El 18 de marzo de 1968 el director de Pemex, Jesús Reyes Heroles (1921-1985), pronunció en la ciudad de Poza Rica un discurso “fundamentalmente polémico y mordaz”. La presencia del general Lázaro Cárdenas revestía de solemnidad el evento. Treinta años habían transcurrido desde la expropiación petrolera, ¿había motivos para festejar? El filósofo, periodista y funcionario Emilio Uranga (1921-1988) dedicó sus siguientes tres columnas en La Prensa (20, 21 y 22 de marzo) a diseccionar con bisturí el discurso de Reyes Heroles. No había pluma mejor preparada –o afilada– para esta tarea.

Uranga se había dado a conocer en 1947 como el enfant terrible que rompió con la ortodoxia heideggeriana de José Gaos y como el principal introductor del existencialismo francés (Jean-Paul Sartre, Maurice Merleu-Ponty). Uranga era la cabeza más brillante y visible del Grupo Hiperión (conformado por Jorge Portilla, Luis Villoro, Ricardo Guerra, Salvador Reyes Nevárez, Fausto Vega,). Una vez aliviada la potestad de Gaos-Heidegger, los hiperiones tomaron la batuta de la “filosofía de lo mexicano”. ¿Cómo definir al nuevo ser humano surgido de la Revolución? Esta pregunta, de calado metafísico, se la habían planteado Antonio Caso, José Vasconcelos, Samuel Ramos, Leopoldo Zea. Para todos estos filósofos, la Revolución había de entenderse y de vivirse, más que como un cambio de gabinete, como una transformación “íntima y cordial”. El nuevo mexicano era todavía un quehacer, una potencialidad en espera de realización. “Esta conexión del asunto del mexicano con la meditación estrictamente metafísica, no era una ocurrencia […] no se trataba de una reflexión folklórica o costumbrista […] El proyecto era ambicioso y no estaba al alcance de todos.”[1]

Emilio Uranga

De 1948 a 1952, la “filosofía de lo mexicano” abandonó los estrechos pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras (en la vieja Casa de los Mascarones) para convertirse en un fenómeno cultural y mediático. La gente se amontonaba y distribuía codazos con tal de escuchar las candentes tesis de Emilio Uranga (“la vida para el mexicano entraña un esencial ‘tronchamiento’ o ‘quebrazón’, acción y efecto de romperse bruscamente, súbitamente”, “en el mexicano hay una sensación casi nunca dominada de agobio del ser”, “los comportamientos o conductas del mexicano son ‘modos’ de accidentalización de su originaria accidentalidad”[2]). El joven filósofo devolvía al público una sonrisa maliciosa y triunfante.

“La filosofía sobre el mexicano era expresión de una vigorosa conciencia nacional. Tenía en lo espiritual un sentido semejante al que en lo económico había inspirado la ‘expropiación’ realizada por Cárdenas.”[3] Si podíamos decir de nuestro petróleo como de nuestra pintura y de nuestra poesía, que ya eran nacionales, no podíamos decir lo mismo, empero, de la filosofía, dependiente aún del “utensilio europeo”. Hasta que la disciplina filosófica –cúspide del pensamiento– no se “nacionalizase”, no podríamos hablar propiamente de una plena independencia cultural. “A la filosofía está reservado, como con derecho propio, llevar esa empresa a culminación.”[4]

Emilio Uranga recelaba de la “doctrina de la mexicanidad” y de la fiebre modernizadora e industrializadora de Miguel Alemán Valdés. Su voto de confianza estaba con el cardenismo y con el PRM. Institucionalizar la Revolución sonaba a rigidizarla, a clausurarla. No había que reducir una gesta humanista a groseros factores económicos y técnicos ni hacer del mexicano –un ser inacabado y mercurial– el objeto de ninguna doctrina o definición patriotera.

El auge y la fama de los hiperiones fue apenas una fulguración. Para 1953 ya se habían dispersado y un nuevo personaje, con nuevos planes y nueva terminología, ocupaba la presidencia: Adolfo Ruiz Cortines. Emilio Uranga se marchó a Europa. En Friburgo conoció a Heidegger. El encuentro en persona no hizo más que confirmar su decepción. De Friburgo se pasó a París, que era por entonces –mediados de los cincuenta– una gran fiesta latinoamericana. De París volvió a México en marzo de 1957. Retomó su trabajo como docente en la UNAM, lo cierto era que no acababa de sentirse cómodo en el salón de clases. Las festivas calles del centro histórico poco o nada tenían que ver con la nueva y pedregosa Ciudad Universitaria.

