Julio César Martínez

La vida de los políticos siempre ha sido materia prima para los caricaturistas y para los escritores que se dedican al análisis y a la crítica en nuestro país. Claro está que este fenómeno no es exclusivo de los mexicanos, pero muchos suelen reconocer que en nuestro amplio territorio este evento se cocina aparte, ya que el ingrediente principal siempre será el humor y el sarcasmo. A vuela pluma recuerdo en este momento cómo muchos dibujantes, entre ellos Ernesto García «El Chango» Cabral, hacia mofa de la estatura física de Francisco I. Madero. Sin embargo, en este breve escrito, no se trata de ridiculizar a ningún gobernante veracruzano, simplemente nos interesa relatar ciertos perfiles interesantes de algunos personajes que estuvieron como responsables del gobierno del Estado de Veracruz.

Debo aclarar que hubo muchos protagonistas del régimen oriundos de la costa y de la montaña veracruzana que destacaron en el poder federal durante el siglo diecinueve, quizá el más popular de esta época, aunque el menos apreciado, sea Antonio López de Santa Ana. Otro personaje que gobernó Veracruz en la época porfirista fue el oaxaqueño Apolinar Castillo, y por la misma razón de su con-siderada extranjería, los diputados de la época buscaron todos los argumentos para destituirlo del cargo, cuya sede era Orizaba, Veracruz. Y es en esta ocasión cuando interviene acertadamente Juan de la Luz Enríquez, ya que el encabezó el movimiento para destituir a Apolinar Castillo y convocar a nuevas elecciones, consiguiendo ser elegido como nuevo gobernador.       

Juan de la Luz Enríquez, benefactor de Xalapa

Una vez que fue distinguido con el voto lanzó un decreto para cambiar la sede de los poderes estatales, sien-do Xalapa la elegida para ostentar este estatus político a partir del 4 de junio de 1885. Esta acción, que ya había promovido desde su campaña, le valió que Xalapa en agradecimiento se nombrara Xalapa de Enríquez, después de su muerte el 17 de marzo de 1892.

Pero una vez en el cargo, Juan de la Luz Enríquez, procede a realizar una intensa modernización de las principales ciudades del Estado; de manera parti-cular diseña para Xalapa el proyecto de ciudad jardín, construyendo dos grandes y hermosos parques que le han dado a nuestra capital vida y esplendor: el famo-so Parque de los Berros, cuyo nombre oficial es el Parque Miguel Hidalgo y Costilla y el parque que asumiría con el tiempo el nombre de Parque Benito Juárez García. 

Por esta razón, Juan de la Luz Enríquez, tuvo el apoyo de los fuertes grupos de comerciantes xalapeños y porteños. Y fue así como su gobierno completó, en 1890, el trayecto que va del Puerto de Veracruz-México, vía Xalapa, del Ferrocarril Interocéanico, y se inició una campaña de embellecimiento de las principales ciudades de nuestra entidad; también en Xalapa se demolió el edificio del convento de San Francisco y se construyó en su lugar el Parque Juárez. En 1886 se inauguró la Escuela Normal Veracruzana y, posteriormente,  en 1888, se inauguraron los Talleres Gráficos del Estado para editar los libros que requería la instrucción pública. Para 1889 llegó a la ciudad la primera loco-motora del ferrocarril Xalapa-Coatepec-Teocelo, conocido más tarde como «El Piojito».​ La expansión de la red ferroviaria abarcó, además del Interoceánico, al Ferrocarril del Istmo, al Ferrocarril Agrícola y al Ferrocarril de Alvarado.

”Fue así como Juan de la Luz Enríquez Lara, quien naciera en Tlacotalpan el 16 de mayo de 1836, se convirtiera –además de militar y político destacado– en un beneficiario de nuestra ciudad capital. Honor a quien honor merece.”

Teodoro Ángel Dehesa Méndez y su amor por el arte

Muchas veces a causa de los prejuicios generados por la historiografía posrevolucionaria, nos hemos alejado de personajes que se formaron durante el porfiriato, pensando que son en sí mismos una suerte de entes negativos a la nación, pero debemos recordar que México no es el mismo y que no todos los personajes de esa época actuaron de la misma manera. Tenemos ejemplos so-bresalientes como Justo Sierra, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Gabino Ba-rreda, Ignacio Manuel Altamirano y Juan de Dios Peza, entre muchos otros.

En este contexto aparece Teodoro Ángel Dehesa Méndez, quien nació en la ciudad y puerto de Veracruz, el 1º. de octubre de 1848. A raíz de las elec-ciones presidenciales de 1876, cuando Porfirio Díaz perdió la presidencia de la República ante la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada, se produjo el levan-tamiento de Tuxtepec y Teodoro A. Dehesa fue detenido en el puerto de Vera-cruz y conducido a la Ciudad de México en calidad de preso.

