“Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas.”


Tomás Eloy Martínez

Los abuelos son los maestros, los verdaderos filósofos de todo ser humano, siempre descorren el telón que los otros cierran continuamente”, escribió el escritor austriaco, Thomas Bernhard. Fue gracias a mi abuelo que descubrí a uno de los escritores que marcaron mis años universitarios. Me refiero a otro escritor austriaco (igual que Bernhard): Stefan Zweig. Por aquel entonces tenía yo veinte años y mi abuelo había muerto hacía trece. Los libros que alguna vez formaron parte de su biblioteca (le gustaba mandar a grabar sus iniciales en los lomos de los libros) ya habían sido repartidos entre los miembros de la familia. Sin embargo, en la biblioteca de la nueva casa de mi abuela, encontré los cuatro tomos que forman parte de las obras completas de Stefan Zweig (en una preciosa edición, en piel verduzca, publicada por Editorial Juventud, Barcelona, 1953). Dentro de sus páginas mi abuelo había escrito notas a lápiz. Curioso por descubrir qué tipo de observaciones escribía durante sus lecturas, comencé a leer los ensayos del libro Momentos estelares de la humanidad. Fascinado por la prosa elegante, fluida y transparente del escritor y por la manera en la que construía sus historias, tan pronto como terminé ese volumen me puse a leer la biografía novelada: José Fouché, el genio tenebroso (biografía que el mismo Zweig pensó que no tendría muchos lectores y que vendió 50,000 ejemplares tan sólo en su primer año). Así, terminé pasando mis primeros semestres de la universidad más interesado en Zweig que en llevar una “vida universitaria”. El escritor austriaco se había convertido en un refugio seguro para unos años que recuerdo entre la resignación y el desasosiego.

Colección de IV tomos de la obra completa de Zweig recopilada por Editorial Juventud de Barcelona.

A principios de 2020 (antes de que la pandemia azotara a Bélgica), visité uno de los edificios del Parlamento Europeo, en la ciudad de Bruselas, que lleva el nombre del escritor. Lo han nombrado así para homenajear a uno de los narradores más europeos que han existido (en el más amplio sentido del término “europeo”). Al igual que los primeros fundadores de las comunidades Europeas (Adenauer, Churchill, de Gasperi, Hallstein, Monnet, Schuman, Spaak y Spinelli), Stefan Zweig nació en la época de los grandes imperios (Imperio austrohúngaro, 1881) y dedicó su vida a transmitir los mismos principios que hoy persigue la Unión Europea (tolerancia, libertad, fraternidad, amabilidad, unidad y universalidad), dentro de una Europa ilustrada, liberal y democrática.

Stefan Zweig creció en la culta y cosmopolita ciudad de Viena, metrópoli en la que se hablaban muchas lenguas y donde existían pocos prejuicios en contra de los demás. “En ningún lugar es más fácil ser europeo”, decía Zweig, al mismo tiempo que se definía de la siguiente manera: “Austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista”. En su magnífico libro El mundo de ayer, memorias de un europeo, narró aspectos de su juventud en la capital austriaca. Desde niño estuvo en contacto directo con el arte y la cultura y, siendo muy joven, comenzó a publicar textos en un diario de Viena. Su vocación estuvo muy clara desde el principio.

El Parlamento Europeo en Bruselas, Bélgica.

