“[…] la gastronomía es, más que nada, un deseo de invertir eternidades para capturar sabores en una sutil devoción por lo efímero.”

Beatriz Espejo

A propósito del Día Internacional de la Mujer, me parece conveniente hablar sobre una escritora de la que existe poca información, principalmente en lo concerniente a sus novelas. Si bien Beatriz Espejo ha sido galardonada con diferentes premios literarios que hacen justicia a la excelencia de su obra periodística y cuentística —pues incluso hay un premio nacional de cuento que lleva su nombre—, sobre su prodigiosa novelística me atrevo a decir que no hay ensayos ni reseñas que ahonden en la complejidad de tantos años de experiencia. Se trata de una de las tantas leyendas literarias femeninas —y mexicanas— que no podemos permitir que sea olvidada. Y menos si aún vive. Si hay algo que aprender de estas escritoras, es precisamente a no abandonarlas a la suerte del olvido. Guadalupe Amor, Laura Méndez de Cuenca, Nellie Campobello, Nahui Olin, Elena Garro, Guadalupe Dueñas, por mencionar algunas, han sido mujeres excepcionales que sufrieron de un aplastante y violento desdén en sus últimos años de vida; mujeres que hoy en día son ensalzadas por su creatividad artística, pero lamentablemente no gozaron de este prestigio en sus últimos y desalentadores años. La mejor manera de honrar su esfuerzo y registro histórico, cultural y artístico, es mediante la lectura y reflexión de su legado. No olvidemos que ellas lucharon durante el siglo XX —y Espejo continúa haciéndolo— contra la supremacía patriarcal que les impidió dar a conocer, en mayor o menor medida, sus universos imaginarios.

La escritora Beatriz Espejo cuenta con más de una decena de libros publicados hasta el día de hoy. La mayor parte de la obra escrita por Espejo son cuentos, pero también tiene un amplio bagaje en el ensayo. Además, ha prologado diferentes compilaciones literarias de autoras como Guadalupe Dueñas e Inés Arredondo, así como también ha antologado diferentes libros relacionados con la literatura escrita por mujeres, particularmente del siglo XX. Cuenta con dos novelas: ¿Dónde estás corazón? (2014) y Todo lo hacemos en familia (2001), en la cuál me centraré en esta ocasión.

Esta novela toma lugar en la Ciudad de México y en Tlacotalpan, Veracruz, estado de donde es oriunda. La historia ocurre a inicios del siglo XX. Son tres diferentes escenarios los que se van narrando: en el primero aparece Sara y su familia adinerada; en el segundo aparece Leticia, la niña adolescente rebelde del internado; el tercero pertenece a Rutilio Rosas del Castillo, un general que ganó su grado durante la Revolución.

El esposo de Sara es un empresario, quien suele festejar a sus trabajadores en ciertas fechas de conmemoración religiosa, mandando a preparar enormes banquetes para un pueblo entero, así como bebidas y juegos artificiales. Sara es una mujer que gusta del arte de bordar principalmente rosas, una mujer apegada a la decoración de interiores. Es una familia feliz que vive sin ningún tipo de apuros ni presiones de ninguna clase, más allá de la inversión cada año más cuantiosa y llamativa para la celebración de sus trabajadores. Era una familia ejemplar y envidiable,

Pero la felicidad es un cristal. Se rompe como si un rayo cuarteara el firmamento. Los hados son tornadizos y desleales y al sonar un instante nefasto, cuando el tráfago de las hormigas atareadas alcanzaba su intensidad máxima, llegó la chispa incendiaria y dio al traste con las congratulaciones. Una chispa fugaz que nadie supo cómo prendió saltando del hierro herido por el pedernal o de dos cables juntos […] se convirtió primero en una llamarada y después en un fuego que se extendía por el suelo y se alzaba vigoroso.2

Espejo redacta con proeza este fatal accidente que tomó lugar en el jardín de la casa de Sara durante la demostración de juegos pirotécnicos, donde muere una cantidad impresionante de los asistentes que se encontraban ahí. A pesar de que el esposo paga las millonarias indemnizaciones, nadie se salva de la afectación.

Leticia, mientras tanto, espantaba con historias de terror a sus compañeras del internado. Rutilio, por su parte, un joven apuesto y garrido muy afecto a las mujeres, recibió una carta póstuma de una pariente lejana bastante acaudalada a la que apenas conocía. En la carta le encomienda cuidar de su hija Leticia, pues no dispone de un “padrino confiable” a quien encomendársela.

Rutilio acepta. Se gana a las monjas encargadas del cuidado de las infantas y sale a pasear con ella periódicamente, la lleva por chocolates, helados y demás consentimientos. Pronto surge una confianza inigualable entre ellos dos.

