Aun antes de que abrieran al público el espectáculo de luz y sonido para recordar la caída de Tenochtitlán en la plaza del Zócalo de la Ciudad de México, las críticas fueron implacables de parte de los medios de comunicación. Nadie se atrevió a encontrarle el lado positivo a la reconstrucción de la pirámide del Templo Mayor, que en los días previos a su apertura el 13 de agosto del presente año mostraría al público la historia de ascensión y caída de la ciudad de los palacios, lagos y ríos, bosques y aldeas de los indígenas, antes de la Conquista. Uno se pregunta si es desdén a una cultura prehispánica que ha sobrevivido en las 68 etnias que hablan distinto idioma en todo el territorio nacional, o es simplemente adversidad al presidente Andrés Manuel López Obrador, y su partido, Morena.

Una historia relegada la del mundo indígena en nuestro país, guste o no; hay infinidad de pruebas de su ausencia de incorporación al país: bastaría con decir que son la mayoría de pobres en los censos nacionales que hablan de pobreza extrema. O verlos en las capitales de los estados de la República Mexicana, intentando vender sus artesanías ante el desprecio de los mexicanos que no quieren pagar lo que vale una pieza artística, y la regatean. Como si nadie quisiera saber de los indios de México, aquellos de los que se ocupó Fernando Benítez en los libros publicados por ediciones ERA. En la introducción, leemos:


“La Ciudad de México es la cabeza de la monarquía y por tanto priva en ella un ambiente cortesano. Aquí está el palacio del rey en turno, aquí trabajan los ministros y los jerarcas, aquí viven los banqueros, los industriales, la alta burguesía, los intelectuales, y naturalmente casi todas las conversaciones de esta gente se refieren a la política, a la sucesión del trono y a los menores cambios del gabinete. El intelectual de la meseta es el cortesano nato. En los cafés y en las reuniones hace circular una enorme cantidad de bromas sangrientas, de cábalas, de predicciones y de análisis tan sutiles como falsos y regocijantes.”


Fernando Benítez pertenecía a ese establishment al que le gustaba practicar “ese tipo de gimnasia intelectual”. Ya mayor, un viaje a Yucatán le sirvió de revulsivo. Lo que escribió de aquella travesía, fue censurado. Pero él no mermó en su deseo de conocer ese “otro México”: “tzotziles, pimas, seris, itzaes, pápagos…” Y consolidó su versión de Los indios de México. ¿Por qué un gobierno democrático no iba a recordar los 500 años de la caída de Tenochtitlán, si son los indígenas los protagonistas de esa historia, si son ellos, nuestros indios, y no la versión de los conquistadores comandados por Hernán Cortés? (Incluso con la propia versión de los aliados del conquistador– principalmente los tlaxcaltecas–, con la intención de quitarse el yugo de los mexicas, o comúnmente llamados aztecas). ¿Es que olvidamos que en México suman alrededor de 17 millones de indígenas desperdigados en el país y a los que han despojado de sus tierras y hoy viven en el culo de nuestra nación? ¿Alguien puede desmentir estas interrogantes? Chiapas y los coletos, Oaxaca y los ladinos, Veracruz y sus totonacas; Chihuahua, Durango y Sonora y los raramuris…No hay en el territorio nacional ausencia de nuestro pasado indígena.

Fernando Benítez

Fernando Benítez no es el único historiador que escribe sobre los indios o la conquista (tiene otro libro: La ruta de Hernán Cortés). Hay muchos que narran muy alejados de una versión criolla, de la influencia española, o simplemente de la versión desde los conquistadores, casi como si fueran ellos los protagonistas de aquel pasado. Ocuparse con pulcritud del problema racial y clasista del país no hace a nadie un mal mestizo. Buscar en las fuentes primigenias qué pasó en aquellos días de mayo y agosto cuando cae Moctezuma, apresan a Cuauhtémoc y Cuitláhuac, el último emperador azteca que muere de viruela, esa pandemia que arrasó con millones de personas, en su mayoría indígenas. Lo que se anuncia será un “ espectáculo de luz y sonido” sobre las paredes de la réplica fiel de la pirámide del Templo Mayor, es la llegada a Aztlán por aquellos indios, cuando descubren en el lago a un águila devorando a una serpiente, sobre un nopal, tal como lo pronosticaron sus dioses.

Entonces, ¿por qué las quejas a lo recordado por el gobierno sobre la caída de Tenochtitlán? La del zócalo no es la versión de Diego Fernández de Ceballos que coincidió con un partido español ultraderechista, muy cerca de una facción cuasi nazi, que le canta loas al conquistador. Lo del zócalo no es del gusto de articulistas, intelectuales, algunos periodistas que vieron una copia de Las Vegas o un reality show estilo televisivo. ¿No será una campaña más contra Andrés Manuel López Obrador y su partido, Morena? Igual no leyeron a Edmundo O´Gorman en La invención de América, publicado en 1958:


“En Europa, pues, está el modelo concreto al cual aspira el ser americano…En la civilización europea se hace patente la meta que da sentido a la posibilidad en la cual consiste aquel ser. En este sentido, pero sólo en él, puede afirmarse que América fue concebida por Europa a su imagen y semejanza, y en circunstancia tan radical estriba la significación de eso que hemos querido llamar la invención de América”.