***

El 24 de febrero de 1942 corrió la noticia: Stefan Zweig y su segunda esposa, su secretaria, Charlotte Altmann, “Lotte”, tras un pacto de muerte, se habían suicidado (por envenenamiento) en la ciudad de Petrópolis, Brasil. Tenían tan sólo algunos meses de haberse exiliado en el país sudamericano. En la fotografía que se tiene de sus cadáveres tendidos sobre la cama puede verse que Zweig murió con la misma elegancia y dignidad con la que vivió; tenía la corbata puesta. El gobierno brasileño, sin saber que, en una carta a su editor, antes de suicidarse el escritor le había manifestado su deseo de que se les hiciera un modesto funeral, les organizó un solemne funeral de estado. Bajo un sol resplandeciente, las calles, repletas de admiradores del célebre escritor, fueron acordonadas por la policía. Se estima que había alrededor de cuatro mil personas de todas las razas (blancos, mulatos, negros, indios) y de todas las clases sociales. Cargaban los ataúdes ocho escritores, seguidos de algunos rabinos que habían venido desde Río de Janeiro. Sus féretros, bellamente decorados con flores, fueron colocados en la escuela principal de la ciudad. Las campanas de la catedral de Petrópolis acompañaron al duelo. En el honras fúnebres estaban presentes el primer mandatario del país sudamericano, Vargas (cuatro veces presidente de Brasil, quién años más tarde también se suicidaría, pero de un tiro en el corazón), algunos ministros y una enorme cantidad de artistas e intelectuales. El presidente de la Academia de Literatura se hizo cargo de un conmovedor discurso y el Presidente de las Ciencias, ante el féretro abierto, pronunció las siguientes palabras: “Si hubiera sido un poco más vanidoso… Ciertamente lo habría salvado y nos habría ahorrado este dolor”. La pareja fue enterrada en una tumba de honor, al lado del Emperador Pedro II (apodado El Magnánimo) de Brasil. La casa en la sierra de Petrópolis, rodeada de valles, donde Zweig había vivido en Petrópolis, fue convertida en un museo que hoy lleva por nombre: “Casa Stefan Zweig”. En esa residencia terminó de escribir su biografía y su magnífica novela Una partida de ajedrez, obra maestra y metáfora del nazismo, de los métodos empleados por la Gestapo, de la incomunicación y del exilio que Zweig y su mujer experimentaron, desde que se vieron obligados a abandonar Austria, tras el triunfo del nazismo en Alemania. En la película (biopic) de 2016, Adiós a Europa, la directora austriaca Maria Schrader narró el éxodo de Zweig y de su esposa y retrató la fuerte depresión psicológica que los llevó al suicidio.

Los cuerpos sin vida de Zweig y Lotte.
Cartel de la película Adiós a Europa, de Maria Schrader.

Stefan Zweig fue, sin lugar a dudas, uno de los escritores más leídos durante la primera mitad del siglo XX. Cultivó todos los géneros literarios. Se dice que fue el mejor biógrafo del siglo. Se vendieron millones de ejemplares de sus libros y fueron traducidos a más de cincuenta idiomas. Algunas de sus novelas se adaptaron al cine (Parece que fue ayer, La locura del trópico, María Antonieta, Rosas Blancas, Carta de una desconocida, Yo no creo en el amor, Juego de reyes, Secreto en llamas). En diversos países se formaron numerosas comunidades de lectores de Zweig. Se ha especulado mucho acerca de qué tipo de lectores preferían sus obras. ¿La clase media que quería instruirse con sus biografías? ¿Sus novelas consideradas románticas y algo picantes para la época eran dirigidas a la juventud intelectual burguesa? No faltaron críticos de la época que aseguraba que Zweig era el maestro del arte de la clase pequeño burguesa y que calificaron sus obras de “triviales”.  En efecto, a diferencia de otros autores de la primera mitad del siglo XX (pienso ahora en su compatriota y contemporáneo, Robert Musil, cuya obra es mucho más difícil de digerir y está orientada a un público más intelectual), la literatura de Zweig era fácilmente asimilable para el gran público. Zweig se defendió, asegurando que cuando escribía pensaba en ser leído por un público educado e instruido y por los mismos literatos, pero al mismo tiempo reconoció ser también una especie de mediador que llevaba (al estilo de Jakob Wassermann), temas interesantes a un gran número de lectores.

