Reza el lugar común que 1968 fue un año parteaguas en la historia del México contemporáneo. Y sí, sin lugar a dudas, lo fue. Lo fue desde el punto de vista de la llamada sociedad civil y lo fue desde el punto de vista de las instituciones.

Para la sociedad civil fue un primer asomo, a través del movimiento estudiantil, a la libertad, en particular a la libertad de expresión, a la libertad de reunión y a la libertad de manifestación, si bien se expresó también en una demanda que daba cuenta del clima social que en ese entonces prevalecía: libertad a los presos políticos.

Ahogado en sangre el movimiento estudiantil, una parte de la generación que protagonizó ese momento parteaguas consideró que las vías de acceso democráticas y pacíficas a la libertad estaban canceladas y optó por la vía violenta. La siguiente década fue escenario, entonces, del accionar de numerosos y variados movimientos guerrilleros, lo mismo urbanos que rurales. El clima social se crispó y el país entero vivió lo que en términos generales se conoce como “la guerra sucia”, esa triste y dolorosa herencia cargada de muertos, desaparecidos, presos, exiliados, etc., que tuvo que pagar esa parte de la generación sesentayochera.

México 68

Para las instituciones, 1968 constituyó un serio y profundo cuestionamiento. Un cuestionamiento, sobre todo, a su accionar político. Un cuestionamiento al régimen de partido único, al presidencialismo, a las decisiones unipersonales, verticales, autoritarias, y, sobre todo, a la falta de libertades ciudadanas. Los movimientos guerrilleros que surgieron en la siguiente década profundizaron aún más ese cuestionamiento y ahondaron aún más la distancia que separaba al gobierno y a la sociedad civil.

La primera y prevaleciente respuesta a los movimientos guerrilleros por parte de las instituciones fue la represión. Hacia mediados de esa década, podría decirse que la respuesta les había dado resultados y que los movimientos guerrilleros habían sido derrotados o estaban bajo control. De manera paralela a esta victoria pírrica, sin embargo, fue tomando forma otra respuesta, una que supo tomarle el pulso al país, entender perfectamente que las instituciones no podían responder invariable e indefinidamente con la represión, que la demanda de la sociedad civil en busca de libertades tenía raíces profundas, que había que abrir nuevos espacios a la participación ciudadana, que la única manera de que nuestro país siguiera siendo viable como nación era a través de la apertura de nuevos espacios democráticos y civiles.

Una primera respuesta en ese sentido fue la reforma política de 1977, con la que dio inicio el proceso de transición democrática que hoy en día vivimos y protagonizamos, y que nos ha permitido pasar de un régimen de partido único y hegemónico a un régimen pluripartidista que a la vez nos ha posibilitado ver, primero, una mayoría opositora en la Cámara de Diputados en 1997 y, luego, la alternancia en la Presidencia de la República en el 2000.

La Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procedimientos Electorales que se expidió en ese momento, por ejemplo, ordenaba la conformación de un colegio electoral, otorgaba el registro a partidos que hasta ese momento permanecían al margen de la legalidad (fue el caso, sobre todo, del Partido Comunista Mexicano), permitía las coaliciones entre los partidos, abría tiempos oficiales en la radio y la televisión para difundir los programas de las distintas fuerzas políticas, establecía la fórmula de la representación proporcional, y aumentaba de 186 a 400 el número de diputados.

Una segunda respuesta fue el decreto de ley de amnistía de 1978, por medio de la cual quedaron en libertad numerosos guerrilleros encarcelados y se cancelaron órdenes de aprehensión pendientes en contra de quienes se encontraban “prófugos de la justicia”, lo mismo dentro que fuera del país.

Sin lugar a dudas, tanto la reforma política como la ley de amnistía fueron una respuesta institucional. Pero fueron una respuesta institucional concebida, estructurada, impulsada y animada por un hombre. Ese hombre se llamó Jesús Reyes Heroles.

Reyes Heroles perteneció a esa rara, más bien escasa, pero real y tangible estirpe presente y actuante a lo largo de nuestra historia de hombres de ideas que son, al mismo tiempo, hombres de acción: una estirpe que viene desde Hidalgo y Morelos y llega hasta Chávez, Cosío Villegas y Silva Herzog, pasando por Vasconcelos y Bassols. Y de esa afortunada combinación de ideas y acción es de donde surgen las instituciones, las estructuras sociales que perduran a lo largo del tiempo, que constituyen el andamiaje a partir del cual una sociedad construye su presente y prepara su futuro, que le aseguran su continuidad como pueblo y como nación. De esa afortunada combinación de ideas y acción, en pocas palabras, es de donde surge un Estado.

