La muerte es un accidente, y aun si los hombres la conocen y la aceptan, es una violencia indebida.

Simone de Beauvoir

San Primitivo, Tlahuelilpan, Hidalgo. Enero 18, 2019.


Por una brecha aledaña a la carretera principal, se llega a una zanja o canal. Es una toma clandestina de combustible, convertida en un balneario al aire libre para los nadadores a lo largo y ancho de este país petrolero. No lejos de ahí, hay más gente que baja de sus autos para ser parte del atraco. Muchos habían ido por sus recipientes guardados celosamente para la ocasión. Como si fuera una fiesta, ellos brindaban no con alcohol, sino con litros de gasolina roja. En esa fuente en riesgo, jugaban con sus camisas desabrochadas. El combustible brotaba a gruesos chorros de la tubería, semejante a un géiser espectacular, para después caer sobre las cabezas de los bañistas jubilosos.

Explosión en toma clandestina en Tlahuelilpan, Hidalgo / Twitter

     Esa tarde, ellos se carcajeaban entre esas aguas salvajemente olorosas, que empapaban sus ropas y sus cuerpos, salpicando todo como si fueran olas de mar. Se necesitaba ser muy aguerrido para lanzarse al abismo infernal. ¡Qué grandes guerreros! ¡Qué osadía pretender vaciar de un solo golpe el gasoducto de la clandestinidad! Ellos se sentían valerosos, ufanos, temerarios. En su ingenua ambición se mostraban sordos y ciegos a lo que podría ocurrir. Reinaban en la sombra indomable, dueños de todo lo habido en el lugar de la catástrofe. Poco después de las 19:00 horas se escuchó el estruendo, como el rugido de un volcán o el de una bomba agigantada por la rapiña, como la voz iracunda de Dios. Después surgió el incendio con sus llamaradas elevándose al cielo, semejante a un pequeño infierno fascinado por el paraíso celestial.

     Cuando sobrevino el estallido, esa gente nadaba en el combustible de alta peligrosidad (“un derramamiento de diez mil barriles de gasolina Premium, que mejora la combustión por su componente de alto octanaje llamado MTB”, un funcionario federal salió a declarar después). Pronto se vieron envueltos en llamas. Corrían desesperados por el campo, con horror extremo. No lejos de ahí se escuchaban gritos y una infinidad de exhortos por apagar el fuego en los cuerpos agonizantes: en los charcos de lodo, en la tierra rebasada por el pasto. En poco tiempo algunos quedaron desnudos sobre el suelo, con gasolina quemándose todavía en la piel. Otros estaban irreconocibles por la desfiguración de sus rostros. Había rastros reducidos a carbón, a cenizas por quemaduras profundas. Otros más fueron a ocultarse entre sombras lejanas. Aquél era un río de agua hirviente con cauces irreversibles, un abismo hacia la asfixia final, una serpiente roja vista desde el cielo. Después de la tragedia prevaleció el incendio como un velatorio de muerte multitudinaria. La noche inauguraba su oscuridad.

Así fue la explosión del ducto de Pemex en Tlahuelilpan (VIDEO)Mediotiempo

     Los cuerpos ardieron entre la noche en llamas. Esa noche hacía ver la luz y con ello, los cuerpos en angustioso movimiento. Quemándose la ropa, el cabello y la piel, imploraban auxilio a los cuatro vientos, entonces ya paralizados por los muros de un dios iracundo: “¡Me muero!” “¡Me quemo!”, “Ayúdenme, por favor”. Otros más se lamentaban: “¡Por qué vine!” “¡Por qué no hice caso!” Los espectadores, a su vez, desde sus sitios, gritaban en su afán de apoyar: “¡Tírense al piso!” “¡Métanse al gua!” “¡Retírense pronto!” Algunos intentaban, de muchas formas, apagar el fuego adherido a la piel de los desdichados. El saldo del estrago fueron cuerpos carbonizados, gestos en su deseo de salvación, prendas, calzado y otros objetos desperdigados por el suelo, hombres gravemente heridos, entre ellos Gabriel, quien fue a la brava algarabía por su curiosidad de adolescente. Manchas oscuras en brazos y piernas. Piel blanca y roja, después gris y negra. Luego, vestigio de muerte atroz.  

     Una hoguera se elevaba al cielo todo el tiempo desafiante. Una horrenda luz en rojo y negro se abría paso para iluminarlo todo, arrasando pasto y arbustos, carne, huesos, sangre; se tragaba a la noche misma, se imponía en la espesura del hedor. Una hectárea de tierra quedó resentida junto a los cuerpos con ropas y pieles difuntas. El resultado del estrago fue la inmolación, el canal de polvo y ceniza, la serpiente carbonizada, el barro envenenado, la vegetación de expectación triste, el cielo furibundo, el invierno infernal.

