Vivimos en una época en la que estamos enamorados de la velocidad: qué tan rápido nos puede llegar una compra, cómo encontrar a una persona con un solo click, cómo cambiar de trabajo en un instante, etc. Algunos llegan a pensar que su valor propio depende de qué tanto tengan que hacer con su tiempo; y nos resulta fácil pensar en una lista de cosas que hacer para llenar el día; pero los sabios saben que menos es más y que ir lento es mejor. O como decía el famoso fotógrafo Henri Cartier Bresson, “la lentitud es el único lujo que tenemos en nuestras vidas”.

Nos han enseñado que más rápido significa más productivo, más inteligente, más hábil; en cambio ir despacio lo relacionamos con ineficiencia, improductividad, estupidez.

Hemos perdido de vista el daño que nos hace ir deprisa. No tenemos paciencia ni tranquilidad para disfrutar de las cosas que nos rodean. Vivimos tan rápido que olvidamos saborear cada momento.

Es necesario regresar al principio básico de la lentitud.

© Ana S. Chao

En 1986, en el corazón de Roma, se abrió la primera franquicia de McDonalds, hubo oposición por todos lados, desde los vecinos que se quejaron por el olor, hasta los políticos que reclamaron la destrucción del centro histórico. Hubo un periodista llamado Carlo Petrini, quien repartió platos de pasta a todos los manifestantes hambrientos. La franquicia no se movió, tampoco cerro; pero Petrini fundó un movimiento que se esparció más allá del centro de la Ciudad de Roma. Este movimiento es llamado “Slow Food” (comida lenta). Tres años después, el manifesto de la nueva organización fue firmado por representantes de 15 países, promocionando, como una alternativa a la comida rápida, la cocina tradicional de cada región, la comida sustentable y los pequeños negocios locales.

Slow Food se enfoca en la calidad de la comida —no en la cantidad. A partir de los años 90, no sólo se dio un crecimiento exponencial de las franquicias de comida rápida, sino también en los problemas de salud de la gente que la consumía, debido a la pobre calidad de sus ingredientes, lo que causó, además, sobreproducción y desperdicio de alimentos. Desde 1975, la obesidad se triplicó a nivel mundial, mientras que en este mismo lapso de tiempo, el número de restaurantes de comida rápida se duplicaba en Estados Unidos. En el 2004 la revista TIME describía a Petrini como “un revolucionario que cambió la manera en la que se piensa sobre la comida”. En el 2016, un estudio a nivel mundial dio como resultado que más de 1.9 mil millones de adultos sufren sobrepeso por causa de la comida rápida.

Hoy el movimiento “Slow Food” se ha expandido a 150 países.

La idea de evitar que la comida rápida ingrese a un país donde tradicionalmente no es aceptada, nos recuerda la importancia de la lentitud. La comida es parte medular de la cultura y la identidad de los italianos. Desde seleccionar los ingredientes hasta cocinarlos, servirlos con gracia y disfrutarlos con los amigos y la familia, es un proceso que genera un gran disfrute. Para ellos, comprar una hamburguesa con algo que ni siquiera es carne pura y comerla deprisa mientras caminan, representa un sacrilegio. Viene a la mente uno de los consejos que daba Anthony Bourdain, el gurú del turismo gastronómico mundial: “Baja la velocidad y tómate el tiempo para aprender los ritmos de otras culturas”.

Con el tiempo, el movimiento Slow Food generó otro llamado “Cittaslow”, ciudad lenta, cuyo objetivo es mejorar la calidad de vida de las personas, haciendo su ritmo más lento y pausado. En su manifesto, disponible en www.cittaslow.org/content/association, se lee:

“Somos pueblos animados por gente interesada en recuperar el tiempo perdido; ricos en plazas, teatros, talleres, cafés y restaurantes; ricos en lugares espirituales, paisajes vírgenes y gremios de artesanos; donde todavía se aprecia el suave y lento cambio de estaciones, con un ritmo de producción auténtico, que respeta los finos sabores, la salud, la espontaneidad de los rituales y la fascinación de las tradiciones vivas. Esta es la dicha de una vida lenta, silenciosa y reflexiva”.

