Decir adiós,o los lienzos de la memoria

Gustavo Ogarrio pertenece a esa estirpe de poetas que encuentran en la memoria su territorio más fértil. En sus versos laten los ecos de lugares y personajes vinculados a instantes memorables, donde la sensibilidad se mantiene alerta ante cualquier vestigio del goce.

0

[El primer telegrama enviado por Samuel Morse, el 24 de mayo de 1844, desde Washington, D.C., a Baltimore, Maryland, decía: “¿Qué nos ha deparado Dios?”. El último telegrama enviado en México fue escrito el 22 de diciembre de 1992, por el telegrafista Romeo Jiménez Gómez, cuyo mensaje fue: “Adiós, mi querido Morse”. Y en abril del presente año, el poeta, narrador y ensayista, Gustavo Ogarrio (Ciudad de México, 1970), nos ha escrito y enviado Los telegramas del adiós. Y yo, a mi vez, en estos días lluviosos, he redactado las siguientes notas reflexivas en torno a estos lienzos de la memoria].

1

Los telegramas del adiós (Silla Vacía, 2025), es un cúmulo de avisos fuertes que enlaza, con una cuidada combinación de trazos líricos y narrativos, imágenes reales e imaginarias que aletean a plenitud en las latitudes del cosmos poético de nuestro autor, Gustavo Ogarrio, quien es capaz de percibir raíces profundas, a tal grado de configurar un breve universo de geografía humana, cuando no de historia –desde la global hasta la íntima, familiar, personal–, que es el registro de los días, con sus naufragios y sus glorias, como un informe del sinsentido existencial en el mundo presente. 

En este libro se pueden percibir ecos de la poesía de Efraín Huerta, José Emilio Pacheco, Eduardo Lizalde, Fabio Morábito, María Baranda, Rodolfo Hinostroza y Wislawa Szymborska, entre otros; el respiro prosaico de José Revueltas y José Agustín; así como la impronta escritural de Carlos Monsiváis, y el pulso vital de otras tantas manos talentosas de esta y otras latitudes de siglos pasados y, por supuesto, de la presente centuria en marcha. La suya es una mirada atenta y profunda con la que realiza apuntes y toma tramos de la realidad para hacer de ella el registro del tiempo significativo a través del verso libre y el poema en prosa, una escritura dinámica, avezada, espontánea y creativa. 

Portada del libro Los telegramas del adiós, de Gustavo Ogarrio.

2

Gustavo Ogarrio pertenece a la estirpe de poetas que gustan por rememorar sucesos, quizá porque en aquellos terruños encontró fuentes rebosantes de armonía, sitios y personas ligados a hechos memorables, con los sentidos atentos a cualquier rastro que se le semeje al goce único, y por emprender registros no sin cierta nostalgia, tal vez para preservar en el papel el recuerdo de situaciones tiernas. Porque escribir es regresar a los sitios donde el errante conoció por primera vez la luz. Recuperar el habla perdida entre las rutas del viento y con ella hacer que las antiguas sensaciones recobren sus brillos, sus ritmos, sus aromas. Buscar elementos, escudriñar por todos lados para conformar el contexto y con ello la cercanía que aporta arrojo para sobrevivir en territorios no del todo seguros. De esa manera, la escritura es una forma de ganarle al olvido, y la palabra, el elogio de la alegría recién descubierta. 

País de la memoria. Informe de la dimensión dual del mundo. Por un lado, el campo de verdes y azules eternizados; y por otro, los eriales y tintes de episodios fúnebres como sustrato de la desdicha humana. Belleza y fealdad, quejido y sosiego en la trama de la vida. El rescate de sitios y circunstancias, de personas concebidas en el pensar de manera consecuente. Ogarrio dice:

Yo no sabía que un país lejano se podía transformar en otro río, en otro mar… en silencios forasteros que me regresaban de otro modo lo vivido. 

3

El pensamiento de Gustavo Ogarrio, en la urdimbre del poema, es raudo como un rayo de luz sublime que no quema al cruzar la atmósfera nocturna, pero que toca y conmueve al espíritu hasta entonces empeñado en su letargo. Luz de bengala, hoyo negro de cascadas de agua, de boletos de cine extraviados, de abrazos de año nuevo que dejaron de existir. 