Adolfo López Mateos

Gracias a sus copains en el gabinete, Uranga obtuvo trabajo como asesor de Adolfo López Mateos. “Fueron años de un periodismo batallón en revistas como Política y Siempre! y en diarios como Tiempo de México y La Prensa. En todo me consultaba con Porfirio [Muñoz Ledo].”[5]

Su “prueba de fuego” sobrevino en 1960, en plenos festejos por los 50 años de la Revolución. El país no estaba de ánimo celebratorio. Una ofensiva huelguista (magisterial y ferrocarrilera) azotaba las calles de la capital. Las celdas de Lecumberri estaban repletas de presos políticos. La “máxima energía” de López Mateos hacía fruncir los ceños de los rebeldes y de los inversores. Para colmo, el triunfo de la revolución cubana había tenido el efecto instantáneo y casi mágico de reconfigurar la izquierda mexicana. De la noche a la mañana, Cuba había desplazado a México como modelo de revolución latinoamericana exitosa. Una vistosa grieta se extendía a lo largo y ancho del PRI. López Mateos acuñó una frase que se haría célebre: “Mi gobierno, dentro de la Constitución, es de extrema izquierda”. Parecía el oráculo de una pitonisa.

Emilio Uranga

Emilio Uranga fue el encargado de llenar de contenido las palabras presidenciales. Defendió la pervivencia y la continuidad de la Revolución mexicana frente al avance del aparato teórico marxista-leninista. No debía olvidarse que las consignas revolucionarias y populares se habían vertido en la Constitución del 17 y que de esta Constitución había nacido el Estado mexicano moderno. Pueblo-Revolución-Estado constituían una amalgama de difícil disolución. “El Estado y la Nación lograron, con la Revolución, identificarse. La Revolución fue expresión de una nación, se modelaron mutuamente… y se salvarán o morirán juntos.”[6] Para el filósofo-funcionario, la Revolución no era un suceso histórico anclado en el pasado sino el norte y la brújula del México por venir.[7]

Las conclusiones de Uranga resultaron hasta cierto punto proféticas: cualquier movimiento de oposición tendría que darse al interior del Partido. Esta defensa de la Revolución y del Estado mexicanos le ganó a Uranga el injusto título de “ideólogo de los granaderos”[8].

A partir de 1962, no hubo suceso o personaje en boga que Emilio Uranga no sometiera a “Examen”, su temida columna en La Prensa.

Uranga sobrevivió al parto cósmico sexenal y fue recontratado como asesor del Ejecutivo en 1964. Díaz Ordaz admiraba la inteligencia luciferina de su asesor. Procuraba mantenerlo cerca y a raya. Alguna vez se le oyó decir: “Estamos ante un raro caso de lucidez, de la que me tengo que cuidar, porque si abro la boca, don Emilio me crea un problema.”[9]

Jesús Reyes Heroles

Es así como llegamos a marzo de 1968. Nadie como Uranga había pensado la íntima conexión entre Revolución, petróleo y ser del mexicano. Nadie como Uranga podía captar el sentido profundo, por no decir ontológico, del discurso de Reyes Heroles. El director de Pemex refrendaba una antigua convicción de Uranga: había que resguardar a la nación de la voracidad apropiativa del sector privado y del capital extranjero. Ésta y no otra había sido la médula de la expropiación petrolera y de la “filosofía de lo mexicano”. Perseguían ambas, en distintos registros, la autonomía y la independencia de México.

Pemex –en esto también estaba de acuerdo Uranga– debía considerarse como algo más que un “negocio productivo”. Se trataba de un instrumento y de una “hazaña revolucionaria” que había contribuido de manera importante a la dignificación del mexicano y a la superación de su complejo de inferioridad. La relación de México con su subsuelo había que aquilatarla en términos materiales y morales. Más aún: esta relación permeaba el carácter del mexicano, tocaba su estructura constitutiva. A la amalgama Estado-nación-pueblo-Revolución había que añadir un quinto elemento: el petróleo. Uranga llega así a una fórmula que “nadie discute”: Revolución = “campesinado más petrolización”.