Para Reyes Heroles, el Estado mexicano no era el Estado en abstracto, sino un Estado con una naturaleza y una historia propias, únicas, irrepetibles. Atendiendo a esa historia fue como en su intervención en la VII Asamblea Nacional de su Partido, realizada en octubre de 1972, es decir a cuatro años del movimiento estudiantil de 1968, afirmó: “Ni más sociedad para que haya menos Estado; ni más Estado para que haya menos sociedad y menos individuo. Individuo, sociedad y Estado tienen ámbitos de acción característicos y no es posible levantar una colectividad armónica sin respetar el papel que a cada una de estas entidades concierne. Nuestra meta no es una sociedad estatalizada: es un Estado social y una sociedad integrada por individuos libres y en pleno uso de sus derechos.”

En 1979, es decir, dos años después de la puesta en marcha de la reforma política y un año después de la ley de amnistía, en un discurso pronunciado el 5 de febrero en Chilpancingo, Guerrero, Reyes Heroles recapituló su concepción del Estado y la experiencia que le habían dejado las medidas a través de las cuales había reformado y modernizado el Estado Mexicano: “El Estado federal no es un montón de fragmentos carentes de sentido, desconectados, ni el Estado es un ser inanimado, inmóvil, por sus contradicciones internas, neutralizado por un manojo de intereses antitéticos o contrapuestos. El Estado es substancia y debe ser fuerza regida por el derecho y obediente a los intereses populares.”

Y habla entonces del lugar que en él debe ocupar la sociedad civil: “Hoy en día tiene que lucharse por que la sociedad civil sea cada vez más sociedad política y de esta manera evitar que el Estado se aleje y sobreponga a la sociedad. Si una cosa demuestra la evolución política es que no puede haber algo para el gobierno si nada es para el pueblo.” En particular, me resulta audaz y visionario referirse a la lucha por que la sociedad civil sea cada vez más una sociedad política, sobre todo si consideramos que en aquellos años se vivía un régimen de partido único y que éste detentaba el control absoluto de la política.

Nos recuerda Reyes Heroles, por otra parte, el papel que la estabilidad está llamada a jugar al interior de una sociedad: “La estabilidad política es un valor primordial que las sociedades que lo tienen, subestiman; lo dan por sí y para siempre. Hay, por otra parte, quienes confunden la estabilidad dándole el sentido de mantenimiento forzado o impuesto de un determinado statu quo.” Frente a esa idea parcial y tendenciosa, Reyes Heroles opuso otra, más acorde con los tiempos que México exigía: “Estabilidad es consideración permanente de la correlación de fuerzas, aprovechamiento de coyunturas para avances estructurales, que enfrentan deliberadamente ajustes y reajustes, adoptando medidas de previsión. Es además continua movilidad política y social y movilización popular.”

Y eso fue precisamente lo que Reyes Heroles consiguió con la reforma política y la ley de amnistía: considerar la correlación de fuerzas, aprovechar la coyuntura para alcanzar avances estructurales, hacer ajustes y reajustes, tomar medidas de previsión.

Hombre formado en el derecho, la economía y la historia; estudioso de la teoría política de todos los tiempos, del liberalismo social mexicano y de la Revolución mexicana; político hecho en la empresa pública, la militancia y la administración, hoy quiero recordar al Reyes Heroles modernizador político, creador de instituciones, reformador del Estado mexicano, humanista en el más amplio, noble y generoso sentido de la palabra.

Tal vez una de las mejores maneras de medir y valorar la importancia de un ser humano que ya no está con nosotros sea traerlo imaginariamente a nuestros días, instalarlo imaginariamente en nuestra realidad y preguntarnos si en esa realidad todavía siguen siendo válidas y legítimas su vida, su obra, su herencia.

Si esto hiciéramos con Jesús Reyes Heroles, creo que solo podríamos concluir una cosa: que reconocemos en él a un ser humano con una sólida formación profesional, con una visión de estadista, con esa rara pero afortunada conjunción de teoría y praxis, y, sobre todo, con visión de futuro, que supo ver 20, 25, 30 años más adelante, que pulsó su presente y preparó el futuro (nuestro presente), que allanó el camino, que abrió nuevas vías por las cuales transitar en medio de un clima de respeto, convivencia, civilización, que, en fin, que supo darle cauce a las necesidades y los intereses de una generación que con su accionar demandaba otros tiempos y otros espacios.

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Rectora de la Universidad Veracruzana, Licenciatura en Antropología, Especialidad en Arqueología U.V. | POSGRADOS: Doctorado en Antropología U.N.A.M.; Maestría en Historia del Arte y Arqueología Universidad de París I:Panthéon- Sorbonne | CARGOS: Directora del Museo de Antropología de marzo 2005 al 31 de agosto de 2013. Secretaria Académica de la U.V. de septiembre de 1997 agosto 2001. | OTRAS ACTIVIDADES: Miembro del Consejo de Arqueología del INAH como suplente del Presidente de 1996 a 2005. Evaluadora Externa del INAH de 1996 a la fecha. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores desde 1993, Nivel II. Participación en Proyectos Arqueológicos a nivel Nacional e Internacional. Producción Científica en diversos Artículos y Libros. Reconocimiento a Perfil Deseable Promep, su último libro: "Sonrisas de Piedra y Barro", Editorial UV.

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