Hay momentos en la historia de la humanidad que se encuentran a medio camino de un período que pasa, y de otro que apenas comienza. Estos se caracterizan por estar formados tanto de elementos decadentes, como de aquellos que anuncian un nuevo renacimiento. Así, también, existen seres humanos cuya mente es tan preclara como para percatarse que no viven sino en el medio de dos eras. Etapas decadentes y épocas nacientes ha habido varias, no así mentes tan conscientes de esos tiempos de transición.

Más amplios que aquellos que Isaac Asimov catalogó como “Momentos estelares de la ciencia”, estos períodos abarcan varios años, muchas vidas, y extensas manifestaciones culturales. Es célebre Giorgio Vasari (1511-1574), artista y biógrafo, al expresar “vivimos una Rinascita”, al percatarse que, tras el período medieval de oscurantismo, la luz de lo humano y lo humanista había “renacido” desde el germen de lo antiguo -a lo que designó como “lo clásico” (la antigüedad griega y romana)-, tanto en su arte como en el de sus contemporáneos tanto que, para él, sólo existe aquello que es “lo clásico” y aquello “que ha renacido”. En el Quattrocento, el escultor Lorenzo Ghiberti (1378-1455) había dado ya atisbos de consciencia de ese cambio al utilizar el término “Rinascere”, que Vasari retomaría, así como su obra “I Commentari”, que le serviría de modelo para sus propias “Vite” de arquitectos, pintores y escultores. Vasari, entonces, puede ponerse de pie, levantar la cabeza y admirar la obra de Miguel Ángel, al tiempo que piensa en voz alta: “Vivo, yo mismo, en el Renacimiento”.

Después del “Yo, Claudio” (1934) de Robert Graves, Marguerite Yourcenar escribe la otra gran novela histórica jamás escrita, “Memorias de Adriano” (1951), que pretende narrar la autobiografía del emperador de dicho nombre, en la cual incluye un “cuaderno de notas” final, en el que podemos leer:

“Encontrada de nuevo en un volumen de la correspondencia de Flaubert, releída y subrayada por mí hacia 1927, la frase inolvidable: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre”. Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a ese hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo”.

Por estas memorias ficticias sabemos que “ese hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo”, que es Adriano (76 d. C.-138 d. C.), no supo –porque no podía saberlo-, que el mundo clásico –al que pertenecía-, caería y ascendería otro, el del cristianismo. Por los historiadores lo afirmamos; pero por Flaubert en su correspondencia, y “esa frase inolvidable”, tomamos consciencia de que la existencia de Adriano sucedió en un período extraordinario. En este período (en este caer y ascender) el hombre penetra en los terrenos del agnosticismo, el ateísmo, y aún del nihilismo, y se ha encontrado tan tremendamente solo, que no ha tenido más opción que sobrevivir, o perecer, a esta lucidez tan esclarecedora y casi fatal como el rayo caído sobre un cuerpo hecho de hueso y carne.

J. R. R. Tolkien –a quien debemos leer también como a un erudito, y no sólo como al autor de magníficas novelas de “Fantasía Heroica”-, en una conferencia que ahora forma parte del prólogo de su ensayo “La leyenda de Sigurd y Gudrún”, expresó sobre este pasaje, muy humano, que corresponde a diversas culturas y diversos tiempos:

” (…) es realmente el espíritu de una época muy especial. Podría llamarse una “ausencia de dioses” (Godlessness): la dependencia de uno mismo y de la voluntad indomable. No carece de significado el epíteto aplicado a los personajes reales que viven en este momento de la historia: el epíteto “Goolauss”, con la explicación de su credo era “At trúa á mátt sín ok megin”: confiar en el propio poder y decisión.”

Este período de la “Godlessness” –que actualmente se traduce como “impío” o “ateo”, aunque hemos visto lo equívoco de esta acepción-, ha sido poco estudiado o, acaso, jamás estudiado como tal, en tanto duran los años que median de Cicerón a Adriano. No ellos, sino nosotros, podemos meditarlo y estremecernos sobre aquella breve “era de la Voluntad”, de estos romanos del imperio. La creencia en los dioses ha pasado. La nueva fe no ha aparecido. El hombre media entre dos edades, es de hecho, la Edad del Hombre.        

Sabemos que Adriano practicaba el epicureísmo, y que el posterior emperador Marco Aurelio (121 d. C.-180 d. C.) era un filósofo estoico, es decir, que se inscribía en la escuela de pensamiento opuesta e irreconciliable con aquella de Adriano. Por esto, Marco Cornelio Frontón (100 d. C.-170 d. C.) –tutor de los sucesores de Adriano-, senador romano, maestro y amigo de Marco Aurelio, puede escribirle a su amigo, siempre desde la mirada del estoico:

“He sufrido mucho y terriblemente, mi queridísimo Marco.  Además de verme afligido por circunstancias muy angustiosas, he perdido a mi esposa, he perdido en Germania a mi nieto. ¡Desdichado de mí! He perdido a nuestro querido Domiciano. Aunque yo fuese de hierro, no podría escribirte más cosas en este momento”

Frontón es uno de esos personajes interesantes, cuyas vidas se ven a menudo ensombrecidas por las de otros más grandes que las suyas, pero sin los cuales los grandes protagonistas de la historia no hubieran obtenido el ímpetu vital –tan necesario-, en alguna etapa significativa de su formación; de Frontón conservamos algunas cartas que escribiera al emperador y a otros personajes, y que por poco no llegaron a nosotros sino por accidente, ya que algunas se encontraron en un palimpsesto, es decir, en ese tipo de documentos que habían sido escritos encima de otros, tras un proceso de borrado previo que, empero, no pudo destruir el texto que estaba debajo.

