De una historia falsa, impuesta como verdadera, resurge el emperador azteca y la gran Tenochtitlán, para reivindicar su nombre y lo heroico de su defensa, no la entrega.
Una historia relegada la del mundo indígena en nuestro país, guste o no; hay infinidad de pruebas de su ausencia de incorporación al país: bastaría con decir que son la mayoría de pobres en los censos nacionales que hablan de pobreza extrema.
En “La culpa es de los tlaxcaltecas” (La semana de colores, 1964), Elena Garro no sólo abordó el tema de la caída del imperio azteca, sino que renovó la cuentística en lengua española mediante el manejo del tiempo, la construcción narrativa anticonvencional y el rescate de la mitología prehispánica.
Según Alva Ixtlilxóchitl, Cempoala habría tenido compromisos y alianzas con Texcoco y le habría ayudado en su lucha contra Azcapotzalco. Al momento de la irrupción española, el altépetl era tributario de Tlacopan, aunque habría sido sometido por Tenochtitlan, más mediante las amenazas que por la guerra
Según Ixtlixóchitl (1985), Netzahualcóyotl conquistó las provincias de Tochpan y Tziuhcoac y nombró a sus mayordomos; aunque las fuentes tenochcas la atribuyen a Moctezuma Ilhuicamina además de la de Tamapachco.
El cine mexicano de la “Época de Oro” no era, por “indigenista”, menos racista. Sus protagonistas se dividían en blancos y líderes, e indios aniñados, estereotipadas fuerzas de la naturaleza que necesitaban ser guiados por aquellos blancos.
Estamos hablando del séptimo gobernante de Texcoco, uno de los máximos exponentes del buen gobierno y la recta administración de la justicia. Un hombre que se destacó como guerrero, político, legislador, arquitecto, urbanista, ecologista filósofo y poeta.
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