En un combate, Rutilio es herido y Leticia pide a las monjas asistirlo en su casa de la Ciudad de México, donde vive él. Ellas aceptan. Durante este periodo, pareciera que hay más que un amor de linaje por parte de Rutilio, deja entrever una especie de enamoramiento hacia la adolescente quinceañera, un enamoramiento que también suprime para verla con ojos de hija.

A raíz de la quemazón, Sara comienza a tener alucinaciones:

En los aposentos se percibían olores; a veces a sándalo, azahar y almizcle; otras, a carroña pestilente o a carne chamuscada. Se halló en medio de seres traslúcidos, incorpóreos; quizás enemigos, quizás indiferentes […] Se ponía tensa cuando la tarde iba cayendo […] Con los dientes castañeteantes era más vulnerable en medio de las tinieblas.3

Vuelve entonces a su habitual actividad: el bordado. Los apartados subsecuentes de la novela pertenecientes a Sara, parecieran no tener sentido. No obstante, es una de las respuestas que Espejo busca en el lector: la confusión en la que pulula una persona con demencia; tal vez un término más propio desde la Psicología, pudiera ser ansiedad postraumática, patología desarrollada precisamente por la naturaleza de dicho evento traumático. Esta vez vuelve Sara al bordado con una destreza impresionante, dedicándose por completo a esta labor con una obsesión enfermiza por las flores, tallos, corolas y todo lo relacionado a los nobles contornos de la flor. Con su bastidor empieza a bordar incansablemente tapices de sus flores hechas a base de estambres y agujas.

Rutilio tiene un par de amigos, muy opuestos entre ellos: Arturo Elías y José Castelló, con quienes discutía acerca de política y filosofía. Los tres solían reunirse en la casa de Rutilio, en donde frecuentemente organizaban fiestas a las cuales asistían numerosas personalidades de la cultura; entre ellos, las actrices Pura Martínez, Sacramento García y Ramona Quiroga; esta última, una mujer despampanante, que mantuvo idilios en el pasado con Rutilio, con quien aún existen momentos de tensión sexual.

Beatriz Espejo muestra su afición por el relato fantástico a lo largo de esta novela pletórica de escenas llenas de imaginación. En general, la obra narrativa de Espejo se asemeja en gran medida a la de Guadalupe Dueñas o Elena Garro, quienes también recurren a la prosa poética a lo largo de su obra; o bien, a Inés Arredondo por los tintes escalofriantes y misteriosos que rodean la complejidad del ser humano. Uno de los ejemplos más representativos del uso de la fantasía, es cuando describe la afición extracurricular de Arturo Elías, director de Correos Mexicanos, quien al haber asistido a Bellas Artes ve la siguiente escena:

Sobre un muro había una mujer ángel, un ángel mujer que le guiñaba el gran ojo de su pétreo perfil árabe […] Las pulseras en sus muñecas y cuatro alas le daban aspecto de una esplendorosa libélula […] La engalanaban largos pendientes, y su mano izquierda sostenía una trenza de cascabeles.4

Experimentó una especie de paroxismo al ser testigo de esta imagen. A la mañana siguiente, mientras se rasuraba, se encontró con un parteaguas que marcaría su destino a lo largo de la novela:

La refulgencia irradiaba de una criatura sentada en el sillón de orejas y tapiz floreado que estaba en una esquina del cuarto. Cuatro alas yacían extendidas a manera de colcha. Su piel morena contrastaba con las vestiduras tornasoladas y extendía hacia él una enorme mano. Era la Ángela que lo miraba y sonreía ofreciéndole algún trato […] desapareció entre la misma opalescente neblina en que había surgido. Arturo creyó soñar.5

Al salir de Bellas Artes, un hombre en apuros económicos le ofrece vender su ángel de la guarda debido a su situación económica. Arturo Elías acepta y de ahí en adelante decide empezar a comprar ángeles de la guarda, comenzando con este peculiar pasatiempo en su trabajo. A manera de revancha su amigo José Castelló, banquero adinerado, con la envidia que lo caracterizaba, propone a Arturo Elías venderle su ángel guardián a cambio de que él le venda su diablo. Y así comienza cada quién con sus respectivas compras de ángeles y diablos. Símbolos que hacen pensar en figuras morales, también muy utilizadas por Juan Rulfo.

La descripción narrativa de Beatriz Espejo es sorprendente, sus minuciosas descripciones en lo referente a lo doméstico y a la decoración: el diseño de interiores y exteriores, la gastronomía; pues Espejo posee un vasto conocimiento gastronómico, lo cual provee de muchas herramientas creativas-gastronómicas a lo largo de toda su narrativa, dotando a su obra entera de carices sinestésicos mediante la condensación de platillos. De hecho, en el último capítulo hace referencia frecuentemente al deleite culinario y a su proceso creativo.