Slow Food y Cittaslow convergen en lo que se ha dado en llamar la corriente cultural del Movimiento Lento (Slow Movement).

El filósofo noruego Guttorm Floistad resume esta postura diciendo: “Lo único que es seguro es que todo cambia… sería necesario recordar a todos que nuestras necesidades básicas nunca cambian. La necesidad de ser visto y apreciado, la necesidad de pertenecer, la necesidad de cercanía, cuidado y amor. Eso solamente se puede dar con lentitud en las relaciones humanas. Para poder implementar los cambios, debemos de recuperar la lentitud, la reflexión y la cercanía. Solo así lograremos una verdadera renovación”.

Como sabemos, existen muchas dimensiones del tiempo. El tiempo es relativo, como decía Einstein: “Cuando estás con una mujer linda por dos horas piensas que solo pasó un minuto; pero cuando te sientas sobre una estufa caliente por un minuto, lo sientes como dos horas. Esto es la relatividad”. Conforme nos vamos haciendo más viejos, la sensación de que el tiempo pasa más rápido se hace patente. Existe una teoría que sugiere que el paso del tiempo está relacionado a la cantidad de nueva información percibida. Con muchos nuevos estímulos, nuestro cerebro toma más tiempo para procesar la información y por lo tanto sentimos que el tiempo avanza más lento. Cuando somos niños, por ejemplo, cada segundo está lleno de nuevas imágenes mentales y por lo tanto nos parece que el verano dura toda una eternidad, al igual que la víspera de la Navidad. Esto explica también la percepción lenta del movimiento reportada momentos antes de un accidente. En situaciones poco familiares, hay mucha información nueva qué absorber, y es por ello que nuestra recolección de datos se nos figura más lenta de lo que es. Entre más edad acumulamos, más familiarizados nos volvemos con nuestro entorno y menos notamos cada cosa nueva que sucede, mientras que para los niños, toda experiencia es asombrosa. Esta teoría sugiere que el tiempo pasa más lento para un niño que para un adulto porque, en sus procesos bioquímicos, el niño suelta más dopamina con cada nuevo estímulo y así aprende a medir el tiempo. Sin embargo, de los 20 en adelante, los niveles de dopamina bajan, haciendo parecer que el tiempo avanza más deprisa.

Pero existe una manera de practicar la lentitud y percibir nuestro paso por la vida de manera más tranquila: caminar. La caminata es la mejor forma de ir más lento.

Generalmente caminamos rápido para llegar de un punto A a un punto B. Llevamos un objetivo en mente y lo hacemos lo más rápido posible, para ser eficientes. Pero por ello, no percibimos los estímulos que llegan a nuestra conciencia y el tiempo vuela. Pero caminar no es un deporte. Filósofos como Nietzsche, Rimbaud, Kant, Rousseau y Thoreau, así como científicos como Einstein, tuvieron sus mejores ideas caminando lentamente. Nietzsche decía “no creas en ninguna idea que no haya nacido al aire libre y en libre movimiento”.

© Ana S. Chao

Hay una dimensión metafísica en que la velocidad nos hace saltarnos muchas preguntas de la vida que a veces no queremos responder: ¿Soy un buen padre?, ¿estoy educando bien a mis hijos?, ¿estoy haciendo de mi vida lo que siempre quise? Pero la lentitud y el caminar en la naturaleza o en la ciudad nos genera preguntas sobre la eternidad, la soledad y el tiempo basadas en cosas muy sencillas como una nube, una flor, niños jugando en el parque o los insectos y animales. Una caminata diaria y lenta es la mejor forma de llenar nuestro cerebro con nuevos estímulos, ideas y soluciones para tener una perspectiva del tiempo más lenta en nuestra vida.

