Si el muralismo en México adquirió una importancia esencial en la forja de la identidad nacional se debió, en primera instancia, a que los artistas que participaron –incluyendo a los tres grandes– se propusieron crear un vocabulario plástico nunca antes presenciado por el mundo occidental. Ello prohijó muchos mitos y leyendas alrededor de esta expresión pictórica que, generación tras generación, tuvo que sucumbir ante el desinterés oficial y frente  a la repetición de un discurso estético que aparentemente había agotado sus posibilidades expresivas. Claro está, podemos afirmar que en su momento de mayor auge, influyó en muchos países que adoptaron sus principios pero que, sin duda alguna, supieron adaptar acertadamente este lenguaje a sus propias circunstancias históricas.

      Las aportaciones del muralismo mexicano han sido amplias y múltiples, tanto en el sentido formal como en el conceptual, es por ello que muchos autores –estudiosos de la Escuela Mexicana de Pintura– ponderan su diversidad ideológica, temática, técnica y material. Pese a ello, otros críticos y académicos, consideran que la etapa más fecunda del muralismo se limita a un lustro que comprende de 1921 a 1925. O sea, que ellos observan que el periodo verdaderamente auténtico –revolucionario y nacionalista– se sucedió al inicio de este movimiento, porque es el momento cuando se consolida un lenguaje artístico propio. Y muy probablemente este fenómeno sea producto de ese afán por construir la imagen de lo mexicano, ya que ese impulso les permite a los artistas de la época apropiarse del arte popular para incorporarlo a sus murales y dotarlos de otra dimensión visual, histórica y política.

        La gran cantidad de murales que se han pintado en la entidad, sobre todo a partir de la década de los setentas hasta los noventas, nos impiden realizar un análisis exhaustivo del tema. Por tal razón, en este breve ensayo simplemente mencionaremos algunos de los murales que a nuestro juicio marcaron un hito en la historia del arte en Veracruz, lo que nos obliga a considerar a varios pintores que han dejado constancia de un arte con carácter social. Entre ellos anotamos a José Chávez Morado, Ramón Alva de la Canal, Alberto Beltrán, Mario Orozco Rivera, Norberto Martínez, Francisco Eppens, Pablo O’Higgins, Teodoro Cano, Pablo Platas, Pepe Maya y Melchor Peredo. Estamos seguros que muchos otros artistas también han participado, de una u otra manera, en la formación de este amplio catálogo de imágenes donde el principal protagonista ha sido el pueblo veracruzano; pero, desafortunadamente, no podemos –en esta ocasión– incluir a todos.

       En el entidad tenemos, en 1926, el primer mural pintado por José Clemente Orozco enla ciudad de Orizaba, Veracruz, aunque esta obra ha sido restaurada en varias ocasiones debido al deterioro sufrido por la humedad, aún conserva el trazo dibujístico y la expresión dramática de la paleta original. También podríamos decir que el tema, una constante en la obra de Orozco,  representa a los hombres y mujeres reconstruyendo a la nación mexicana. Para muchos otros, éste mural trata de los acontecimientos suscitados en 1907, cuando el gobierno de Porfirio Díaz reprimió a los trabajadores de las fábricas de textiles de Santa Rosa, ahora mejor conocida como Ciudad Mendoza. Pero, sin duda alguna, se trata de una escena dramática porque describe el dolor humano y, al mismo tiempo, reafirma la voluntad revolucionaria para continuar con la obra reconstructiva del país.

        El segundo momento del muralismo en Veracruz, en el sentido cronológico, lo encontraremos en el edificio de la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana. Sucede que originalmente, durante el gobierno de Gonzalo Vázquez Vela (1932-1935), se inicia la construcción de este edificio que originalmente  se destinó para que fuera sede de la Escuela Normal Veracruzana. Con el apoyo de Lázaro Cárdenas, entonces presidente de la República, un grupo de pintores afiliados a la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), se encargaron de la decoración del nuevo edificio de la Escuela Normal. Entre ellos destaca José Chávez Morado, quien pintó en la escalera central el tema titulado: el rescate de los recursos naturales a merced de las empresas extranjeras.

