Desde 1941, Elena Garro se convirtió en una pionera al revelar la desigualdad de género y las atrocidades cometidas en contra de las niñas y jóvenes en su reportaje “Mujeres perdidas”.
La mágica conjunción de la historia y la literatura ha permitido que feministas en diversas latitudes rescatemos relatos de mujeres en el pasado. La escritura de las mujeres ha sido un lugar de encuentro en el que muchas hemos conocido la genealogía de un pensamiento que habla de la experiencia como el principal lugar desde donde se conoce.
Libros escritos por mujeres hartas de la narrativa machista combada de héroes y heroínas elegidos a conveniencia, libros que, mediante el ensayo, el cuento, la novela o la poesía han decidido denunciar injusticias y violencias de las que hemos sido objeto, libros con propuestas a otras realidades más amables, merecen ser leídos y, sobre todo, conocidos porque nos invitan al pensamiento crítico.
Más tarde, en la década de los 80, durante mis estudios de posgrado, hicieron acto de presencia otras creadoras que alimentaron y moldearon mi espíritu. Llegaron de todos los continentes, de todas las razas, marcadas por los mismos atavismos.
Beatriz Espejo muestra su afición por el relato fantástico a lo largo de esta novela pletórica de escenas llenas de imaginación. En general, la obra narrativa de Espejo se asemeja en gran medida a la de Guadalupe Dueñas o Elena Garro, quienes también recurren a la prosa poética a lo largo de su obra.
La exploración del vivir en el tiempo significa para Seligson vivir sin ataduras físicas ni espirituales y el símbolo que une ambos planos es el del maná que se recibía diariamente. Así también lo señala Angelina Muñiz Huberman cuando se refiere a La morada en el tiempo como “un largo poema”.
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