En su discurso, Reyes Heroles enfatizaba la robustez del Estado mexicano. Nuestra economía era, en su directriz, de índole estatal “porque sólo esta orientación asegura una auténtica democracia representativa a la voluntad de las mayorías”.

Uranga estaba habituado a este silogismo que equiparaba al Estado con la Revolución y con las demandas populares. De aquí que una “directriz de índole estatal” fuese perfectamente compatible con el proceso de democratización. Uranga veía en este maridaje “el factor dinámico de nuestra historia”. Sería cuestión de semanas para que la feliz unión del pueblo con el Estado se pusiera en tela de juicio. Los primeros enfrentamientos entre estudiantes ocurrieron en julio de ese mismo año.

Jesús Reyes Heroles

No había llegado aún, a juicio de Uranga, la hora de “la sociedad”, esa “especie de organismo autónomo regido por tabúes de conducta y de creencias que tienen su origen en cualquier parte menos en el pueblo”. Sí había llegado la hora, en cambio, de abrirse a la izquierda. Si en 1960 Uranga no alcanzaba a vislumbrar un “afuera” del PRI, ocho años más tarde la apertura no le parece imposible, “ni siquiera remota”. Uranga, de nueva cuenta, daba pruebas de una increíble lucidez. Las reformas políticas impulsadas por Reyes Heroles en 1977, en su calidad de Secretario de Gobernación, estaban encaminadas a lograr esta apertura. Uranga –cosa inusitada en él– volvió a dirigirle unos aplausos sonoros: “Antes de que se despierte, con violencia, el México bronco, hay que operar [estas] reformas políticas indispensables.”[10]

El lopezportillismo también atizó el debate en torno al petróleo. Uranga hizo tronar –acaso por última ocasión– su voz agorera: “[Para López Velarde] ha sido ni más ni menos el Diablo quien suscribió la asignación de propiedad a los veneros de petróleo. El general Cárdenas le arrebató al Diablo el privilegio de disponer de este energético. Hoy nos vemos en el mundo en que los diablos ya no saben qué hacer, no sólo en México, sino en el mundo entero para que el petróleo vuelva a ser de su dócil propiedad y apropiación. Pero son malos años para estos diablos voraces los que nos toca contemplar en su desenvolvimiento con parsimoniosa esperanza”[11]. La maldición de López Velarde en contra del petróleo ya no podía sostenerse, pero tampoco se podía caer en el extremo opuesto de la embriaguez optimista y la “ensoñación”. “Esperemos que los próximos años nos encuentren gustando poéticamente ciertas realidades, pero utilizándolas como lo que efectivamente son: realidades y no ensueños o maldiciones.”[12]

El yacimiento petrolero de Canterell iniciaría operaciones pocos años después del artículo de Uranga y de las reformas de Reyes Heroles, en 1979, dando pie a una “abundancia” y a un boom tristemente ilusorios. Las advertencias de Emilio Uranga fueron desoídas. En sus últimos años de existencia, el filósofo habrá atestiguado con una punzada de dolor la ruptura de un lazo que se presumía inquebrantable y casi ontológico: la ruptura entre petróleo y Revolución.

A cien años de su nacimiento y luego de varias reformas (electorales, energéticas), Emilio Uranga y Jesús Reyes Heroles siguen siendo dos “mentes ordenadoras y vigilantes”.

Del autor: Maestro en Filosofía de la Cultura por la UNAM y en Filosofía Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Colaborador en Expansión y revista Siempre! Su último libro es La Revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI (Ariel, 2018).

@Jmcuellarm


Examen de Reyes Heroles

Emilio Uranga

Jesús Reyes Heroles

I

Acciones prácticas[13]

Como todos sus discursos, el último de Jesús Reyes Heroles, pronunciado en la Ciudad de Poza Rica el 18 de marzo, es fundamentalmente polémico y mordaz. El párrafo que más ha sido destacado por los comentaristas resume su tónica: “En lo que toca al sector privado, que reinvierta en vez de despilfarrar, pague impuestos satisfactoriamente, cumpla la legislación social y se olvide de los sindicatos blancos; prefiera decidir en sus negocios y no operar como mandadero del capital extranjero; opte por las limitadas ganancias duraderas y no por los fugaces beneficios espectaculares; no sea espléndido para compartir las pérdidas con la nación y avaro para compartir los beneficios; actúe como parte articulada de la sociedad mexicana y no como grupo de presión”. Creo que para nuestros fines de glosa basta con citar estas líneas.