Entre otros coetáneos suyos, conoció a Sigmund Freud, Thomas Mann, Richard Strauss y Salvador Dalí. Sin embargo, aunque el mismo Zweig venía de la burguesía (su abuelo paterno fue un próspero hombre de negocios moravo, su padre fundó una importante empresa de textiles en Bohemia y su madre provenía de acaudalados banqueros judíos), él prefería la compañía de personas de estratos más humildes. “No juzgar a los demás y ser fiel a uno mismo”, era su ideal de vida. Destaca su amistad con el escritor (también austriaco), Joseph Roth (brillante cronista del declive del Imperio Austrohúngaro y autor de la célebre novela: La leyenda del santo bebedor), quien murió de un infarto cardíaco en una taberna de París, tres meses antes del estallido de la II Guerra Mundial. La correspondencia entre estos dos colosos de la literatura fue publicada por Editorial Acantilado, bajo el título: Ser amigo mío es funesto. “Que las sagradas sombras de Chopin y Lamartine le acompañen en su trabajo”, le deseó Zweig a su admirado Roth, en una de sus tantas misivas y, en una carta que Zweig escribió años más tarde a Friderike, su primera esposa, le dijo que Roth había tenido la suerte de irse antes de que toda la desgracia desencadenada por el nacionalismo hubiese comenzado.  

Stefan Zweig y Joseph Roth, fotografiados en Ostende (Bélgica), 1936.

Como era de esperarse, los libros de Zweig (el judío Zweig) fueron quemados en público por los nazis y eliminados de las bibliotecas del III Reich. Sólo algunos ejemplares, en manos de algunos eruditos del régimen representado por la suástica, permanecieron en algunas bibliotecas, pero sólo con propósitos de insulto. De manera que Zweig, de haber sido uno de los escritores más reconocidos en el mundo alemán, pasó a ser un autor prohibido y denostado. El escritor y su esposa recorrieron algunos países (París; Bath, Nueva York; República Dominicana, Argentina y Paraguay) durante su fuga hacia el exilio, hasta que encontraron un nuevo hogar en Petrópolis, Brasil. A la provincia carioca Zweig y Lotte llegaron ya muy cansados, deprimidos y, sobre todo, sin ninguna esperanza de futuro. La victoria de Japón sobre Singapur le hizo creer a Zweig que el totalitarismo arrasaría con todos los rincones de la tierra. Lacerado por las humillaciones y las privaciones perpetradas en su contra por el “Reich de los mil años”, no pudo advertir más que catástrofes por venir. Su particular cosmovisión del mundo, su situación de expatriado, su sensibilidad artística y su dañada psique, debieron de jugar también un papel importante en su decisión fatal.

Stefan Zweig en Nueva York, 1938.

Tristemente, tras el suicidio de Stefan Zweig su popularidad comenzó a desvanecerse. Llegaron otros escritores que renovaron la lengua (Joyce, Proust, Mann, Faulkner) y se hicieron con los lectores que entraban en la modernidad. Aunque las obras más importantes de Zweig nunca desaparecieron completamente de las librerías, empezaron a ser vistas como antiguos best-sellers, pasados de moda, para públicos que buscaban el entretenimiento y no la literatura seria. Organizaciones como la Sociedad Internacional Zweig de Viena y el Centro Zweig del Colegio Universitario Estatal de Fredonia, Nueva York, se ha encargado de revalorar la obra del prolífico escritor austriaco y de devolverle el lugar que le corresponde en la historia de la literatura.

Las críticas que se hicieron sobre Stefan Zweig no sólo estuvieron relacionadas con el tipo de literatura que escribía, sino con el hecho de que a finales de 1914, cuando Zweig tenía 33 años (en plena I Guerra Mundial), mucho tiempo antes de hacerse con la fama del “buen europeo” y del pacifista con la que hoy se le conoce, perteneció al Grupo Literario del Archivo de la Guerra y, según sus detractores, había escrito historias de héroes (que no firmaba con su nombre) con fines propagandísticos y bajo una fiebre nacionalista y bélica. Afirman que todo eso omitió narrarlo en su autobiografía. Un crítico de Zweig asegura que los miembros del Grupo Literario se ocultaban en el Archivo para no ir al frente (Rilke, entre ellos). En todo caso, lo anterior forma parte de especulaciones.

