¿Por qué debemos de insistir hoy, 8 de marzo de 2022, Día Internacional de la Mujer, en un tema tan arcaico como la violencia de género? Es una pregunta retórica cuya respuesta la encontramos en las noticias diarias que reportan acosos, violaciones y feminicidios, esas constantes agresiones padecidas por todas las mujeres, no importa su edad, clase social, orientación sexual e identidad de género. Esta “pandemia” persiste en el mundo entero, pero México se ha convertido en uno de sus hábitats predilectos. Los valores de las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam) de la sociedad patriarcal han permitido, a lo largo de los siglos, el reino de la impunidad.

            Elena Garro (1916-1998) vivió la violencia de género en carne propia en manos de su esposo, el poeta Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura 1990.1 También padeció el descrédito y las vejaciones del falocentrismo mexicano desde los años 40, cuando empezó a producir y publicar su obra.

            Por ello, la escritora sabía de lo que hablaba al registrar la misoginia, la invisibilización y las embestidas físicas, verbales y psicológicas de los cuerpos femeninos, tanto en su periodismo, como en su poesía, sus piezas teatrales y en su narrativa.

            Desde 1941, Elena Garro se convirtió en una pionera al revelar la desigualdad de género y las atrocidades cometidas en contra de las niñas y jóvenes en su reportaje “Mujeres perdidas”.2 Más tarde, en la segunda mitad de los años 50, construyó dos obras fundamentales para comprender cómo los preceptos de los pueblos originarios y cristiano-católicos arraigados en la ideología mexicana, provocan la violencia de género y los feminicidios. En Los perros El rastro la dramaturga realiza un espectro espeluznante y, lo creamos o no, la realidad sigue superando al arte.

            En El rastro (1957), Adrián, un joven de 23 años, llega a su jacal alcoholizado para darse valor y asesinar a su esposa Delfina, una chica de 20 años, embarazada del hijo de ambos. Adrián la mata a puñaladas porque la culpa de la pérdida de su virilidad. Al enamorarse, ha quedado despojado de sus actitudes machistas (control, estoicismo, promiscuidad, torre de marfil) y ahora la sociedad patriarcal lo percibe como un títere de su cónyuge. Por eso, Adrián le dice a Delfina antes de acuchillarla:


¡Cállate! Perra sarnosa enemiga del hombre. No quiero oír repicar al tamborcillo de tu voz. Las palabras que te di, ya no son mis palabras. Y las tuyas no quiero oírlas. Estoy maldito por haberme enredado en tu lengua y en tu falda. Cuando la mujer habla y el hombre escucha, el hombre muere. Por eso vas a morir tú, para que yo me vaya a cantar con mis amigos.3


Se trata de una pieza en la que podemos dilucidar algunos rasgos biográficos, ya que la autora se llamaba Elena Delfina y tenía 20 años cuando se casó con Octavio Paz, de 23. Recordemos que hay diferentes formas de “asesinar”; Paz no queda libre de culpa ante su conducta machista, pues obstaculizó la producción de la obra de su esposa e instigó su descalificación hasta los últimos años de su existencia.4 

            En el mismo periodo en el que escribió El rastro, Elena Garro armó el poema “El llano de huizaches”, donde pone sobre la mesa el tema de la opresión femenina bajo el yugo machista. El descuartizamiento del cuerpo de la mujer puede verse desde diferentes ópticas: la invisibilización, la violencia sexual, la crueldad psicológica, el abuso verbal, y así hasta arribar al feminicidio. He aquí un segmento:


El llano de huizaches

¡Elena!
Oigo mi nombre, me busco.
¿Sólo esta oreja queda?
¿Ésta que oye mi nombre en un llano de huizaches?
¿Mi nombre, gritado así, a los cuatro vientos,
de noche, en el llano de la muerte?

¡Elena!
Es raro que descuartizados
mis miembros avancen por el llano de huizaches.
El nombre ya no los une ni los nombra.
Es raro que sigan avanzando
y que en el centro esté la boca del vacío.
Ahora los llama mi nombre:
¡Ven aquí, nariz de Elena!
¡Ven aquí, brazo de Elena!
Sólo la bacinica sigue firme cubriendo la cabeza
que sonámbula rueda en el valle de huizaches.
¿Hay todavía un puntapié sobrante?
¿Ya nadie llega a jugar a la pelota?
¿Nadie olvidó un buen escupitazo de colmillo
para la cabeza que rueda entre huizaches?

¡Elena!
Los llama mi nombre:
¡Vengan aquí, mano pierna pescuezo!
Hace años que bailan separados
en la tierra de los escupitajos.
¿Hay alguien que guarde todavía un gargajo
para ese ojo cerrado a gargajazos?

¡Elena!
La voz viene del centro profundo de mi ombligo.
Hay quien vive adentro del ombligo y que me llama.
La voz corre para atrapar los pies que corren
entre huizaches
y las manos que bailan el baile loco de los dedos locos
sin pizarra, sin lápiz, sin niño, sin amante.
Me busco. Me encuentro.
Colgado de una rama seca está uno de mis labios.
Y ahora por allí corre la lengua
que recitaba las lecciones del colegio:
Rosa rosae…
¿Qué hará allí, tan lejos del pizarrón,
tirada en el valle de huizaches?

