—En la vida hay veces que toca elegir nuevos rumbos y nada mejor que irse a una playa, con un buen whisky y buena música, a decidir con calma qué quiere uno hacer, con quién, cómo y dónde.

Cuando en octubre de 2017, a causa del terremoto, el Gobierno de Oaxaca decidió cancelar la 14va edición del Festival Internacional Instrumenta, programado para noviembre, su director, Ignacio Toscano, se quedó sin proyecto.

No era la primera vez. Nacho había sido antes Jefe de actividades culturales de la Universidad Autónoma Metropolitana, Director de la Compañía Nacional de Danza, Gerente del Palacio de Bellas Artes; Subdirector y Director General del Instituto Nacional de Bellas Artes, y fundador/director del Festival Instrumenta, entre muchos otros cargos. Pero su relación con la política siempre fue ambivalente. Durante su gestión frente al INBA, no reparó en dejarle el puesto a Saúl Juárez cuando la titular de CONACULTA, Sari Bermúdez, se lo pidió. Siendo un hombre tan reconocido en su oficio, uno sólo puede imaginar que las razones de la funcionaria eran de tipo personal. De cualquier forma, Nacho era de los pocos promotores que amaban la cultura, no el poder.

Se fue unos días a su casa de Troncones, a media hora de Zihuatanejo, sacó un güisky Etiqueta Negra, escuchó las Gurrelieder de Arnold Schoenberg y esperó la inspiración:

—En mi siguiente etapa decidí que quería hacer música; la quería hacer con gente afín a mis ideas; por fuera de las instituciones; y en Oaxaca.

Alfredo Harp le aportó el capital semilla para el Festival Instrumenta Oaxaca, pero el Gobernador José Murat Casab se opuso a su proyecto “…por diferencias con Harp”. Luego intentó empezar en Puebla, con el apoyo del escritor Pedro Ángel Palou y el Gobernador Melquiades Morales, “…pero con Mario Marín ya no tuve apoyo”. De modo que se regresó a Oaxaca, con el patrocinio del Gobernador Ulises Ruiz, “quien siempre me trató muy bien”.

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Nacho vivió en esa ciudad de los 5 a los 13 años cuando su abuelo, Fortino Jarquín, era Tesorero del Estado. Su casa estaba en lo que ahora es el Hotel Sierra Azul, sobre la calle Miguel Hidalgo.

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Así comenzó una divertida plática en el Bar La Medida, en un segundo piso sobre el Andador Macedonio Alcalá. Siempre con camisa tipo polo, o saco verde o morado, si la ocasión era formal, me platicaba sus aventuras y desventuras como promotor cultural.

—Antes de organizar el Festival, le pregunté a los locales qué era lo que más creían que necesitaba Oaxaca —me explicó Nacho—. “Incentivos para la creación artística y el perfeccionamiento musical” —le respondieron—. Así que cada año llevábamos a los grandes maestros internacionales a dar conciertos y talleres. Hacíamos alrededor de 40 conciertos en dos semanas y nos metíamos hasta en los mercados.

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Nacho le dedicó el Festival a personalidades como Eduardo Mata, Alicia Urreta, Manuel Enríquez y José Antonio Alcaraz. Cada año se entregaba el Premio Internacional de Dirección de Orquesta Eduardo Mata y el Premio de Composición Rodolfo Halfter, los cuales llegaron a ser muy reconocidos. Pero cuando el Gobierno del Estado suspendió el apoyo para todos los proyectos artísticos de Oaxaca, a fines de 2017, este pilar de la cultura musical se vino abajo, y con él su fundador.

Después de varias semanas de incertidumbre, el 16 de enero de 2018 me escribió un mensaje:

—Me nombraron Secretario de Cultura del Estado.

—¡Muchas felicidades Nacho! —le contesté. Pero a los dos días me llegó otro:

—Soy el encargado del despacho.

Alguien había intervenido para detener su nombramiento. Para no perder ánimos, Nacho se lanzó otra vez a Troncones a pensar qué debía hacer. Ahí participó en la instalación de una escultura de Nicole Dugal, “la gran constructora de sueños” y mujer que dio identidad a ese destino turístico. La figura de “La Princesa Descalza”, como le llamaban los locales, fue obra de la pintora Carmen Parra y el escultor Crescencio Obregón. A la inauguración asistieron, además de Nacho, el ex-marido de Nicole, Emilio Cárdenas y los artistas. Además de revolucionar la escena musical de México, en sus ratos libres, Nacho se dedicaba a crear paraísos “para quienes tengan ojos y oídos”.