Se trató, pues, de desaparecer todo vestigio de archivos y memorias de los pueblos originarios del continente, en este caso de México. Destruir y ocultar. Así, vuelvo a O’Gorman: “la vida americana, sin ser europea, es un modo de la vida humana históricamente actualizada primero en Europa”. Las fuentes históricas provenían de Europa. Y difícilmente pudimos sustraernos de esa verdad oficial. Al paso de los años se empezaron a abrir nuevos caminos de investigación y se configuró una nueva concepción histórica, tanto del descubrimiento de América como de la Conquista de México. Hasta el poeta Octavio Paz dice en el libro El poeta en su tierra:


“Los españoles encontraron en México no sólo una geografía sino una historia. La historia esta viva todavía: no es un pasado sino un presente…nos habla en el lenguaje cifrado de los mitos, las leyendas, las formas de convivencia, las artes populares, las costumbres…Nuestras literaturas, las de América, son literaturas escritas en lenguas trasplantadas. Las lenguas nacen y crecen en el suelo, las alimenta una historia común. Arrancadas de su suelo natal y de su tradición propia, plantadas en un mundo desconocido y por nombrar, las lenguas europeas arraigaron en las tierras nuevas, crecieron en las sociedades americanas y se transformaron. Son las mismas plantas y son una planta distinta…Somos y no somos europeos. ¿Qué somos entonces? Es difícil definir lo que somos pero nuestras obras hablan por nosotros… Ser escritor mexicano significa oír lo que nos dice ese presente–esa presencia–. Oírla, hablar con ella, descifrarla: decirla…”


Paz habla del lenguaje producto del mestizaje. No puede ser la voz de los indígenas de México, un país multicultural, justo el cometido de un recordatorio a la caída de Tenochtitlán desde la cosmovisión de los indios y, desde luego, de una parte de los mexicanos–mestizos–, que entienden esa multiculturalidad que es México. Nadie habló de esto en las críticas contra la “falsa pirámide”. Y sorprende porque han sido cientos de miles de mexicanos–mestizos o indígenas–, los que han acudido al zócalo a mirar el espectáculo. Más cientos de miles que las escasas decenas que criticaron el acontecimiento que se prolongará hasta las fiestas de septiembre. Luego entonces es fácil advertir la animadversión al gobierno actual, por un lado, y la adhesión a la versión oficial que sobre la conquista se tiene desde España.

¿Actuaron como caballos de Cortés los críticos de la falsa pirámide? ¿Dejaron de ser jinetes y cayeron desbocados en su radical rechazo al sexenio actual? ¿Algunos se quedaron entre las patas de los caballos? Lamentable historia contemporánea de lo que pasó en estos días de diferencias ideológicas, a 500 años de la conquista de Tenochtitlán.

Posdata: A propósito de mestizaje, no fue con España que nacimos mestizos. Los toltecas y los mayas se mezclaban entre ellos, los totonacas con los náhuatl, y así sucesivamente. De este lado del mundo no existía la idea de raza pura, aunque quizá sí, entre el mundo de los considerados nobles. Pero desde Adán y Eva existe el mestizaje. Es una falacia más de la versión oficial de los conquistadores, y su séquito.

Ciudad de México, a 16 de agosto de 2021


1.- Fernando Benítez, Los indios de México, 1968. Ediciones ERA.

2.- Edmundo O´Gorman, La invención de América, 1958. Fondo de Cultura Económica.

3.- Braulio Peralta, El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz, 1996. Editorial Grijalbo/Raya en el agua.

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Estudió las carreras de Periodismo y Literatura, en la UNAM, e Historia del Arte en el Museo del Prado, en Madrid, España. Ha trabajado por alrededor de 40 años el periodismo cultural, por el que ha obtenido algunos premios, entre ellos: “El Gallo Pitagórico”, en el marco del Festival Internacional Cervantino, en 1981. El “Homenaje de Premio Nacional de Periodismo Cultural ‘Fernando Benítez’”, en 2003, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. El Nacional de Testimonio Chihuahua, en 2005. Y un premio internacional: Pen Club a la “excelencia periodística”, en 2011, por sus artículos sobre los derechos humanos de las minorías. Fue director editorial de Random House Mondadori y editor del Grupo Editorial Planeta. Ha publicado los libros: De un mundo raro (editorial Conaculta, 1998). El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz (1998). El clóset de cristal (2016) y Otros nombres del arcoíris (2017) . Es coautor de varios libros colectivos y otro tanto de antologías. No ha renunciado a su oficio desde que empezó a escribir en los diarios, primero el Unomásuno, y después como fundador del diario La Jornada. Escribe actualmente en el diario Milenio y en la revista Praxis, que se edita en Tuxpan, Veracruz, donde nació un 26 de noviembre de 1953. Puedes contactarlo a su email: [email protected]

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