Los adioses se vuelven posibles por medio de telegramas: el amor desfallece en los cuerpos en vigilia, después del furor de una jornada múltiple, desgreñados por el viento del denuedo, disminuidos por la veracidad del beso en cada tramo de piel. Los adioses son posibles cuando los seres solitarios no pueden entrever la naturaleza de sus almas huidizas, o simplemente se niegan a entrar en el paraíso de la domesticación. 

Sin embargo, la emoción le gana en vuelo al pensamiento. El adolescente es un convaleciente del cuerpo. El malestar alimenta a los espectros del desconcierto. Y no hay redención posible: la muerte no se cura. Ella se asume como lo que es: designio impositor. Eso fuimos en aquel entonces, lo que somos ahora que pensamos lo que fuimos:

La canción le decía al amor que se había ido que lloraría
no sería tan fácil olvidar
tarde o temprano llegaría el sufrimiento
y la felicidad sería imposible

Presagio de una despedida dolorosa, de que habrá aguacero en el rostro del enamorado. La seriedad del semblante en la fotografía monocromática hace resaltar en ese cuaderno las secuelas del atropello en un constante ir y venir. El adolescente doliente y la amada ocupada en el tocador, sin tiempo para pensar en el trovador. Canciones de la arrogancia ingenua, la del joven niño, la del adulto niño. “Llorarás, llorarás/ cuando te acuerdes de mí/ sufrirás cuando intentes ser feliz”, como sentenciara cuando joven Néstor Daniel Hoyer, con su voz linda y bien entonada en los escenarios multicolores. Así pensábamos ayer. Así creemos ahora que sentíamos ayer. Que morimos en el ataúd. Carne carcomida entre el fuego de la iracundia terrenal. Con el casete en la grabadora o el disco de vinil en el tornamesa a todo volumen, con la música inigualable de Los Terrícolas. Escribe Ogarrio:

“Llorarás… y verás” que el amor se disuelve
con las revueltas del futuro
y que en los cuerpos nacen signos violetas
que guardan ya los secretos del ahora

4

En la tercera sección: “Los telegramas del adiós”, que da título al libro, Gustavo Ogarrio pretende desmitificar lo que ha sembrado el artilugio de lo cotidiano. Así, mayo no es la fecha de la mujer encinta o parida, sino de la mujer sin más. Desmitificar el deseo del hombre por su tendencia a perpetuarse en los tronos de la tierra. Ese hombre es perecedero, al igual que sus elucubraciones. Sólo venimos a amar, o a odiar, según sea la circunstancia, por unas cuantas bocanadas de relativo alivio, y nada más. 

Frenesí, impulso extremo de la incivilización. Sombra púrpura esparcida sobre la tierra sedienta. Palabras que nombran vidas con un sabor a nostalgia, sustrato de la reminiscencia que deja en su travesía gestos de deseos incumplidos, instinto y grito ante la fuerza brutal del puño. Hechos atroces en el tiempo que no conoce retorno. Civilización retrógrada, orden caótico. Vida y muerte no natural: furia en busca de represalia en el momento de alimentar al fuego. 

A veces dormimos en contra de nuestro deseo y porque sabemos que habremos de despertar tiempo después en el mismo sitio. A la hora del sueño nos despedimos de nuestra entereza. Sepamos o no, dormimos con la conciencia purificada por el transpiro de la noche profunda. Dóciles y socorridos por el lapso en suspenso, nos perdemos en el abismo de la ensoñación. Resucitar es salir de la casa del sueño, y el sueño es la entidad que ignora el pulso múltiple de la nueva luz. Ogarrio nos dice:  

Sin embargo
si me fuera dada la maldición de resucitar
me encargaría de cabalgar sin destino por esa vida repetida

5

A través de una estrofa refinada, el poeta bosqueja pasajes que atraen la mirada sensible y crítica. Poesía del testimonio de lo vivido. Antes de escribirse, el poema se camina a riesgo del viandante. Existo, luego escribo. Pero también, y más esencialmente, escribo, luego existo, en un movimiento dialéctico y necesario, como aliciente de la memoria que se niega a sucumbir. El poeta escribe: 

La poesía es el retrato de cuerpo entero de todas las galaxias… de todos los rincones del pasado y de sus olvidos… de los microorganismos que se esconden en las palabras… de los silencios que invencibles cabalgan en el firmamento.

