Llegué a vivir a Bélgica a principios de septiembre de 2009. Me instalé en la ciudad de Mons, en la región del Borinage. Muy cerca de la frontera que Bélgica tiene con Francia.

Como parte del proceso de integración que todo extranjero debe llevar a cabo si quiere vivir mejor en otro país, me ha resultado imprescindible estudiar y tratar de adaptarme a las costumbres y a la cultura de este país, que en mucho difieren con las formas de vida latinoamericanas.

Como es de esperarse, los diferentes países de Europa han tenido una reacción distinta frente a la aparición del COVID-19. Según algunas investigaciones, el vírus tuvo su origen en el mercado de una ciudad de China y después comenzó a expandirse a algunos países vecinos. Tailandia y Corea del Sur tomaron medidas de inmediato y evitaron que se expandiera de forma alarmante dentro de su territorio. China llevó a cabo una severa cuarentena y consiguió detenerlo. El problema es que el virus ya había migrado a Europa e en Italia las consecuencias han sido desastrosas.

Puede esperarse que los países de origen latino como son Italia, Grecia, Portugal, España y, tal vez, Francia, presenten una forma de actuar diferente a la de los países del centro y del norte de Europa; generalmente en el norte los gobiernos son más estrictos y transparentes y las sociedades más disciplinadas, más individualistas y tienen una conciencia cívica más desarrollada. 

El caso de Bélgica es muy particular. Bélgica tiene tres regiones (la flamenca, la valona y la alemana) y se cuenta así mismo con tres lenguas oficiales (neerlandés, francés y alemán). De manera que es de esperarse que los valones (más próximos en cultura de los franceses) tengan una forma de enfrentar la pandemia diferente a la de los flamencos y los alemanes (que tienen una cultura más parecida a la de los holandeses, alemanes y nórdicos.

Yo vivo en la parte valona de Bélgica. En la ciudad de Mons, de habla francesa. Esta región es la que presenta más casos de COVID-19 en todo el país, lo cual se podría explicarse porque una parte numerosa de la población tiene orígenes italianos (sus antepasados inmigraron para trabajar en las minas de carbón que había en la región), por lo tanto, tienen más intercambios con Italia que otras partes del país. Al ser Italia el país con más contagios, es de esperarse que esta región también lo sea en Bélgica.

Como mexicanos, no estamos acostumbrados a confiar en nuestro gobierno ni a seguir todas las pautas que nos impone. En cambio la cultura cívica y política en Bélgica es asombrosa. Aunque, como siempre, hay excepciones. Sin embargo, la mayoría de la gente está ahora está en casa, siguiendo las indicaciones del gobierno federal y de los gobiernos locales. Sólo un miembro de la familia debe salir de casa para hacer compras. Desde el lunes pasado están cerradas las farmacias, los restaurantes, las discotecas, los teatros, los cafés y demás sitios donde suele haber mucha concurrencia.

La gente tiene miedo. He podido sentir ese miedo en la  farmacia, donde el propietario se ha atrincherado detrás de unas cajas de cartón y mantiene una comunicación rápida y lejana con sus clientes.

Las calles están desiertas y puede uno transitar durante varias cuadras sin ver a una sola persona. Es como si el invierno, que normalmente es  sombrío en este país, se hubiese recrudecido en los últimos días. No se percibe la vida, es como una ciudad muerta. Así permanece el resto del país.

En sociedades más festivas, como la italiana y la española, la gente sale a los balcones y canta o toca algún instrumento. Los vecinos se gritan de una casa a otra. Se dan muestras de apoyo. En Bélgica, una sociedad más proclive a la depresión como ocurre en la mayoría de los países del norte de Europa, nadie parece querer hablar con nadie.

El gobierno ha anunciado medidas de contingencia para evitar que el virus se extienda por todo el país y la población está muy atenta a lo que ocurre en España, en Francia y, por supuesto, en Italia. La Unión Europea utilizará fondos que tiene para este tipo de contingencias para apoyar a las economías del bloque. Francia ha anunciado recortes fiscales y apoyos en el alquiler y en los servicios que pagan las empresas. Se espera una recesión, pero se intenta que sea lo menos drástica posible. Alemania ha anunciado la lucha contra el coronavirus como la prioridad actual del gobierno y como la peor contingencia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En Bélgica se habla de ayudas gubernamentales, pero todavía no se tiene claro cuáles serán.