     El llanto de los hombres era desgarrador, las voces vibrantes en medio de la lluvia anaranjada. La demás gente anhelaba desaparecer el humo espeso en extremo. Esa tierra era una quemadura viva y profunda. El dolor huía de las gargantas en asfixia permanente. El fuego sofocaba al frío de la noche. Los hombres del campo siniestrado eran ángeles que quemaban el aire por la angustia en sus brazos, dando fulgor al paisaje nocturno. Se escapaba el alma en plena huida del infierno, al que minutos antes confundieron con el paraíso. Naufragaban en su propia agonía. Las fogatas humanas se movían parpadeantes, miraban la tierra abrirse, envueltas en llamaradas duraderas, después en sábanas blancas por el vacío más negro.

     A lo lejos, los policías vestidos de azul y los militares de verde estaban paralizados ante el terror ajeno. Los curiosos eran testigos de la furia desatada, de la angustia sin par, del ahogo último. Aquel día, la vida fue muerte, territorio de cuerpos marchitos por el combustible recién consumido.

A un día de la tragedia, así se ve el lugar de la explosión en Tlahuelilpan,

 ¿Por qué fueron allá aquella tarde? ¿Alguien los instó a ir, o los invitó pagándoles la entrada a la alberca roja? Esto fue lo que se vio y se dijo en ese entonces: Otros ya habían tomado la frescura requerida por su ambición y dejaron el sobrante a los otros después del festín. El ducto fue roto con mazos, martillos y piedras (alguien vislumbró a la parca en la oscuridad con su guadaña pinchando el tubo de metal), fue como producir un manantial de volátil vapor, un rocío profusamente oloroso como el perfume del diablo, un surtidor permanente a los cuatro vientos para el agasajo nocturno.

     Unos alimentan el río, le buscan cauce; otros, los más vulnerables, se bañan en la tempestad. Quien perforó el ducto por segunda vez, pudo haber provocado la explosión. Alguien tramó, desde un lugar secreto, este baño de fuego, para que los demás se olvidaran de sus fechorías. Alguien prendió un cigarro en medio de la oscuridad incipiente, muy cerca del combustible, dio una enérgica fumada a la nicotina para calmar la ansiedad. Friccionar las ropas con otras ropas, fue como raspar un fósforo con el olor de la gasolina adentro. Alguien detonó una pistola entre el cúmulo de vapores infernales. Alguien hizo chocar unas piedras, cercano a la fuente de combustible.

Cadáveres están calcinados; la identificación será complicada

     Después de presenciar la algarabía, alguien, ya de espaldas, encendió la flama y la lanzó por los aires para hacerla rozar con las esencias inflamables; frente a él, en plena huida, se veía otro incendio: la amenaza del fin de su fortuna y el de su porvenir. O tal vez, un grupo aprovechó la situación de hambre de sus enemigos, para incendiar el río que estos mismos originaron. Lo cierto es que quien provocó la tragedia, le prendió fuego a la muchedumbre de la noche.

     Quienes gozaban aquella tarde se conflagraron ellos mismos, a manera de un suicidio múltiple, a base de combustible y una chispa que tuvo suerte de crecer. La escasez los impulsaba a pensar en el dinero, en el alimento, en la seguridad. Los hijos del hambre, una vez más, fueron los elegidos para el sacrificio de esa noche funesta. Los muertos y los sobrevivientes llevaban en la frente la marca de la necesidad. Ese día, los campesinos pobres no fueron por alfalfa, sino por cientos de litros de gasolina Premium.

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     En pocos minutos la esencia de esas vidas cambió atrozmente para siempre. En un santiamén, el fuego los chupó enteros de un solo fogonazo: frescura de sangre en el hocico de Lucifer. De todas las formas del dolor infinito, morir por incendio es quizás el infortunio más despiadado de la existencia: agonizar hasta el cansancio y a profundidad, gemir hasta que el fuego logra arrancar el último aliento.

Explosion En Hidalgo - Infobae

     La tierra murió. La floresta murió. El aire también murió junto a los cuerpos arrasados.

     Epílogo: “Huachicol: una lucha interminable: Los picotazos sobre las válvulas de los ductos de Pemex no cesan, comentan piqueteros y halcones que viven de ese negocio en Hidalgo. Durante el primer trimestre de este año, cuando supuestamente ya no había huachicoleo, se perforaron mil 151 válvulas en la entidad, una cada hora con 54 minutos”.


Nota.- Texto escrito a partir de la información recogida de varios medios impresos y electrónicos, publicada entre el viernes 18 de enero de 2019, por la noche, hasta el viernes 25 del mismo mes y año, por la tarde. Entre esos medios, destaco: La jornada, Sin embargo, Animal político, El universal, CNN en español, BBC News Mundo, México. Al final del mismo, aparece un breve párrafo, a manera de epílogo, que fue tomado del semanario Proceso del día 13 de agosto de 2021.

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(Tlapehuala, Guerrero, México, 1964). Estudió artes plásticas en el Instituto Regional de Bellas Artes de Cuernavaca, y escritura creativa en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Ha obtenido algunos reconocimientos por su obra poética, narrativa y pictórica. Es autor de los libros Tiempo funeral (Juan Pablos Editor, 2015) y Bella estirpe, o Los ríos de la sed (Diablura Ediciones, 2017). Actualmente radica en la ciudad de Morelia, Michoacán de Ocampo.

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