La mirada curiosa y acuciosa de Ogarrio la entrenó desde su temprana infancia, al lado de sus padres obreros en los mercados de la metrópoli más grande de este país. Fue en esos sitios pletóricos de frutas, legumbres, pescados, y de iracundias con olor a tragedia fresca, no por los bistecs recién cortados de las bestias en desgracia, sino por la epidermis recién abierta de uno de los combatientes desmañanados y pasados de copas. Fue allí donde incursionó en la crónica poética de barrio, en la microhistoria lírica de la ciudad negra. De ahí la manía de la develación de la realidad de las cosas. La descripción del deterioro social, de la lucha de estratos, la cual deja entrever la verdadera esencia humana en la búsqueda incansable del alimento y del beneficio.

Y el raciocinio desde aquel entonces del poeta niño asombrado en los recintos divinos de la providencia terrenal: cristo no es el ser vencido en la cruz del calvario, sino el que labora y se indigna y emprende el camino menos gastado; el ser que duerme y se levanta, que come y se enfurece, y luego busca la indulgencia. Es el hombre entre los demás hombres amasando el presente en la breña bajo los dardos del sol. Ogarrio recuerda:

La murmuración de los mercados
me persigue desde la infancia
campanas que absorben los humos de la carne y las verduras
cochambre en los techos y su dulce e inmundo existir de siglos… 

También me persiguen…
las muecas celestes
de policías estúpidamente amables con mi padre
las fábulas del crimen encubiertas en proezas perennes

6

La poética de Ogarrio es la del paseo incansable y el sorprenderse del detalle vibrante en el aire, así sea el furor de lluvia que arrastra las hojas del oyamel, o el niño que llora porque alguien ha estropeado su ración de juego, o el río que se niega a deambular por las calles del barrio, o la casa miserable con olor a azufre, o las nubes que ya no surten milagros a los valles de la tierra agrietada. 

Poesía de la belleza inaudita en todas partes, incluso la esculcada en los basureros y en los sitios de mala muerte. 

Poesía de la conmoción sensible y solícita a los ruidos del sismo y sus réplicas a medianoche, de los personajes del atropello diario en pleno viaje, como querubines que pretendieran ser parte del banquete inmortal. 

Poesía de la condición espiritual a flor de piel, del transeúnte que abofetea la vida, de la rosa masacrada por la bota del gigante egotista, de los perros rabiosos atiborrados de oro en sus barrigas de vidrio y plástico. 

Poesía de la ebriedad como simpática locura de la generación que nos persigue con sus silencios y sus tristezas cotidianas. 

Poesía de la liturgia desmitificada por el rumor del verso entre el instinto y el ingenio. 

Poesía de la evocación de la caricia para sobrevivir a la miseria de los días apocados. 

Poesía de la entereza aún más lúcida que el retintín del rosario ante los restos mortales del ser querido. 

El poeta escribe:

Mi abuela sacó de su cuarto a mi abuelo por mujeriego
y siglos después todos bebimos el cáliz de ese acontecimiento

Las piedras volcánicas que pisa mi padre
cuando evoca sus caminatas de la infancia por los pedregales…

Los botones de tela que recorre mi madre con sus dedos
mientras alguien le platica sobre el eterno fracaso del deseo…

El amargo frenesí de los que se besan al declinar la tarde
en los parques de la muerte…

7

En su “Brevísima relación de un amor trágico” (última sección de Los telegramas del adiós), Gustavo Ogarrio nos habla de los amores que vaciaron sus venenos antes de tiempo: hacer calavera al destino y no al alma propia en primavera; soplar fuego y quemar las naves para suplantar el paraíso prometido; arrasar los mitos y las falacias de la gloria en globos de aire; zarpar el barco y buscar algún otro edén a través de la poesía de aliento profundo. 

Y se quedan solos los amantes ingenuos para no tener vergüenza cuando sean llamados desde el infinito, y no sepan cómo justificar sus maledicencias fuera de los muros. El amor visita al hospital para reiterar sus dolencias. No va a curarse sino para ser objeto de un ensayo y corroborar que ese amor tarde o temprano muere sin probabilidad de redención. Porque el amor, además de carne y sangre, fue sustancia y fuego en su condición de fragilidad. La miel en los labios es a la vez ácido y almíbar, es anestesia y cianuro juntos para eludir el rigor de la agonía.  