Dentro de las medidas cotidianas que el gobierno recomienda a la población, la medida más importante es el lavado frecuente de las manos, el uso del desinfectante, la limpieza de las superficies que pueden ser tocadas por varias personas, pero lo más importante y donde el gobierno ha hecho más hincapié está en el aislamiento social. Debido a que el virus se contagia como una gripe, a través de las gotas de saliva que una persona expulsa cuando habla o cuando tose y a través de lo que toca, cuando el virus entra en contacto con los ojos, la nariz y la boca, puede provocar el contagio. De tal forma que se ha puesto una distancia de dos metros entre las personas que, por motivos de su trabajo, no pueden aislarse de los demás. En el supermercado la gente utiliza mascarillas. Han colocado vidrios frente a las cajeras, como si estuviesen en un banco. Han marcado el suelo con líneas para que las personas no las traspasen y aseguren la distancia entre ellas. En la ciudad de Bruselas los productos básicos empezaban a escasear, pero el gobierno ha garantizado ya el abasto y, en general, puede encontrarse casi todo, aunque el gel antibacterial, las mascarillas y los termómetros se terminan con frecuencia.

Las escuelas han cerrado completamente. En las universidades estamos dando clases a distancia y sólo las reuniones y presentaciones de los estudiantes se han pospuesto. Por lo demás, se espera que sigamos dando clases con cierta normalidad y en los horarios habituales.

La fecha prevista para que todo vuelva a la normalidad es el 5 de abril, pero todo dependerá de la valoración que hagan las autoridades sanitarias llegado el momento. La Unión Europea ha cerrado sus fronteras por primera vez desde su creación y Bélgica,  país que alberga a las instituciones del gobierno Europeo, ha hecho lo mismo. Hay un acuerdo generalizado de que evitar la movilidad y el contacto es lo único que puede frenar la pandemia, mientras que se prueban los protocolos de vacunas que ya están en marcha.

Desde mi llegada a Europa, he vivido estados de emergencia en diversas ocasiones. Antes, por inminentes ataques terroristas por parte del Estado Islámico. Sin embargo, la alarma por la propagación del COVID-19 se vive con mayor intensidad, se percibe como un ente más destructivo y que genera más alarma al gobierno. Es lógico: un ataque terrorista afecta un sitio en particular, pero una pandemia puede afectar a todo un país, si no se le frena.

Los científicos ya esperaban una pandemia de estas dimensiones, pero no sabían cuándo, dónde y cómo surgiría. Todo esto ha ocurrido con tal celeridad, que los gobiernos y la sociedad han tenido que tomar medidas con una prontitud inusitada.

Tengo la impresión de que la alarma es mayor de lo que algunos escépticos todavía piensan y será necesario que todos los países adopten las medidas necesarias. Vivimos en una aldea global, totalmente comunicada por tierra, agua y aire, y un pandemia como esta puede llegar de un extremo a otro del planeta en cuestión de algunas horas.

Apenas hace un mes Italia descubría a su primer paciente infectado con el COVID-19. Hoy, con 47,000 infectados, Italia supera los 4,000 muertos. Supera a China en fallecimientos. Tan sólo en la última jornada, murieron 600 personas. Ni los servicios sanitarios de Italia ni de Europa están preparados. No hay suficientes camas en los hospitales. El personal médico es insuficiente. Italia se siente rebasada por la pandemia. Irán es el tercer país después de Italia y China. Y España, con 20,000 positivos y 1,000 muertos, es el cuarto. Bélgica tiene alrededor de 2,000 contagiados y 30 muertos. Todavía está a tiempo. Aunque para algunos, las medidas se tomaron tarde.

La sensación de encierro se hace cada vez más difícil, pero es necesaria. En Bélgica llevamos una semana en confinamiento y la gente empieza a sentirse deprimida. Esto es algo totalmente nuevo y  sólo se conocía en las películas de ciencia ficción. El encierro, la falta de sol. Pero lo peor es la incertidumbre. No saber cuándo y cómo terminará. Ahora todavía se percibe cierta esperanza en la gente, habrá que ver cómo evoluciona nuestro estado de ánimo conforme pasen los días. La gente teme por sus trabajos, por su economía familiar. Por ahora, el papel de las redes sociales y del humor juega un papel importante en mantener en alto el espíritu de las personas.

Estaremos pendientes para narrar el desenlace de esta tragedia.

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Nació en la ciudad de México en 1971. Estudió la licenciatura en administración financiera, una maestría en ciencias políticas y cursó parcialmente el doctorado en letras modernas. Tiene cursos y diplomados en economía, finanzas bursátiles, creación literaria y guión cinematográfico. Ha dividido su carrera profesional entre el sector bursátil y la promoción cultural y docente. Ha publicado cinco novelas cortas, un libro de cuentos cortos y más de treinta relatos cortos en diversas revistas especializadas. Ha ganado diversos premios por sus relatos. Dos de sus novelas han sido traducidas al francés y publicadas en Paris. Ha sido colaborador del diario Ruíz-Healy Times, El Diario de Galicia, Praxis, Diario Siglo XXI y otros. Desde hace 10 años vive en Bélgica, donde es profesor universitario en la Université Catholique de Louvain y también es fotógrafo documentalista.

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