Indudablemente que no se dibuja en ellas una figura muy halagüeña del sector privado; por el contrario, se regresa a una caracterización de perfiles negativos y a una especie de orden de ataque en contra de un enemigo que por más rectificaciones de palabra en la práctica se sigue manifestando reacio y difícil en la necesaria empresa de colaboración y de sumisión al sector público. Se señala el polo bueno incumplido por la iniciativa privada y el polo malo al que se sigue acogiendo como a su bandera práctica e ideológica: despilfarro de las ganancias, evasión de impuestos, ignorancia de la justicia social y sometimiento a las metrópolis financieras.

Lo más difícil es modificar la estructura de una clase, sobre todo cuando está definida por fuertes intereses. En una frase de ironía hiriente, de acento bravío, Reyes Heroles llega a decir: “Poderosos por su riqueza (se entiende los inversionistas privados), son mucho menos poderosos que México”. Quizás esto tenga que ver con una amenaza nada velada que flota en alguna parte del discurso: “prudencia no equivale a importancia” y más adelante: “sin que esto denote renuncia de facultades, por actos de autoridad”.

Manifestada la situación en estos términos, con su vehemencia acostumbrada, Jesús Reyes Heroles atina a justificar con agudos conceptos teóricos su actuación práctica. “A más de un hecho, es un lugar común afirmar el carácter mixto de nuestra economía. No es común, sin embargo, precisar hacia dónde debe ir nuestra economía. Su perdurabilidad depende de su eficacia y ésta, a su vez, de la orientación fundamental de que sea dotada por el Estado”. Aunque mixta nuestra economía es, en su directriz, de índole estatal. ¿Por qué? Porque sólo esta orientación asegura una auténtica democracia representativa a la voluntad de las mayorías. En un pasaje, muy estilizado en el modo de expresión del Presidente de México, dice Reyes Heroles: “Nuestra Revolución es profundamente popular, en la medida en que es nacional, y para ser nacional demanda continuar siendo popular”.

Parece una cosa obvia que treinta años después de la expropiación de las compañías petroleras y con el “raro privilegio” de contar como testigo al general Lázaro Cárdenas, la celebración de esa fiesta nacional cargara su acento sobre los postulados revolucionarios que deben normar la actuación práctica del sector público. Y así sucedió. Hazaña revolucionaria hace treinta años, hoy lo sigue siendo en mayor medida, con perdón de la iniciativa privada. O sin perdón, pues la ocasión no se prestaba a conceder, ni siquiera bajo la forma de almibaradas fórmulas de cortesía, la magra colaboración de ese sector. La distinción de campos fue tajante y normativa: “Que no nos confundamos: los funcionarios, funcionarios; los hombres de negocios, hombres de negocios. La doble personalidad es perniciosa”. Esto era indispensable recordarlo.

II

Instrumento revolucionario[14]

Jesús Reyes Heroles

Para Jesús Reyes Heroles, Petróleos Mexicanos es “un importante instrumento revolucionario” que al Estado mexicano, por la persona del ciudadano Gustavo Díaz Ordaz, Presidente Constitucional, le ha sido confiado no para montar un negocio productivo, sino la base del desarrollo general del país, de los mexicanos todos. Después de treinta años de expropiación, el balance, en cuanto industria, no puede ser más halagüeño: Petróleos Mexicanos es una empresa próspera, en el doble sentido de progresista y rendidora económicamente, eficaz en su manejo técnico y administrativo. Desde este punto de vista es sin duda el éxito más espectacular que se ha anotado la Revolución Mexicana en sus cincuenta años de vigencia.

Como empresa de gobierno (la han hecho los priístas, no los oposicionistas), de Estado (no la han forjado los particulares) y de nación (ha contribuido a la unidad nacional y popular de nuestro país), se identifica a tal grado con la Revolución que ésta, a su vez, sería inconcebible sin su concurso. Así como Lenin decía de la rusa que era “proletariado más electricidad”, la nuestra es en muy buena medida campesinado más petrolización. Yo creo que esto nadie lo discute. Pero hacía también mucho que no se subrayaba su cariz en términos tan de fuego. No hubiera sido lo mismo esta trigésima celebración sin la presencia de su sostenedor actual, Gustavo Díaz Ordaz, y de su instaurador original, Lázaro Cárdenas. Las palabras del sesudo informe de Reyes Heroles encontraron una caja de resonancia de inusitada elocuencia para captar todos sus intrincados sentidos y bien pensadas alusiones.

