En junio de 2006 visité Tuxpan. Tenía tres décadas de no volver al paraíso terrenal de mi infancia, adolescencia y temprana juventud. La doctora Lilia Granillo Vázquez, docente en la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco, les comentó a las autoridades del puerto mi trayectoria académica y el rescate de escritoras rezagadas que llevaba a cabo. Poco después recibí una invitación y me trasladé con Casey y Emiliano —mi esposo e hijo— a Tuxpan. Nos hospedaron en el Hotel May Palace, y así, el 17 de junio me agasajaron en mi patria chica.

            En un memorable acto, en nombre del Ayuntamiento Constitucional de Tuxpan, Veracruz, y de la comunidad, me distinguieron en el marco de la Feria Nacional del Libro y la Cultura. Dice el reconocimiento: “A la doctora Patricia Rosas Lopategui, destacada tuxpeña y ejemplo para las nuevas generaciones en el campo de las letras, donde ha trascendido internacionalmente con sus brillantes aportaciones en la filosofía y la literatura, poniendo el nombre de Tuxpan en las colosales cumbres del pensamiento universal”. ¡Pocas veces en mi vida me he sentido tan honrada y feliz!

            Después nos brindaron una deliciosa comida. Hacía años que no me deleitaba con las mojarras, las enchiladas de semilla de pipián y los camarones de Tamiahua. ¡Qué maravilla! Me acompañaron mi hermana Norma con su familia, y un sinfín de tíos, tías, primos y primas, que no veía desde años atrás.

            Al día siguiente, Casey, Emiliano y yo atravesamos el río en una lancha para visitar el Museo de la Amistad México-Cuba, en Santiago de la Peña. Ahí viajamos al pasado a través de las imágenes de Fidel Castro, el Che Guevara, y los intrépidos guerrilleros que salieron de Tuxpan el 25 de noviembre de 1956, en el famoso Granma a reconquistar su patria.

            Temprano por la tarde, recorrimos el parque “Reforma”, en donde nos agasajaron los framboyanes con sus espectaculares flores en llamas. Posteriormente nos dirigimos al mar. Tomamos agua de coco y, desde la orilla de la playa, vimos entristecidos una enorme planta termoeléctrica —¡a base de combustóleo, el mayor contaminante de los derivados del petróleo!— con tres chimeneas de unos 30 metros de diámetro y 150 de altura. Todo iba bien hasta que nos encontramos con esas fumarolas de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), que devoraban con su humo negro el devenir de la naturaleza.¿Qué hacían ahí? ¡No formaban parte de mi infancia! ¡Odié el progreso asesino! 

            Cuando empezaba a ponerse el sol, regresamos a la ciudad. Caminamos por el malecón iluminado y respiramos el viento llevado por el río. Me dolió saber que esas luces existían gracias al monstruo que destruía la pureza del medio ambiente. Recordé Giant (1956), o Gigante, el filme de George Stevens, con Elizabeth Taylor, Rock Hudson y James Dean.

            Al cuarto día de nuestro arribo, rentamos un taxi y nos trasladamos a Poza Rica. Quería ver la casa de mi infancia. Ahí estaba, maltrecha y despintada. Sólo la vi por fuera. No quise tocar la puerta ni ver a sus habitantes. Deseaba guardarla en mi memoria de niña. Casey le tomó unas fotos y otras a mí cerca de ella. Fuimos a Papantla. En la zona arqueológica del Tajín aplaudimos a los voladores totonacas. Recuerdo que al término de su osada presentación, la gente empezó a diseminarse sin darles un solo centavo, ¡a ellos, que mantienen vivo nuestro pasado prehispánico! Enfurecida, empecé a seguirlos y a arengarlos: “¡Cómo es posible que no les den una contribución? ¿Qué ustedes no saben que son artistas y no reciben un sueldo del miserable gobierno?” Algunos me obedecieron y sacaron sus monedas; pero la mayoría me tiró a locas. Después nos acercamos a los danzantes prodigiosos y platicamos con los que hablaban un poco de español. Serios y estoicos, sus rostros revelaban la desconfianza acumulada por siglos de despojos, segregación e injusticias. Casey les compró a sus acompañantes toda la vainilla que cargaban en sus morrales, en botellitas de plástico y en vainas que formaban diferentes figuritas, ya un alacrán, una cruz o una flor… Se reían incrédulos de haber acabado la venta del día.

            Enseguida nos dirigimos al mercado. ¡Qué espectáculo! ¡Qué olores! ¡Qué colorido se desprendía de sus frutas, verduras, semillas, faldas, blusas, sombreros y demás enseres…! Visitamos una feria o una exposición artesanal y me compré una blusa blanca; sus flores rojas resaltaban entre sus hojas verdes, bordadas con chaquira en la parte superior. ¡Preciosa! Aún la conservo como uno de mis grandes tesoros.