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Alérgico a la rigidez institucional, Nacho aprovechaba los fines de semana para ir a la Ciudad de México —en autobús, viajando de noche— y asistir a todos los eventos que pudiera en el ámbito musical y salsero. Lo acompañé a varios de ellos: un concierto de Joaquín Turina, Henry Purcel, Dvorak y Mozart con la English Chamber Orchestra en Bellas Artes; otro de George Gershwin y Johannes Brahms con la Filarmónica de la CDMX para la reapertura de la Sala Silvestre Revueltas; uno de Beethoven, Tchaikovsky y Javier Álvarez con la Orquesta de Cámara Amadeus de la Radio Polaca; la ópera El Juego de los Insectos, de Federico Ibarra, dirigida por Claudio Valdés Kuri; la presentación de Antrópolis de Gabriela Ortiz y Zoología Fantástica de Mason Bates con la Sinfónica Nacional de Carlos Miguel Prieto, entre otros.

Un sábado típico para él era así, cito un mensaje suyo del 16 de marzo de 2019:

Sábado Toscano:
6:00 Música y Lectura
9:00 Desayuno con el Colegio de Arquitectos. Sesión de trabajo para organizar la Bienal de Arquitectura de Oaxaca.
11:00 Zócalo, periódicos, zapatos.
12:00 Atender mi negocio (manda foto de un carrito de helados: “¡Mi empresa!”)
15:00 Comida con amigos
19:00 Concierto
21:00 Inauguración de un Bar.

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Por fin, un año después de la cancelación del Festival, el 22 de octubre de 2018, llegó su nombramiento; pero no como Secretario de Cultura. Su espíritu libre, una vez más, hacía corto circuito con el sistema. A pesar de sus grandes credenciales, pesaron más las de la ex-Coordinadora de Cultura del Ayuntamiento y dueña del Restaurante Catedral, especializada en bodas y banquetes, Adriana Aguilar Escobar. El Gobernador la eligió, “por su talento y su capacidad para poder sopesar esta nueva tarea” y para “consolidar un ambiente con empoderamiento de la mujer”. A Nacho lo hicieron director de un nuevo Centro Cultural, cuya factibilidad era hipotética.

Sin ningún reclamo, Nacho se abocó a su oficio. Convocó a concurso a los arquitectos que harían el Centro Cultural, nombrado después Álvaro Carrillo en alusión al teatro del arquitecto Abraham Zabludovzky en la calzada Francisco I. Madero, que se derrumbaría para edificar el nuevo proyecto. El inmueble original, construido en 1992, se había abandonado en 2016 por fallas estructurales y por la demolición de una subestación eléctrica.

El 11 de abril de 2019 se anunció el consorcio de arquitectos que habían ganado el concurso para el diseño del nuevo Centro Cultural: Tatiana Bilbao, Alberto Kalach, Mauricio Rocha y Gabriela Carrillo. El nuevo Centro abriría en 2022 y tendría un teatro para 800 personas, un centro de exposiciones, dos salas de cine y una librería. Sería el proyecto insignia del Gobernador Alejandro Murat.

© Tatiana Bilbao Estudio, Alberto Kalach, Adriana León – TAX, Taller de Arquitectura Mauricio Rocha + Gabriela Carrillo

—Estoy derramando lágrimas de emoción —me dijo Nacho—, a mis 68 años apenas empiezo.

Pero no se esperaba la fuerte oposición que se desataría contra el proyecto.

Por ocho meses, Nacho se movió en la incertidumbre por los laberintos del sistema, sin presupuesto para el nuevo proyecto y sin salario.

—Lo del Centro Cultural está en la incertidumbre —me dijo el 5 de julio de 2019—, un arquitecto que no ganó se inconformó ante la Secretaría de la Función Pública y el Colegio Independiente de Arquitectos de Oaxaca demandó al Gobierno porque no se les invitó al concurso. Y mientras, soy un holograma. No existo en la Administración Pública de Oaxaca. Ni oficina, ni equipo, ni salario desde noviembre pasado. Pero mientras no se aclare lo de las demandas, no pasa nada.

