yucatán no corresponden, como se pensó al principio, a un alfabeto maya sino a un silabario; es decir, que la forma de la escritura maya tiene una lectura claramente fonética y corresponde a la forma escrita de un lenguaje oral. El descubrimiento dio lugar “al nuevo amanecer en el paso hacia el desciframiento” -en palabras del estudioso estadounidense Michael D. Coe- y convirtió a glifos e inscripciones en verdadera literatura.  El autor de libros como La escritura de los indígenas mayas (1963) y Códices jeroglíficos de los mayas (1975) daba con la clave para leer los testimonios de la más sofisticada de las culturas mesoamericanas, la que desarrolló el calendario más exacto de la antigüedad, la que descubrió el cero, la que escribió su historia para la posteridad.

De pronto, junto al científico, aparecen su hija y su queridísima nieta. Lo miran, lloran, se horrorizan y se van. Él permanece allí unos días más, con la humedad que se cuela hasta sus delgadísimos huesos.

El hombre de la camilla se acerca a la muerte con una certeza: “Para mí no hay dudas, lo que estamos haciendo son lecturas, no interpretaciones. Estamos leyendo textos mayas absolutamente comprensibles.” Y pasan por su mente los textos que labraron los mayas en sus estelas y tableros, en sus tumbas y en sus vasijas, en las pirámides y en los códices, y el misterio que guardaron siglos enteros.

Knórosov frunce el ceño. Siempre fue objeto de controversia. Eric Thompson y su rabioso anticomunismo lo descalificaron. Después, la Escuela Norteamericana de Epigrafía, que tomó su método como punto de partida, pero siguió un camino con el que él no podía estar de acuerdo: “El peligro es que la ciencia ficción se presente como descubrimiento histórico.”

Frente al cuerpo inmóvil, aparece otra persona: es Galina Yershova, su mano derecha, su leal asistente. Quiere hablar con él. Pero el trombo afectó el hemisferio izquierdo del cerebro y él no puede responder. Ronronea. Con un tratamiento adecuado podría recuperarse -piensa ella-, pero también sabe que los médicos, por la miseria, están orientados a dejar morir a las personas mayores de sesenta años.

Galina quiere contarle que tiene noticias del otro lado del mundo. Que su obra magna, el primer diccionario de glifos mayas con su traducción al español; la compilación de todos sus textos encaminados a enseñar su método para leer las escrituras mayas, y su traducción de los tres códices mayas existentes, están en imprenta. Que sus cuarenta años dedicados al estudio de los mayas están por convertirse en tres bellísimos tomos; que por primera vez serán publicados todos juntos en español y que, tal y como él lo quería, todo sucederá en México.

Knórosov no puede hablar, pero la escucha. Piensa en México y en su sueño de morir en el sureste mexicano. Fue hasta 1989 que cruzó el Atlántico para pisar Guatemala y a principios de los años noventa vino por primera vez para, por fin, ver con sus propios ojos las ciudades arqueológicas que tanto estudió. Entonces también conoció Palenque y en 1995 sorprendió al mundo al lanzar su hipótesis sobre la identidad de Reina Roja: “Es ‘Guayamaya Blanca’, la última reina de Palenque en el periodo Clásico de los mayas”.

En su agonía, ardiendo en fiebre, Knórosov escucha voces que le preguntan, ¿cómo pudo, desde su gabinete en San Petersburgo, dar con la clave del desciframiento, sin conocer tierras de lo que fuera Mesoamérica?

El científico se acerca al final. La sangre tiene dificultades para llegar al corazón. Aún no hay cuarto para él en el hospital. Ni ropa. Ni una mano que lo acompañe. Aún tiene tiempo para recordar el homenaje que recibió en Chetumal y el Águila Azteca en la embajada mexicana de Moscú en 1994, y su decepción porque ni el INAH ni la UNAM, en México, se interesaron por publicar su obra.

Al ritmo de su lenta respiración, aparecen rostros. El de Patricia Rodríguez Ochoa, historiadora nacida en Yucatán, quien, asombrada por el hallazgo de Knórosov y por el desconocimiento de sus logros en el medio cultural mexicano, buscó al investigador en 1995 y se comprometió a conseguir un editor para su obra. Más tarde, se convirtió en coordinadora editorial del proyecto. El rostro de Águeda Ruiz, periodista y poeta, quien fungió como primer contacto entre los investigadores rusos y Marcos Constandse del grupo empresarial del sureste, Xcaret, quien decidió subvencionar a Knórosov, Yershova y a su equipo en Rusia para que terminaran la obra. El de Tiahoga Ruge quien logró una beca para filmar la vida del científico ruso. El de Myriam Cerda González, de la Editorial Sestante, quien diseñó los tres tomos y coordinó la producción con la asistencia de Laura Novelo. El de Edgar Gómez Marín quien revisó y corrigió la obra. El del profesor José Arroyo, alumno de Yershova en Rusia y profesor de la Universidad de Quintana Roo, quien supo de la obra inédita por la prensa y propuso que la institución participara. El del rector Efraín Villanueva, quien se entusiasmó con la idea y ofreció financiar la producción del libro.