Aulo Gelio (125 d.C.-180 d. C.), el maravilloso autor de las “Noches áticas” y también contemporáneo de Marco Aurelio, cita que Frontón fue el primero en usar la palabra “clásico”, cuando se refería a los grandes autores anteriores a su época. Ahora, Frontón se nos revela como uno de esos seres de mente tan clara que se ha percatado que hubo un mundo anterior al suyo, en el que se escribieron obras grandiosas, y que todo eso ha cambiado para mal, que ha devenido en decadencia.

Pero ¿cómo es posible que Frontón, amigo de Marco Aurelio, uno de los máximos exponentes del estoicismo, se exprese en términos que harían dudar de la “ataraxia”, esa imperturbabilidad de ánimo, y de espíritu, a la aspira todo estoico? Marco Aurelio, y con él los estoicos, prefieren sufrir y asumir el dolor en silencio, evitando llamar la atención de los demás. Se trata de una escena ajena a este mundo actual, en el que se ventilan los dolores -por ejemplo, en redes sociales-, en un alarde de exhibicionismo puro, sólo para llamar la atención, en una palabra, por mero espectáculo. La naturaleza doliente de la carta se nos aclara cuando entendemos que el dolor, para estos filósofos, es bien dado en compartirlo, precisamente en el ámbito privado y con los amigos más cercanos, siempre que no sea aireado a los cuatro vientos.

Es en la privacidad en la cual la palabra “dignidad”, cuyo significado sólo se puede entender dentro de la más amplia libertad -se es “digno” siempre que uno se gobierne a sí mismo-, cobra verdadero significado. La palabra proviene de la raíz indoeuropea “dek”, que designa una acción en la que se toma o acepta algo. ¿Quién, si no siendo libre puede tomar o aceptar ese algo? De la misma raíz proviene la palabra “decet” para “lo que es apropiado”, y de esta la palabra “decencia”. Para Marco Aurelio el “dios interior” –al que alude en su obra “Meditaciones”-, no se trata sino de la voluntad, que es el guía, y de la cual se dicta desde el centro del yo, imperturbable, al exterior que puede ser perturbado. Como los estoicos sabían, nadie está hecho de piedra, por lo que es bueno compartir el dolor sin caer en el ridículo. De esta manera, Marco Aurelio le responde a su maestro:

“No dudo, en absoluto, queridísimo maestro, aunque haya guardado silencio, que tú sabes bien qué tortura suponen para mí todas tus tristezas, por mínimas que sean.

“Pero sin duda, al haber perdido casi al mismo tiempo a tu esposa, querida durante tantos años, y a tu dulcísimo nieto, la compasión –más grande– y has conocido males más graves como para atreverme a consolar con doctas palabras a mi maestro, pero es propio de un padre derramar el corazón lleno de amor y de afecto”.

Imaginemos a Frontón encontrando consuelo para sus desgracias en los autores de la época de la república, aquellos que escribían en un latín depurado (que poseían “elegantia” en sus escritos), y evitando conscientemente a sus contemporáneos, a un Cicerón y a un Séneca (a quienes consideraba artificiosos) y, con Marco Aurelio, leyendo a Plauto (254 a. C.-184 a.C.), un comediógrafo tan apreciado por los romanos del imperio al punto de imaginar a las musas dialogando en su más puro estilo. Frontón, pues, establece un antes y un después en la literatura. Los “mejores autores” (el poeta Ennio, el dramaturgo Nevio, el citado Plauto y el precursor de la física atómica, Lucrecio, con su prodigioso poema “De Rerum Natura”), pertenecerían a una época dorada, a una “clase superior” –de ahí el origen del término “classicus”-, que ya no existiría, pero que bien podía imitarse, y sobre la cual comenzar otra vez. En una palabra, renacer.

