Durante el aislamiento social de la pandemia del COVID-19 he recordado a un grupo de japoneses que se aíslan de la sociedad y, en el transcurso de algunos días de este largo confinamiento, he alcanzado a vislumbrar apenas lo que viven y lo que sienten. Esto es sólo la punta del iceberg para nosotros. Los hikikomoris se encierran durante meses, años o décadas, hasta que llegan a perder la noción del significado de la vida y de su propia humanidad. Llevan décadas llevando una existencia solitaria y silenciosa, ocupando una habitación en la casa de sus padres o en pequeños departamentos, en algún rincón de algún pueblo, aunque la gran mayoría habita en la gran metrópoli de Tokio, entre sus más de 37 millones de habitantes. Los hikkis, como se les conoce en Japón, son producto de los grandes avances tecnológicos (High-tech), del Oriente asiático, y su aterrador estilo de vida se ha expandido a otras partes del planeta.

La cuestión del aislamiento, o confinamiento voluntario, nos remite de inmediato a los anacoretas, a los ermitaños y a los ascetas, todos ellos, místicos que, durante varias épocas de la historia, se apartaban para dedicarse a la contemplación, a la oración, a la penitencia, al sacrificio y a la búsqueda de la perfección moral y espiritual. ¿Son los hikikomoris anacoretas posmodernos? De ninguna manera, los hikkis son esquizoides ermitaños que se aíslan por motivos extraños y perturbadores. Muchos de ellos viven en medio de las multitudes, pero no pertenecen a ellas, viven en el mundo pero no se relacionan con él. Son una forma de outsiders de la vida moderna y forman parte de la galería de seres que la sociedad históricamente ha rechazado (los sin techo, los junkies, loslocos, los deformes, etc.).

La palabra hikikomori significa: «atrincherarse». El que se atrinchera se defiende, se resguarda, se oculta, se abriga, se cubre, se protege. ¿De qué se defienden, resguardan, ocultan, abrigan, cubren y protegen estos individuos que viven como Robinsons urbanos en el Japón y en otras partes del mundo?

El gran novelista del género literario de ciencia ficción, Isaac Asimov, ya había presagiado en su novela, El sol desnudo (1957), un mundo distópico llamado Solaria, habitado por los solarianos que se habían convertido casi en autistas, y por robots que vivían aislados y que sólo se comunicaban entre sí a través de medios electrónicos. Desde el punto de vista de Asimov, esta sociedad confinada, a corto plazo, caería en decadencia y, a largo plazo terminaría, irremediablemente, por desaparecer. 

La primera vez que escuché hablar del término hikikomori fue en 2012, cuando leí un artículo que publicó mi amigo y maestro, el periodista, poeta y librero mexicano, Agustín Jiménez, en la emblemática revista cultural, Replicante.

Son más de un millón y medio los que viven bajo esta condición de aislamiento extremo en el Japón. Aunque una gran parte de ellos son jóvenes (de entre trece y veinticinco años), los hay cada vez mayores de cuarenta y, debido al tiempo que este fenómeno lleva ocurriendo en la sociedad, algunos rondan ya los sesenta.  

Todo comienza con un profundo desacuerdo con el mundo. Primero, por algún motivo, se aíslan. Después, transcurre el tiempo (para los expertos japoneses, después de seis meses de aislamiento, una persona se convierte en un hikikomori), el asunto se les sale de las manos y terminan totalmente confinados y con un problema mental (aunque ellos prefieren pensar que se trata de una condición social). Cuando se dan cuenta se han hecho, ellos mismos, cómplices de su propia disolución. Vegetan en un mundo silencioso y poblado de fantasmas que cohabitan con ellos en las realidades virtuales que han creado. Se comunican con otras personas únicamente a través de chats y viven y sienten a través de personajes de videojuegos, a los que suelen ser adictos. Miran películas en sus computadoras. Escuchan música con las aplicaciones disponibles en la red. Leen historietas de las llamadas mangas. Practican, si es que lo hacen, sexo virtual. Surfean anárquicamente de un sitio a otro de Internet. Duermen de día y viven de noche. Duermen demasiado, demasiado poco o casi nada. Ordenan alimentos por Internet (tienen todo a la distancia de unos cuantos clicks en el teclado de su computadora). Pierden el sentido del tiempo, del espacio, de la realidad. Despiertan cansados por los desvelos o de tanto dormir. Viven subyugados por la desgana, por la más aterradora apatía. Rara vez salen y, cuando lo hacen, evitan lo más que pueden el contacto social. Caminan por las calles, se confunden con las aglomeraciones y, después, se parapetan otra vez en sus bunkers: sus habitaciones con sus camas y escritorios, computadoras, webcams, micrófonos, consolas de video juegos y audífonos. Han perdido el interés por el mundo exterior y su mundo interior es tan solitario que resulta desolador.