La realidad es que Nacho vivió los últimos dos años de su vida en el limbo institucional. Se mantenía fuerte sólo gracias a sus numerosos amigos, su espíritu de trabajo y un gusto musical que se había iniciado en casa de su abuelo, Don Fortino Jarquín, cuya frase típica era “¡he dicho!” Acaso por ello, a Nacho le gustaba usar la misma frase. En una ocasión me la apuntó en una tarjeta, en latín: Toscano Dixit.

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En la casa que rentó por varios años, en San Felipe del Agua, tenía una colección de tesoros: una lámpara de Salvador Novo que adornaba la sala del primer piso; una llave de la puerta principal del Palacio de Bellas Artes; y la batuta del último concierto de Eduardo Mata, entre otros.

La última vez que nos vimos fue para asistir a la obra teatral Triple Concierto de Claudio Valdés Kuri y Mónica Hoth en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM. Antes de eso, fuimos a visitar a Miriam Kaiser a su casa en la Colonia Narvarte. Ese fue el último día que lo vi, el 13 de octubre de 2019.

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Ese día recordaron a Víctor Sandoval de León, escritor y Director General del INBA de 1989 a 1991, que llegó a ser su maestro. —Él inventó las casas de cultura. Todo salió de él —dijo Nacho—, su único defecto era que le gustaba el whisky.

Nacho y Miriam me relataron la anécdota del montaje de la ópera Salomé de Richard Strauss en Bellas Artes, en 1986. Nacho había conocido a Werner Schroeter, director de cine alemán, y le transmitió su interés de poner esta ópera en México. Schroeter estuvo de acuerdo y comenzaron a trabajar, pero el escenógrafo Antonio López Mancera, entonces jefe de Nacho, no estuvo de acuerdo. La obra era controvertida y compleja, pues llevaba camellos, encuerados y tormentas de arena. Cuando Eduardo Mata, entonces supervisor artístico del INBA, invitó a Nacho a trabajar con él como Director Ejecutivo de Ópera, su suerte cambió. El Director General, Javier Barros Valero, también se inclinó a favor de Salomé. La cantante María Luisa Tamez se enojó con la orquesta, pues habían decidido hacer huelga; pero Nacho se enteró y se lo dijo a Barros Valero, quien a su vez se lo dijo al Secretario de Educación, Miguel González Avelar, y vino un notario a levantar un acta sobre la indisposición de los músicos. Así terminaron con el problema y la función se programó, pero el día de la función, alguien colocó un frasco de ácido muriático sobre cada una de las cortinas que cubrían las puertas laterales de la sala, con la intención de que, al recorrerlas, se rompieran y esparcieran su fétido olor. Afortunadamente, 5 minutos antes de iniciar la ópera, una de las acomodadoras se dio cuenta y las retiraron.

Al terminar, Nacho organizó una fiesta para Schroeder en el Espartacus, un antro gay de Ciudad Neza llevando a los invitados en dos camiones rentados. En la fiesta salieron María Luisa Tamez a cantar y Schroeter a actuar. Un actor llamado Alejandro el Erótico hizo show ese día y el director alemán terminó enamorándose de él. Después de esto, Nacho se hizo muy amigo de López Mancera, a quien llegó a apreciar profundamente, y éste le regaló las llaves de las puertas centrales de metal del Palacio de Bellas Artes. A su muerte, Nacho le organizó una ceremonia luctuosa en el Palacio, con todo y féretro, como se lo hizo también a Amalia Hernández. En esa ocasión, las hermanas y hermano de López Mancera le trajeron de regalo a Nacho una lámpara de Salvador Novo, de quien el difunto era ahijado y heredero universal. Había heredado, entre otras cosas, su casa en la calle Francisco Sosa.

—Tú me vas a escribir mis memorias, ¿verdad?

—¡Claro! —le contesté, pero ninguno de los dos imaginábamos que se nos había acabado el tiempo. ¡Que en paz descanses, Nacho!

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(CDMX, 1974) Escritor y diplomático con raíces en Tuxpan, Veracruz. Director Editorial de la Revista Praxis: Cultura y Medio Ambiente. Fue Titular de Desarrollo Cultural del IMSS; Agregado Cultural de la Embajada de México en Japón en dos ocasiones; y Jefe de Prensa de la Misión Permanente de México ante la ONU. Es autor de Los Japoneses en Morelos: Testimonios de una Amistad (Fondo Editorial del Estado de Morelos, 2018) y coordinador de la edición bilingüe del Popol Vuh español-japonés (Fondo de Cultura Económica, 2016). Ganó el Concurso Nacional de Oratoria en Japonés 1994.

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