Es claro que hay algunas cuya oscuridad despista al más olfativo de los comentaristas, como ésta: “Hemos pasado por la revisión y la dura prueba de la rectificación y hemos salido fortalecidos”. ¿Esto quiere decir que para Reyes Heroles no ha habido, como para los simplistas, una continuidad revolucionaria sin ruptura, solución de continuidad apacible y pacífica, sino ajuste y a veces cambio de dirección? Pero no entró en detalles y no hay que desbordar la fantasía. En todo caso, salvo advertencia, no veo que en su discurso haya mencionado con énfasis, o siquiera con presencia de la palabra, la tan llevada y traída continuidad. Y esto es más revolucionario que la línea recta a la que Reyes Heroles prefiere otro camino menos directo, más sagaz.

Su doctrina revolucionaria mexicana es impecable en la matización. Para empezar concibe bien que una revolución sin arraigo local es pura utopía. “Nuestra Revolución –dice–, en sus orígenes y realizaciones, responde a características peculiares y específicas de nuestro proceso histórico y nuestro modo de ser”. Pero donde se ve al teórico y al moralista de agudo balanceo es en la caracterización de la manera en que hay que manejar ese delicado instrumento que es una “economía mixta”. Ya hemos glosado sobre ello lo pertinente. No menos notables son sus deslindes entre ortodoxia ideológica y oportunismo. “Una ortodoxia obstinada adultera tanto los principios de una ideología como el simple oportunismo”. Probablemente nadie sostenga en nuestros días que la Revolución Mexicana sea algo que se parezca a una “ortodoxia obstinada” y sí, en cambio, piensen muchos que el oportunismo de sus favorecidos le ha hecho un mal enorme.

Terminaré este artículo comentando dos de los aforismos más contundentes del discurso de Jesús Reyes Heroles. En el primero vuelve a cargar a la iniciativa privada sin foul a mi parecer: “Si los funcionarios públicos y el sector privado nos aportamos de estas normas y otras semejantes, la economía mixta que es un delicado mecanismo de equilibrio, se romperá, posiblemente en perjuicio del país, pero seguramente en perjuicio del sector privado”.

En otras palabras: si falla el sector público el país padecerá, pero el sector privado sufrirá casi hasta su propia extinción. Y este otro: “Cuando el campo gana, todos ganan; cuando el campo pierde, únicamente el campo pierde”. ¡Qué amarga evidencia!

III

El papel del campo[15]

Jesús Reyes Heroles

En su dicción, Jesús Reyes Heroles es polémico, contundente y agudo. Es también a veces profundo; como cuando dice en su discurso con memorable aforismo: “(En México, hasta ahora), cuando el campo gana, todos ganan; cuando el campo pierde, únicamente el campo pierde”. Esta idea se le ocurrió sin duda a propósito de esos esfuerzos repetidos de persuasión para que la iniciativa privada invierta su dinero en el campo. Reformulando el problema, el director de Petróleos apuntó con todos los elementos de su estilo: “Por su solvencia, numerosas pequeñas propiedades, inobjetables sujetos de crédito, podían recibir este servicio de la banca privada, lo que permitiría al sector público liberar recursos para el crédito ejidal. El planteamiento fue cabal, pero ha suscitado hasta hoy muchas palabras y pocas acciones, siendo que lo que se busca son acciones prácticas, no añadir a las auténticas enfermedades del campo otras imaginarias, para después sugerir remedios que son peores que las enfermedades”.

La “enfermedad” imaginaria parece ser la convicción de que no hay buenos sujetos de crédito en el campo. O que los hay en una minoría que a la banca privada no le altera sus programas de inversión dirigidos a otra parte. Si invierte en estas pequeñas propiedades, indudablemente todos ganan, pequeños propietarios y banqueros. Pero si no invierte el único que pierde es el campesino, no el banquero. Así ha sido hasta ahora. Reyes Heroles pide que ya no se derramen más palabras sobre este asunto, que se gasten pesos y no palabras en resolverlo. Pero el problema sigue estando en las mismas, pues mientras la iniciativa privada no abra en beneficio de los pequeños propietarios sus arcas, el gobierno no podrá liberar recursos para ir en auxilio de los ejidatarios. La impaciencia al ver que todo se queda en la lingüística, es justa como reacción pero, ¿como correctivo lo es igualmente, es más eficaz?