Otro aspecto donde puede mostrarse su destreza, es en la descripción de vestuarios. Anael, hermano de la actriz Ramona, entra a Palacio de Hierro en la Ciudad de México, se dirige al departamento de lencería:

Nunca había visto nada igual. Negras, con la tersura de la seda, rematadas por un encaje terminado en ondas. Quedó pasmado. Retuvo la respiración y quiso controlarse para no caer en eso que tanto se reprochaba, en eso que no le permitía vivir en paz. Al cabo de unos pasos volvió ante el mostrador. Dobladas una junto a otra mostraban la sutileza de su tejido y la punta con una punta más cerrada. Anael suspiró satisfecho decidido a preguntar el precio.

[…] ¿Me permite tocarlas?6

Sin escribir la palabra, se sabe que la descripción de Espejo hace referencia a unas medias. Ese regalo era para la hermana de Anael, quien no lograba descifrar por qué razón le regalaba con tanta frecuencia lo mismo. “Eso que tanto se reprochaba” Anael, era el amor que sentía hacia su hermana Ramona, a quien observaba a través del picaporte mientras ésta deslizaba lentamente las medias por sus piernas. Espejo acude repetidamente a la actuación culpígena del incesto.

La afectación de aquel evento desastroso en el jardín de Sara, pareció haberse convertido en un estrés postraumático que dañó su sanidad mental y la estabilidad emocional, introduciéndola en un embrollo de obsesiones infundadas que la hicieron actuar de manera descabellada. Ya envejecida, además de su obsesiva actividad de bordado, sus fantasmas la orillaron a construir cuarenta habitaciones dentro de su hogar, convirtiéndose de casona a mansión. Esto con la finalidad de que sus fantasmas imaginarios no lograran hallarla nunca, además creía que el ruido de la construcción los alejaba de ella. Sara se volvió una mujer afectada gravemente de sus nervios, corría a lo largo de la mansión con tal de esconderse de aquellas temibles criaturas que la acechaban a todo momento.

Edificaron cuartos tapiados, muros truncos, ventanales ciegos, aberturas que no conducían a ninguna parte, vidrieras deslumbrantes en recovecos absurdos, robustas columnas que no cargaban portales. Trabajaban de sol a sol sin darle sosiego a una anciana exigente capaz de dormir dos noches seguidas en el mismo lecho […] cargando su bastidor y con la cesta de sus madejas bajo el brazo […] sus cabellos encanecieron con la perseverante paciencia que demandaba su jardín insoportable, cuyos pétalos y corolas bordados emulaban un abismo, un hueco abierto al infinito.7

En el último capítulo dos mujeres preparan una deliciosa cena llena de exquisitos platillos y una bajilla cuidadosamente seleccionada, pues un sacerdote, Rutilio, Laura y Sara, se reunirían en aquella portentosa cena, cuando otro sacerdote toca la puerta para dar una noticia inesperada que termina por enlazar la muerte con la gastronomía.

Todo lo hacemos en familia es una novela magistral que demuestra la avidez de Beatriz Espejo frente a temas como el desvarío y los límites de amores imposibilitados por la moralidad. A esta novela no se le ha hecho la justicia que merece, el lector encontrará en ella un laberinto de placeres indescriptibles traducidos en una narrativa sensata y sublime, trabajada con la experiencia literaria de una de nuestras más grandes cuentistas —e investigadoras— mexicanas vivas.


Bibliografía

1 Espejo, Beatriz. Cuentos reunidos. México: Fondo de Cultura Económica, 2004., p. 382.

2 Ibid., p. 301.

3 Ibid., p. 302.

4 Ibid., p. 330.

5 Ibid., p. 331.

6 Ibid., p. 353.

7 Ibid., p. 363.

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorEsther Seligson: El ímpetu, la fisura o la inocencia
Artículo siguiente¡Sin literatura, no hay transgresión! Día Internacional de la Mujer- 8M
Toluca, Estado de México (1994). Escribe poesía, cuento, microrrelato, ensayo y reseña, Fotógrafo autodidacta. Licenciado en Psicología por la UAEM. Ha publicado en las revistas Replicante, La Lengua de Sor Juana y La libreta de Irma. Asistió a talleres literarios con Alberto Chimal, Rosa Nissán y Jorge Humberto Chávez. Fue entrevistado para la extensión del documental sobre Guadalupe (Pita) Amor: Señora de la Tinta Americana (TV UNAM), ese mismo año participó en la recitación de poemas durante el Natalicio de Guadalupe Amor en el Teatro María Tereza Montoya, en la Ciudad de México. En 2018 publicó poemas y fotografías en revistas locales. En 2015 realizó su primera exposición fotográfica individual, México Seductor, en la UAEM. Su segunda exposición fotográfica, titulada Anacronismo de la Cotidianidad, fue realizada en 2017 en el espacio cultural Casa de las Diligencias ubicada en Toluca, Estado de México. De 2016 a 2017 impartió la asignatura de Historia del Arte a nivel básico con enfoque de género.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí