María Zambrano: El claro del bosque como un rumor originario del tiempo

El claro del bosque es un centro 
en el que no siempre es posible entrar

Maria Zambrano

La obra de María Zambrano se configura como una de las tentativas más originales y audaces del pensamiento del siglo XX: hacer poética la razón. Frente a la rigidez del racionalismo moderno y al desencanto de las filosofías que reducen la vida a esquema o abstracción, Zambrano propone un camino en el que la filosofía regresa a sus orígenes, cuando palabra, poesía y revelación del mundo aún no se habían fragmentado. Dentro de este horizonte surge la metáfora del claro del bosque, una de las imágenes más significativas y fecundas de su pensamiento.

Para Zambrano, el claro es un motivo poético, una categoría ontológica, una figura que ilumina la relación entre el hombre y la verdad. “Toda experiencia humana del mundo está constituida lingüísticamente”, afirma, y por ello todo lenguaje es metáfora. El claro del bosque representa ese lugar en el que el ser humano, al internarse en la espesura de su vida, encuentra un espacio de revelación, un instante de luz entre las sombras.

En este sentido, Zambrano se distancia de la tradición que concibe la metáfora como un  adorno retórico. La metáfora es aquí vía de conocimiento, forma de acceso a lo que no puede decirse directamente. Así, el claro del bosque encarna la posibilidad de un encuentro interior con lo oculto, con la verdad que se resguarda en el misterio.

Zambrano concibe de una forma nueva la imagen del claro ya presente en Ortega y Heidegger. Ortega, en sus Meditaciones del Quijote (1914), recurre a la arboleda del Escorial para ilustrar la necesidad de reconocer los distintos planos de la realidad; su bosque es metáfora de la circunstancia que envuelve al hombre. Heidegger, también aborda en Holzwege (1950), el claro como un espacio donde el ser se revela y se encubre simultáneamente; donde la luz y la sombra coexisten en movimiento.

Don Quijote de la Mancha

Zambrano comparte con ambos filósofos el simbolismo del bosque, pero lo desplaza hacia una dimensión más íntima y existencial: para ella, el claro es el acontecimiento del despertar interior, el instante en que el hombre, tras extraviarse en los senderos oscuros de la existencia, encuentra la apertura hacia su propio ser. No se trata de un acceso racional ni de una deducción conceptual, sino de una experiencia vital, poética, donde la luz es siempre parcial, frágil, pero suficiente para vislumbrar sentido.

La originalidad de Zambrano radica en afirmar que la verdad no es una conquista exterior ni una demostración objetiva, sino un descubrimiento interior: la verdad se revela en el claro del bosque. Allí, el hombre despierta a su propio ser, escucha la voz secreta de su existencia y se reconoce como parte de un todo más amplio.

En esta visión, el claro es tanto revelación como ocultamiento: la luz que permite ver es también la que recuerda que no todo puede ser iluminado; reconocer que la vida guarda siempre una zona de misterio irreductible, y que el hombre debe aceptar esta tensión entre lo que se muestra y lo que permanece velado es algo que de alguna forma Alfonso Reyes también indagó en Visión de Anáhuac (1519), él habla de su propio “paseo” entre los paisajes, donde el escritor debe aprender a detenerse y escuchar, dejando que el mundo se revele sin forzarlo, violentarlo u obligarlo. El claro es, entonces, metáfora de esa intermitencia de la verdad, de su carácter fragmentario y revelador a la vez.

Alfonso Reyes

El claro del bosque no es una categoría meramente filosófica, sino una auténtica poética de la existencia. Es el espacio en el que razón y poesía convergen, donde el lenguaje se hace metáfora viva para nombrar lo inefable. En este sentido, Zambrano anticipa una filosofía que no se resigna a la aridez del discurso lógico, sino que busca encarnar la razón en la vida, en la tierra, en el cuerpo y escribe:

Desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido.