El amor está hecho de situaciones divinas, a la vez de injurias cuesta arriba hasta alcanzar los hálitos infernales. Está hecho de suspiros en las más altas campiñas del cielo; pero también de gemidos en los abismos más hondos. El amor es abrazo y es chasquido de piedras por el callejón, o desgarre de prendas de nylon o de seda. El amor es veneno y es remedio como pan de cada día.  

Los amorosos son los ángeles enfermos del creador. Amar desde la imperfección del alma, desde las emociones derramadas a cualquier hora, bajo cualquier circunstancia. El enamorado es un ente en desgracia con deseos de alivio por medio de la caricia, aunque sea para pervivir en ese instante. Amar desde el vacío, que al fin y al acabo el apego es una forma de llenar el resquicio que ha dejado el puñetazo de la existencia, en el centro de la angustia. Ogarrio dice en su poema VI: 

pero qué manera de estrellarse contra los arrecifes de la vía láctea… me digo cuando te veo envuelta en esa bata blanca con la que curas a los caracoles heridos de soledad… pero qué ganas de que tus labios y pensamientos se reúnan con los míos en la sala de espera de este hospital de sangres hepáticas y sutiles 

La imagen piadosa en los ojos del enfermo de amor, no basta. La mano suave trenzada en la mano exhausta del enfermo de amor, no basta. No basta caminar por la senda solitaria y lúgubre, o sentarse en torno de un quiosco antiguo en el corazón marchito de la ciudad. No basta ni siquiera la palabra de caramelo de una boca en la otra boca. Hace falta más ambición: que el árbol poderoso de su existencia se funda entero con este otro árbol triste, casi seco, casi muerto. Para que no se derrumbe, para que no se extinga sin conocer el otro rostro de la vida, que es el infierno, que es el propio amor. El poeta dice en su poema VII: 

cómo te gusta dejar caer esta palabra sobre mis labios… cardamomo del oriente mezclado con naranja y batido a velocidades inaceptables… cardamomo que se repite en las oraciones de la materia y en la lengua de los primates amaestrados… cardamomo… el olor de los muelles desahuciados y de esos barcos mercantes que navegan desde hace siglos entre la vida y la muerte

8

Finalmente, decir ciudad es meter en su círculo de siglos los ecos de cansancio de cada noche, los secretos de explosión fortuita en cualquier avenida, con los anuncios en luces de neón al borde del cielo entumecido, las miradas esquivas y las ancladas de los viandantes en un vagón de metro, buscando dirigirse a los refugios más afables de la periferia. Miradas esquivas, digo, antes de eternizarse en la alcoba de lo cotidiano. Gustavo Ogarrio escribe en otro de sus poemas: 

 metro chabacano: cuántas citas de amor se hacen en tu nombre… desafiando los tentáculos de vida y muerte que salen de los vagones… ¿acaso dejé tu nombre en la punta de mi cigarro mientras te esperaba?… en tus pasillos de agua está mi mensaje: aquí también se fundó esta ciudad en plena época de lluvia…   

9

Enhorabuena por la literatura y la vida. Brindemos porque Los telegramas del adiós, que es también decir: Los telegramas de la vida, siga teniendo un buen recibimiento de parte de los lectores de México y, por qué no, del mundo. Así sea.

[Tzitziki Café Local / Morelia, 28 de junio, 2025] 

Virgilio Gonzaga
Virgilio Gonzaga
(Tlapehuala, Guerrero, México, 1964). Estudió artes plásticas en el Instituto Regional de Bellas Artes de Cuernavaca, y escritura creativa en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Ha obtenido algunos reconocimientos por su obra poética, narrativa y pictórica. Es autor de los libros Tiempo funeral (Juan Pablos Editor, 2015) y Bella estirpe, o Los ríos de la sed (Diablura Ediciones, 2017). Actualmente radica en la ciudad de Morelia, Michoacán de Ocampo.
spot_img

Artículos Recientes

MÁS DEL AUTOR

La Noche De Ayotzinapa

La injuria

Un río en llamas