Defensa de los recursos naturales en manos del imperialismo. Mural de José Chávez Morado, 1938.

              En la planta alta de este edificio Feliciano Peña y Francisco Gutiérrez también realizaron, durante 1937-38,  la decoración del Salón de Juntas con varios temas: Cuatro héroes libertarios y Combatamos el fascismo hasta vencer. Pero Manuel C. Tello, a la postre director de la Normal Veracruzana, una vez que terminó el periodo de Lázaro Cárdenas, mandó a cubrir con cal y esmalte estos murales con el argumento de que eran inmorales porque aparece con todo su esplendor una mujer desnuda a lo largo del muro y que representa a la tierra fértil que invade el ejército de  los yanquis con el propósito de apoderarse de los recursos naturales de nuestra entidad. Por fortuna, y a pesar del grave daño causado a la pintura mural, un grupo de estudiantes de la Facultad de Artes Plásticas –bajo la dirección de la maestra Mercedes de la Garza–  restauraron el mural del maestro José Chávez Morado.

       Durante los años cincuenta, cuando  proliferaron los murales en Veracruz, cabe destacar que fue Mario Orozco Rivera uno de los artistas que pintó un mayor número de obras con esta técnica y con los conceptos revolucionarios que lo caracterizaron. Siendo así como en 1962 realizó, en el Tribunal Superior de Justicia del Estado, ubicado entonces a un costado de Palacio de Gobierno, entrando por Leandro Valle, un mural ejecutado en acrílico donde aparece, frente al fascismo y las tiranías absolutistas, la Justicia que protege a la familia. Por sus dimensiones, además del tema, este mural ha sido considerado una de las presencias fundamentales en el  desarrollo del muralismo en la entidad veracruzana. De un trazo firme y bien definido, el pintor logra destacar a los protagonistas de la escena, generando al mismo tiempo una perspectiva que le proporciona profundidad y sentido histórico. En el mural se entrelazan una serie de influencias pictóricas, mismas con las que consigue dotarlo de fuerza expresiva y monumentalidad, pero, hace hincapié, a través de la imagen, que la familia siempre debe ser el núcleo social que debemos proteger.

Mural de Mario Orozco Rivera, 1962, Palacio de Gobierno.

       Fiel a su ideología, Norberto Martínez Moreno, pugnó porque el muralismo fuera una de los principales medios expresivos de los artistas veracruzanos. Por ejemplo, en los dibujos que realizaba previos a sus proyectos muralísticos, observamos el empleo de un método racional para lograr una expresión realista que responde a un discurso político específico y a una identidad extraestética contenida en la esperanza depositada en la transformación de la sociedad. Una preocupación constante de Norberto Martínez fue la comprensión de la historia y la interpretación de la mitología de los pueblos originarios, no es casual que uno de sus principales murales, El hombre y el conocimiento, esté sustentado en el mito de Quetzalcoatl, logrando una singular interpretación del momento en  cómo la tierra devora al sol. La composición de este mural comprende su adaptación al edificio y al espectador para poder ser observado desde diferentes ángulos.  Pero son los ritmos lineales, las formas voluptuosas y las transparencias cromáticas, quienes proporcionan al mural esa luz encendida gracias al conocimiento. Ese instante fue el que nos heredó el maestro Norberto Martínez Moreno en su mural que se encuentra en la calle de Juárez, en lo que fuera la casa José María Roa Barcena.

       Como casi todos los artistas de su época, Teodoro Cano, se formó con los grandes muralistas mexicanos en la Ciudad de México. Al poco tiempo se integró a la labor docente en el Taller de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana, para que en 1969, se hiciera cargo de la dirección de este plantel, en donde se había generado –desde un principio– una visión social del arte. Estas experiencias fueron suficientes motivaciones para que el maestro Cano no descansara hasta conseguir su principal objetivo: dejar constancia de la grandiosidad de la cultura totonaca y de la historia de Veracruz. Es por esa razón que sus murales los podemos encontrar en muchas ciudades del estado, sin embargo, menudean en Papantla, Poza Rica y Tuxpan.