            Llenos de vivencias y de compras, el taxista nos devolvió a Tuxpan. Pocos días más tarde, emprendimos el regreso a Estados Unidos.

            Ahora, al recordar 15 años después aquel viaje, me entero del asesinato que han seguido perpetrando en contra de mi paraíso terrenal. Descubro que ha habido una serie de alcaldes que han destruido paulatinamente el edén que fue Tuxpan. Los framboyanes que embellecían al puerto y le proporcionaban un aire legendario, han desaparecido. Los gobernantes depredadores lo vaciaron de sus flores en llamas y sus resplandecientes hojas verdes. El bulevar “Jesús Reyes Heroles” y el parque “Reforma” son ahora una plancha gris, carentes de vida y sin pasado. Apenas he podido conseguir la imagen de un framboyán sobreviviente.


            ¿Dónde han sepultado el sonido y la frescura del Río Tuxpan de Manuel Maples Arce?

XVI
Soneto

Evocando del tiempo en la distancia
el río de mi edad amanecida,
aspiro el alto don de su fragancia
y proclamo mi pasmo ante la vida.

Como en un espejismo de mi infancia,
miro el confín. El alma, desasida
del mundo y de su ansia,
tiene un leve temblor de despedida.

Volveré a tus riberas, claro río,
a retemplar mi espíritu en tu brío,
antes de andar la última jornada.

Al ocaso arderán las viejas fraguas
del sol, mientras tus aguas
corren hacia la mar y hacia la nada.


Heráclito proclamó: “No nos bañamos dos veces en las aguas de un mismo río, ni siquiera una sola vez”. Todo se encuentra en constante transformación. Pero ese cambio incensante del que nos habla el filósofo griego y el poeta papanteco-tuxpeño, no debe ser carnicero ni nocivo, sino lo opuesto, debe conllevar a la luz del avance, al florecimiento de la cultura y de la civilización, a la búsqueda existencial que alumbre, y no al retroceso y la extinción.

            Sé que han eliminado las refresquerías del centro del parque “Reforma” y las han encajonado por un lado. Sus mesas y sillas de piedra portan símbolos prehispánicos, pero de la cultura del estado de México y no de la huasteca. Colocaron una inmensa fuente y se terminó con el parque tradicional. Ahora el bulevar se ha pavimentado con asfalto,con chapapote, cuando por casi 60 años estuvo con pavimento hidráulico. Esto generó la crítica de toda la comunidad. Pero nadie hace nada y el Tuxpan de mi infancia, que nunca se debió perder, continúa desapareciendo ante los ojos impávidos de sus habitantes.

            Pienso: “Por encementar la ciudad, se está acabando con su naturaleza, con su sello particular. ¡Cualquier desarrollo debe ser sustentable, no depredador!” Alguien me comentó: “En el día, con 42 grados de temperatura, no hay un solo árbol donde protegerse en toda la ciudad”. Se autorizan decenas de nuevas unidades habitacionales sin incorporar las áreas verdes  reglamentarias; es decir, no se proponen parques arbolados. Todo eso debido a los sobornos que reciben las autoridades.

            Desde hace varias décadas, los alcaldes han hablado del desarrollo de Tuxpan como un discurso meramente demagógico, y se han dedicado a subastar la llamada “modernización”. ¿Quien da más por torcer la ley? Se trata de un negocio redondo: ¡los dueños de las unidades habitacionales y los ayuntamientos son cómplices de ecosidio!

            El paraíso natural de Tuxpan se puede perder. La industria invade la ciudad; no se respeta el uso del suelo, o más bien, los alcaldes lo venden como si estuvieran en el mercado de “La Lagunilla” capitalina. Recuerdo a Julián, el vendedor de cabezas en Benito Fernández, la obra de teatro de Elena Garro. En ella, la dramaturga realiza un análisis cáustico sobre el racismo, la discriminación y el materialismo que desembocan en el fin apocalíptico de México. “Julián —pienso— como los gobernantes de mi terruño, siguen vendiendo cabezas en ‘La Lagunilla’ tuxpeña”.