El fragmento de Zambrano que alude al puro transcurrir del tiempo introduce un matiz decisivo: el claro no es únicamente un espacio abierto entre la espesura, sino un acontecimiento temporal, un ritmo secreto donde el tiempo se libera de su servidumbre a los hechos y se ofrece como música. Esta metáfora, en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo, cargada de resonancias místicas, sitúa al hombre en un umbral en el que la experiencia no se aprehende por la mirada, por el ver con objetividad, sino por el escuchar, por el recogimiento en la escucha.

La poesía, en este sentido, es el órgano privilegiado para acceder a ese rumor originario del tiempo. La música anterior a toda música se asemeja a la fuente de la que brota la palabra poética: un murmullo primero, un ritmo primordial en el que la vida se anuncia antes de cristalizarse en discurso. Allí, en ese ámbito donde el tiempo se vuelve audible, el hombre participa de lo eterno a través de lo efímero; es “la primera pulsación del espíritu en el tiempo”, escribe Alfonso Reyes en El deslinde (1944), definiendo la poesía, él la concibe como ritmo primordial que antecede al pensamiento lógico. 

Zambrano advierte, sin embargo, que no todo tránsito por el bosque asegura el hallazgo de un claro. El claro es un centro intacto, una presencia rara, que no se concede a la mirada voluntarista ni al deseo calculador de quien lo busca. Por el claro exige una actitud que es la misma que requiere la poesía: no el dominio, sino la disponibilidad; no la búsqueda ansiosa, sino la apertura y el abandono confiado.

José Ortega y Gasset

En esta condición radica lo que Zambrano denomina el método poético: el claro solo se abre cuando no se le busca con desmesura, cuando se ingresa en el bosque sin intención de descubrir, sino dejándose llevar por el acontecimiento. Así, la revelación poética se presenta como don, como gracia inesperada que sucede en la existencia y abre una ventana hacia el ser. La verdad poética, entonces, no es totalidad transparente, sino claridad intermitente, luz que se ofrece y se retira.

El claro del bosque es una metáfora de lo que la poesía significa: la esencia misma del ser humano como ser de revelación. El hombre, extraviado en los senderos del mundo, puede acceder a su propio ser únicamente cuando se le concede un claro, un espacio interior donde el tiempo y la palabra se reconcilian.

Allí, en ese centro luminoso, el hombre se reconoce no como dueño del mundo, sino como criatura habitada por el misterio. Y es la poesía —no como género literario, sino como modo de ser— lo que hace posible esta experiencia. La poesía encarna ese recurso radical, esa apertura a la verdad que llega sin aviso, que no se busca ni se captura, sino que se recibe como don, centro intacto, revelación que no se puede forzar. Es el instante en que la poesía se muestra como esencia del hombre, como su destino más hondo: ser criatura de luz intermitente, de escucha y de palabra, habitante de un bosque en el que solo de cuando en cuando se abre un claro.


María Zambrano, Claros del bosque. Barcelona, Seix Barral, 1977; recientemente: Madrid, Cátedra, 2011. Foto: María Zambrano, por Carlos Miralles ]

Beatriz Saavedra Gastélum
Beatriz Saavedra Gastélum
Maestra en letras por la Universitat de Barcelona, España. Es escritora, investigadora, poeta, ensayista y académica. Doctorada por el Instituto Mexicano de Líderes de Excelencia (2018). Codirectora de la Editorial Floricanto, A.C. y directora de La Casa Estudio de Crítica Literaria CDMX. Autora de 8 libros de poesía y un libro de ensayo, Anatomía del Erotismo en Griselda Álvarez. Dirige el Taller de Creación Literaria “Alicia Reyes” en la Capilla Alfonsina (INBAL), y es directora del ciclo de conferencias “La poética de la inteligencia” en el Museo de la Mujer (UNAM). Es miembro de la Asociación Universitaria de estudios de las mujeres (Audem) España. Directora del centro de estudios de la mujer en la Academia Nacional de Historia y Geografía (ANHG) y es directora del festival La mujer en las letras de la ANHG UNAM. Coordina el programa poéticas de la inteligencia en “mujeres a la tribuna” IMER y coordina la cápsula literaria en ASTL.TV. Autora de artículos sobre literatura hispanoamericana en revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
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