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En el 2001, Harry R. Lewis, decano de Harvard College, escribió una carta para los alumnos de nuevo ingreso titulada “Baja la velocidad, obtén más de Harvard haciendo menos”. Aunque la misiva estaba dedicada originalmente a los estudiantes, sus consejos son tan valiosos que le han dado la vuelta al mundo. Leamos un fragmento:

“No ignores tu salud, física y emocional. Es característico de los estudiantes confundir una enorme cantidad de energía y la capacidad extraordinaria de sus esfuerzos con algo más como la inmortalidad. Tu mente y tu cuerpo darán de sí si no te relajas, ejercitas, comes bien y, sobre todo, duermes. Date un descanso –toma unas cuantas horas solo para ir a algún evento deportivo, ver una película, ir a una producción teatral o a un concierto de rock. Siéntate al aire libre y lee una novela, ve a algún lugar espiritual, encuentra un lugar tranquilo fuera de la universidad, donde puedas estar solo con tus pensamientos… Nada de esto te va a lastimar y puede que ayude mucho con tu rendimiento académico”.

Pero Lewis no fue el único que apoyaba ir más lento. La primera presidenta de Harvard, Drew Faust (2007-2018), citada en la revista Forbes como una de las mujeres más poderosas del mundo, también dijo: “Vemos algo nuevo cuando bajamos la velocidad para observar y reflexionar”.

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En 1999, Geir Berthelsen, junto con un grupo organizado de expertos, fundó en Noruega el Instituto Mundial de la Lentitud. Por más de 20 años, Geir ha ayudado a corporaciones a cambiar la manera de entrenar a sus empleados, resolver problemas y transformar la idea de calidad por cantidad. Geir dice que “la gente se está dando cuenta de que no somos ratas y la vida no es una competencia”. También disfruta demostrar que los mejores pensamientos usualmente surgen de caminar “en el carril de baja velocidad”, como los filósofos.

Por último, vale la pena recordar los 10 consejos del Instituto Mundial de la Lentitud para ir más despacio en nuestra vida:

No te apresures. Si tienes que hacerlo, entonces hazlo ¡pero lentamente! Acelerar algo siempre lo hace menos productiva y los resultados serán inferiores. Date tiempo para hacer cada una de tus tareas y tomate tu tiempo para enfocarte en cada una al 100%.

No hagas múltiples tareas al mismo tiempo. Es una mala manera de hacerlo casi todo. Haz una cosa a la vez y hazla bien, se realista en cuanto tiempo te llevara y date el tiempo suficiente para hacer cada una. Desacelera, tomate tu tiempo y enfócate en cada una al 100%.

No hagas nada. Sueña despierto. Separa tiempo durante el día para no hacer nada, deja que tu mente se desacelere y se dirija a donde quiera.

Balancea tu vida y tu trabajo. Múltiples estudios demuestran que entre más tiempo y más esfuerzo pones en tu trabajo te vuelves menos productivo. Ponte a ti mismo límites de horarios para dejar trabajar y comenzarte a relajar. Sigue tus propios lineamientos y no revises nada de trabajo en las noches o fines de semana.

Procura un sueño de buena calidad. Es vital para desacelerar el cerebro y dejarlo descansar. Asegúrate de dormir 8 horas cada noche y toma siestas cuando lo necesites.

No abarrotes tu calendario. No sobresatures tu calendario con juntas y eventos. Da suficiente tiempo, antes y después del evento, para reflexionar sobre el mismo. No te apresures entre junta y junta. No tiene nada de malo un calendario vacío, disfruta la libertad que eso te da.

Desconéctate. Haz tiempo para ti. Toma control de tu teléfono celular. No seas esclavo de los mensajes de otras personas. Apágalo y guárdalo para que no tengas la tentación de estar viéndolo todo el tiempo. Disfruta esos momentos contigo mismo.

Llega temprano a donde vayas. Siempre planea llegar con 10 minutos de anticipación. Te vas a sorprender de lo tranquilo que estarás. Disfruta del tiempo extra que tengas al llegar y úsalo para desacelerar el tiempo.

Desacelera el tiempo. Ve a caminar, siéntate en un parque, apaga los aparatos electrónicos y solo siéntate a pensar.

Regala tu tiempo. El mejor regalo que le puedes dar a alguien es tu tiempo. Da tiempo de calidad a tus amigos y familia.

© Ana S. Chao

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