¡Elena!
Me busco. Me encuentro.
Nadie levanta la bacinica que cubre paisajes,
pájaros vistos en deslumbrantes copas,
el pico de la estrella de la cual colgaba yo
y las sílabas de mi nombre meciéndome hacia un pasado
y un futuro los dos de oro
antes de estar aquí, gritándote a ti mismo
en los huizaches.
Tampoco hay que mirar por el agujero de la aorta.
¡Señores, un mecate para ligarlo bien!,
para que nunca más se llegue al centro de ese corazón
que yace luna roja caída en el llano de huizaches.
¿Les gustará a las damas y a los caballeros
tumbado, iluminando de rojo a los huizaches
en el valle en el que rueda mi ombligo
como antes rodaron las canicas llamándome?
¡Clic! ¡Clic! ¡Clic!

(…)

¡Elena!
Te digo que me busco, que me encuentro.
Espera hasta que llegue al pozo negro la última de las uñas.
¡Es largo el llano de huizaches!
¡Es ancho el llano de huizaches!
¡Se tarda uno siglos en cruzarlo! 5


En esta composición, la autora coloca a la voz lírica, que se llama “Elena”, en un llano poblado de huizaches. Ese espacio imaginario representa a la sociedad patriarcal. Los huizaches son unos arbustos que tienen unas espinas largas y duras, prácticamente imposibles de romper, con una punta sumamente filosa. Son la defensa de la planta.

            En ese llano poblado de huizaches se encuentra “Elena”, desmembrada, descuartizada, dislocada; todos sus miembros están separados de su complexión. Lo único que aún permanece unido es su nombre, “Elena”, quien la busca y la llama para que vuelva a reintegrarse; a ser la que fue.

            Nótese que la poeta marca un antes y un después del himeneo. Antes de casarse con Octavio Paz, “Elena”, la voz hablante, asistía a la universidad, estaba ante la pizarra y poseía un lápiz, como símbolos del aprendizaje; ahora, atrapada en el matrimonio con un hombre machista, su vida se encuentra despojada de dichos elementos y vive sin niño, alusión figurativa de la inocencia creadora, y sin amante, es decir sin amor. Las imágenes surrealistas describen a uno de sus labios colgado de una rama seca, mientras que su lengua corre por el llano de huizaches. La lengua, sin boca, sin casa, sin identidad, aparece desposeída de voz; no puede expresar sus ideas.

            La figura del cuerpo femenino fracturado nos remite al mito de Coyolxhauqui, encarnado en el monolito que yace en el Museo del Templo Mayor, en la Ciudad de México. Coyolxhauqui, la hermana de Huitzilopochtli, el dios de la guerra en la cosmovisión azteca, representa a la mujer que confrontó la autocracia masculina y fue castigada con el desmembramiento, convertida en la Luna y su hermano en el Sol, para vencerla al alba todos los días.

            Elena Garro, sin duda alguna, recrea ese mito para revelar la condición de la mujer en la historia y la cultura mexicanas a lo largo de los siglos.

            Se trata de un poema que refleja al mismo tiempo el legado prehispánico y los movimientos vanguardistas del siglo XX. Esta composición nace en el inconsciente, repleta de metáforas e imágenes oníricas.    

            En ese espacio lleno de espinas, paradigma de la sociedad patriarcal, los hombres dañan a “Elena”, la punzan, la desgarran, la escupen y juegan con su cabeza a la pelota. La cabeza, que en todo ser humano encarna la aventura y los descubrimientos, ahí, en ese sitio, la cabeza de la mujer se vandaliza.

            El descuartizamiento alcanza su máxima expresión cuando la voz lírica indica que hasta las uñas están separadas de los dedos de las manos. Y “Elena”, la voz hablante, concluye exclamando que es largo y ancho el llano de huizaches, y que se tarda uno siglos en cruzarlo.

            No obstante, Elena Garro, al hacer este retrato de la sociedad falocéntrica, ya ha dado un paso adelante para destronar el poderío patriarcal. Su poema irreverente nos invita a unir fuerzas para eliminar el yugo masculino de nuestras vidas.

            La contienda no ha concluido, por eso las mujeres seguimos luchando hasta que derribemos los valores que nos deshumanizan. “Vamos unidas” con Elena Garro.


Notas

  • 1 Véase https://piedepagina.mx/la-respuesta-de-elena-garro-a-las-cartas-de-octavio-paz/
  • 2 Véase en Rosas Lopátegui, Patricia. El asesinato de Elena Garro. Periodismo a través de una perspectiva biográfica. 2a edición aumentada. Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 2014, pp. 74-98.
  • 3 Garro, Elena. El rastro, en Teatro. Obras reunidas II. “Introducción” de Patricia Rosas Lopátegui. México: Fondo de Cultura Económica, 2009, p. 252.
  • 4 Véase la entrevista “Las ‘realidades’ de Elena Garro” de Alejandro González y las aclaraciones de Octavio Paz, en Rosas Lopátegui, Patricia. Diálogos con Elena Garro. Entrevistas y otros textos. México: Gedisa, 2020, vol. 2, pp. 1155-1162.
  • 5 Garro, Elena. “El llano de huizaches”, en Cristales de tiempo. Poemas. “Edición, estudio preliminar y notas” de Patricia Rosas Lopátegui. La Moderna: Cáceres, España, 2018, pp. 112-114.
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