Ana S. Chao

Su vida estuvo plagada de drama, amor, letras y sangre. Ernest Hemingway, uno de los escritores más importantes del siglo XX, y ganador del Premio Pulitzer y del Premio Nobel de Literatura tuvo una faceta en su vida que no toda la gente conoce y que bien pudo llegar a ser parte de alguna de sus novelas. Comenzó a escribir en el periódico de la preparatoria y, al graduarse, en vez de ir a la universidad aceptó un trabajo como reportero en el periódico Kansas City Star, donde aprendió a escribir para públicos más grandes. Fue aquí donde comenzó su vocación como periodista, que dio forma a un estilo de escritura: una escritura simple, sin muchos adornos, que lo llevo a ser uno de los mejores más adelante. Hemingway siempre tuvo la determinación de escribir oraciones llenas de verdad y quizás esto fue lo que lo inclinó por el periodismo de guerra. Pero hay una realidad oculta detrás de su escritura. Diferentes diagnósticos apoyan la teoría de que Hemingway sufría trastornos de personalidad, como la bipolaridad y el alcoholismo; que padeció daño cerebral post traumático y que se involucró en deportes de alto riesgo y en operaciones militares para lidiar con sus desórdenes psiquiátricos. Por ejemplo, muchas de sus obras están inspiradas en experiencias propias. Uno de los cuentos cortos que escribió después de participar en la Primera Guerra Mundial, donde fue herido de gravedad, fue El regreso de un Soldado, que refleja cómo una persona que regresa de la guerra nunca vuelve a ser la misma.

Trabajó cuatro años para el periódico Toronto Star, donde realizó dos entrevistas importantes a Musolini, a quien no tuvo empacho en calificar como el fanfarrón más grande de Europa. En esa época Hemingway viajó frecuentemente entre Toronto y Paris, donde conoció a F. Scott Fitzgerald, quien llevó sus escritos al editor, Max Perkins. Algunos dicen que esta fue la conexión que lo convirtió en un autor reconocido.

Como corresponsal de guerra, Hemingway escribió sobre los estallidos de guerra de Macedonia a Madrid y sobre la propagación del fascismo en Europa. También fue testigo de los horrores de la guerra entre Grecia y Turquía en 1922. Con su compromiso de escribir con la verdad, relató la difícil situación que vivían los refugiados griegos. En su ficción, Hemingway solía hacer uso de muchas de sus historias personales. Por ejemplo, para Fiesta, se basó en sus experiencias en Pamplona; para Adiós a las armas, en la Europa de la posguerra; para Muerte en la tarde, en su gusto por las corridas de toros. Hemingway amaba España, así que cuando estalló la guerra civil, él estuvo ahí para cubrirla. Mientras se encontraba en ese país, colaboro con el fotógrafo húngaro Robert Capa. Las fotos que Capa tomó de Hemingway en esta época son parte de los archivos de la Colección Hemingway que contienen más de diez mil negativos.

Su participación como corresponsal en España fue muy criticada. Estaba claramente en contra del dictador Francisco Franco y del fascismo. Una de las reglas del periodismo era presentar los dos lados de la moneda, cosa que Hemingway no hacía en este caso. Sin embargo, más adelante escribió la novela Por quién doblan las campanas, donde sí plasma los dos puntos de vista. A principios de 1939 se fue a vivir a Cuba. Rentó la famosa Finca Vigía en La Habana y escribió la novela antes mencionada, mientras viajaba entre Cuba, Wyoming y Sun Valley. Hemingway seguía viviendo en Cuba cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y fue en esa época cuando pasó más tiempo recabando inteligencia que en sus tareas literarias. Comenzó a tener relaciones con la Embajada norteamericana en La Habana, a cargo de Robert Joyce, así como con al menos tres agencias de inteligencia: La ONI, la OSS y el FBI. Hemingway no tenía buenas relaciones con el FBI, ya que, de acuerdo con Joyce, el escritor creía que la mayoría de los agentes eran católicos romanos y por lo tanto, simpatizantes de Franco. La hostilidad llego a tal punto que J. Edgar Hoover, director del FBI, sugirió a uno de sus agentes en La Habana discutir con el Embajador deEstados Unidos las desventajas de usar a un voluntario como Hemingway en trabajo de inteligencia.