Les gustan sus habitaciones. Hacen de ellas una extensión de ellos mismos; de sus vacías, insociables formas de vida, a las que no llegan a acostumbrarse, sino a preferir sobre cualquier otra forma de existencia. Volviendo a la analogía con la novela de Daniel Dafoe, Robinson Crusoe, los hikkis no son Robinsons sin islas (como los sin techo), sino Robinsons que habitan en islas virtuales. Los viajes, los paseos entre la naturaleza, las reuniones entre amigos, las comidas en restaurantes y las conversaciones de sobremesa, no forman parte de sus actividades. Viven encerrados en cuatro paredes y sus ventanas son las pantallas de sus computadoras. A través de ellas se asoman al mundo y, al mismo tiempo se repliegan de él. Extraños voyeristas, miran el exterior sin ser vistos. Y sólo permiten que otros conozcan de ellos lo que les dejan ver.  

Algunos hikkis se han hecho también adictos a las pastillas para dormir, a los antidepresivos y a los ansiolíticos. El encierro prolongado les provoca estrés, angustia y depresión.

Los hikikomoris son seres frágiles, heridos y marginales. Hombres y mujeres que, en algún momento de sus vidas, sufrieron todo tipo de padecimientos. Víctimas de padres abusivos, hermanos o compañeros de escuela acosadores (bullys) que, un buen día, decidieron retirarse y vivir por su cuenta. Esquizoides, enfermos con trastornos obsesivo compulsivos o con cierto grado de autismo. Tímidos que, debido a su torpeza social, no encajan en el mundo que ellos consideran normal y, frente al cual, se ven anormales o fenómenos. Personas que atravesaron crisis existenciales y no tuvieron los recursos psicológicos para afrontarlas. Muchos de ellos, con mentes brillantes, gentes con una capacidad asombrosa para comprender y manipular las abstracciones del universo tecnológico. En definitiva, dioses digitales, como les llama Agustín Jiménez, en su brillante artículo.

Hechos trizas, incapaces de cumplir con las exigencias de perfección que demandan sociedades como la japonesa,  abandonan la escuela o el trabajo (una minoría opta por el teletrabajo) y empiezan a vagabundear por el Internet. Los padres o familiares de muchos hikkis, preocupados por el contexto en el que viven y por sus quebradizas condiciones mentales, financian sus nocivos estilos de vida.

Los hikkis utilizan Internet para protegerse de un mundo que consideran hostil. Como una forma de alivio psíquico, la mayoría de ellos piensa frecuentemente en el suicidio. Sin intercambios afectivos reales y hundidos en depresiones profundas, muchos terminan por quitarse la vida.  

Albert Camus, el filósofo y Premio Nobel francés de literatura, en su inteligente ensayo titulado, El mito de Sísifo, escribió que no existe más que un problema filosófico verdaderamente serio, y ese es el suicidio. El asunto de  si vale la pena vivir la vida o no. A eso se resume todo lo demás. A la capacidad de los individuos por apreciar su propia vida. Una vida que, muchas veces, resulta insatisfactoria. En su texto, Camus utiliza el ejemplo del mítico personaje de Sísifo, que fue castigado por los dioses, y que estaba obligado a subir una enorme piedra a lo alto de una montaña y después bajarla, una y otra vez, sin descanso y sin fin. Según Camus, una vida así es un absurdo. Y en eso mismo se basa toda la filosofía de los pensadores de la corriente del existencialismo. Despertarse, bañarse, ir a trabajar, comer, subir al transporte público o conducir entre el tráfico, llegar a casa, dormir y empezar de nuevo (como Sísifo, cargar la piedra una y otra vez). Hasta que un día el individuo se despierta y decide cambiar el rumbo de su vida, preguntarse (filosofar) por qué hace todo lo que hace y cómo puede darle un sentido a su vida y ser feliz. En el caso de todos los seres humanos y, en especial, de los hikkis, lo anterior adquiere especial relevancia. Los hikkis han extraviado el sentido de la vida en sociedad y creen haberlo encontrado en la mentira de sus vidas virtuales. Pero en el fondo saben que no es verdad. 