Para Vasari, el arte clásico se correspondía estrictamente con el de Grecia y Roma, civilizaciones que nos aportaron los estudios sobre la proporción áurea, el “Canon de Policleto”, y la primera firma artística de la historia, la de Fidias (500 a. C.-h. 431 a. C.), en un vaso de cerámica que, conmovedoramente dice: “Fidias, hijo de Cármides, ateniense, me hizo”, poniendo “lo humano” (su propia persona), como a un ente capaz de crear arte, desligándolo del escultor de dioses que se limitaba y resignaba a permanecer anónimo, en los períodos que le precedieron. Las esculturas, aunque siguen representando a los dioses, en esta etapa se humanizan, dejando de poseer esa frialdad sobrehumana anterior –es decir, una belleza divina, ajena a la carne-, para tomar posturas naturales y gestos más cálidos, más cercanos a nosotros. Digamos, metafóricamente, que “lo divino” abandonó el mármol, pero el mármol “se hizo carne”. Con esto, ya no es de extrañar que Ovidio (43 a. C.-17 d. C.), a principios de la Era Cristiana, escriba el mito de Pigmalión y Galatea. Por primera vez, Afrodita puede aparecer púdica, y el guerrero gálata agonizar sobre el suelo (mostrar el “pathos”). A partir de Fidias, y adelantándose al Renacimiento que pone al hombre –al artista-, en el centro del universo, y no a dios, el artista podrá cobrar un salario por su obra.

¿Tendría consciencia el filósofo Boecio (c. 480-525), cuyo gusto y refinamiento es por completo romano –sus obras y traducciones intentan hacernos llegar la gloria artística y cultural de Grecia y Roma-, pero que por su obra es cristiano –aun cuando el cristianismo no se mencione de manera explícita-, que le llamaríamos “el último romano y el primer escolástico”? Boecio escribe “Consolación de la filosofía”, en la cual, valiéndose de la ficción narrativa, él mismo es el protagonista que conversa con la Filosofía personificada. La verdadera felicidad –le indica la Filosofía-, es el desprecio por los bienes materiales –un eco de Séneca-, pero existe un bien que no perece, a esto se lo llama “la providencia” –otro concepto tomado del estoicismo, ganado para el cristianismo-. Boecio sufre la cárcel y ahí termina esta obra, que se inscribe como la última del período clásico, y la primera de la Edad Media, a cuyo pensamiento dará forma y motivo.

Muchos siglos después, Oscar Wilde meditará sobre la decadencia en su diálogo “La decadencia de la mentira” (1898), en el que podemos leer sentencias como estas:

“ (…) podría producirse un nuevo Renacimiento del Arte.

“Nuestro siglo es realmente el más prosaico y el más estúpido que ha habido nunca. Incluso el Sueño nos defrauda; ha cerrado las puertas de marfil y ha abierto las de cuerno”.

Wilde basa su argumentación en aquellos versos de la Odisea (XIX, 562), en los que podemos leer:

“Existen dos puertas para los leves sueños: una, construida de cuerno; y otra, de marfil. Los que vienen por el bruñido marfil nos engañan, trayéndonos palabras sin efecto; y los que salen por el pulimentado cuerno anuncian, al mortal que los ve, cosas que realmente han de cumplirse.”

Es, de esta forma, que Wilde arremete contra el realismo, apostando por el sueño, incluso por la pesadilla (“Los sueños de la nutrida clase media de este país tales como se narran en dos gruesos volúmenes escritos por míster Myers y en las Transactions of the Psychical Society, son de lo más deprimente que he leído. No hay en ellos ni una bella pesadilla”), y se decide por el mito. El gran ironista irlandés apostaba por un pasado mejor, idealizado -como tantos otros autores-, una edad clásica, fenecida y dorada, donde todo sería mejor que los tiempos actuales.   

Fidias y Policleto vivieron en el período denominado del “primer clasicismo griego”; para Frontón, quien acuña el término, clásicos serían los autores que escribieron cuatrocientos años antes que él y, para nosotros, seres inmersos en una etapa casi estéril, decadente y de transición –herederos de la sentencia de Nietzsche: “Dios ha muerto”-, “el mundo clásico”, en realidad, abarca desde el final de la República romana hasta la muerte de Marco Aurelio. Precisamente, el período que abarca la vida de Frontón, personaje lúcido donde los haya.    

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Novelista, cuentista, ensayista y crítico de cine, nacido en Tuxpan, Veracruz, México, en 1973. Tiene una licenciatura en biología terrestre. Su trabajo se ha publicado en México, Argentina, Colombia, Venezuela, España y Francia. Algunas de sus publicaciones figuran en: Tecknochtitlán: 30 visiones de la Ciencia-ficción Mexicana, antología de Federico Schaffler (Edo. de Tamaulipas, 2014); en la antología Futuros por cruzar: Cuentos de ciencia ficción de la frontera México-Estados Unidos (New Borders / Nuevas Fronteras nº 2, Universidad Autónoma de Baja California y University of Colorado, Colorado Springs, 2014) del antologador Gabriel Trujillo Muñoz; un ensayo sobre el teatro del Grand Guignol en Dos Amantes Furtivos, Cine y Teatro Mexicanos, libro coordinado por el investigador y director de cine Hugo Lara (Editorial Paralelo 21, 2015), la novela Weird Western y Steampunk Señor de las máscaras y la novela de terror post apocalíptica Una cierta hecatombe (Camelot América, 2018 y 2019). Fue nominado al Premio Ignotus 2015, de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror(AEFCFT), por su cuento El paisaje desde el parapeto; ha ganado dos veces el premio Tirant lo Blanc por parte del Orfeó Catalán de la Cd. de México y el premio Miguel Barnet que otorga por la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana

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