Hasta las cachas, políticamente incorrecto, Bret Easton Ellis reaparece con Blanco (2020), una especie de libro de memorias donde fija su acre posición en torno al mundo de las redes sociales, critica contenidos mediáticos donde hay olimpiadas del victimismo, califica de desastre moral al sistema bipartidista de Estados Unidos, confiesa sus filias de niño y contrasta los modelos de familia para definir a los padres helicópteros. Relata por supuesto su meteórico ascenso en la literatura. Dice que prefiere al John Carpenter de La cosa (1982) que al Ridley Scott de Blade runner (1982). Y, en especial, reflexiona un buen tramo acerca de The Canyons (2013), una película en donde se aprecia más su obra. Veamos por qué The Canyons es lo suficientemente dionisiaca para considerarla la más fiel adaptación de Ellis al cine.

Aunque parezca contradictorio, pero una cinta con ligera aura dramática como The Canyons, rinde frutos colaterales tan solo por las dos figuras que intervienen en su proceso de producción: Paul Schrader, como director, y Bret Easton como guionista.

En apariencia, es una cinta fútil para las fórmulas efectistas probadas en el género del thriller actual, donde el sociópata se transforma en una especie de súper villano sabelotodo o donde la acción trepidante convierte a su protagonista policial en un malabarista que elude balas.

The Canyons, en cambio, rodea con finura el estándar del film noir. Además, supera lo que alardea la publicidad: no se limita a ofrecernos una aventura erótica que roza el soft porno adornando la insulsa desdicha de unos noveles buscadores de fama en el imaginario Hollywood de David Lynch y Quentin Tarantino.

Son evidentes las deudas atmosféricas que hay con los conceptos de una ciudad vacua y de gélido anonimato, sobre todo en las colinas donde los yuppies realizan sus orgías. Empero, The Canyons logra separarse de Lynch al obviar la búsqueda de un misterio como el de Lost highway (1997) y Mulholland drive (2001); y, de Tarantino, renuncia al brillo glamuroso de Erase una vez en Hollywood (2019) para conseguir una estética que da la sensación de estar empolvada -por eso la falta de luminosidad.

Resulta extraño entonces que en una misma pieza fílmica se conjunten dos talentos, de indudable trayectoria y reconocimiento de la crítica, que han mostrado caminos opuestos.

Paul Schrader photogrpahed at the PMC Studio in Los Angeles for Variety.

Es el caso de Schrader y Ellis, quienes unieron sus genios para rodar The Canyons, ambientada en Los Ángeles, California, en un contexto ad hoc al discurso de Ellis pero, curioso, también Schrader comparte el tópico de la decadencia (específicamente, las historias de Paul transcurren en un Nueva York taciturno y sucio distante a la urbe folklórica y burguesa de Woody Allen).

La divergencia entre ambos es notable, sobre todo en su estética. Schrader es un guionista y director de cine con filosofía calvinista: escribe y filma historias en la frontera de la creencia. Mientras que Ellis es un libérrimo desalmado, agnóstico, cuyas provocaciones se transforman en el eco del ocaso estadounidense: una generación yuppie, blanca, adicta no sólo a las drogas sino también a la sociedad del consumo que rinde culto obsesivo al cuerpo y cosifica a la mujer.

En las películas de Schrader advertimos un conflicto interior matizado por un lánguido recorrido existencial. Sus filmes son un periplo donde los personajes anticipan el nefando final; la sentencia del destino ya la traen esculpida en su frente.

