Esto es el país de las fosas
Señoras y señores
Este es el país de los aullidos
Este es el país de los niños en llamas
Este es el país de las mujeres martirizadas
Este es el país que ayer apenas existía
Y ahora no se sabe dónde quedó…

David Huerta, Ayotzinapa

AMLO pidió castigo para agentes involucrados en desaparición de 43  estudiantes de Ayotzinapa en 2014 - El Diario NY

Aquella noche*

Bajo una lluvia tibia aquella noche de septiembre,
con camionetas oficiales retuvieron a los muchachos.

Dentro de los autobuses había agitación y pánico.

Los obligaron a descender, y entonces sus cuerpos
se enfrentaron a la fuerza brutal del armamento.

Pronto dos compañeros suyos fueron abatidos.

Como pudieron, algunos corrieron a buscar refugio.

Patadas, puñetazos, culatazos contra los cuerpos endebles,
en medio de la oscuridad hecha de miedo, gemido y silencio.

Después en sus patrullas se llevaron a los 43.

A la medianoche llegaron otros más a escupir con su fuego
a los rehenes aterrorizados, cayendo fulminados otros más.

Los rostros enajenados de los asesinos excretaban su baba
con sus hocicos atestados de azufre, mariguana y alcohol;
se carcajeaban al hacer explotar su pólvora contra los jóvenes.

Muchos corrieron a ocultarse entre la espesura de los cerros.

La madrugada era tormenta de fuego imparable bajo la fina llovizna.

Boquetes en los autos, en los tallos de la noche fúnebre,
en las piedras y en los muros y puertas de las casas lindantes al terror.

En las calles aún brillan los casquillos
cuya carga incendió los cuerpos de tus hijos
-los angustiados de las calles desoladas de la ciudad,
bajo el cielo nocturno del 26 y 27 de septiembre de 2014,
entre las arboledas, sobre las azoteas de los hogares fraternos,
guardando sus miedos, pensando en los suyos
que a esas horas compartían el pan
en sus mesas humildes y daban las gracias por vivir-.

Desde siempre sitiada por los delincuentes del orden,
protectores y protegidos por los dueños del poder,
uña y carne de los hermanastros de la muerte.

La rabia de los pistoleros de azul funeral
y luego la medida incursión de las alimañas,
los chacales insaciables de la madrugada,
con sus metrallas verdes y sus cascos verdes,
resguardando a los amos del terror,
avivando las llamas del crimen,
apagando los rastros de la perversión,
abandonando los cuerpos de los agónicos y muertos
junto a la ponzoña de las fieras enloquecidas
y haciendo suyo el aniquilamiento colectivo.

En lugar de ser condenados por su autoría y complicidad,
ahora se repliegan y despachan desde sus guaridas
y con cinismo vociferan a favor del olvido,
todo contra la sangre imborrable de la juventud
-roja para siempre en la memoria de los oprimidos,
ventana hacia la historia de la masacre imperdonable-.

En los tiempos marcados por la injusticia
en Ayotzinapa pronto se despierta a la luz de la vida,
pero también a la sombra espesa de la fatalidad.

_____

*Este poema forma parte de mi libro Tiempo funeral publicado en 2015 por Juan Pablos Editor.


Manifestaciones por los 43 de Ayotzinapa terminan en enfrentamiento |  Sopitas.com

Los 43 hermanos

Ser pueblo es la primera tarea.

Lucio Cabañas Barrientos

Dondequiera que estén, despiertos como el sol cada mañana,
viendo el cielo oscurecido, pensando en el compañero
en su búsqueda y encuentro, con sus pasos y su anhelo
forjan el porvenir; o bien, sueñan el latido arrebatado por las fieras
de este país, después del vuelo azul y negro y la caída
hacia lo indescifrable, después de pernoctar en los calabozos
del infierno, instaurados por los insaciables del poder.

Ustedes son la vida en la visión del pueblo insomne,
el cuerpo luminoso y el alma buena;
son la percepción ante el fulgor del mundo,
la esencia de la utopía, la esperanza de la patria nueva.

Aquella noche fueron ultrajados por su amor a la verdad,
absortos entre la pólvora y el polvo, entre el agravio y el terror,
cercanos a la bandera ondeando de nostalgia
por lo que fue la patria apenas ayer, y por lo que se perpetraba
en esos momentos interminables: Los defensores
de la nación dolorida, los salvaguardas de la paz en llamas,
sin miedo a Dios e indiferentes a lo que cambia
por el bien de los demás, con afán en el abismo de la perdición,
masacraban a los hermanos pobres por órdenes
del sistema disfrazado de decencia y pulcritud
–los opulentos usando el dinero del pueblo para alimentar a la muerte–,
aquella noche en que los esbirros fueron apremiados
para apuntar y disparar contra quienes nacieron y crecieron
en la escasez, estudiaban para llegar a ser los maestros
de los niños del campo, luchaban contra la deshonra y la desdicha,
entendían su presente y su pasado, anhelaban la felicidad de todos,
defendían sus ideas en la acción, para, finalmente,
alzarse en la victoria aplazada para cuando otros concluyeran
lo que ellos prosiguieron con sus vidas.

