Rostros de la Calle

Proyecto del fotógrafo belga Geert Verstrepen.

“No hay nada más interesante que el paisaje del rostro humano”.

Irvin Kershner

El fotógrafo belga Geert Verstrepen inició el proyecto Faces of the Streets (rostros de la calle) en octubre de 2020, en plena pandemia de COVID-19. Desde entonces, ha recorrido las calles de ciudades como Bruselas, Amberes, París, Bilbao, Oporto, Lille y Tbilisi, entre otras, capturando rostros anónimos con su cámara Leica.

Entre cientos (o miles) de personas y sin un guion previo, Verstrepen se detiene ante algún rostro que, diluido en la rutina cotidiana, suele pasar inadvertido. Su gesto artístico reside en aislar ese rostro y otorgarle un significado.

La manera en la que una persona reacciona antes de ser fotografiada —si frunce el ceño, sonríe, mira con mayor o menor fuerza, inclina la cabeza, se pone rígida o se relaja, entrecierra los ojos o aprieta los labios— es una manifestación pública de su estado mental y emocional. De ahí la importancia del rostro en nuestras interacciones sociales. Verstrepen, como todo retratista experimentado, sabe que nuestro rostro es una presencia viva; la manera que tenemos de presentarnos frente a los otros y de darles claves de quiénes somos. El filósofo francés, Emmanuel Levinas, decía que el rostro es una interpelación silenciosa que nos obliga a reconocer la humanidad del otro sin necesidad de palabras, y este proyecto se sitúa precisamente en ese espacio donde la mirada sustituye al discurso y el encuentro precede a la imagen.

En cada uno de sus retratos podemos percibir el compromiso que Verstrepen establece con sus sujetos. El método que utiliza es ágil y directo: una vez que una persona ha captado su atención y acepta posar por un instante ante su lente, encuadra y enfoca manualmente, dejando que su intuición le indique el momento exacto para disparar. Busca el punto en el que se produzca una fisura, una grieta mínima en el gesto del sujeto que le permita capturar un rasgo más profundo. La rapidez con la que trabaja impide que el modelo construya una fachada, una risa o un gesto forzado. La técnica desarrollada por Verstrepen elimina el artificio y revela emociones más puras que surgen de la espontaneidad.

Para lograrlo, el fotógrafo ha cultivado una agudeza visual que le permite identificar quién tiene una historia interesante que contar a través de sus rasgos. Sin embargo, Verstrepen sabe que conocer al otro en su totalidad mediante un retrato es imposible. Lo que él hace es solo abrir una puerta, sugerir un camino, proponer una interpretación; al final de cuentas, cada ser humano es un proyecto infinito de posibilidades.

El objetivo que Verstrepen persigue en sus retratos callejeros no radica en la composición ni en la integración del sujeto en su entorno, sino en el rostro mismo. El rostro es ese palimpsesto del que hablaba Román Gubern: un manuscrito que, al observarse de cerca, convierte cada arruga en una línea de carácter y en una huella biológica, cultural, emocional y simbólica. El rostro transforma cada mínimo movimiento muscular en una fuerza expresiva capaz de comunicar, sin palabras, los grandes acontecimientos interiores que ha atravesado la persona.

Para lograr ese aislamiento, Verstrepen busca, mediante la apertura del diafragma, una profundidad de campo muy reducida. Esto difumina el fondo y genera la sensación de que, por un instante, todo lo que rodea a la persona queda suspendido en el tiempo. De esta forma, se acorta la distancia entre el espectador y el retratado, permitiendo que surja una conversación silenciosa. Ese fondo borroso produce una cercanía casi incómoda, pero profundamente humana. Los sujetos están solos en la imagen, pero no parecen aislados del mundo, sino extraídos de él. La calle se convierte en una presencia latente, un rumor visual que acompaña al rostro. Al mirar estos retratos, no sabemos exactamente dónde estamos ni qué ocurre alrededor; ese vacío parcial activa la imaginación y convierte cada fotografía en una pregunta más que en una respuesta.

A diferencia de los retratos furtivos de la fotografía de calle tradicional, Verstrepen convierte a sus sujetos en participantes activos del arte. La interacción, aunque breve, no solo muestra el contacto humano instantáneo, sino el respeto y la complicidad que se establece entre el fotógrafo y el modelo. Él, al igual que Levinas, comprende que el rostro de otra persona no es solo algo que miramos; es alguien que, con solo aparecer, nos exige respeto y responsabilidad. Cada retrato nos recuerda que todo individuo posee una dignidad y un valor imposibles de cuantificar.

Es bien sabido que la fotografía en blanco y negro elimina las distracciones del color para centrarse en lo esencial. No es casualidad que Verstrepen elija esta forma narrativa para suprimir el ruido visual. Su fotografía en blanco y negro despliega una amplia gama de grises y una luz suave y directa. En ese equilibrio, no solo unifica la serie, sino que se convierte en un estilo y en un acto de contemplación.

En sus imágenes se percibe una búsqueda constante de la autenticidad en medio del flujo caótico de la urbe. Elementos como boinas, sombreros, audífonos, peinados singulares, gafas o cigarrillos se convierten en símbolos de la personalidad, transformando los retratos en piezas minimalistas que pueden valorarse individualmente o en conjunto, y que nos invitan a pensar: “Te veo, existes, y tu presencia en el mundo me importa”.