El doctor Knórosov escucha a Galina cuando ella le pide que espere, que no se vaya, que pronto podrá ver su sueño: tres tomos en piel titulados Compendio Xcaret de la escritura jeroglífica maya descifrada por Yuri Knórosov, coeditado por el Grupo Xcaret y la Universidad de Quintana Roo. El primer tomo reúne, por primera vez, un compendio de su obra en español, el catálogo de mil 35 glifos dibujados por él y la equivalencia de cada signo a su sonido y a su significado en español. El segundo incluye la reproducción de los códices Dresde, Madrid y París. Y el tercero, la transcripción, transliteración y traducción al español de los tres documentos. Que pronto saldrán de la imprenta, le anuncia Galina al oído.

Pero el doctor Knórosov muere, o lo dejan morir, en el corredor de un hospital en San Petersburgo en el amanecer del martes 30 de marzo de 1999. El hospital logra comunicarse con la hija hasta la noche del 31. No hay dinero para un velatorio, ni para un entierro digno. Yershova le pide al embajador mexicano en Moscú, Abelardo Treviño, apoyo económico para el entierro. Éste le da 500 dólares. Ella se traslada a San Petersburgo y busca una despedida decorosa. Imposible hacerlo en el museo, porque es domingo. 

Su cuerpo es trasladado a una morgue con otros muertos abandonados. Le habían crecido el bigote y la barba. Tenía las cejas congeladas.  Tuvieron que cortarlas. Imposible siquiera afeitarlo: el rostro se caería en pedazos. Estaba irreconocible.

La “despedida” tiene lugar en la morgue el domingo 4 de abril. Acude mucha gente, pero no toda logra un lugar. Ateo convencido, el científico es objeto de una misa de cuerpo presente. El ataúd es trasladado a un sitio de difícil acceso en las afueras de la ciudad; en realidad, un basurero con montículos levantados, restos de camiones llenos de agua y lodo que llega hasta las rodillas. Un viento helado provoca el griterío de las gaviotas. El ataúd desciende en el agua, echan tierra encima para que la tumba no desparezca en el pantano.

Al ritmo de la pala que echa tierra sobre su cuerpo y a miles de kilómetros de distancia, van saliendo de una imprenta de la ciudad de México, uno a uno, los dos mil ejemplares que reúnen su monumental obra.

En Moscú, nueve días después, Galina Yershova encabeza un homenaje a Knórosov en la universidad con sus colegas y sus sobrinas. Preparan la comida mexicana que tanto le gustaba al doctor, con sus queridos chiles habaneros. Coinciden en imaginar que, con todo y lo trágico de los acontecimientos: “Si el doctor en este momento está observando lo que pasa, debe estar riendo, así como él lo hacía, frotándose las manos”.

Y hoy, veinte años después, seguro tendrá motivos para frotarlas de nuevo.

(NOTA: El Compedio Xcaret de la escritura jeroglífica maya descifrada por Yuri V. Knórosov, fue presentado en Cancún poco después de su muerte. Las fuentes informativas para esta crónica son las entrevistas realizadas a Yuri Knórosov en julio de 1995 y el seguimiento periodístico de su obra, desde 1994 hasta 1999, por la autora de este texto. Los datos sobre su muerte fueron recogidos de un testimonio escrito por Galina Yershova y enviado a México poco después de la muerte de Knórosov).

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Adriana Malvido nació en la Ciudad de México. Estudió periodismo en la Universidad Iberoamericana. Es periodista cultural desde 1979. Es autora de, entre otros libros, Nahui Olin, la mujer del sol, La reina Roja. El secreto de los mayas en Palenque, Los náufragos de San Blas (“Si yo hubiera escrito esta historia, nadie me la hubiera creído”, dijo Gabriel García Márquez); y El joven Orozco. Cartas de amor a una niña. Ha sido galardonada con el Premio Nacional de Periodismo, en el género de entrevista; el Homenaje de Periodismo Cultural Fernando Benítez en el marco de la feria Internacional del libro de Guadalajara, en 2019; y el Premio Jesús Galindo y Villa a la trayectoria periodística en torno al patrimonio histórico y cultural, otorgado por el INAH. Es sin duda un referente del mejor periodismo realizado en México, desde que empezara en el diario Unomásuno y después fundadora del periódico La Jornada. Actualmente escribe en el diario El Universal.

2 COMENTARIOS

  1. Mi reconocimiento, como siempre póstumo, al maestro Knorosov; felicidades a Adriana por su bien tejido texto; mi desprecio para la cultura mercantilista de los gobiernos neoliberales que negaron su apoyo a esta causa, sin evadir que es sólo un mínimo ingrediente del guiso mayor: la indiferencia y la ingratitud humanas hacia aquellos que solidaria y generosamente guían a la humanidad a un destino mejor.

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