Tú no hablas mi idioma. De hecho, creo que justamente has robado a mi lenguaje, toda su capacidad y que hoy estas palabras -que desconoces y a las que tu presencia ha rebasado por completo- son sólo constancia de desorientación y bitácora de extravío.

Yo no hablo tu idioma. De hecho, creo que careces de uno, pues no es el lenguaje tu vehículo ni tu intención -al parecer-, la de comunicar ideas a través de signos; significados a través de metáforas. Tampoco ha de ser lo tuyo la poesía. Lo tuyo es la existencia hecha acción descarnada, bárbara, salvaje.

Pero yo, como tantas y tantos de mi especie, hemos buscado en el lenguaje, la forma de adjudicarte un significado, un sentido o simplemente la posibilidad de describirte y de narrar la experiencia de tu presencia entre y dentro de nosotros.

Y en ello, tú que no buscas nada, haces de tu presencia la evidencia de la fragilidad de todos mis y nuestros sentidos: desde los supuestamente trascendentales hasta los vituperados como frívolos, desde los más inasibles hasta el más esencial que intenta afirmar el propósito de nuestra existencia.

Tú evidencias el despropósito y tu letalidad se lleva nuestro entendimiento consigo.
Porque yo he dejado de comprender. Escribo, sí. Opino acerca de ti. Leo un poco sobre cómo te investigan e intentan descifrarte. Te pienso, mucho. Converso menos
Tú no conversas. Tú te incubas. Tú no opinas. Tú te haces síntoma o te ocultas de forma asintomática. Y ninguno -yo al menos-, tenemos cómo hablarte, cómo nombrarte (covid-19 no es un nombre, por favor), cómo pensarte, cómo narrarte.

Y entonces, te llevas a alguien que quiero entre cientos o miles de desconocidos a quienes otros desconocidos aman.
Y yo quisiera decirte que al menos me gustaría conocer tus propósitos, tu declaración de principios, tus intenciones.

Y entonces, por el teléfono escucho tu estertor en la garganta de mi amigo y casi creo advertir tu voz detrás de su voz y en su asfixia, el discurso de tu superioridad y entre sofoco y sofoco, que eres indescriptible, que no es arrogancia, que no te mueve la rabia, que no trate de comprenderte, que la secuencia de tu genoma, hace mucho que superó al lenguaje, al de la matemática y al de la palabra y que no, que no hay nada que explicar.
Cuelgo luego de decirle que va estar bien. Que no olvide ponerse los aceites que le mandó mi novia.

Tú no te quedas con el pasmo entre los labios.
Tú no sabes lo que son unos labios. Por eso no te importa obligarnos a ocultar sus sonrisas, su deseo y su hambre y su sed, ahora detrás de tapabocas.

¿Sabes cuánto hemos escrito acerca de ti? ¿Sabes que eres una celebridad?
Ninguna de nuestras frivolidades hacen eco en ti, como ninguno de nuestros grandes motivos por preservar la vida, esta vida devastadora y cruel, pero que también solía regocijarse, reconocerse y hasta creer en su sentido, en simples y diminutos acontecimientos -no como tu irrupción, claro-; diminutos como reír a escasos centímetros de otra boca, como conversar al oído en un café barato, como bailar cuerpo a cuerpo, como codo a codo presenciar una obra de Teatro.

Y entonces, ya has arrancado a medio millón de personas a decenas de miles que les aman y has sembrado de miedo cada milímetro de nuestro pensamiento.
Y tú, que no piensas, que sólo accionas y minas todo referente, toda aspiración, toda evocación.

Y yo te escribo y quiero hablarte creyendo que alguna réplica propondrá una conversación entre tú y yo.

Pero yo no hablo tu idioma.

Y a ti no te interesa el lenguaje.

¿Has venido a dejarnos mudos? A evidenciar que eres absoluto, que has superado a cualquier idea de dios, que siendo igualmente invisible, eres capaz de supeditar toda la cotidianidad al ritmo de tu contagio

¿Quién eres, incontestable?
Yo me dedico al Teatro, ¿sabes? Es una costumbre extraña, una actividad casi inútil. Que consiste en algo infantil: tú te sientas de un lado y yo -solo o con alguien (que seríamos los actores)-, hacemos algo para que nos imaginemos juntos, tú y nosotros. Algo así. Sé que no lo entiendes, pero… -y no voy aquí a reclamarte que eso también nos has obligado a cerrarlo-… más bien, voy a invitarte:

Un Teatro imaginario.
En el que tú te imagines a ti mismo.
No necesitas lenguaje para esto. No necesitas saber hablar. Y de hecho, no hay ningún significado.
Sólo te imaginas a ti mismo.
Te verías invisible.
Te reconocerías visible solamente, en nuestros rostros llenos de miedo detrás de los cubrebocas y las pantallas plásticas.
Te reconocerías en el pánico de los ojos de la asfixia.
En el agotamiento.
En el pasmo. El shock. El azoro. El aturdimiento. La conmoción. El enmudecimiento.
En el dolor.
Y el anhelo detrás de los cubrebocas y las pantallas plásticas.
¿Hablarías entonces?
¿Cuál sería tu parlamento?

Soy cruel -quizá- Pero no hay maldad en mí -aclararías-. No tengo consciencia. Soy cruel. Soy una mutación de la naturaleza -poniéndote quizá académico, un poco a la izquierda – abajo del escenario-. Soy letal. No estoy vivo. Soy una consecuencia -respiras, ha cambiado tu estado de ánimo- Y no sé de qué y me gustaría saber de qué. Me miras: ¿Y tú?

¿Yo?

Me miras.
Ahí, desde los ojos de otro.

No hay oscuro.
No hay luces.
No hay Teatro.


Hoy sólo se imaginar.
Volver.
Cuidarnos.

La poesía sabrá qué decir.

Imagino

Y te hablo a ti, incontestable.

Ciudad de México, Junio, 2020. Semáforo Rojo.

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