Pero más tarde, debido al derrocamiento del gobierno lerdista y el triunfo porfirista le resultaron de grandes beneficios a Dehesa y en enero de 1877, Porfirio Díaz le otorgaba el puesto de Vista de Aduana, cargo que ocupó durante ocho años. En 1885, Díaz lo designó administrador de la Aduana de Veracruz y en 1892 apoyó su elección como gobernador de la entidad. Se mantuvo al frente de la gubernatura casi sin interrupción hasta mayo de 1911, fecha en que renuncia a la presidencia de la República el general Porfirio Díaz.

La historia militar y política de este personaje es muy amplia y diversa, sin embargo, para quienes nos hemos dedicado más al arte y, en particular a la literatura y a las artes plásticas, nuestra memoria nos lleva a reconocer en Teodoro A. Dehesa a un amante de las artes en todas sus manifestaciones y a un «mecenas» de los jóvenes artistas de la época porfirista. Por ejemplo, bien recuerdo que se decía que gracias a los apoyos económicos de éste gobernador, el joven pintor Diego Rivera Barrientos pudo viajar a España en 1908 y matricularse en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando situada en Madrid. Y que gracias a esta beca, Diego Rivera, después se puso en contacto con las vanguardias que tenían su metrópoli en París, donde alternó con Pablo Picasso, Henri Matisse, Georges Braque, Jean Metzinger, Albert Gleizes, Robert Delaunay, Juan Gris, María Blanchard y Guillaume Apollinaire, entre muchos otros innovadores de la pintura mundial.

Otro hallazgo de Teodoro A. Dehesa para las artes fue a ver conocido al joven artesano Enrique Guerra, ya que a sus 15 años, este niño era capaz de realizar grandes maravillas​ en talabartería. Por tal razón, Dehesa lo becó para que estudiara en el Colegio Nacional Preparatorio de Xalapa y, después, en la Real Academia de San Carlos en la ciudad de México. Resultado de su discipli-na, hoy tenemos en Xalapa, una espléndida muestra de su talento como escultor, ya que el Hemiciclo de las Virtudes que se encuentra en el Paseo del Cronista, a un costado del Parque Juárez, son obras de su creación. No son las únicas, también recordamos que la estatua dedicada a Enrique C. Rébsamen, afuera de la Escuela Normal Veracruzana, también es de su autoría. Un gran escultor forjado gracias al impulso de Teodoro H. Dehesa.

Pero antes de concluir estas notas, debemos recordar a Joan Bernadet, quien nos dejó un legado pictórico actualmente concentrado en el Paraninfo del Colegio Preparatorio (conocido como «Prepa Juárez»), este artista catalán, nacido en el pequeño pueblo de Villa de Capellades, provincia de Barcelona, en mayo de 1860, vino a la ciudad de Xalapa con el propósito de fundar una escuela de artes por órdenes de Teodoro A. Dehesa.

Fue así como Bernadet se estableció definitivamente en Xalapa, trabajó en la Academia ubicada en el Colegio Preparatorio, y también de forma particular hasta su muerte en 1932. El artista catalán nunca volvió a su país y dejó en Xalapa la mayor parte de su producción artística, una pintura con gran calidad técnica de tintes conservadores y regionales que ahora podemos disfrutar en el Paraninfo del Colegio Preparatoria. Bernadet dejó en Xalapa los años más productivos de su actividad artística y docente, marcó una etapa de floreci-miento de las artes, con la fundación de la Academia y aportó todos sus conoci-mientos para la superación de otros pintores. Justo en medio del proscenio de este auditorio, encontraremos a manera de homenaje el retrato Teodoro A. Dehesa Méndez, impulsor del arte y él mismo un artista que practicó diversas disciplinas. Reconocer las virtudes de otros para que la virtud nos otorgue sus beneficios.

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Lic. en Antropología Social por la Universidad Veracruzana con maestría en Literatura Mexicana por el Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la UNAM y estudios de posgrado en Arte Mexicano por la Universidad Iberoamericana. Premio Nacional de Periodismo Cultural (1987) como parte del consejo editorial de El Istmo en la Cultura; y Premio Estatal de Periodismo Cultural (1989) como fundador y editor del suplemento cultural Caligrama del semanario La Crónica. Catedrático de Historia y Filosofía del Arte en la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana. Profesor de Iconografía Prehispánica e Iconografía Novohispana en la Maestría en Arquitectura y Restauración de Bienes Culturales de la Universidad Veracruzana. Editor de Antología de Arte Latinoamericano y Arte Mexicano (2017) y Antología de Arte Contemporáneo (2018). Autor de Entre la tragedia y la comedia siempre la máscara (Ed. Tinta Indeleble, 2018), y Memoria gráfica de una vanguardia en Jalapa: el estridentismo (Ed. Tinta Indeleble, 2018).