Los delfines ya no saltan en el río

            El ecosistema en el llamado “Puerto de los bellos atardeceres” se encuentra en peligro; el río muere lentamente; así lo denunció la Facultad de Biología de la Universidad Veracruzana. Ya no entran los delfines o las toninas, ni muchas otras especies, porque al agua del río le falta oxígeno por contaminantes que se desprenden de Tuxpan y su cuenca. Hay degradación ambiental en lugar de desarrollo; hay decadencia urbana, en lugar de crecimiento ordenado; hay disminución de la calidad de vida, en lugar de un desarrollo humanístico. Tuxpan no se puede perder por los negocios avariciosos de sus alcaldes. ¡Alguien tiene que poner un alto! ¡La arquitectura tradicional, la huella de la huasteca, ha sido sustituida por cajones de cemento!

            ¿Por qué arrasar contra lo que nos da vida? ¿Por qué tratar de vivir bajo el signo de la “modernidad y el progreso”, que en muchas ocasiones significa la muerte?

            Mi casa de la infancia se encuentra reacondicionada. Ya no es la misma. Su estado original ha sufrido alteraciones, pero por lo menos no la han derruido. La estructura básica más o menos ha sobrevivido. Me dio gusto verla en una imagen de google maps. ¡Mi profundo agradecimiento a quienes la conserven y le den vida a un pasado glorioso! ¡Mi antigua casa representa un símbolo del Poza Rica de 1957!

            Desde aquel verano de 2006 no he vuelto a mi patria chica. Si las cosas siguen igual, o peor, creo que ya sólo la veré en mi imaginación. ¡Ojalá que los alcaldes planten nuevamente framboyanes, detengan la contaminación y el derrumbe del puerto. Es urgente que se transformen en auténticos tuxpeños y revivan su magia prístina! Todos sus paisanos se los agradeceremos y entonces regresaré feliz a mi lugar mítico, transformado en presente eterno, hecho realidad, el que guarda mis primeros 22 años de vida.

            ¡Las ciudades deben mantener su gallardía para siempre; forman parte no sólo del ecosistema, sino de la memoria histórica y humana. ¡No son presas de la avaricia!

            Como dijo Elena Garro después de 20 años de vivir en el exilio: “No he perdido a México; México lo lleva uno dentro”. Y yo, aunque no vivo físicamente en mi paraíso terrenal, Tuxpan vive en mí! 


Nota:

Maples Arce, Manuel. “XVI. Soneto”, en A la orilla de este río. Xalapa: Universidad Veracruzana, 2010, p. 173.

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Nació en Tuxpan, Veracruz (1954). Actualmente es profesora de literatura y cultura mexicanas en Chicana y Chicano Studies (CCS), en la Universidad de Nuevo México. Ha publicado la biografía de Elena Garro en tres volúmenes: Yo sólo soy memoria. Biografía visual de Elena Garro (Ediciones Castillo, 1999); Testimonios sobre Elena Garro. Biografía exclusiva y autorizada de Elena Garro (Ediciones Castillo, 2002) y El asesinato de Elena Garro. Periodismo a través de una perspectiva biográfica (Editorial Porrúa, 2005). Compiladora y autora del volumen: Yo quiero que haya mundo... Elena Garro 50 años de dramaturgia (Editorial Porrúa, 2008); coordinadora y autora de la Introducción del volumen: Elena Garro. Obras reunidas II. Teatro (Fondo de Cultura Económica, 2009); coordinadora y autora de la Advertencia del volumen Elena Garro. Obras reunidas III. Novelas (Fondo de Cultura Económica, 2010). Asimismo compiladora y autora de dos antologías: Transgresión femenina. Estudios sobre quince escritoras mexicanas (1900-1946) (Floricanto Press, California, 2010) y de Óyeme con los ojos. De Sor Juana al siglo XXI. 21 escritoras mexicanas revolucionarias (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2010, 2 vols.). Como parte de su labor para recuperar a escritoras mexicanas rezagadas ha publicado Nahui Olin: sin principio ni fin: Vida, obra y varia invención en donde se reúne la obra poética de Carmen Mondragón (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2011), y las Obras completas de Guadalupe Dueñas que contiene los trabajos publicados y los inéditos de la autora jaliscience (Fondo de Cultura Económica, 2017). Hace cinco años publicó la 2a. edición aumentada de El asesinato de Elena Garro. Periodismo a través de una perspectiva biográfica, un significativo volumen de 1090 páginas, con un acervo fotográfico de 100 imágenes que recogen el periodismo de Elena Garro (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2014). Y para celebrar el centenario del nacimiento de Elena Garro (1916-2016) dio a conocer su poesía inédita en el volumen titulado Cristales de tiempo. Poemas inéditos de Elena Garro (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2016). Dos años más tarde, La Moderna, editorial con sede en Mérida, Extremadura, publicó el poemario de Elena Garro en España. Su más reciente publicación es Diálogos con Elena Garro. Entrevistas y otros textos (Gedisa, 2020, 2 volúmenes).

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