Adicionalmente el escritor tenía tratos, que comenzaron de manera muy discreta en enero de 1941, con el servicio de inteligencia de la Unión Soviética, la NKVD, antes de que fuera la KGB. Hemingway llamó la atención de los soviéticos cuando en una conferencia de escritores en NY, en junio de 1937, ataco al fascismo diciendo que era “la única forma de gobierno que no puede producir buenos escritores”. Los Soviéticos quedaron encantados al escuchar que criticaba esa forma de gobierno y le ofrecieron ayuda para regresar a España.

¿Pero por qué tanto interés por reclutar al autor?

De acuerdo con estudios de inteligencia de la CIA, los récords de la NKVD se refieren a él como un periodista que podía influir en la gente. La NKVD le dio a Hemingway hasta una contraseña para identificarlo como Argo, pero él no hizo buen uso de ella. Los archivos de la NKVD reflejan la frustración de esta organización por no poder mantener contacto con él y menos lograr que hiciera algo útil para ellos. En 1947 el escritor recibió la medalla Estrella de Bronce por parte del ejército norteamericano por su servicio como corresponsal de guerra, con lo cual quedó anulada cualquier sospecha de su participación con los soviéticos. Cada una de estas agencias se preguntaba cómo Hemingway podría agregar valor a sus equipos de inteligencia. Dos de éstas decidieron no tener trato con el novelista, pero otras decidieron ponerlo a prueba. Hemingway tenía un círculo grande y muy diverso de amigos en La Habana, desde artistas literarios, bartenders, prostitutas, marineros, cazadores, hasta algunos diplomáticos como el Embajador Spruille Braden y su subordinado, Robert Joyce. Cuando Estados Unidos entró a la guerra, Joyce había visitado varias veces la finca de Hemingway con su esposa para asistir a cenas privadas, en ocasiones solo los tres, lo cual le dio al diplomático la sensación de que era cercano al novelista. Joyce sentía que eran muy parecidos ya que ambos odiaban el hitlerismo, el comunismo marxista- leninista, el conformismo burgués y todo abuso de poder del Estado que restringe la libertad humana. Al Embajador Braden se le ocurrió que Hemingway podría ayudar con trabajos de inteligencia vigilando a los simpatizantes fascistas en La Habana, así como a los espías alemanes, japoneses e italianos. Después de todo, sus experiencias en la Guerra Civil española, lo habían hecho un prominente antifascista. Hemingway le reportaba a Joyce, para quien el Embajador había creado una posición inusual: Jefe de Inteligencia.

El autor por algunos meses en la segunda mitad de 1942 se esforzó por descubrir espías de los países del Eje, pero no descubrió a ninguno. Mientras seguían trabajando, el Embajador y el Jefe de Inteligencia prepararon una nueva lista para mantener vigilados a los comunistas y mantener a Cuba lejos de las influencias de Stalin y el Ejército Rojo. Existe un borrador de una nota que Joyce escribió a Hemingway en donde le menciona que los comunistas están organizándose para una junta en la Ciudad de México a la cual atenderían “peces gordos” de todo Latinoamérica y liberales de diferentes universidades. Le dice que a él y al Embajador les parecería buena idea que viajara a México para esas fechas. No existe evidencia de que Hemingway haya estado en México, sino hasta marzo de 1942, lo cual llamó la atención del FBI. De acuerdo a informadores de la misma agencia, el autor se hospedó en un hotel de la Ciudad de México bajo otro nombre y tuvo juntas secretas con el comunista Gustav Regler, un buen amigo suyo de tiempos de la Guerra Civil española. Cansado de su trabajo como informante, el novelista sugirió a la Embajada norteamericana en Cuba contratar a un refugiado español llamado Gustavo Duran. Hemingway ya tenía en la mira algo más interesante qué hacer y le propuso al Embajador patrullar las aguas de la costa norte en su barco llamado Pilar. Su idea era fingir que estaba pescando y, cuando los submarinos alemanes aparecieran, él se acercaría a ofrecerles pescado fresco y agua. En ese momento, el estaría listo para atacar al enemigo con metralletas, bazucas y granadas. También tenía la idea de hacerse acompañar por jugadores vascos de Jai-alai para que lanzaran con sus cestas las granadas dentro del submarino cuando tuvieran la escotilla abierta. Lo que él proponía suena un poco estrafalario, pero más raro es saber que la ONI arregló todo para que el autor recibiera suficientes armas, municiones, granadas, un GPS y un radio para todo esto. También aceptó que un experimentado marino lo acompañara durante
sus patrullajes para llevar a cabo la misión.