Este problema social rebasa al gobierno nipón. Hay clínicas, psiquiatras y psicólogos especialistas en el tema. Hay hikkis que intentan rescatarse a sí mismos y asisten a los grupos de apoyo. Algunos, paulatinamente, comienzan a integrarse de nueva cuenta en la sociedad. Otros, temerosos de que el mundo no los acepte de vuelta, no lo consiguen nunca. Existe un periódico en Japón escrito por hikkis, para hikkis, que es leído sobre todo por aquellos que están en proceso de reinserción social. Las clínicas, los especialistas y los grupos de apoyo los ayudan a entender mejor su problema y a volver a crear vínculos con el exterior. El gobierno japonés no sólo reconoce que los hikkis representan un problema social de dimensiones importantes, sino un grave problema que afecta a la economía. Son poco productivos y cuestan dinero al estado y a sus familias.

Desafortunadamente, el asunto de la tecnología, las aplicaciones, los videojuegos y las redes sociales, nos atañe a todos. De alguna manera, todos nos hemos hecho cautivos de los nuevos medios y resulta evidente que el encierro físico y virtual afecta nuestras emociones. Los hikkis nos aterran porque son un reflejo de lo que podríamos llegar a convertirnos. De lo que estamos siendo o de lo que seremos, si continuamos cediendo más tiempo a los espacios virtuales que a los reales. A las computadoras que a las personas. Todos somos hikkis potenciales.

Ya lo dijo Albert Einstein: «Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado a nuestra humanidad».  

http://www.hikikomori-news.com/?cat=38

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Nació en la ciudad de México en 1971. Es tuxpeño por adopción. Sobrino-nieto de Enrique Rodríguez-Cano, durante su adolescencia, vivió en el puerto de Tuxpan, donde estudió parte de la secundaria y de la preparatoria, y donde también trabajó en los ranchos ganaderos, “Los Rodríguez” y “Los Higos”. Más adelante, estudió la licenciatura en administración, una maestría en administración pública y ciencias políticas y cursó, parcialmente, el doctorado en letras modernas. Tiene cursos y diplomados en economía, finanzas bursátiles, creación literaria y guion cinematográfico. Ha dividido su carrera profesional entre el sector bursátil, la literatura, la fotografía documental, la fotografía de retratos y la fotografía urbana, y la docencia. Entre 2005 y 2006 colaboró como promotor cultural en el gobierno municipal de Tuxpan. Ha publicado cinco novelas cortas y un libro de cuentos (con los pseudónimos Juan Saravia y Juan Rodríguez-Cano). Ha publicado más de treinta relatos cortos en diversas revistas especializadas y más de un centenar de artículos. Ha ganado diversos premios literarios, entre ellos, el «XIV Premio de Narrativa Tirant lo Blanc, 2014», del Orfeó Català de Mèxic. Su novela «Diario de un loco enfermo de cordura», publicada por Ediciones Felou, en 2003, recibió una crítica muy favorable por parte de la doctora Susana Arroyo-Furphy, de la Universidad de Queensland, Australia, y su novela «El tiempo suspendido» fue elogiada por la actriz mexicana, Diana Bracho. Su novela anterior y la novela «La sinfonía interior», publicada por Ediciones Scribere, en Alicante, fueron traducidas al francés y publicadas en Paris, Francia. Ha sido colaborador del diario Ruíz-Healy Times (México), El Diario de Galicia (España), Revista Praxis (Tuxpan, México), Diario Siglo XXI (Valencia, España), Revista Primera Página (México), El coloquio de los perros (Cartagena, España), Revista Nagari (España), Revue Traversees (Luxemburgo-Bélgica), y otros medios. Desde hace 11 años vive en Bélgica, donde es profesor de español (titular de la maestría, por parte del Departamento de Idiomas), orientado a estudiantes de ciencias políticas, ciencias de gestión y ciencias humanas, en la Universidad Católica de Lovaina.

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