Las colaboraciones con Martin Scorsese así lo refieren. Schrader le escribió el guion de Taxi Driver (1976), película que rompe lanzas con el resto de los filmes de la década de los setenta con un monstruo emergido del callejón y sus alcantarillas de vapor apestoso (NY, claro). Bajo esta tónica de disputa interna, Schrader escribe a su vez uno de los guiones más destacados de los ochenta: Toro salvaje (1980), la biografía del boxeador Jake La Motta, metáfora del animal desollado rumbo a un lento sacrificio en el cabaret del escarnio. Luego la dupla hace La última tentación de Cristo (1988), en cuyo texto Schrader refleja a ese hombre de fe reformada que es; para su tiempo, la cinta apela a ese enfoque desencializador de la posmodernidad donde los relatos mayores exhiben fecha de caducidad. También Schrader le escribe a Scorsese Vidas al límite (1999), otra suerte de ángel caído disfrazado de paramédico igualmente con tortura existencial.

Con estas cuatro películas bastó para que Schrader mostrara sus constantes discursivas.

Ellis, por su parte, tiene declarado un estilo minimalista donde sus personajes deambulan en el vacío de la noche cegados por el neón. Es aflictivo el enfoque caduco de los jóvenes vampiros de Bret Easton. Ninguno se inmuta, hacia su interior no se mira nada en esa profunda oquedad.

Así, sorprendió con su ópera prima Menos que cero (1985), novela que enseñó al cronista de La generación X, un modo de vida basado en el confort sofisticado del capitalismo. Las drogas desfilaban en el centro de los infortunios, pero no había exactamente drama. Este ahorro sentimental concitó un estilo: los yuppies vivían en la euforia del ahora sin medir el futuro. Asimismo, Ellis, desde su inicio, jamás ha sido moralista, como sí lo fue la versión fílmica que hasta melodrama incluye.

Su segunda novela, Las leyes de la atracción (1987), continuó el viaje oscuro de los personajes trazados en Menos que cero.

Fue el siguiente libro de Ellis, American Psycho (1991), el que impulsó su trayectoria con la trama de un psicópata de crueldad absoluta. De ahí que la versión fílmica de Mary Harron haya sido una puñalada trapera. La película quiso mofarse del personaje literario y terminó por guiñar la parodia que nunca es tal en el libro.

Los confidentes (1994) fue un conjunto de relatos que siguió coherente la línea minimalista de los yuppies tan bien conocidos por Ellis.

Glamourama (1998), es algo aparte por su dimensión cubista. Un experimento narrativo escrito como si fuese periodismo gonzo; y es que la prosa se vuelve brazo de la droga y por eso el alucine infecta a la historia. Bizarra en algunos momentos y por supuesto que el tono lascivo persiste.

Sus últimas novelas son Lunar Park (2005) y Suites imperiales (2010). Luna park no ofrece variables y Suites, secuela de su primera novela, añade a esa neurosis post adolescente en tránsito adulto las innovaciones tecnológicas invasivas del mundo contemporáneo.

Como se advierte, se trata de creadores con diferentes itinerarios. Psicópata americano es violenta, hasta vesánica, pero el esqueleto descarnado que ofrece rivaliza con el interiorismo que subraya Schrader en Taxi driver y en películas que ha dirigido. Por ejemplo, American Gígolo (1980), Mishima: una vida en cuatro capítulos (1985), Posibilidad de escape (1992), Desenfocado (2002), El ocaso de la luz (2014) y El reverendo (2017) son el extremo opuesto de Ellis. Mientras libros de Bret Easton son un anti Crimen y castigo, los dramas de Schrader comparten los dilemas éticos de Dostoievski.

Sin embargo, volvemos a nuestra tesis: aunque parezca paradójico, pero una película con tenue drama como The Canyons, rinde frutos colaterales por las dos figuras que intervienen en su proceso de producción: Schrader y Easton Ellis. Tan sorprendentemente rinden frutos, que nos atreveríamos a aseverar que Schrader hubiese dirigido mejor Psicópata americano que la Harron.

Y lo más apreciable de The Canyons es que el ritmo no renuncia a lo que Paul ha propuesto en su discurso; es decir, Paul mantiene lo Schrader e incluye lo Ellis.