Hemingway estaba tan convencido de su objetivo que hasta llegó a desarrollar una coartada. Si alguien lo cuestionaba respondería que estaba haciendo una investigación marítima para el Museo Americano de Historia Natural. Esta labor lo mantuvo ocupado más de un año hasta fines de 1943, tiempo en que llegó a observar solamente un submarino alemán, el cual se alejó tan pronto el escritor comenzó a acercarse. Uno se preguntaría si este modo de orquestar una estrategia de espionaje no era más que síntoma de una enfermedad mental. Para finales de 1943, ya el enfoque de la guerra estaba dirigido hacia otro lado. Joyce, ahora jefe de la base del OSS en Italia, intentó mover inflluencias para que Hemingway regresara a Europa, pero varios se preguntaran qué podía hacer alguien como él en el OSS. A pesar de que Joyce refirió sus cualidades como escritor, no logró que lo enlistaran.

“Es demasiado individualista para trabajar bajo supervisión militar” decía el cable que envió la rama de espionaje del OSS.

Hemingway no veía con buenos ojos a la gente de la OSS, con excepción de David K.E. Bruce, un aristócrata de Virginia que estaba a la cabeza de las operaciones en Europa. El escritor había conocido a Bruce en Chartres, cuando viajó a Francia con la intención de cubrir la liberación de Paris. En Rambouillet, juntos habían armado una táctica de inteligencia para encontrar soldados alemanes usando información de los locales y entrevistando a prisioneros. En agosto del 44, Hemingway y Bruce dejaron Rambouillet junto con su batallón y se dirigieron a Paris, acampando un día antes cerca del rio Sena. Se esperaba que el primero en llegar fuera el General Leclerc rodeado de tanques, artillería, y banda de guerra. Pero mucho antes de que éste pudiera llegar, un Jeep entró a gran velocidad por la avenida principal, cruzó el Arco del Triunfo, pasó por la Avenida Chmps-Elysees, atravesó la Plaza de la Concordia y se detuvo a la entrada del Hotel Ritz. Quien comandaba ese Jeep pera nada más ni nada menos que Hemingway, acompañado de un batallón de soldados irregulares que habían extraviado su batallón.

El escritor los guió al interior del hotel y proclamó su liberación. Tomó comando del bar y ordenó champagne para todos. “Una preciosa historia y una de la que solo tú y yo podemos estar orgullosos” le escribió un día Hemingway a David K.E Bruce. Enfermo mental o no, siendo parte de algo o no, obteniendo historias para escribir o no, cualquiera que haya sido su motivo, Hemingway vivió experiencias que muchos de nosotros no podríamos llegar a imaginar. Sus ganas de vivir, de saborear la vida arriesgándola, fue algo que lo caracterizó. Amó a todas las mujeres que quiso, se tomó todo el alcohol que quiso, escribió todo lo que quiso, trabajó y viajó como quiso, y al final también murió como quiso, quitándose su propia vida en 1961.

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