Desde tiempos lejanos, el mundo es una enorme selva
donde los codiciosos, soberbios y voraces pretenden pasar
por los caminos de siempre, con la riqueza que otros amasan
con su trabajo y esfuerzo diarios para no morir de hambre.
Algún día esos hombres y esos imperios malvados
serán derruidos por el deseo milenario de justicia.

La historia es la experiencia del pueblo conocedor de su destino
final, que, ante la infamia, ha de pugnar porque los jóvenes
no sean el blanco del crimen, la carne de las agencias de la muerte;
porque se levanten aquellos que esperan el porvenir
en sus estancias seguras; porque a los ambiciosos sin límite les ganen
el honor y el decoro, para devolver lo que han robado
desde los tiempos de la sinrazón. La revolución
no es solamente un proyecto del pasado. La injusticia brota
cada día como hierba maligna. Hay mucho por hacer.
La iniquidad es inmensa y la luz aguarda todavía.

(26 de septiembre de 2018).


OPINIÓN: ¿Desaparición forzada o secuestro lo ocurrido en Ayotzinapa?

En la negrura del vacío

A los padres de familia que fallecieron en su búsqueda incansable sin lograr conocer el destino de sus hijos: Minerva Bello, Tomás Ramírez, Saúl Bruno y Bernardo Campos.

Andando con los indignados y entonando el grito de su rebeldía,
escuché las palabras de un hombre incansable. Era su voz un canto
que invocaba a los vientos para ser escuchado por los demás hombres:

”Yo soy padre de uno de los 43 jóvenes normalistas desaparecidos.
Busco a mi hijo porque es mi sangre y es mi carne.
Porque quiero conocer su destino en el tiempo establecido
por un régimen de odio desmedido, en este país gobernado
por facinerosos obstinados en aplicar sus leyes que matan.

”Cualquiera que sea, quiero conocer la verdad,
para saber hasta dónde ha llegado la maldad del hombre.
Una noche mi hijo se vio entre tinieblas.
Vinieron los lobos y me lo arrebataron de las manos.
Él buscaba justicia para el pueblo, mostraba el camino
que tomaría la vida para ser digna para todos.

”Tener un hijo desaparecido es sufrir la más terrible tempestad,
en el más completo desamparo.
Es morir en el recuerdo y en el dolor inacabable.

”Quiero encontrar a mi hijo para saber si aún puedo salvarlo
del fuego en la orfandad. Ver su rostro compasivo y su alma tierna.
Ver que juega y sonríe en el patio de la pequeña casa, que enseña
en el aula de la vida y que otros aprenden en el ejercicio
de su libertad. Sentir su corazón en mi pecho al abrazarlo.

”Han sido meses, años ya, sin su presencia.
He caminado tanto bajo la luz del sol,
que ya no sé con cuántas piedras he tropezado.
La noche ha estado conmigo con su mirada ciega y sin reclamo.
A veces quisiera parar cuando me encuentro sin aliento.
Pero luego pienso que mi hijo podría estar cercano a las fieras.
Entonces me miro avanzar por más pueblos y ciudades,
llevando mi mensaje justiciero, donde contemplo
árboles enfermos y escucho gemidos de ríos,
de parcelas, de hombres angustiados por el terror de cada día.

”No estoy en casa desde entonces.
Mi cuerpo ha envejecido y enfermado en el camino del dolor.
He dejado en la mesa el alimento por si acaso él regresa
y yo no esté en casa sino en esta senda que se vuelve interminable.

”Los despojados de nuestra propia sangre vivimos en la espera
de recobrar la existencia; vivimos de la oración en los labios resecos,
de la blasfemia en el puño en alto y en el corazón exaltado.

”Quiero ver a mi hijo en la casa de adobe,
que saluda cariñoso cada mañana a sus hermanos
y dice palabras con entereza de lucha cotidiana.
Verlo sembrar a mi lado, comer sobre el suelo,
con tierra bendita en sus manos. Despedirse en la puerta,
entonces ir yo y besar su frente, decirle que se cuide donde quiera
que se encuentre. Después verlo sonreír cuando regresa
a casa y escuchar de sus labios el amor a los suyos.

”Él es mi hijo y su corazón vive y vivirá por siempre junto al mío.
La vida duele tanto en mí por su ausencia.
Septiembre es aún negro en el vacío, como una irreparable pérdida.
No descansaré hasta que haya de nuevo claridad
y se haga justicia por esta angustia que perdura.
O me ciegue por completo si en el encuentro no me veo en sus ojos
ni en esta luz testigo de mi sufrimiento”.

(Septiembre de 2022).

Fotos: Matanza de estudiantes en Iguala: Fotorrelato de la tragedia de  Iguala | Fotografía | EL PAÍS
TIEMPO FUNERAL. GONZAGA VIRGILIO. Libro en papel. 9786077113287 Librería El  Sótano
Portada del libro del poeta.
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