Reyes Heroles sabe hacer pie, para comunicar sus apasionadas convicciones, en slogans teóricos que vienen muy de lejos. Por ejemplo: “más sociedad y menos Estado”. A lo que responde que en México no se puede preparar con esta máxima. Sin ser un místico del Estado sabe que el factor dinámico en nuestra historia ha sido el maridaje jamás amenazado por un divorcio del pueblo detrás de las iniciativas del Estado, o del Estado haciendo suyas las exigencias del pueblo. En cambio “la sociedad” designa una especie de organismo autónomo regido por tabúes de conducta y de creencias que tienen su origen en cualquier parte menos en el pueblo. Otro de esos apoyos teóricos que se aplican a sus prácticas de funcionario es la valoración de la tecnología. Quiérase que no, en una esfera como la gestión de Petróleos Mexicanos, el factor productivo número uno es la eficacia técnica y si en alguna parte se podrían medio justificar las ilusiones tecnócratas es aquí. Reyes Heroles lo hace con tacto, lo destaca pero nunca ahogando el factor humano.

Documento, en definitiva, de una mente ordenadora y sumamente vigilante. No se le sorprenderá, salvo abusando de la sutilidad, en heterodoxias revolucionarias. Su nivel de planteamiento sin duda excepcional en nuestro medio político, y si fuera exclusivamente el testimonio de un ideólogo sumamente vidrioso, podría alarmar por su carácter rotundo y que no deja escapatorias conciliadoras. Pero hay que verlo como el decantado de un funcionario de inaudita eficacia y de impecable voluntad de servir a su pueblo y de interpretar con lo mejor que tiene almacenado en la inteligencia, la encomienda que le ha dado el licenciado don Gustavo Díaz Ordaz. Para más, la presencia de Lázaro Cárdenas alegrará a la izquierda, pues todo el discurso sin abuso de lemas internacionales la favorece y la mima. No es una radical apertura a la izquierda, pero tampoco la hace, ni imposible, ni siquiera remota. Tal es mi convicción.  


[1] Emilio Uranga, “El tablero de enfrente: Para un amigo muerto: Jorge Portilla”, Novedades, 29 de septiembre de 1983, p. 4.

[2] Emilio Uranga, Análisis del ser del mexicano, México, Porrúa y Obregón, 1952.

[3] Emilio Uranga, “El pensamiento filosófico”, en México: 50 años de Revolución, IV. La Cultura, México, FCE, 1962, p. 553.

[4] Emilio Uranga, “El significado de la Revolución Mexicana”, México en la Cultura, Novedades, núm. 94, 19 de noviembre de 1950, p. 3.

[5] Emilio Uranga, “¿Quién es Porfirio Muñoz Ledo?”, Revista de América, núm. 1398, 7 de octubre de 1972, p. 11.

[6] Emilio Uranga, et al., “Tres interrogaciones sobre el presente y el futuro de México”, Cuadernos Americanos, enero-febrero de 1959, p. 72.

[7] Vid. José Manuel Cuéllar Moreno, La Revolución inconclusa. La filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI, México, Ariel, 2018,

[8] Víctor Rico Galán, “Cárdenas, El Mexicano”, Siempre!, núm.  396, 25 de enero de 1961, p. 23.

[9] Ricardo Garibay, “De vida en vida”, en Obras reunidas, tomo 7 (Memoria, dos), México, Océano, CONACULTA, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, 2002, p. 308.

[10] Emilio Uranga, “El tablero de enfrente: Reyes Heroles en Querétaro”, Novedades, 16 de febrero de 1978, p. 4.

[11] Emilio Uranga, “El tablero de enfrente: El mar y el petróleo”, Novedades, 27 de marzo de 1975, p. 4.

[12] Ibídem.

[13] “Examen de Reyes Heroles: Acciones prácticas (I)”, La Prensa, 20 de marzo de 1968, pp. 3 y 35.

[14] “Examen de Reyes Heroles: Instrumento revolucionario (II)”, La Prensa, 21 de marzo de 1968, pp. 3 y 23.

[15] “Examen de Reyes Heroles: El papel del campo (III y último)”, La Prensa, 22 de marzo de 1968, pp. 3 y 34.

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