        Aquí en Xalapa tenemos dos importantes ejemplos: en el edificio de la Liga de Comunidades Agrarias y en lo que fuera la Facultad de Psicología, ahora la dirección de Difusión Cultural de la Universidad Veracruzana, en la calle de Juárez. En el primer plano de estos murales sintetiza la lucha de los trabajadores del campo, posteriormente, resultado de una composición cronológica representa a la derecha el rostro de Emiliano Zapata en un claro enfrentamiento con los latifundistas de la época; en su gesto se escucha el reclamo de «Tierra y libertad». De este modo, acompañado de una serie de elementos geométricos orgánicos, recrea un suceso histórico que en su momento tuvo tan sólo la trascendencia política necesaria, debido que en la actualidad la tierra –una vez más– está siendo monopolizada por las grandes compañías transnacionales y por los modernos caciques criollos.

      Pero desde hace varios años, el tema central de los murales de Teodoro Cano gira alrededor de las culturas originarias o de los grupos étnicos contemporáneos, quien siempre habrá de buscar los elementos que contribuyan a reconstruir la cosmogonía de esas civilizaciones milenarias, de ahí que resulte en ocasiones una representación idealizada de las etnias que en la actualidad habitan estos territorios donde se recrean con sus leyendas. Un ejemplo significativo lo podemos encontrar en el mural ubicado a un costado del parque central de Papantla, porque en esta obra demuestra no solamente la habilidad y destreza para la realización de los bajorrelieves, sino porque a través de una composición precisa y directa define los elementos emblemáticos de la región. 

      Más que un mural en el sentido estricto, el maestro Pablo Platas realiza una alegoría pictórica en las paredes de la Escuela Primaria «Enrique C. Rebramen», quizá debido a que el tema central es La Ecología o la destrucción del Medio Ambiente. La solución temática, aparentemente sencilla, resulta ser una yuxtaposición de valores: naturaleza y progreso industrial. De ahí que recurra al claroscuro, para simbolizar la vida y su negación, en tanto se utilice de manera inapropiada la industria que todo lo contamina. Por un lado los campos llenos de luz y color que representan un ambiente diáfano y, en el caso contrario, observaremos los tubos de metal que recorren intrépidos los muros que adquieren tonos sombríos. A diferencia de los murales proyectados bajo la influencia de la Escuela Mexicana de Pintura, este mural pintado en 1979, incluye un tema que empieza a preocupar a la sociedad y a los artistas: el deterioro del medio ambiente debido al uso incorrecto de la tecnología. En tal sentido, este mural cumple con uno de los objetivos primordiales del muralismo: enseñar a los niños el valor de la naturaleza al tiempo que se exaltan los valores del paisaje mexicano.

      En un principio, como ocurre en el mural pintado en 1978 por Pepe Maya en la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Veracruzana, en Orizaba, Veracruz, es notable la influencia de los grandes maestros del muralismo mexicano. Pero con el tiempo, precisamente, con Pepe Maya el muralismo en Veracruz habrá de experimentar un giro radical. Su búsqueda, más que histórica o identitaria, es onírica, intimista y lúdica. Para expresar estas condiciones propias del ser humano, el artista acude a un desciframiento –muy personal– de las últimas tendencias pictóricas donde se entremezclan el expresionismo, el informalismo y los ejercicios caligráficos surrealistas que contribuyen a desarrollar una dinámica visual que invade en su totalidad la superficie tocada por el grafito o por el pincel de Pepe Maya. Es así como podemos recordar los murales que realizó para la Facultad de Danza y para el Ágora de la Ciudad.

     El mural pintado por Melchor Peredo, en el descanso de la escalera interior de Palacio de Gobierno, lleva como título Ignacio de la Llave y las Guerras de Reforma. Recordemos que durante el trayecto de su gobierno itinerante que llevó a cabo por toda la república mexicana, Benito Juárez García, fue reuniendo un caudal de experiencias que le permitirían a la postre consustanciar los elementos necesarios para redactar las Leyes de Reforma. Y en medio de múltiples batallas, el 12 de julio de 1859 en Veracruz, con el propósito de terminar con la sangrienta guerra, el Benemérito de las Américas lanzó un manifiesto a la Nación en el que anunciaba la próxima expedición de diversas leyes encaminadas a dar unidad y vigencia al ideario de la causa reformista. Ese mismo día se dio a conocer, de inmediato, el manifiesto y la expedición de la Ley sobre Nacionalización de los Bienes del Clero y Separación de la Iglesia y del Estado. Precisamente en la formulación de las leyes de reforma, Sebastián Lerdo de Tejada, tuvo una decidida participación con las leyes de desamortización que había propuesto desde un principio, así contribuyó en la construcción de una nueva Nación. Porque se trataba de acabar con los privilegios que más afectaban a los mexicanos que apenas estaban forjando su propia nación.