¿De qué nos sirve todo esto? Para comprender que en cada retrato existe un camino de ida y otro de vuelta. No hay ningún rostro pasivo: todo rostro interpela a quien lo observa. Por eso, es posible reconocernos en cada una de las obras de Verstrepen. Al contemplar la fragilidad ajena, entramos en contacto con nuestra propia vulnerabilidad, pero también con la duda, la alegría, la tristeza o la resiliencia que nos habitan. En esto reside su importancia: los relatos de estas personas desconocidas no se limitan a mostrarnos sus rasgos; por el contrario, nos implican. Al mirarlos, dejamos de ser observadores distantes y entramos en una relación donde también somos mirados. Verstrepen nos invita a un espacio donde toda mirada conlleva una forma de atención profunda hacia el otro y, en última instancia, hacia nosotros mismos.

Geert Verstrepen es un fotógrafo residente en Bélgica. Su obra ha sido ampliamente publicada y expuesta a nivel internacional desde su primera aparición en la revista Zoom Magazine en 2007 (Países Bajos). A lo largo de los años, su fotografía ha sido seleccionada por plataformas de renombre como LFI, galardonada con diversos premios y presentada en exposiciones por toda Europa y Estados Unidos. Además de su labor artística, ofrece conferencias con regularidad, trabaja como profesor invitado y participa como miembro de jurados en festivales internacionales de fotografía.

Juan Francisco Hernández nació en la Ciudad de México. Estudió la licenciatura en Administración Financiera, un máster en Administración Pública y Ciencias Políticas, un diplomado en Creación Literaria y dejó inconclusa una maestría en Letras Modernas. Bajo el pseudónimo de Juan Saravia ha publicado las novelas Diario de un loco enfermo de cordura (2004), Lince de Luz Altiva (2005), El peregrino del norte (2007), El tiempo suspendido (2009), el libro de relatos Límites de la inmadurez (2005) y el libro de aforismos y notas De luz y sombra en el Desierto de los leones (2003). Con el pseudónimo Juan Rodríguez-Cano, publicó la novela La sinfonía interior (2016). Ha publicado más de un centenar de cuentos y artículos en diversas revistas. La tierra fría del desconsuelo, novela breve publicada en diciembre de 2025 por Editorial La Huerta Grande (Madrid), es la primera novela que publica con su nombre. Desde 2009 reside en Bélgica, donde es el coordinador y profesor del Departamento de Español de la Universidad Católica de Lovaina. Además de escritor y profesor, es fotógrafo y ha realizado diversas exhibiciones, ha ganado diversos premios y ha publicado en diversas revistas y portales de fotografía.

Juan Francisco Hernández
Juan Francisco Hernández
Nació en la ciudad de México en 1971. Es tuxpeño por adopción. Sobrino-nieto de Enrique Rodríguez-Cano, durante su adolescencia, vivió en el puerto de Tuxpan, donde estudió parte de la secundaria y de la preparatoria, y donde también trabajó en los ranchos ganaderos, “Los Rodríguez” y “Los Higos”. Más adelante, estudió la licenciatura en administración, una maestría en administración pública y ciencias políticas y cursó, parcialmente, el doctorado en letras modernas. Tiene cursos y diplomados en economía, finanzas bursátiles, creación literaria y guion cinematográfico. Ha dividido su carrera profesional entre el sector bursátil, la literatura, la fotografía documental, la fotografía de retratos y la fotografía urbana, y la docencia. Entre 2005 y 2006 colaboró como promotor cultural en el gobierno municipal de Tuxpan. Ha publicado cinco novelas cortas y un libro de cuentos (con los pseudónimos Juan Saravia y Juan Rodríguez-Cano). Ha publicado más de treinta relatos cortos en diversas revistas especializadas y más de un centenar de artículos. Ha ganado diversos premios literarios, entre ellos, el «XIV Premio de Narrativa Tirant lo Blanc, 2014», del Orfeó Català de Mèxic. Su novela «Diario de un loco enfermo de cordura», publicada por Ediciones Felou, en 2003, recibió una crítica muy favorable por parte de la doctora Susana Arroyo-Furphy, de la Universidad de Queensland, Australia, y su novela «El tiempo suspendido» fue elogiada por la actriz mexicana, Diana Bracho. Su novela anterior y la novela «La sinfonía interior», publicada por Ediciones Scribere, en Alicante, fueron traducidas al francés y publicadas en Paris, Francia. Ha sido colaborador del diario Ruíz-Healy Times (México), El Diario de Galicia (España), Revista Praxis (Tuxpan, México), Diario Siglo XXI (Valencia, España), Revista Primera Página (México), El coloquio de los perros (Cartagena, España), Revista Nagari (España), Revue Traversees (Luxemburgo-Bélgica), y otros medios. Desde hace 11 años vive en Bélgica, donde es profesor de español (titular de la maestría, por parte del Departamento de Idiomas), orientado a estudiantes de ciencias políticas, ciencias de gestión y ciencias humanas, en la Universidad Católica de Lovaina.
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