Uno de sus encarnizados biógrafos escribió que Stefan Zweig es uno de los charlatanes más representativos de la cultura europea. Se había sentido “horrorizado con la guerra”. Criticaba, sobre todo, su falta de entereza para defender el pacifismo que promovía. También critican el hecho de que el escritor pudiese haber arrastrado a su mujer, Lotte (quien lo admiraba ciegamente) para que se suicidara con él. Uno de mis principios como lector consiste en no juzgar nunca una obra literaria por la vida de su autor. En mi opinión los textos terminan siempre por tener una vida propia y un destino que van mucho más allá de la vida de sus autores.  

Mientras tanto, el Parlamento Europeo considera indiscutiblemente a Stefan Zweig como uno de los suyos y, en un mundo cada vez más deteriorado, la obra del escritor austriaco nos hace, por un momento, volver a creer en la humanidad. En mi caso, como lector entusiasta que fui de Stefan Zweig y, junto con otros escritores (menores y mayores), lo reconozco como una parte importante de eso que llamamos “la tradición” y que es todo aquello que ha moldeado una parte de lo que somos como individuos. Ya lo escribió de manera inmejorable el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, “Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas.”

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Nació en la ciudad de México en 1971. Es tuxpeño por adopción. Sobrino-nieto de Enrique Rodríguez-Cano, durante su adolescencia, vivió en el puerto de Tuxpan, donde estudió parte de la secundaria y de la preparatoria, y donde también trabajó en los ranchos ganaderos, “Los Rodríguez” y “Los Higos”. Más adelante, estudió la licenciatura en administración, una maestría en administración pública y ciencias políticas y cursó, parcialmente, el doctorado en letras modernas. Tiene cursos y diplomados en economía, finanzas bursátiles, creación literaria y guion cinematográfico. Ha dividido su carrera profesional entre el sector bursátil, la literatura, la fotografía documental, la fotografía de retratos y la fotografía urbana, y la docencia. Entre 2005 y 2006 colaboró como promotor cultural en el gobierno municipal de Tuxpan. Ha publicado cinco novelas cortas y un libro de cuentos (con los pseudónimos Juan Saravia y Juan Rodríguez-Cano). Ha publicado más de treinta relatos cortos en diversas revistas especializadas y más de un centenar de artículos. Ha ganado diversos premios literarios, entre ellos, el «XIV Premio de Narrativa Tirant lo Blanc, 2014», del Orfeó Català de Mèxic. Su novela «Diario de un loco enfermo de cordura», publicada por Ediciones Felou, en 2003, recibió una crítica muy favorable por parte de la doctora Susana Arroyo-Furphy, de la Universidad de Queensland, Australia, y su novela «El tiempo suspendido» fue elogiada por la actriz mexicana, Diana Bracho. Su novela anterior y la novela «La sinfonía interior», publicada por Ediciones Scribere, en Alicante, fueron traducidas al francés y publicadas en Paris, Francia. Ha sido colaborador del diario Ruíz-Healy Times (México), El Diario de Galicia (España), Revista Praxis (Tuxpan, México), Diario Siglo XXI (Valencia, España), Revista Primera Página (México), El coloquio de los perros (Cartagena, España), Revista Nagari (España), Revue Traversees (Luxemburgo-Bélgica), y otros medios. Desde hace 11 años vive en Bélgica, donde es profesor de español (titular de la maestría, por parte del Departamento de Idiomas), orientado a estudiantes de ciencias políticas, ciencias de gestión y ciencias humanas, en la Universidad Católica de Lovaina.

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