      En el año de 2010, cuando se celebró el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana,  Melchor Peredo enfrentó un nuevo reto: pintar en el vestíbulo de la entrada principal de Palacio de Gobierno los acontecimientos y a los personajes de la Independencia de 1810 y la Revolución de 1910 que tuvieron mayor trascendencia en Veracruz. El mural inaugurado el 15 de septiembre de 2010, para ser diseñado con fundamentos históricos, tuvo el apoyo de diversos académicos, especialistas en la historia de Veracruz. Basado en esta investigación exhaustiva y el apoyo técnico de varios jóvenes artistas, Melchor Peredo García, realizó de este mural que resulta ser una síntesis de la historia del pueblo veracruzano, donde podemos admirar a más 750 personajes.

      Para finalizar este breve ensayo, debemos precisar que de manera errónea, actualmente se divulga como grafiti lo que en realidad se ha transformado con el tiempo en muralismo. Este «nuevo muralismo» que ha invadido a muchas ciudades modernas, tiene que ser clasificado a partir de sus técnicas, de los materiales empleados y de sus influencias pictóricas y estéticas ineludibles. Dejó de ser grafiti para convertirse en muralismo urbano, pero, también, sin duda alguna, puede definirse como muralismo «emergente» o muralismo «alternativo». Y debido a las características icónicas que ha desarrollado, bajo la influencia de los medios de comunicación y considerando los espacios cubiertos con sus alucinaciones posmodernas, esta nueva forma del muralismo merece un análisis pormenorizado. 

     En esta ocasión dejamos aquí dos imágenes del muralismo urbano que predominan en la ciudad de Xalapa. Una de influencia definitivamente norteamericana y la otra sustentada (o sustanciada) en las  profundas raíces de la mitología de las culturas originarias de nuestra región. Porque el germen conceptual de la intervención artística de Emanuel Cruz en el Mercado Jauregui está sostenido en la cosmovisión de los pueblos originarios, en especial de las culturas olmeca, tolteca, totonaca y mexica, dichas civilizaciones habitaron en Xalapa en distintos tiempos y espacios. Otros elementos, emanados de estas civilizaciones, son los puntos cardinales, ya que tienen una importancia capital en la estructura del pensamiento mesoamericano, y, a partir de ello, se integra esta cosmogonía en cada una de las fachadas del edificio para dar una interpretación contemporánea desde las artes visuales así como en los elementos agua, fuego, aire y tierra.

Graffiti de Yseck en Xalapa.Podríamos decir que esta imagen es un graffiti tradicional de influencia norteamericana.
Mural de Emanuel Cruz en el Mercado Jauregui.
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Lic. en Antropología Social por la Universidad Veracruzana con maestría en Literatura Mexicana por el Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la UNAM y estudios de posgrado en Arte Mexicano por la Universidad Iberoamericana. Premio Nacional de Periodismo Cultural (1987) como parte del consejo editorial de El Istmo en la Cultura; y Premio Estatal de Periodismo Cultural (1989) como fundador y editor del suplemento cultural Caligrama del semanario La Crónica. Catedrático de Historia y Filosofía del Arte en la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana. Profesor de Iconografía Prehispánica e Iconografía Novohispana en la Maestría en Arquitectura y Restauración de Bienes Culturales de la Universidad Veracruzana. Editor de Antología de Arte Latinoamericano y Arte Mexicano (2017) y Antología de Arte Contemporáneo (2018). Autor de Entre la tragedia y la comedia siempre la máscara (Ed. Tinta Indeleble, 2018), y Memoria gráfica de una vanguardia en Jalapa: el estridentismo (Ed. Tinta Indeleble, 2018).

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