De hecho, las cuatro películas adaptadas con anterioridad, quedaron a deber por no ceñirse al fundamento de Ellis. Golpe al sueño americano (1987) de Marek Kanievska, atina en la atmósfera X, pero elimina la bisexualidad y hay un melodrama que arruina la adaptación de Menos que Cero. American psycho (2000) de Mary Harron se entromete y juzga a Patrick Bateman, ridiculizando la obsesión por la perfección estética y su drogadicción. Las reglas de la atracción (2002) de Roger Avary es la más consecuente porque describe el reventón sin estigma. Y Los confidentes (2008) de Gregor Jordan, no es mala la adaptación de estas fracasadas relaciones amorosas, drogas o cuestiones familiares.

Esbozados ambos recorridos que se bifurcan, The Canyons deriva como punto de intersección. Schrader entiende sin duda el contexto de Bret Easton Ellis.

El primer acierto es el planteo de tono sereno que implica unas postales donde se desarrollará la trama. Parece un pase de diapositivas, un álbum de recuerdos tipo Paul Auster. Schrader elige una serie en modo de naturaleza muerta para ubicarnos en una nostalgia tibia: salas de cine abandonadas, sirven de puente para entender una no menos alicaída industria hollywoodense regida por baratos favores sexuales.

Un segundo aspecto, el estupendo diseño de arte (exquisitez mediterránea), en donde Schrader siempre se ha distinguido por acucioso y elegante para retratar a las clases adineradas -acercamiento hasta con cierta empatía.

El tercer ámbito es la impersonal arquitectura, el espacio se alarga y se declara yerto ante la ausencia de familia (en Gígolo consigue algo semejante); recordemos, como alusión, el manejo del espacio habitable de Parásitos (2019) de Bong Joon-ho, donde también se muestran las divergencias de clases a través de las casas: hacinamiento versus amplitud.

Resalta como cuarto aspecto lo que funde a Schrader con Ellis: el control de las cosas. The Canyons plasma el carácter tenso del protagonista capaz de admitir la promiscuidad, pero nunca perder la batuta. La psicopatía de Ellis inicia cuando peligra el dominio. La sujeción en este sentido es el pivote del poder. Por ello Schrader acoge el fundamento de los relatos de Bret Easton. El andar pausado y controlador se muta en desesperación cuando las cosas no salen según lo proyectado. Que las cosas escapen al control del protagonista, lo obligan a descomponer sus emociones.

A pesar de lo anterior, Schrader mantiene la vertical y borra los desaciertos de sus antecesores: nada de juicio ético y tampoco concluye con un mensaje moralista. No hay pugna que recuerde una sentencia dostoieskiana ni que reproche culpas.

El calvinista director de cine replica así el discurso perverso de Ellis. Hay un ritmo apesadumbrado a lo Schrader que entiende a la perfección estas modernas ruinas estadounidenses llamadas yuppies, aún no siendo The Canyons propiamente la adaptación de un libro de Bret Easton Ellis.

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Doctor en Sociedades Multiculturales y Estudios Interculturales por la Universidad de Granada, España. Investigador en la Universidad Veracruzana y en la Universidad Veracruzana Intercultural. Docente en la Especialización en Estudios de Cine y en la Maestría en Cultura y Comunicación. Crítico de cine desde hace 35 años. Ha publicado en revistas de Estados Unidos, Brasil, España e Inglaterra, así como en medios académicos nacionales. Colabora en La palabra y el hombre de la UV y Criticismo. Tiene premios en el género de Crónica y en la categoría de Ensayo Editorial. Entre sus libros más recientes: Arráncame la iguana: Desafíos de la identidad en el cine mexicano (2009), Cine de géneros: entre Adán y guerras (2012), Cine contexto (2018) y Xalapa sin Variedades (2020). Actualmente es el Defensor de las Audiencias en Radio Televisión de Veracruz, representante de la Presidencia del Consejo Ciudadano del Premio Nacional de Periodismo y Director General de Comunicación Universitaria de la UV.

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